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Extractos - Kabir Helminski

Dervish dance

Del ego al alma

Por Kabir Helminski

La gente lucha de muchas maneras por demasiadas cosas en este mundo; unos pocos buscan una doctrina espiritual que lleve a una vivencia directa de la realidad. La «Tierra de la Realidad» no es otra que el mundo en el que vivimos, pero es necesario despertar la percepción espiritual para verlo y conocerlo. Lo sagrado impregna la existencia y, sin embargo, pasa desapercibido de forma misteriosa. Una vida que no conduce a una creciente toma de conciencia de lo sagrado es una vida que carece de realidad, vacía y superficial. Potencialmente existen muchos caminos que conducen a una percepción de la belleza y el amor inherentes al universo.

Algunos seres humanos poco comunes se han adentrado tan profundamente en la naturaleza de la realidad que la experiencia los ha transformado por completo. Con su sola presencia han ejercido un efecto transformador sobre los demás. Rumi es uno de esos seres humanos inusuales, y el legado de conocimiento que ha dejado a la humanidad es insuperable. Desde cierto punto de vista, es el colofón de seis siglos de civilización espiritual islámica. Desde otro, es un ejemplo de lo que la humanidad aún tiene que lograr.

El término con el que tradicionalmente se denomina al sufismo, tasawwuf, significa «proceso de purificación». Por eso en el sufismo no se aconseja iniciar una campaña, ponerse un uniforme o alzar una bandera, sino pulir el espejo del propio corazón, ser agradecido en cada circunstancia, ser consciente en cada respiración.

En cada sociedad y cultura, los seres humanos están culturalmente condicionados por prejuicios y supuestos que obstaculizan su capacidad de apreciar plenamente la bondad de los demás y las posibilidades de la existencia humana.

El sufismo es un contexto para la transformación que puede ayudarnos a purificar nuestra percepción y eliminar los factores distorsionadores dentro de nosotros mismos. Solo entonces podemos experimentar, ser conscientes y percibir la misericordia, la generosidad y la belleza de la realidad.

El valor evidente de la verdadera espiritualidad

El egoísmo es una falsa moneda que nadie querría realmente comprar o vender si pudiera distinguirla con claridad. Aquellos que operan con ella terminan decepcionados al final. Una sana humildad es intrínsecamente más agradable y atractiva que la vanidad. El amor desprendido es mucho más hermoso que el beneficio propio. La cooperación compasiva fomenta una comunidad próspera; la competencia despiadada socava las relaciones. La verdadera espiritualidad es evidente y demuestra su valor incluso en este mundo material.

Para los que con sinceridad buscan discernir lo que es verdaderamente real y de valor duradero existen leyes espirituales por descubrir y verificar. Entretanto, el mundo constituido por valores falsos y egoístas no puede contentar al corazón humano.

Pese a la propaganda feroz de las fuerzas comerciales y políticas, el corazón continúa buscando algo real. A pesar del intento de mercantilizar todos los aspectos de nuestras vidas, el alma se rebela por derecho y busca romper el hechizo de la fascinación colectiva.

Son muchas las fuerzas hoy en día que usan por sistema el condicionamiento emocional y la ingeniería social con el fin de controlar. La mayoría de las personas son muy sugestionables y se convierten en presa fácil de la manipulación emocional y mental. Solo es necesario proporcionar una experiencia emocional impactante sirviéndose de algún tipo de sugestión colectiva para convencer a las personas de que algo es «verdadero». Faraones y emperadores, clérigos y gurús han usado pompa y ceremonias, símbolos y monumentos para convencer a la gente de su poder y autoridad.

El condicionamiento emocional y mental no debe confundirse con el desarrollo espiritual. Estar emocionalmente comprometido y mentalmente convencido no tiene mucho que ver con purificar nuestra percepción. Usar gafas de sol con cristales de color rosa modificará la forma en que la que se ven las cosas, pero no mejorará la visión, sobre todo si uno es medio ciego.

Los efectos de la fascinación colectiva deben eliminarse mediante un proceso gradual de autoobservación y reeducación. Pero existen otros velos más sutiles que también deben retirarse. Es más fácil derrocar al faraón exterior que al interior (o a la Cleopatra interior). Es más fácil desechar el proselitismo político que las mentiras que nos decimos a nosotros mismos. Debemos hacer frente a todo tipo de justificaciones y engaños personales: nuestra vanidad, prejuicios, presunción y miedos.

Creamos o no en un alma eterna, en mundos más elevados o en regiones celestiales, existe un trabajo práctico y empírico que puede expandir nuestro sentido de la realidad y abrirnos a dimensiones de experiencia que pueden considerarse espirituales con todo derecho. Este trabajo no se emprende con el fin de «ganar el cielo», sino con el de conocernos a nosotros mismos y descubrir quiénes somos realmente. Con el tiempo, nos damos cuenta de que lo más valioso y auténtico es invisible, que la vida verdadera es la del alma y que el trabajo genuino es el del alma. Lo que gran parte de la humanidad está buscando sin saberlo es una relación con una dimensión espiritual que pueda sanar nuestras almas desconectadas y satisfacer nuestros corazones agitados. Rumi nos brinda esta analogía:

«Cuando alguien va a los baños públicos, el calor lo envuelve. Allá donde vaya en los baños, el fuego lo acompaña; gracias a sus efectos sentirá el calor que este produce, pero no podrá verlo. Al salir y ver el fuego, se da cuenta de que este era el origen del calor que se sentía en los baños. El ser del hombre es una “casa de baños” maravillosa. En él está el “calor” de la mente, el espíritu y el alma. Solo cuando salga de esta casa de baños y vaya al otro mundo verá realmente la esencia de la mente. Contemplará la esencia del alma y la del espíritu.

Se dará cuenta de que su inteligencia se debe al “calor” de la mente, que las tentaciones y las mentiras provienen del yo inferior y que su vitalidad procede del espíritu. Verá claramente la esencia de cada uno. Sin embargo, mientras permanece dentro de la “casa de baños”, no puede ver el “fuego” a través de los sentidos, sino a través de su efecto. Sería como tomar a alguien que nunca ha visto una corriente de agua y arrojarlo a ella con los ojos vendados. Sentirá algo húmedo y suave contra su cuerpo, pero no sabrá qué es. Cuando le quiten la venda de los ojos, se dará cuenta de que es agua. Inicialmente conocía sus efectos, pero después intuye su esencia. Por lo tanto, rueguen a Dios y pídanle que no sea todo en vano. Dios dice “Invocadme y os responderé”» [40:60]

Señales de lo invisible, Fihi ma fihi, Charla 45

El mysterion - El secreto de nuestra condición humana

Una bellota es un roble en estado embrionario. Sería absurdo que una bellota pensara que su potencial de crecimiento, en lo que está destinada a convertirse, sea obra suya. En la concepción del universo existen ciertos potenciales que deben alcanzarse. Todo tiene un propósito, pero en el caso del ser humano, el cumplimiento de ese propósito no es inevitable; es una cuestión de elección consciente. Nacemos como seres incompletos; nuestra compleción depende de nuestro libre albedrío para hacer realidad el potencial dentro de nosotros. Esto es algo exclusivo del ser humano. Otras criaturas siguen su propia naturaleza, pero al ser humano se le ha dado el don, y la maldición, del libre albedrío.

«No hay poder ni fuerza excepto en la Divinidad» es una oración que recitan a menudo los musulmanes, cuya eficacia y valor citan muchos hadices. Los grandes místicos, que fueron seres humanos altamente desarrollados, han constatado esta verdad. En los momentos de mayor sometimiento vislumbraban que todo se debía a la Realidad divina. Su gran capacidad de entrega, trabajo y amor —su soberanía personal— surgía de su propia relación con esa Realidad superior. Demostraron que el individuo soberano es quien realiza de forma consciente esa Intervención divina; la individualidad es el instrumento a través del cual se manifiesta la Voluntad divina. Si esto es desconcertante, confuso o difícil de entender, continúe leyendo. Tal vez Rumi pueda aclararlo un poco más:

«“En la ciudad de tus sueños solo echaste en falta una persona noble” (1). Si en una ciudad donde encuentras belleza, placer, encanto y adornos de todo tipo, no hay un hombre sabio, ¿no sería mejor al revés? Esa ciudad es el ser humano. Si en ella concurren cien mil talentos, pero carece de significado intrínseco, mejor sería que fuera asolada. Si existe el sentido intrínseco, poco importa la ausencia de adornos externos. Para que prospere debe contener el mysterion. En cualquier situación en la que se encuentre el ser humano, ese mysterion debe estar centrado en Dios, y ninguna preocupación exterior debe impedir esa concentración interior. Igual que una mujer encinta; cualquiera que sea el estado en el que se encuentre -en la guerra o en la paz, comiendo o durmiendo- el bebé se desarrolla, se fortalece y recibe sensaciones en su vientre sin que ella sea consciente de ello. Asimismo, la humanidad está “encinta” de ese mysterion. “Pero el ser humano se hizo cargo (de la custodia que Dios le ofreció): ciertamente es muy impío e ignorante” [sura Al-Ahzab 33:72), pero Dios no lo abandona en la impiedad y en la ignorancia. Si de la carga aparente de un ser humano surge compañerismo, solidaridad y amistad, entonces pensemos qué magníficos amigos y compañeros surgirán del mysterion que alumbra un ser humano después de la muerte. El mysterion es imprescindible para que un ser humano prospere. Es como la raíz de un árbol: aunque está oculta a la vista, sus efectos son evidentes en las ramas. Aunque se rompan una o dos ramas, cuando la raíz es fuerte, el árbol seguirá creciendo. Sin embargo, si la raíz sufre daño, ni la rama ni la hoja sobrevivirán».

Señales de lo invisible (2), Fihi ma fihi, Charla 50

Lo que Rumi llama el mysterion es el punto de contacto con lo Infinito en nuestras almas. Por oscuro o esotérico que parezca, puede concebirse y entenderse a través de un planteamiento muy sencillo: todas nuestras capacidades y virtudes humanas tienen su origen en una realidad de orden superior y se manifiestan en la vida real de forma espontánea o a través de un acto de voluntad. El ser humano individual, incluso el individuo soberano, no es el creador de la conciencia, la voluntad, la inteligencia o el amor, sino el reflector de estas cualidades y capacidades. Como un espejo, podemos reflejar un espectro de cualidades en función de lo pulido y limpio que esté nuestro espejo. Asimismo, el egoísmo y la negatividad pueden distorsionar y corroer nuestros espejos. Por eso hay que hacer un trabajo práctico para eliminar la distorsión de nuestras almas y, de forma positiva, alinearnos con esta realidad de orden superior a través de humildad, veneración, entrega y amor.

«Tú, ignorante hasta la médula, confundido por la apariencia, toma conciencia. El Amado está en el centro de tu alma.
La esencia del cuerpo es la sensación y la esencia de los sentidos es el alma.
Cuando trasciendes cuerpo, sentidos y alma, todo es Hu (3), Solo hay Hu».

Cuarteta 322
Notas:
  1. Este verso es una cita de Rumi, con ligeras variaciones, del Diwan de al-Mutanabi, página 93.
  2. Signs of the Unseen, traducción de Wheeler Thackston (Purney, Vermont: Threshold Books, 1994)
  3. El «pronombre» de la Presencia divina
Fuente: Kabir Helminski. Mysterion
(Extraído de la muestra gratuita del libro en Amazon)