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Despierta y crece

Despierta y crece

El zen del siglo XXI

Introducción por Diane Musho Hamilton y Gabriel Kaigen Wilson

Pocos años antes de cumplir los veintidós, Gabe sufrió una enfermedad que le enfrentó a su propia mortalidad y le llevó a convertirse inesperadamente en un buscador espiritual. Entonces empezó a meditar por su cuenta y a formularse preguntas existenciales como ¿qué es la muerte?, ¿qué es la vida?, ¿quién soy yo? y ¿qué es lo que, ante la amenaza que implica la proximidad de la muerte, merece la pena buscar?

Esas preguntas parecían tener vida propia. Gabe estaba obsesionado con ellas y cada vez se sentía más lejos de su grupo de amigos que solo parecían interesados por sacar buenas notas, ganar dinero, ser famoso o fundar la próxima gran empresa destinada a transformar el mundo.

Gabe recuerda perfectamente la soledad que entonces se adueñó de él, una soledad que le hizo sentir su insignificancia y verse desbordado por la inmensidad del mundo y sus contradicciones. Y esa soledad resultó mucho más acuciante cuando, al finalizar la carrera, se mudó a San Francisco. Los desplazamientos en autobús por la gran ciudad le conectaban directamente con el amplio abanico de diversidad y esplendor de la humanidad que le rodeaba. En esos desplazamientos se cruzaba tanto con ejecutivos vestidos con traje y corbata y maletín en mano como con cuerpos encorvados y adormilados envueltos en bolsas de basura negras. El derroche y la abundancia se sentaban junto al sufrimiento y la pobreza, y el ambiente parecía impregnado de un clima de impersonalidad y distancia, una yuxtaposición de polaridades que le resultaba tan confusa como dolorosa.

Solo San Francisco podía proporcionar tal desfile de identidades y encarnaciones mientras el autobús recogía pasajeros a lo largo de su ruta desde Little Italy hasta Chinatown, pasando por el distrito financiero y dirigiéndose luego hacia Castro. Y aunque, por una parte, se sentía fascinado por el caleidoscopio de humanidad que le rodeaba, la extrema polarización tensaba, por la otra, su cuerpo y le llenaba de sensaciones de separación y cautela. Lo único que anhelaba Gabe entonces era una experiencia de unidad.

Fue entonces cuando su deseo de proximidad le llevó a tropezar casualmente con otros buscadores en encuentros fortuitos en una cola en Starbucks o durante alguna que otra conversación casual nocturna, ocasiones que fueron, para él, como encontrar un oasis en medio del desierto. El descubrimiento de que no estaba solo y de que, a su alrededor, había personas con ideas afines dio un nuevo sentido a su vida. «Bastó, para salir de mi soledad —según cuenta—, con levantar la vista y mirar a mi alrededor». Es sorprendente lo evidente que resulta descubrir, en tales casos, a personas con inquietudes semejantes a las nuestras.

Cuando Gabe empezó a tomarse más en serio la meditación, se sumergió en el mundo de los retiros en los que conoció a practicantes de su edad que llevaban varios años dedicados al cultivo de un estilo de vida contemplativa. Eran personas que irradiaban una tranquilidad, una presencia y una claridad penetrantes que le resultaban muy atractivas, como si hubiera, en ellas, un poder magnético..., pero no tardó en advertir que, fuera del entorno meditativo o espiritual, esas mismas personas no parecían funcionar bien. Necesitaban, para estar tranquilas, presentes y despiertas, el entorno controlado y prístino de un centro de retiro. Y, aunque ello no niegue la verdad de su interés espiritual, tampoco oculta que, para muchas de ellas, ese interés era una máscara detrás de la que se escondían para evitar enfrentarse a los retos que les planteaba el mundo fuera de la vida supuestamente contemplativa.

Entonces Gabe se planteó qué era lo que deseaba de la práctica espiritual, y concluyó que, «si el entrenamiento espiritual no me ayudaba a estar en el mundo, ese entrenamiento no era para mí. Lo que yo quería era una espiritualidad seria, una espiritualidad que no solo me proporcionase claridad y sabiduría, sino también habilidades que aumentaran mi eficacia en el mundo». Buscaba un entrenamiento espiritual multidisciplinario que estuviera comprometido con el mundo, y eso fue, precisamente, lo que encontró cuando conoció a Diane Musho Hamilton, una maestra de soto zen cualificada y una experta mediadora en conflictos.

Diane había fundado la Oficina de Resolución Alternativa de Conflictos de Utah, introduciendo el campo de la mediación en el mundo de la justicia. Ha mediado en todo tipo de asuntos recibiendo, por ello, numerosos premios. A menudo dice que «mediar» y «meditar» comparten el mismo objetivo de armonizar lo que está dividido o en conflicto. Practica la meditación desde hace más de cuarenta años, un viaje que comenzó en la Naropa University, donde conoció a su maestro raíz, Chögyam Trungpa Rinpoche. Años más tarde, tras criar a su hijo Willie, que tiene síndrome de Down, se comprometió, bajo la tutela de Genpo Merzel Roshi, con el camino del soto zen. De él recibió la transmisión del dharma y la correspondiente autorización para enseñar y transmitir el linaje zen a las generaciones futuras. Hoy en día es roshi, el título honorífico con el que se conoce a los maestros zen.

Siguiendo sus pasos, Gabe se convirtió también en facilitador ayudando a equipos y comunidades a enfrentarse a algunos de los retos culturales y sociales más destacados de nuestro tiempo, desde las relaciones interraciales hasta el cambio climático. También impartimos juntos seminarios de transformación dirigidos a facilitadores. Nuestra premisa básica es que, cuanto mayor sea la intimidad y conciencia que mantengamos con nosotros mismos, mayor será la intimidad y eficacia que podamos mantener con los demás. Y, como es de suponer, también seguimos formándonos en el entorno del zen al que, en última instancia, está dedicado este libro. En el momento de escribir estas líneas llevamos once años en una relación de maestra y discípulo... y seguimos contando.

En una cálida noche de verano de 2022 estábamos caminando, en plena pandemia, con Nikko Odiseos, presidente de Shambhala Publications, dirigiéndonos a las oficinas de Shambhala después de cenar en un restaurante improvisado al aire libre en Boulder (Colorado) mientras hablábamos de los beneficios de la práctica budista, el atractivo de la filosofía budista y las virtudes de la meditación. También reflexionamos en el poderoso espíritu de los años sesenta y setenta que había proporcionado un gran impulso a la exploración de la conciencia, el movimiento del potencial humano y la imagen de un futuro más despierto. Pero el agradable recuerdo de esos tiempos dio paso al lamento de Nikko por el declive del estudio y la práctica budista entre los miembros de las generaciones milenial y Z y dijo que, en la actualidad, los jóvenes no se acercaban al budismo de la misma manera que en épocas anteriores.

Recordamos entonces la experiencia de ese Gabe buscador de veintidós años que se sentía solo y carecía de un mapa de lo que podría ser una «espiritualidad comprometida». Tal vez, de haber sabido qué buscar, hubiese podido atravesar parte de ese ruido y descubrir una práctica budista (o de cualquier otra tradición) que no solo saciase su búsqueda, sino que le ayudase también a estar en el mundo. Fue entonces cuando Nikko nos alentó a escribir un libro que proporcionase a los buscadores un mapa de lo que debería ser una espiritualidad multidisciplinaria. Así fue como empezamos a pensar en el modo de transmitir a las generaciones más jóvenes de buscadores nuestra práctica de un modo que les proporcionase respuestas, perspectivas y orientación.

Despierta y crece

Gabe había probado diferentes tipos de meditación y entornos de práctica, pero lo que, según dice, realmente le sirvió fue «encontrar a una persona en la que confiaba, a la que respetaba y de la que sentía que podía aprender algo. Yo tenía la intuición de que, siguiendo mis propios pasos, podía tener éxito en la vida, pero que un verdadero maestro me llevaría más allá de mis ideas sobre quién era y en quién podía llegar a convertirme. Solía bromear diciendo que, si no encontraba a esa persona, acabaría convirtiéndome en un “milenial a la deriva”». Desde el momento en que conoció a Diane y se unió a su comunidad de práctica, Gabe se siente como un pez que se hubiera visto liberado de nuevo en el agua.

Hay quienes creen que la decisión de Gabe es inusual. Hoy en día es mucha la gente que busca experiencias espirituales más intensas, emocionantes y accesibles. Los hay que quieren una práctica que los lleve al «siguiente nivel», por así decirlo, mientras que otros aspiran a convertirse en guerreros felices o agentes del cambio a un mundo mejor. Otros son emprendedores o influencers que quieren divertirse, ganar dinero y, como dicen, devolver algo a la sociedad después de una buena fiesta.

El enfoque de las grandes tradiciones de sabiduría parece ser, para ellos, demasiado antiguo, demasiado lento y demasiado serio. Un estilo de vida basado en sentarse en silencio y estudiar con atención plena parece, en una época en la que necesitamos dejar nuestra huella en las redes sociales, una perspectiva completamente medieval. Las grandes tradiciones no poseen el atractivo ni la emoción de mejora que la gente busca hoy en la vida contemporánea.

No hay nada intrínsecamente malo en una buena fiesta. Esos encuentros pueden proporcionar energía renovada, oportunidades para expresarse y abrir las puertas y las ventanas de nuestra percepción. Pueden alentar nuestra creatividad y exuberancia y mostrarnos cómo disfrutar y celebrar de verdad la vida.

Pero lo cierto es que la vida no es una fiesta, porque también incluye todo tipo de desafíos, desde desengaños inesperados hasta reveses económicos, expectativas frustradas o pérdidas imprevistas. Necesitamos una práctica espiritual que mire más lejos, una práctica que no se limite a hacernos sentir bien, una práctica que nos prepare para responder cuando las cosas vayan mal o aparezca el dolor. Este método, para la tradición zen, consiste en aprender a sentarnos en silencio durante una hora cada día, siete días por semana, hasta descubrir qué y quiénes somos realmente. Este es un camino al que nos referimos como un camino de corazón, un enfoque que incluye toda nuestra vida y sus innumerables desafíos. La apertura de corazón que nos proporciona el hecho de sentarnos es satisfactoria, segura y no se limita a obtener lo que queremos.

El objetivo de este libro es alentar a nuestros lectores a emprender una práctica espiritual que les sostenga a lo largo de los inevitables altibajos que la vida les deparará. Mientras reflexionábamos juntos en esta cuestión, preguntamos a algunas personas de nuestra comunidad de Two Arrows Zen, en Salt Lake City, lo que opinaban al respecto. Les pedimos que describieran algunas de las cuestiones que les acercaron a la práctica y por qué consideraban que el entrenamiento zen es adecuado a nuestro tiempo. Les preguntamos lo que les llevó al zendo, por qué siguen volviendo y en qué sentido el hecho de sentarse en comunidad satisface su anhelo de significado y propósito.

Todos parecían ansiosos por responder a estas preguntas y coincidieron en ciertas cosas. Reconocieron que vivimos en un tiempo de cambios veloces y en el que preocupaciones tan apremiantes como el cambio climático, la desigualdad económica y el desarrollo exponencial de la tecnología están generando ansiedad y estrés en las personas. Es cierto que el Buda enseñó que la vida es sufrimiento, pero la magnitud y el desconocimiento de estas amenazas llegan a parecer, hoy en día, más abrumadoras si cabe que la confrontación personal con la enfermedad, la vejez y la muerte.

También hablaron de la extraordinaria sobrecarga de información online y de las dificultades para separar la verdad de lo que no lo es. Hay demasiadas opiniones y culturas enteras destinadas a respaldar online cualquier afirmación. Es como si las creencias y las visiones del mundo hubiesen dejado de verse informadas por la filosofía, la formación religiosa, la educación o el compromiso cívico y hubieran quedado al albur de los algoritmos. Asimismo expresaron su preocupación por el hecho de que el uso de los dispositivos tecnológicos que permiten un acceso rápido a internet y a las redes sociales ha contribuido a la incapacidad de concentrarnos durante mucho tiempo. Se sienten propensos a las distracciones y hubo incluso quien llego a sugerir que el simple hecho de estar quietos podría ser, para nosotros, más difícil que para las generaciones que nos precedieron.

También hablaron del importante énfasis que se pone en la identidad en muchos de los entornos en los que viven y trabajan. El esfuerzo por garantizar la justicia social parece imponer una presión constante a identificarse con subgrupos asociados a la raza, la etnia, el género, la orientación sexual y las causas políticas. Aunque apoyan los esfuerzos colectivos en pro de la justicia y la equidad, el relieve otorgado, en muchos contextos, a las diferencias impide profundizar en los valores compartidos que proporcionan unidad y coherencia en el entorno laboral y en nuestras comunidades. También hablaron del estrés que implica adoptar tantas identidades en lugar de renunciar a ellas.

Nuestro objetivo es compartir la sabiduría y el apoyo que proporciona un camino espiritual que tiene dos mil quinientos años de antigüedad. La práctica del zen cuestiona nuestra mente convencional, nuestras tendencias al consumo y nuestra fijación en los logros. No promete tanto una experiencia de un «nivel superior», sino que ofrece una presencia constante, un corazón abierto y un linaje y una comunidad consagrados por el tiempo. Se trata de una práctica que ha resistido el paso del tiempo y tiene en cuenta nuestro anhelo existencial más profundo. La práctica del zen reduce el estrés, desarrolla la resiliencia y nutre la compasión en los momentos más difíciles de nuestra vida.

Las grandes tradiciones espirituales siguen teniendo una extraordinaria capacidad para interpelar a nuestras capacidades humanas. A lo largo de generaciones, las tradiciones han perfeccionado sus enseñanzas y prácticas para explorar las profundidades del ser humano, enseñándonos a expresar el cuidado por los demás y por nuestro mundo. Nos animan a aclarar nuestros objetivos y proporcionan dirección a nuestra vida. Y, como nos animan a conectar con algo más grande que nosotros, también nos proporcionan una profunda sensación de significado y plenitud.

Nuestra tradición es el soto zen y esperamos transmitir al lector las maravillas de la meditación sedente, el estudio del dharma y la relación entre maestro y discípulo, poderosos vehículos para cultivar un conjunto de valores humanos perennes que nos permiten reconocer nuestra naturaleza incondicionada universal. Es precisamente a esa apertura a nuestra naturaleza universal a la que, en nuestra práctica, nos referimos con el nombre de «despertar». (1)

Pero los practicantes espirituales —y nuestras organizaciones— necesitan habilidades cotidianas. El liderazgo, la gobernanza, la recaudación de fondos y la administración eficaz son esenciales para nuestro éxito. Necesitamos aprender a comunicarnos y resolver conflictos. El desarrollo de estas habilidades se denomina «crecimiento». Diane ha sido testigo del colapso, en momentos de estrés, de varias de sus comunidades espirituales porque los grupos carecían de las habilidades necesarias para superar los retos a los que se enfrentaban. Son muchas las comunidades espirituales contemporáneas que, por carecer de estas habilidades, acaban implosionando cuando se ven obligadas a enfrentarse al estrés, las crisis o los escándalos. La gente imagina que los conflictos nunca deberían haber aparecido o da ingenuamente por sentado que la humanidad acabará descubriendo de forma mágica la beatitud y la unidad, pero, cuando esto no ocurre, las comunidades acaban desmoronándose.

Gabe también afirma que no es extraño que, entre los miembros de su generación, las comunidades espirituales sean lugares a los que los jóvenes practicantes acuden para esconderse y dejar a un lado la curación, el desarrollo de habilidades y el crecimiento necesario para ayudar a los demás. ¿De qué sirve despertar a nuestra naturaleza universal si no podemos poner en práctica esta comprensión porque nuestras habilidades emocionales e interpersonales siguen infradesarrolladas o porque aún tenemos que aprender a utilizar nuestro poder y nuestra vitalidad para servir a la totalidad en lugar de seguir ahondando en las diferencias?

Debemos encarnar nuestra visión y manifestar las enseñanzas en nuestra vida y en las comunidades en las que nos hallamos inmersos. Este libro habla de prácticas que revelan nuestra naturaleza universal y movilizan energías como el amor, la compasión y el perdón como dominios del despertar. También incluye prácticas que facilitan el desarrollo de nuestras habilidades interpersonales y emocionales en el proceso del crecimiento. Los cinco primeros capítulos del libro exploran el tema del crecimiento y los capítulos 6 a 16 profundizan en el tema del despertar.

Entrenamiento espiritual multidisciplinario

Debemos a Ken Wilber, un escritor y filósofo estadounidense con un genio incomparable para el reconocimiento de pautas que aplicó al campo del desarrollo humano, la diferencia existente entre despertar (waking up) y crecer (growing up). Wilber ha sido el primero en subrayar la importancia de que las tradiciones espirituales diferenciasen, en su práctica espiritual, el trabajo psicológico occidental, el desarrollo emocional y las habilidades relacionales. Su teoría integral afirma la posibilidad de combinar métodos que trabajan con diferentes dimensiones de nuestro ser como el desarrollo de un ego sano mediante la psicología positiva y la desidentificación del ego propia del zen, dos abordajes que, en su opinión, son complementarios, de ahí nuestro empleo de la expresión entrenamiento espiritual multidisciplinario.

Despierta y crece

Este libro presenta un zen integral que se ocupa deliberadamente tanto del despertar como del crecimiento. Si bien se basa en las enseñanzas atemporales de los maestros zen, también incluye conocimientos procedentes de la neurofisiología, el trabajo con el trauma, el desarrollo adulto, el trabajo con la sombra, la maduración emocional y el desarrollo de habilidades destinadas a la resolución de conflictos. Y es que, aunque el desarrollo humano esté limitado por el tiempo y sea contingente, un marco de referencia integral del desarrollo nos ayuda a aclarar lo que significa para los adultos seguir avanzando, nutriendo a sus comunidades, lugares de trabajo y familias.

El budismo occidental es una empresa incipiente. Para que resulten atractivos para las generaciones más jóvenes y relevantes para nuestra época y puedan profundizar y desarrollarse de un modo sostenible, los distintos linajes deben evolucionar. En este sentido, deben satisfacer las necesidades y expectativas tradicionales e incluir los conocimientos científicos modernos y las habilidades culturales posmodernas. Los linajes espirituales deben adaptarse a los cambios que experimenta la cultura humana e integrar también en su práctica los conocimientos nuevos que aparezcan en los campos de la psicología, la biología evolutiva, la neurociencia y la ecología. (2)

El reconocimiento de nuestra naturaleza profunda alienta el desarrollo personal y colectivo de un modo socialmente más maduro y comprometido. Este es el enfoque que adoptamos en nuestra práctica y en nuestro trabajo como mediadores y facilitadores de grupos y que suponemos que también ayudará a nuestros lectores en su actividad en el mundo.

Todas las disciplinas espirituales subrayan la importancia del cultivo de cualidades como el amor, la bondad, la compasión, la generosidad y la empatía, rasgos que contribuyen a consolidar nuestras relaciones y a estrechar la conexión con nuestras comunidades y con el mundo. En lugar de anular y excluir a los demás, podemos trabajar con nuestras diferencias y nuestros compromisos comunes de un modo que fortalezca las relaciones. Una mayor conciencia de uno mismo debería traducirse en relaciones más sanas y duraderas, algo que no ocurre en ausencia de práctica.

Esperamos que nuestra experiencia nos ayude a inspirarte y ampliar tu confianza en la importancia de este entrenamiento espiritual multidisciplinario. Veremos ejemplos del modo de trabajar con el ego mientras profundizamos en el reconocimiento del estado despierto, el entrenamiento ético, el trabajo relacional y la práctica en un entorno rico en feedback interpersonal. Este enfoque integral puede ayudar a los practicantes a gestionar las crisis de nuestro tiempo con presencia, sabiduría y compasión. Este entrenamiento espiritual multidisciplinario puede ayudarnos también a afrontar las adversidades mientras cultivamos un futuro positivo, haciéndonos eco de las enseñanzas del buda Shakyamuni en el camino hacia la liberación. Esperamos que este trabajo te ayude a alcanzar tus mayores aspiraciones de crecimiento y despertar.

Que tu práctica sea beneficiosa para los demás.