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Extractos - Mirabai Starr

Tradición común

La unidad de la divinidad

Por Mirabai Starr

Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
— Deuteronomio 6,4-5

Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”».
— Marcos 12,29-30

Di: «Él es Allah,
Uno, Allah,
el Señor Absoluto».
—El Corán 112:1-2

Mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos.
— Isaías 56,7

El sin nombre tiene mil nombres

Tienes el impulso (pero eres incapaz) de atrapar al Único y atarlo al altar, donde te han enseñado a creer que pertenece el Único. No puedes nombrar al Único (aunque lo intentes, llamándolo Dios o Diosa, Alá o Cristo, Madre o Señor). Descubres que no se puede designar legítimamente al Único como Él (aunque la tradición exige que asignes un género simbólico a lo informe). Eres incapaz de envolver al Altísimo y ofrecértelo a ti mismo como un juguete o un bocadillo, una lista de normas o una recompensa.

Puede que te hayan condicionado a reclamar al Único solo para tu pueblo, pero entonces lo ves en todas partes (¡en todas partes!): en un rincón del aeropuerto donde un hombre desenrolla una pequeña alfombra y se inclina para apoyar en el suelo la frente, la nariz, las dos manos y todos los dedos de los pies en señal de sumisión; en la iglesia del centro de la ciudad donde los pobres cantan y lloran al mismo tiempo; en la abuela que enciende las velas del sabbat y da la bienvenida a la Novia de Israel. Reconoces a tu Dios como el Dios de todos.

Y no solo entre judíos, cristianos y musulmanes ves el rostro reflejado del Único. Cuando el escalador alcanza la cima y contempla miles de kilómetros de montañas y valles, allí está el Único. Cuando la madre empuja en medio de un dolor desgarrador para dar a luz, y el niño toma su primer aliento y llora con fuerza, ahí está el Único. Cuando el padre cae de rodillas en el cementerio militar tras enterrar a su hijo y envuelve con sus brazos su propio pecho agitado, ahí está el Único. En nuestro primer beso, en nuestro último abrazo, está el Único.

El Único aparece en las cabañas amerindias y en los templos hindúes, en la profunda calma de las salas de meditación zen y en los giros extáticos de los derviches. El Único susurra a través de las palabras de los poetas, a través de las líneas curvas de pintores, escultores y talladores de madera; a través de la sinfonía y el hip-hop, el canto gregoriano, los himnos en alabanza a la Madre María, los cantos devocionales al Señor Shiva; a través del tabaco y la harina de maíz ofrecidos al amanecer al Gran Espíritu. El Único hace su aparición en el corazón del autodenominado ateo, que se maravilla ante la belleza de una nieve inexplicable que cayó durante la noche, alfombrando el jardín con joyas de luz helada.

El Único se revela como el Padre compasivo y la Madre protectora, como el Amante no correspondido y el Amigo leal, residiendo siempre en el núcleo de nuestros propios corazones, y permaneciendo totalmente invisible. El Único trasciende toda forma, toda descripción, toda teoría, negándose categóricamente a ser definido o delimitado por nuestro impulso humano de desvelar el Misterio. Y el Único reside en el centro de todo lo que es, siempre presente y totalmente disponible.

Recuerdas, y olvidas, y vuelves a recordar: llamado con mil nombres, limitado por ninguno, el Dios que amas es Único.

Un único Dios

Reconoce hoy, y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro.
— Deuteronomio 4,39

Del corazón del judaísmo, el cristianismo y el islam surge la afirmación primordial de la unidad de la Divinidad, proclamando la existencia de un Ser Supremo que creó todo lo que es y sigue interviniendo en toda la creación. Esta creencia en un solo Dios es el monoteísmo. El judaísmo, el cristianismo y el islam son las principales religiones monoteístas del mundo, y cada una de ellas remonta su linaje espiritual a un antepasado común: el patriarca bíblico Abraham.

Abraham nació en una cultura tribal que se relacionaba con lo sagrado en forma de innumerables entidades individuales que requerían halagos y apaciguamiento para obtener buena suerte y resolver problemas. Pero Abraham albergaba un anhelo de conexión con el corazón del universo, de una relación viva con la Realidad Última. Adoptó una postura radical al afirmar la existencia de un Dios indeciblemente santo y todo amor, un ser cuya omnisciencia, omnipotencia y omnipresencia están al mismo nivel que su compasión incondicional y su justicia perfecta. Abraham afirmaba que únicamente ese Dios era digno de adoración.

El Altísimo se le apareció personalmente a Abraham en el desierto, ofreciéndole un pacto sencillo en el que se invitaba a los Hijos de Abraham a refugiarse para siempre: «Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo». A pesar de las muchas formas en que judíos, cristianos y musulmanes han discrepado sobre la forma que debería adoptar este pacto a lo largo de milenios, las tres religiones comparten una fe fundamental en la absoluta singularidad de la Divinidad.

Dentro de cada tradición religiosa está representada una amplia gama de creencias. Algunos judíos ortodoxos insisten en que cada palabra de la Torá fue entregada directamente a Moisés de boca del Altísimo en el monte Sinaí, y que los 613 mandamientos deben obedecerse al pie de la letra. Hay judíos que no creen en la existencia de un Dios personificado y se identifican como judíos simplemente en virtud de su herencia cultural, una herencia de la que se sienten orgullosos. Para algunos cristianos, Jesucristo es el Hijo de Dios y es inseparable de la Sustancia Divina. Para otros, Jesucristo fue un ser humano justo y amoroso, que modeló las enseñanzas más importantes sobre cómo ser una persona justa y benevolente en este mundo. Muchos musulmanes rezan cinco veces al día y sostienen todos los demás pilares de la fe prescritos en el Corán, pero otros optan por mantener una relación privada con Alá en el templo de su propio corazón.

La más sagrada de todas las oraciones judías es el Shemá, que recitan los judíos observantes por la mañana y por la noche, y que otros rezan en momentos clave de su vida: Sh'ma Yis'ra'eil Adonai Elocheinu Adonai Echad. La traducción tradicional de esta frase sagrada es «Escucha, Israel, el Señor tu Dios, el Señor es Uno». Sin embargo, en esta versión faltan matices importantes.

El verdadero nombre de Dios es demasiado sagrado para pronunciarlo, y por eso se representa frecuentemente en la Biblia hebrea con las cuatro letras YHVH, que significan Yod He Vov He. Así es como el Altísimo se describió por primera vez a Moisés desde el interior de la zarza ardiente. YHVH se traduce generalmente como «Yo soy el que soy», pero los eruditos hebreos coinciden en que el verbo «ser» en este contexto se refiere al pasado, al presente y al futuro. En otras palabras: «Yo soy lo que es, fue y será». El Altísimo es una realidad dinámica, siempre presente, y no una deidad remota. Y requiere una relación activa. Se nos invita no solo a «escuchar», sino a comprometernos.

La palabra «Israel» significa «lucha con Dios». Una traducción alternativa del Shemá del Movimiento de Renovación Judía puede representar con más exactitud el monoteísmo radical que proclama el judaísmo: «Escucha, oh, tú que luchas con el Infinito: Todo es Uno». Luchamos contra la unidad absoluta del ser, mientras nos dedicamos a su manifestación en la dualidad de la vida cotidiana.

La Shahada en el islam es un calco del Shemá en el judaísmo. Es la principal declaración de fe de los musulmanes, que se repite muchas veces al día: La ilahaillallah: «No hay más Dios que Dios». El sufismo (la expresión mística del islam) ofrece una definición más amplia: «No hay nada salvo Dios». Desde este punto de vista, la realidad es un campo unificado del Ser; nada está separado de Alá.

El Evangelio de Tomás es uno de los textos no canónicos del Nuevo Testamento, descubierto en la cueva egipcia de Nag Hammadi en 1945. Consiste en dichos de Jesús, desde la perspectiva de Dios. Quizá demasiado místico para la Iglesia institucional del siglo III, este evangelio no fue incluido por el Concilio de Trento cuando concluyeron el canon cristiano. En el logion 77 del evangelio de Tomás, Jesús dice:

Yo soy la Luz que está por encima de todos ellos.
Yo soy el Todo; el Todo surgió de Mí
y el Todo llegó hasta Mí.
Corta un trozo de madera, allí estoy;
levanta la piedra y allí me encontrarás.

El Dios del judaísmo, del cristianismo y del islam, que recibe muchos nombres y ninguno, es el Dios Único. Es el Fundamento del Ser, el Absoluto, más allá de toda forma, pero que habita en la multiplicidad de la creación, inescrutable y supremamente vivo.

Conocer al Incognoscible

Donde quiera que os volváis, allí (encontraréis) la faz de Allah.
—El Corán 2:115

Cuando era adolescente, anhelaba conocer al Incognoscible y dedicaba gran parte de mi energía a intentar cultivar una conexión con Dios. Memoricé la Fatiha (las primeras líneas del Corán), participé en el zikr (canto sufí) y en las danzas de la Paz Universal, leí a Rumi y a Ibn Arabi, y estudié caligrafía árabe. Aprendí cantos jasídicos y me familiaricé con el Árbol de la Vida cabalístico, encendí las velas del sabbat e invoqué a la Shejiná (la Presencia de Dios, femenina e interior). Como la Franny ficticia de Salinger, intenté mantener la oración de Jesús en un bucle mental interminable: «Señor Jesucristo, ten piedad de mí». No era que temiera el Infierno; apostaba a que, con solo mantener su nombre en mi mente, el Príncipe de la Paz entraría en mi corazón.

Y no solo eso: practicaba hatha yoga y realizaba ejercicios de respiración tan intensos que se me entumecía la cara. Aprendí a tocar el armonio y me acompañaba durante horas cantando nombres divinos hindúes: Krishna, Señor del Amor; Kali y Durga, manifestaciones de la Madre Divina, y Hanuman, encarnación de la devoción. Me sentaba en silencio en mi zafu negro practicando zazen, leía los sutras de Buda y los aforismos de Lao Tzu. Tocaba las 108 cuentas de sándalo de mi mala bajo el pupitre de la escuela. Me arrodillaba ante el altar de mi habitación, contemplando las estatuas de las deidades y los rostros enmarcados de los gurús, e invocaba al Altísimo con cada fibra de mi ser.

Puede que esta intensidad tuviera algo que ver con el hecho de que mi hermano mayor, Matty, había muerto de cáncer cuando tenía diez años y yo siete, abriendo de golpe la primera puerta al Misterio, y que mi primer amor, Phillip, había muerto en un accidente con una pistola cuando teníamos trece años, empujándome a los brazos del Misterio. Además, mis padres habían vuelto a formar pareja y mi familia estaba en plena transformación. Todo ello había confluido en una tendencia hacia estados alterados y anhelo espiritual.

Un día, cuando tenía dieciséis años, mientras llevaba la compra desde el coche hasta casa, tuve una epifanía: el Dios al que adoraba en todas las formas que tenía a mi alcance era en realidad un Ser Absoluto sin forma, más allá del más allá del más allá. Incluso atribuir a la Divinidad cualidades últimas —como la omnipotencia, la omnisciencia y la omnipresencia— se quedaba corto ante el insondable misterio que había vislumbrado. Cualquier intento de definir esta realidad sagrada violaba su propia naturaleza. Me había encerrado en un rincón metafísico. En cualquier dirección que me volviera, dejaba la huella de mis propias limitaciones mentales. Mi única esperanza era desterrar todos los pensamientos sobre Dios en el instante en que surgieran, ahora y por siempre. Decidí tirar las fotos de todos los santos y maestros que había en la pared de mi dormitorio, deshacerme de mis figuras de sándalo de Krishna y de mis budas de jade, y empaquetar todos mis libros espirituales en cuanto terminara de colocar la compra.

A esta aterradora confrontación con la Verdad Innombrable le siguió rápida y misericordiosamente una percepción: se podía acceder a la misma Realidad Suprema que superaba toda comprensión a través de cada canto sánscrito, cada oración hebrea y cada himno cristiano, a través de los retiros de meditación budistas y las afirmaciones de la naturaleza misericordiosa y compasiva de Alá, a través del silencio profundo y del canto desenfrenado. A través de los múltiples, había encontrado al Único —una y otra vez— y ni siquiera me había dado cuenta. Era sutil y requería el compromiso de sensibilidades sutiles.

En ese momento, la respiración contenida en mi interior se liberó. Aún esperaba fundirme algún día con la Unidad, pero por ahora me contentaba con permanecer aparte, en la ilusión de la separación, donde podía adorar lo que el teólogo místico Rudolf Otto llamaba el «Totalmente Otro». Desde aquel día, ya no vi ningún conflicto entre la forma y lo informe. Todas las imágenes sagradas y conceptos espirituales no eran más que aproximaciones a la fuente ilimitada del amor, y nada menos que mapas de la ruta hacia ese amor. ¿Cómo podría negar alguno de ellos? ¿Cómo podría volver a caer en la idea de que alguno de sus reflejos era el único?

Fuente: Mirabai Starr. Dios de amor (Espacio Ronda, 2024)
(Extraído de la muestra gratuita del libro en Amazon)