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Extractos - Amoda Maa

La historia de mi despertar

por Amoda Maa Extracto de: embodied enlightenment
Embodied Enlightenment

A menudo me preguntan acerca de mi vida y de mi historia personal de despertar, pero para mí el pasado es muy parecido a un sueño, y por eso no quiero aferrarme a él. Tantas situaciones cambiaron y siguen cambiando que ya no puedo encontrarme en ellas; el único lugar de descanso que he encontrado está en el "yo" consciente, y éste se encuentra vacío porque, como nace y muere a cada momento, no hay nada en él con qué identificarse. Sin embargo, sé que escuchar las historias de forma recíproca ayuda a encontrarle sentido a la experiencia humana y a tocar la universalidad de lo que significa estar vivo. Hay muchos detalles y sutilezas en mi historia, pero aquí te ofrezco lo suficiente para que te des una idea de lo que me instó a llegar al lugar donde me encuentro.

Como la mayoría de las historias de redención, la mía tiene muchos vericuetos. Las circunstancias de mi nacimiento y de mis primeros años fueron traumáticas y estuvieron envueltas en secretismo y vergüenza. No conocí a mi verdadero padre, y mi madre y su familia encubrieron el hecho de que se fue cuando nací. Como vivíamos en una pequeña isla griega en el Mediterráneo, en donde la vida aún era sencilla y se apegaba a las convenciones —particularmente en lo referente al papel de las mujeres en la familia y la sociedad— mi madre sufrió la desgracia social y cultural de ser madre soltera. Por esta razón, inventó una historia acerca de su vida que se alejaba mucho de la verdad.

En cuanto nací, la casaron con un hombre de una cultura muy distinta a la suya y la enviaron a Inglaterra para que empezara una vida nueva. Los primeros años fueron difíciles para ambas, pero yo adoraba al hombre que creía que era mi padre. Cuando tenía trece años, me confesó que no lo era, y mi mundo se desplomó.

En los años siguientes la vida siguió presentándome cambios inesperados que me hicieron cuestionar quién era y de dónde venía. Mucho tiempo después, ya siendo una mujer adulta, esta incertidumbre acerca de mis raíces ancestrales se convertiría en el cimiento de un camino de indagación personal, pero mientras fui niña y adolescente experimenté los sucesos no deseados como conmociones para mi delicado sistema nervioso. Algunas de estas conmociones fueron tan dramáticas que me dejaron muda por periodos prolongados. Fui sometida a violencia emocional, abuso sexual, frecuentes y abruptos cambios escolares, al repentino inicio de una guerra en la islita a la que nos habíamos mudado, a una evacuación militar de emergencia que nos llevó de vuelta a Inglaterra y a la pérdida de nuestro hogar y todas nuestras pertenencias. A esto lo acompañó el creciente alcoholismo de mi padre, la cada vez más abrumadora infelicidad de mi madre y sus cada vez más violentas peleas.

Por un tiempo, mi madre y yo vivimos en un "hogar para mujeres golpeadas", hasta que una noche ella empaquetó nuestras cosas y sin dar explicación alguna me llevó a vivir con un desconocido. Después de eso no vi a mi padre por muchos años. Todos estos sucesos y otros más contribuyeron a una profunda sensación de vergüenza y confusión que tiempo después se transformaría en el catalizador de mi búsqueda espiritual.

Otra cosa que se convirtió en parte de la búsqueda de mi verdadera identidad fue mi confusión respecto a la comunicación y el lenguaje. La comunicación siempre fue un problema en mi casa, prácticamente desde que aprendí a hablar. La lengua materna de mi madre era el griego, y aprender los rudimentos del inglés le tomó varios años. Mi padre hablaba inglés muy bien, pero su acento marcado y su uso frecuente de palabras en alemán delataban su origen. Yo, por otra parte, sólo podía leer y escribir en inglés, y lo hablaba a la perfección. Supongo que esto me desconcertaba a cierto nivel, pero nuestra situación peculiar era normal para mí. Lo que no era tan normal era lo estricto de mi educación: jugar con otros niños fuera de la escuela, así como jugar con muñecas y muñecos de peluche, estaba absolutamente prohibido. Los cumpleaños y las Navidades siempre fueron ocasiones solemnes en las que, fuera de los pijamas, las calcetas y los uniformes escolares, los regalos más sorprendentes fueron un juego de lápices de colores y un cuaderno de dibujo.

El hecho de que me negaran lo que en aquel tiempo eran derechos básicos de los niños en el mundo occidental me dañó hasta la médula. Así, llegué a la conclusión de que era una niña defectuosa y de que merecía que me castigaran negándome lo que deseaba. Me sentía impura, sentía que no valía nada, por eso rezaba casi todas las noches.

Como era hija única y no tenía amigos, me aislé y me convertí en una niña introvertida; me refugié en un mundo de fantasía que era lo único que me proveía consuelo. Pasé incontables noches diseñando una vida secreta e imaginaria en la que todos los detalles estaban planeados con asombrosa complejidad, un mundo en el que no solamente tenía unos padres que me adoraban y me entendían, sino también todos los juguetes y vestidos que siempre había querido, una lista de amigos que me querían, una fascinante vida de aventuras y una noción de la magia que me llevaba a tierras lejanas e incluso al espacio. Sin embargo, este imaginado mundo perfecto en el que me sentía perfectamente a salvo, amada y feliz, nunca se hizo realidad.

Tiempo después, mi escape a la utopía se convirtió en una prisión. Para cuando llegué a la adolescencia ya me había separado por completo de la sensación de la intensidad de la vida. De hecho, me había impedido sentir. Punto. A los diecisiete años, cuando dejé mi casa para ir a la universidad, en lugar de sentirme feliz y libre como esperaba, me deprimí y me transformé en una persona inadecuada para interactuar en sociedad. Mis intentos frecuentes de suicidio me llevaron a creer que terminaría en un hospital psiquiátrico; me enviaron a ver a varios psicoterapeutas y psiquiatras, pero ninguno pudo ayudarme. Sólo me quedaba sentada mirando al suelo, incapaz de pronunciar palabra alguna, era como si me hubiera separado del mundo exterior y de mi mundo interior con una gruesa hoja de vidrio. Podía ver, pero no podía extender mi mano para tocar a alguien ni para sentir algo, ni siquiera podía hablar sobre mi aislamiento porque seguía negando que hubiera algo mal en mí.

Sorprendentemente, a pesar de este paisaje interior de oscuridad me sumergí con gran vigor en mis estudios. Invertí mi esperanza de salvación en el logro que representaría obtener un doctorado en psicología. El mecanismo de búsqueda que había alimentado mi mundo infantil de fantasía y perfección continuó siendo el motor de mi vida, sólo que en esta ocasión me llevó a trabajar una cantidad de tiempo increíble, casi al punto en que no hacía nada más. Durante doce años me enfrenté a muchos obstáculos, y luego, en tan sólo unos meses, de una forma inesperada y dramática, se derrumbó por completo la edificación de mi vida. No sólo ingerí algo de LSD, también empecé a correr largas distancias y a meditar, y esta potente combinación permitió una separación de los velos que cubrían la percepción condicionada y reveló la luminosa verdad de la realidad. De alguna manera, con estas experiencias sentí como si tocara la fibra de la existencia y entendí profundamente que la unidad era mi naturaleza y la naturaleza de todo. Después de esta revelación que sacudió mi mente y mi alma, nunca volví a ver el mundo de la misma forma. Ese estado, sin embargo, no perduró: todavía tendrían que suceder muchas cosas más en el mundo tridimensional.

A los veintiocho años me quedé sin casa y sin dinero, mi carrera académica llegó a un fin abrupto y el novio con el que había estado durante mucho tiempo me abandonó. Me quitaron mi casa, caí en bancarrota, me quedé sin ingresos y me despojaron de casi todas mis pertenencias. Debido a la rapidez con que sufrí estas pérdidas consecutivas, también perdí mi orgullo, la confianza en mí y el sueño de una utopía personal. Todos los vestigios de identidad que había invertido en la idea de llegar a ser una académica exitosa, una supermujer urbana, la novia ideal o cualquier otro ser perfecto se derrumbaron. Fue algo devastador pero, al mismo tiempo, también representó un gran alivio, porque cuando dejé de tener los típicos apegos a la vida moderna, y ya sin la carga de tratar de "ser alguien", me encontré completamente abierta a la idea de vivir en el presente. También me llevó a hacer la pregunta que se sembró en mí cuando era muy pequeña: ¿Quién soy?

Pasé los siguientes siete años en una exploración interior muy profunda. Sin advertencia alguna, varias experiencias místicas y visionarias se presentaron y se convirtieron en el catalizador de mi subsecuente inmersión en la meditación, la terapia primordial, el renacimiento, la metafísica y un sinfín de métodos psicoespirituales. Me sentí particularmente atraída a la práctica del budismo y la meditación Zen, así que les dediqué toda mi atención. El santuario del silencio interior me resultaba muy familiar y, a diferencia del breve encuentro que había tenido con la Meditación Trascendental cuando estuve en la universidad, me adapté a este espacio sin esfuerzo. Como también me encantaba leer, devoré todos los libros espirituales tradicionales y contemporáneos que pude, y de paso visité a distintos maestros espirituales, entre los que había algunos iluminados. No obstante, pronto me di cuenta de que la verdad espiritual es un descubrimiento nuevo, no una sabiduría aprendida, y entonces no quise añadirle más conocimiento de segunda mano a mi mente inquisitiva. Quería averiguar todo a través de la experiencia propia, y como de cualquier manera no estaba en busca de la iluminación, dejé de perseguir el "éxtasis espiritual".

Lo que en realidad buscaba era la felicidad y, paradójicamente, la búsqueda fue lo que me condujo a la tierra de la espiritualidad: la India. Aunque mi vida terrenal seguía llena de incertidumbre y pobreza, en aquel tiempo tenía un hogar y, además, estaba casada. A pesar de todo, algo me convocó y me instó a dejar crecer mis alas, a sentirme dispuesta a abandonar la relativa seguridad de mi hogar y de la relación amorosa que tenía. Llegué al ashram de Osho con las manos vacías y sin conocimiento previo respecto a él o sus enseñanzas. Aunque Osho había abandonado su cuerpo algunos años antes, algo en el fondo de mi ser se agitó de inmediato e hizo que me abriera al amor incondicional de esa presencia invisible. Me enamoré de su espíritu rebelde, absorbí sus palabras, entregué todo mi ser a sus técnicas heterodoxas de meditación y me bañé en el silencio de la soledad durante varios meses.

Al enfrentar el profundo miedo que le tenía a la soledad, descubrí que lo único a lo que le debía temer era a la idea del miedo mismo, entonces me acerqué amorosamente al miedo y comprendí que el amor era el centro de todo. De alguna manera, entender esto me permitió ver que todas mis apariencias eran impermanentes, y eso relajó mi apego a la realidad superficial de la forma. Dejé de buscar un maestro o una enseñanza, y la vida misma se convirtió en mi gurú. Por primera vez en mi vida sentí cierta libertad y alegría. Tal vez las muchas horas que pasé aullando, gritando y avanzando agitadamente entre las distintas formas de terapia psicofísica y "meditaciones activas" me habían ayudado a dejar atrás una parte de mi carga emocional o, quizás, había probado la verdad del vacío. Cualquiera que fuera la razón, salí de la India sintiéndome renacida y con un nuevo nombre: Amoda Maa Jeevan, que significa "viviendo una Vida gozosa".

Cuando volví a Inglaterra empecé a dar talleres transformacionales y desarrollé mi propio método original de "meditación extática", el cual incluía un intenso trabajo de respiración, bailes alocados y música salvaje e improvisada. Salí de mi "castillo de marfil" de la introversión, dejé que el mundo me viera y me permití crecer más allá de mis limitaciones. La vida era buena.

Aunque ya no estaba persiguiendo el éxtasis espiritual, de cierta forma continuaba buscando sutilmente en el ámbito de las relaciones. Todavía estaba profundamente convencida de que necesitaba una relación, y de que ésta me daría algo que aún no había encontrado yo sola. Necesitaba a alguien más que me hiciera sentir completa y que confirmara mi valor por medio de un amor que se manifestaría como una relación amorosa perfecta. Me aferré a la idea de que mi alma gemela haría que se cumplieran todos mis sueños interiores y exteriores. Por desgracia, el hombre que elegí como mi alma gemela y mi esposo no tenía las mismas ideas que yo respecto a una vida perfecta, así que durante diez años nos peleamos, nos confrontamos y nos herimos mutuamente, al mismo tiempo que nos amamos con pasión. Un día, de la nada, nuestra relación estalló y ya no hubo manera de repararla. Entonces reuní suficiente valor en mi interior para alejarme. Los dos años siguientes me lamenté mucho, traté de sanar mi corazón roto con todo tipo de terapias y trabajo corporal, y finalmente aprendí a disfrutar de mi propia compañía y de la libertad de vivir sola.

En el silencioso espacio de la soledad se reveló una herida más profunda: la intensa creencia existencial de que Dios me había abandonado. Me sentí vacía e increíblemente sola, y así como lo había hecho muchos años antes, empecé a hundirme en un agujero negro; la diferencia fue que en esta ocasión tuve suficiente lucidez para reconocer que la oscuridad interior era el llamado a la verdadera libertad. Comprendí que quería ser libre de la historia del "yo" y de pronto estuve dispuesta a renunciar a mi necesidad de ser amada, de tener una relación, de ser feliz, de ser iluminada e incluso a la necesidad de cualquier certidumbre, pero no sabía cómo hacerlo porque no había maestro, ni mapa del camino, ni manual de instrucciones. A pesar de todo, confiaba en el amable pero insistente impulso de mantenerme inmóvil y dejar de huir. Elegí no ir detrás de las ya conocidas contorsiones de mi mente como lo había hecho un millón de veces, y en lugar de eso me atreví a recibir con una conciencia franca al más primigenio de los miedos: el miedo a la aniquilación. Me abrí al desconocimiento y me permití morir en él, y al hacerlo, todas las nociones del ser se disolvieron en el vacío. Supongo que esperaba una especie de vacío frío, pero en lugar de eso surgió un gozo increíble. Sin tratar de etiquetarlo, empaquetarlo u otorgarle nuevamente una identidad, el vacío reveló la luminosidad del ser. Siempre había estado ahí, y a pesar de las apariencias, comprendí que tampoco se había separado de mí nunca.

A partir de ese momento me convertí en amante de lo que es, sin miedo a acercarme e intimar con lo que se presentara en mi mundo interior y exterior Mi sufrimiento se convirtió en la puerta a la libertad, una libertad que no se parecía en nada a lo que yo había imaginado. A menudo me preguntan: "¿Qué tan diferente fue tu vida tras el despertar?" Lo único que puedo decir es que la vida continúa como siempre y nada cambia en absoluto, sin embargo, al encontrarme con todo como es… todo cambió.

Actualmente, quince años después, todavía continúan las olas de esa fenomenal existencia llamada "mi historia". A veces el mar es tempestuoso, pero la mayoría de las veces permanece tan tranquilo como una represa de molino. En ocasiones hay dolor, dificultad y sentimientos desagradables, pero eso sucede con mucha menos frecuencia y ferocidad que antes. Por alguna razón, nada se queda del todo; el dolor y la incomodidad no duran mucho. Ahora tengo una sensibilidad exquisita que percibe cada matiz del movimiento de la vida, sin embargo, nada interrumpe el inmaculado silencio en el centro de todo. La joya radiante que es este silencio sigue iluminando los lugares de mi mente y mi cuerpo que todavía guardan patrones antiguos que no le sirven al amplio panorama del amor. Es un proyecto de demolición constante en el que se destruye todo lo que no es verdad, y conforme el tiempo pasa se vuelve más sutil. Ahora, mientras escribo estas palabras, me es imposible decir cómo será el próximo año o la próxima semana, o incluso mañana. Lo único que sé es que el despertar en mi vida cotidiana ocurre sin esfuerzo, y que no tengo que hacer nada para que así sea. Es un suceso común y agraciado.

El despertar de cada persona es único. La inmovilidad de Ramana Maharshi es muy distinta a la sabiduría de Chogyam Trungpa; la vida seglar de uno de los maestros de la no-dualidad luce muy diferente a la vida monástica de un monje budista. Inevitablemente, la expresión exterior de la iluminación está coloreada por la historia, la geografía y la biografía, pero a menudo vemos a los maestros espirituales, a los iluminados, a los místicos y a los santos, y tratamos de modelar nuestra iluminación de acuerdo a lo que observamos en ellos. Decimos: "¡Ah, así se ve!", y luego el ego trata de encontrarle sentido de acuerdo a su propia predisposición. Al ego le encanta empaquetar la "verdad" y luego reclamar el paquete para sí mismo. Lo que nos mantiene en la rueda de la búsqueda es la creencia errónea de que hay un sistema espiritual de recompensas. A menudo saltamos de un maestro o de una enseñanza a otra en busca de algo que coincida con nuestra idea de la iluminación, pero la verdad, al igual que el amor, es incontenible. Es indomable, incondicional y universal.

Tal vez debido a las circunstancias de mi vida, a mi personalidad o a mis predisposiciones kármicas, lo que se ha revelado como la verdad de quien soy en realidad también se reveló como una visión para la humanidad. Esta visión es tanto una revelación de conciencia despierta que surge en la plenitud de este momento preciso, como la revelación de un mundo despierto que surge a una posibilidad futura. No sé con exactitud cómo será este mundo una vez que despierte, pero conozco profundamente su fragancia, y es la fuerza de esta fragancia invisible lo que me induce a compartir la visión contigo.

No sé cómo lucirá el despertar en ti, ni siquiera sé si despertarás o no, es algo que yo no puedo decir. Lo que sí sé es que estoy respondiendo al impulso de la vida haciéndote una invitación a participar en una conversación que podría desencadenar ese despertar en ti. Este libro es tanto la invitación como la conversación.

Fuente: Amoda Maa. Ilumínate (Aguilar Fontanar, 2018)