Extractos - Ana Maria Schlüter
Zen y La Nube del No-Saber
Por Ana Maria SchlüterLector, tienes entre tus manos un pequeño tesoro [refiriéndose a La Nube del No-Saber]. Ha sido desenterrado no hace muchos años y, siguiendo una historia de los «Khasidim», se podría narrar de forma simbólica cómo ocurrió esto (1). «En Cracovia vivía hace mucho un judío pobre llamado Eisik. Una noche, en sueños, recibió la orden de ir a Praga. Allí había un tesoro escondido bajo el puente del Rey, que él debería desenterrar y llevarse a casa... Marchó a Praga... Comenzó la búsqueda... Cuando el jefe de la guardia, que lo había visto en seguida, le preguntó qué hacía, él le contó su sueño. Lo primero que hizo el jefe de guardia fue reírse de él. Pero luego se puso serio y contó al judío que él había tenido un sueño parecido. Se le había dicho que en Cracovia, en la casa de un piadoso rabino llamado Eisik, detrás del horno había un tesoro escondido. No bien oyó este su nombre, se despidió del jefe de guardia y se marchó apresuradamente a Cracovia. Llegado a casa encontró en seguida el tesoro en su propio cuarto detrás del horno».
La Nube del No-Saber, escrita en el s. XIV en Inglaterra, ha sido redescubierta, después de cuatro siglos de olvido casi total, en buena parte a través de un movimiento de meditación que se nutre e inspira en las grandes tradiciones espirituales del lejano Oriente: Yoga y Zen. De ellas dijo el Vaticano II: «Consideren atentamente el modo de aplicar a la vida religiosa cristiana las tradiciones ascéticas y contemplativas, cuya semilla había Dios esparcido con frecuencia en las antiguas culturas antes de la proclamación del Evangelio» (Ad gentes, 18).
El piadoso rabino Eisik era pobre, dice la historia, y sin duda esto influyó de forma decisiva en todo el suceso. El hombre occidental de nuestros días, que mira a Oriente, también se siente pobre. Tiene muchas cosas, pero en el fondo, en cuanto a su ser, es pobre. Se le escurre el sentido de la vida, como se oye decir cada vez más en reuniones de reflexión y a niveles individuales. Lo constata el psicólogo en su consulta. Lo grita el drogadicto, que por medios químicos intenta hacer estallar un mundo que le ahoga y que le crea claustrofobia, para abrirse unos horizontes más amplios.
Anthony Bloom, monje de la Iglesia Oriental, refiere el caso de un grupo de drogadictos en cuyas manos había caído casualmente La Nube del No-Saber. Al leer el libro le dijeron: «Hemos encontrado aquí justamente lo que buscábamos, y desde luego resultaría mucho más barato conseguirlo por este camino». No es el único caso en que alguien deja de drogarse al volver a encontrarse a sí mismo y tocar fondo por medio de la meditación profunda.
¿Qué es lo que ocurre? ¿Por qué este dirigirse al Praga del lejano Oriente? En medio de un mundo que, cada vez más, se obstina en creer solamente en lo que se puede ver, medir y tocar, en lo que es eficaz y surte efectos inmediatos, en lo que se puede verificar racionalmente, las dimensiones profundas de la vida parecen diluirse y reducirse a su más superficial o simplemente teórica expresión. Así ocurre con el amor, la libertad, la gratitud, la felicidad... Pero está estallando con vehemencia un movimiento en contra, una verdadera «revolución del alma», según lo llama K. Graf Durckheim, director de una «Escuela de Terapia Iniciática». Según él, la represión continuada y sistemática de la dimensión más profunda del hombre es, a la larga, todavía mucho más perniciosa que otras represiones: el hombre pierde el sentido de la vida. Así no puede vivir. Y acaba rebelándose.
La Biblia en esto es bien clara. El hombre ha sido creado y colocado en un Jardín en donde Yavé se paseaba (Gén 2,8.15; 3,8). Por tanto, ha sido creado con la posibilidad de percibir su Presencia. Esto se refiere al hombre en general, a todo hombre, no a unos cuantos elegidos. Cuando no percibe este Algo o este Alguien «que le envuelve por detrás y por delante, que pone su mano sobre él, cuya sabiduría es un misterio para él» (cf Sal 138) le falta algo, lo fundamental, y, sin embargo, esto ocurre muy a menudo. ¿Por qué?
Hugo de San Víctor decía en la Edad media que Dios había creado al hombre con tres ojos: uno corporal, otro racional y un tercero, el ojo de la contemplación, y que al salir del paraíso le había quedado debilitado el primero, perturbado el segundo y ciego el tercero. Si a este último no se le cultiva, permanecerá ciego. Estar fuera del paraíso es exactamente esto: no percibir ya la Presencia, carecer del órgano capaz de experimentar, de «ver» a Yavé, al que-es, al que-está-con.
Toda la historia de la Salvación es un camino hacia la nueva Jerusalén, una ciudad en que no habrá ya sol ni luna, ni hará falta templo, porque Él será su luz y su templo. Entre el Jardín y la Ciudad transcurre todo el camino del «ver», atravesando el «no-ver», para «volver-a-ver». La cultura occidental, que ha desarrollado preponderantemente la razón, sufre ahora esta ceguera de un modo especial. Conviene tener en cuenta lo que a este particular aporta hoy la psicología profunda. C. G. Jung dice: «Mientras la religión no sea sino creencia y forma exterior y la función religiosa no se convierta en experiencia de la propia alma, no ha tenido lugar aún lo fundamental. Falta todavía por comprender que el mysterium magnum no sólo existe en sí, sino que a la vez y de manera muy principal está fundamentado en el alma humana... En una ceguera verdaderamente trágica, hay teólogos que no se dan cuenta de que no es cuestión de demostrar la existencia de la Luz, sino de que hay ciegos que no saben que sus ojos podrían ver. Es necesario caer en la cuenta de que para nada sirve alabar y predicar la Luz, si nadie la puede ver. Sería necesario desarrollar en el hombre el arte de ver». (2)
Las seculares tradiciones del Yoga y del Zen, en la India las primeras, en China y Japón sobre todo las segundas, han ido transmitiendo precisamente un profundo arte de enseñar a «ver». Yoga y Zen conducen al hombre a la unificación consigo mismo, con los demás, con el universo entero y con quien o lo que le trasciende. En esta unidad el hombre percibe y experimenta la Realidad que le envuelve. Se dispone a ello ante todo «parando la actividad de la mente» (Patanjali), el discurso. En el Yoga se procede gradualmente, en el Zen se va directamente a ello. Este apearse del primer y segundo ojo durante el ejercicio posibilita desarrollar el tercero.
Volviendo la mirada a Occidente, santa Teresa, en su lenguaje vivo y concreto, dice al final de Las Moradas (3): «El Señor resucitado entra a puertas cerradas», recordando cómo Jesús se aparece a los apóstoles encerrados en Jerusalén. Las puertas son los sentidos y las potencias. De este modo parecido recomienda san Juan de la Cruz: «Anda, entra en tus retretes, cierra tus puertas sobre ti (esto es, con todas tus potencias...) y escóndete» (4).
Una de las dos colecciones más famosas de textos Zen llamados koan se titula Mumonkan, «Entrada sin puerta». La entrada del Paraíso está vigilada por un ángel con espada llameante, dice la Biblia.
San Juan de la Cruz vuelve sobre este particular de Muchas maneras. Así también dice: «Convendrá que para que tú halles a Cristo (el tesoro escondido en el campo de tu alma, por el cual el sabio mercader dio todas sus cosas...) olvides tus cosas y te escondas en tu retrete interior » (5).
Y en otro lugar escribe: «El alma, para haberse de guiar bien por la fe a este estado, no sólo se ha de quedar a oscuras según la parte... sensitiva... sino también se ha de cegar y oscurecer según la parte... racional. Grandemente se estorba... no sabiéndose desasir y desnudar de todo ello. Porque como decimos... sobre todo se ha de pasar al no-saber» (6).
En el s. XIV, el autor anónimo de La Nube del No-Saber le enseña a su joven amigo de veinte años a tender la «nube del olvido» sobre sus pensamientos, dejando así de pretender acercarse a Dios por vía del conocimiento objetivo y conceptual, a fin de dirigirse desde el centro de su ser hacia la oscura «Nube del No-Saber», en un simple y gozoso anhelo de amor.
De la importancia de lo que estos cristianos occidentales vivieron y enseñaron se vuelve a caer en la cuenta hoy muchas veces a través del «rodeo» por Oriente. Se abre un nuevo acceso a la profunda sabiduría escondida también en cierta tradición occidental, que a menudo está olvidada o deformada. T. Merton dijo alguna vez que Oriente no iba a enseñar muchas cosas concretas a Occidente pero que haría de despertador y recordaría tesoros olvidados. Uno de estos tesoros es este libro de La Nube del No-Saber. Para el hombre occidental de nuestros días la cuestión tiene una importancia capital. Parece a veces un pez, que viviendo en el agua —pues fuera de ella no podría subsistir («en El vivimos, nos movemos y somos», He 17,28)— sin embargo no la percibe y tiene la sensación de estarse ahogando en la playa. Hay que acercarle al pastel y no seguir contentándose con representaciones del mismo —según la imagen usada por los maestros del Zen—, es decir, abrirle el acceso a la experiencia.
¿Todo hombre puede llegar a esta experiencia? ¿También yo? Si es usted un ser humano, sí, le dijo en cierta ocasión hace años un maestro Zen al P. Enomiya-Lassalle. También la Biblia en el AT es clara al respecto, como hemos visto más arriba.
El Nuevo Testamento continúa en la misma línea y la intensifica. «El reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21). «Somos templo del Dios vivo» (2Cor 6,16). La meditación, de la que trata La Nube del No-Saber, es una meditación que consiste en abismarse y adentrarse, sumergirse en este recinto sagrado del hombre, de modo sorprendentemente parecido a como se hace en la meditación Zen.
Normalmente, por meditación se suele entender una actividad en que intervienen las potencias espirituales: la memoria, recordando los datos recibidos acerca de un texto del Evangelio; el entendimiento, reflexionando a partir de ellos, y la voluntad, tomando alguna decisión o compromiso de cara a la actuación Posterior.
Sin embargo, en el caso de la Nube y del Zen, todo esto se deja de lado, se olvida y se intenta simplemente abismarse en el hondón del alma, tratando de acallar el discurso, la imaginación, etc., de «sosegar la casa» en expresión sanjuanista. El autor de la Nube dice: hay que tender sobre todo ello una nube de olvido.
En la meditación Zen y formas de meditación yóguicas se hace intervenir plenamente la dimensión psicofísica en este proceso de acallamiento y de abismamiento. Allí es básica la postura corporal estable que ayuda a conseguir la inmovilidad de toda la persona a partir de la dimensión corporal. Este aspecto no se encuentra desarrollado en la Nube, pero sí lo referente a la actitud interior durante el «ejercicio contemplativo», y esta actitud es muy parecida a la que enseña la meditación Zen.
Dice Kakichi Kadowaki en El Zen y la Biblia (7), que en Oriente se parte de la dimensión corporal para abrirse a la espiritual, mientras que en Occidente se parte de la dimensión espiritual para incidir desde allí en la corporal. Por esta razón Oriente no sólo ayuda a redescubrir sino que además enriquece la tradición occidental. El camino de La Nube y del Zen son caminos de abismamiento, no de meditación discursiva. Se pone en marcha un proceso que ha sido estudiado por un médico, psicólogo y a la vez místico, C. Albrecht, muerto hace algunos años (8).
Este proceso de abismamiento discurre por diversas etapas. Ante todo, el hombre, partiendo de un estado de conciencia de vigilia, trata de recogerse, a fin de poner en marcha este proceso de abismamiento. Puede haber una preparación más remota, en forma de ayuno o retiro a un lugar solitario, y otra más inmediata, el buscar una postura de reposo corporal, protegerse de impresiones sensoriales y sosegar la imaginación, liberarse de los pensamientos. Es esta todavía una actividad consciente y voluntariamente dirigida por un yo que se experimenta a sí mismo como muy activo. Esto todavía no es propiamente meditación sino concentración previa que dispone a entrar en abismamiento. Como si alguien estuviera nadando en la superficie del mar y en un momento dado se propusiera dejar de remar con brazos y piernas a fin de sumergirse en el fondo. Esta sumersión luego ya se desarrolla como por sí misma; moverse sólo estorbaría.
En el caso de la meditación profunda, así como poco a poco el hombre va entrando en La Nube del No-Saber, en un vacío a nivel sensitivo y de discurso («Estando ya la casa sosegada... sale... en una noche oscura», dice san Juan de la Cruz), va entrando en la «contemplación oscura» (san Juan de la Cruz) o «contemplación ciega» (Nube del No-Saber), «en que nada se ve, pero que no es una contemplación de la nada» (C. Albrecht). Sin embargo, este vaciamiento progresivo de la conciencia no debe entenderse en el sentido de que no aparezcan ya nunca pensamientos, sino en el sentido de que no se les presta atención, se desarrollan según su propia dinámica sin intervención consciente y voluntaria por parte del que medita. Desde este silencio y reposo interior llegan, emergen o afloran «advenientes» (C. Albrecht) en la conciencia. Provienen en primer lugar de la «esfera del yo», del subconsciente y del inconsciente, en forma a lo mejor de imágenes simbólicas, sentimientos, etc. Es una zona difícil de atravesar, la zona de los «fuertes» o «demonios» (san Juan de la Cruz), del makyo (meditación Zen). Hay una regla de oro a tener en cuenta para atravesarla: «Ni cogeré las flores, ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras» (Cántico espiritual, 3). Aquí es donde más falta puede hacer el maestro o guía. Atravesar esta zona de desierto, de bosque, de mar, es indispensable para que pueda emerger un día el Yo Auténtico, el yo mismo. «Hay que atravesar un largo período de lágrimas antes de llegar a la unidad», decían también en relación con esta situación los ermitaños de los primeros siglos de la era cristiana.
Cuando lo que emerge del fondo es el yo mismo, la persona experimenta una unidad profunda, y esta unificación irá intensificándose hasta llegar a la experiencia de unidad con el Todo. Lo que «llega» entonces ya no proviene de la esfera del yo sino de la esfera totalmente otra, y el hombre lo vive como lo «Envolvente» (C. Albrecht), como Luz, Amor, Origen o como Tú «que me envuelves por detrás y por delante y tienes puesta tu mano sobre mí» (Sal 138).
El autor de La Nube del No-Saber puede ser, y es de esperar que se convierta de hecho, en un verdadero guía y maestro para muchos que hoy intentan el camino a lo profundo para encontrarse con Dios.
Hay cada vez más personas que empiezan a sentir los frutos de una meditación no conceptual o trans-objetiva, cuyo origen está en Oriente, como lo es la meditación Zen. Los perciben a menudo a nivel de su fe cristiana, que adquiere una nueva profundidad, que se convierte en algo vivo y vivificante, no sólo sabido en teoría, sino experimentado en carne y hueso. La Biblia empieza a vivir, la liturgia a vibrar. Pero el camino a lo profundo no es nunca fácil y tiene sus riesgos. Todavía hay pocas posibilidades de encontrarse en Europa con verdaderos maestros zen capaces de guiar por este camino. Mientras tanto lo suple muchas veces, y bien, quien de verdad merece el nombre de acompañante espiritual, aunque nunca oyera del zen; pues el proceso de abismamiento tiene su desarrollo en gran parte común, tanto si se trata del puesto en marcha por la meditación zen como del enseñado por un místico cristiano del estilo de san Juan o el maestro de La Nube del No-Saber. Por esto mismo el autor de esta última puede llegar a ser para muchos hoy el maestro experimentado que necesitan en este camino a lo hondo y que a la vez seguramente les abrirá el acceso a otro gran maestro, dos siglos posterior a él, excepcional en muchos sentidos, san Juan de la Cruz. «El que se puso en camino, impulsado por Oriente, y busca ahora una fundamentación cristiana de su meditación, va a encontrar aquí la guía clara y certera de un maestro cristiano» (W. Massa).
Ana Maria SchlüterBetania De la presentación a la edición española de La Nube del No-Saber (Ed. San Pablo, 2013)
- H. M. Enomiya-Lassalle, El Zen entre cristianos, Herder, Barcelona 1980.
- C. G. Jung, Psicología y Alquimia, Rueda: introducción, Plaza & Janés, Barcelona 1989.
- Santa Teresa, Las Moradas 7, 2.
- San Juan de la Cruz, Cántico 1, 10.
- Ib 1,9.
- Id, Subida del Monte Carmelo 1, 4; 2; 4.
- J. Kakichi Kadowaki, El Zen y la Biblia, San Pablo, Madrid 1986, 81-86.
- H. M, Enomiya-Lassalle, La meditación, camino a la experiencia de Dios, Sal Terrae, Santander 1981, capítulos 3-6.