Ruta de Sección: Inicio > Ensayos > Una silenciosa revolución espiritual

Artículos - Jeff Foster

Una silenciosa revolución espiritual

por Jeff Foster
Pájaros volando al atardecer

Y Jesús les dijo:
"Cuando hagáis de los dos uno,
Y lo de dentro sea como lo de fuera
Y lo de fuera como lo de dentro,
Entonces entraréis en el Reino."

- Evangelio de Tomás

En el mundo de la espiritualidad se está produciendo una revolución silenciosa. Cada vez son más los que creen que la libertad no se puede encontrar en la filosofía, en la religión o en una ideología determinada; que no está en los libros ni se puede alcanzar dedicando toda la vida a intensas prácticas espirituales; que es algo que los maestros espirituales que han alcanzado la Iluminación o el despertar no pueden transmitir; que la libertad no se puede poseer, no se puede enseñar ni se puede capturar.

Cada vez son más los que creen que lo único que existe es la libertad, que se encuentra en el núcleo mismo de lo que somos, que está siempre a nuestro alcance y que es gratuita. Justamente a eso se refería el mensaje de La vida sin centro: a la libertad absoluta en calidad de núcleo mismo de la vida. Es un mensaje radical, desde luego, pero resulta tan delicado y dulce como el beso de una persona querida.

Este libro trata de la posibilidad de que llegue a su fin de una vez por todas la búsqueda espiritual y, por ende, cualquier tipo de búsqueda de la mente; de que, en ausencia de dicha búsqueda, se perciba con claridad que todo lo que existe es Unidad; de que, ante la claridad de la Unidad, la vida pierde toda su pesadumbre y en todo momento basta con lo que hay. Alguna gente llama a esto despertar espiritual, pero no se trata de algo complejo que esté reservado a unos pocos afortunados. Es un despertar tan sencillo y evidente como el repiqueteo de la lluvia en el tejado. Se parece a cuando uno tiene un sueño y se pierde en él pero, al despertar, abre los ojos, mira a su alrededor y se da cuenta de que: claro, no era más que un sueño...

Aquí no se pretende condenar la búsqueda, ni ninguna religión o creencia. La búsqueda es, simplemente, el anhelo de la propia Esencia; la desesperación de intentar recordar quién es uno en realidad, más allá del nombre y del cuerpo, más allá de los pensamientos, más allá de todos los conceptos, más allá de cualquier más allá. La búsqueda se desarrolla por sí misma tal y como le corresponde. Aquí no se trata de condenar la búsqueda sino de señalar la posibilidad de que desaparezca; de revelar algo mucho más impactante de lo que jamás hayan podido prometer las enseñanzas espirituales.

Este no es un nuevo conjunto de creencias ni una refrescante colección de ideas que la mente pueda rumiar. No: su mensaje se apoya en las palabras para superarlas, para referirse a algo que, en realidad, resulta imposible expresar con palabras. No se trata de impartir una enseñanza; no se trata de transmitir algo de un individuo a otro, sino de compartir algo entre la Unidad y la Unidad; un compartir que finaliza con una revelación que trasciende por completo el sueño del tú y yo

En un cierto nivel, no son necesarias las palabras: es la plenitud. La Unidad es plena y está brotando, en este mismo momento, en forma de silla, de suelo, de mesa, de cuerpo, de ojos, de nariz, de brazos, de piernas, de latidos del corazón, de respiración... todo esto es la Unidad y no hay nada fuera de lugar. Sin embargo, puede que el individuo no sea capaz de verlo. Tal vez deba leer más, esforzarse más, asistir a nuevas reuniones espirituales, meditar todavía más hasta lograr comprender todo Esto. Y así es exactamente como tiene que ser. Las enseñanzas de la no dualidad parecen fundamentales mientras haya un individuo que intente comprenderlas. Ése es el único propósito de estas palabras: estar, con amistad y amor, a disposición de ese individuo; reunirse con él allí donde esté.

No obstante, cuando ese individuo se disuelva en la claridad, cuando la búsqueda quede resuelta, desaparecerán estas referencias a lo inefable y, entonces, sólo quedará la inmediatez de lo que hay, sin ningún sujeto cognoscente. Todo lo que habrá será un petirrojo que canta en el árbol, el ruido de un coche que circula por la calle, la taza de té que sujeta tu mano... y todo eso será el divino Misterio. No volverás a buscar nada más y desaparecerá para siempre el lastre de la individualidad. Se llevará una vida perfectamente normal, pero nadie la estará viviendo. Y, en la dicha y claridad, se verá que esa libertad es lo único que existe desde siempre, y que la búsqueda y el sufrimiento de toda una vida han ido aconteciendo con absoluta inocencia.

* * *

Quizás convenga hacer una breve referencia a mi pasado teniendo en cuenta que, lógicamente, lo que denominamos pasado no es más que un recuerdo, un pensamiento que brota en este momento, y que mi pasado no tiene nada de especial con respecto al tuyo ni, en realidad, al de ninguna otra persona.

Cuando tenía más o menos veinticinco años, después de una vida caracterizada por la timidez, la ansiedad y un intenso desprecio por esa entidad a la que llamaba yo mismo, caí en una profunda depresión y enfermé. Espoleado por el deseo de poner fin a toda una vida de sufrimiento, durante varios años me embarqué en una intensa búsqueda espiritual que me llevó por diversas religiones y tradiciones espirituales. Pese a haber sido un ateo acérrimo durante toda mi vida, el sufrimiento alcanzó tal intensidad que parecía que la única opción posible era huir hacia la espiritualidad.

Desarrollé cierta adicción por el concepto de despertar espiritual; me encerré en mí mismo porque no quería saber nada del mundo; me dediqué a meditar, a practicar la autoindagación, y a cambiar y cuestionar constantemente mis creencias; además, leí cientos de libros espirituales y me pasé horas sentado en el jardín de mi casa intentando estar presente, esperando ese momento en que mi yo individual desaparecería y, con él, todo mi sufrimiento.

Sin embargo, como no acababa de encontrar lo que andaba buscando, mi desesperación y mi frustración alcanzaron un nivel crítico, tan crítico que algo se abrió en mi interior: la mente se derrumbó, agotada de llevar toda la vida tratando de alcanzar lo inalcanzable, y se produjo una profunda relajación. El secreto se reveló justo en el seno de lo que, hasta entonces, yo había considerado que constituía mi vida. La búsqueda espiritual terminó cuando me di cuenta de que sólo hay Unidad, de que la vida es plena de por sí y de que yo no era algo distinto de cuanto me consideraba. Ante una visión tan clara, toda necesidad de búsqueda desapareció y sólo quedó la claridad y la sencillez de lo que es. Supuso un gran impacto percatarme de que el secreto del despertar espiritual me acompañaba desde el principio y de que había sido incapaz de verlo debido a lo enfrascado que había estado en su búsqueda, la cual, además, me había separado de él. No obstante, dicha separación había sido un simple espejismo que, al desaparecer, permitió que se revelara la verdad de una forma tan contundente como un puñetazo en el estómago. Y esa verdad se reveló en una silla, en una flor, en un árbol, en mis manos, en mis pies, en todo. La Unidad se había revelado desde siempre por todas partes, en todo lo que me rodeaba, a cada instante. Pero, al estar sumido en la búsqueda de mi identidad, se me había pasado por alto por completo.

¡Sin embargo, al echar la vista atrás, pude ver con qué perfección tuvo lugar todo el proceso! ¡Fue necesaria toda una vida de búsqueda y de sufrimiento para poder despertar de ese sueño de búsqueda y de sufrimiento! De hecho, esa búsqueda y ese sufrimiento siempre apuntaban hacia otra posibilidad: siempre habían indicado cuál era el camino de regreso a la Esencia.

* * *

Al principio, simplemente hablaba de mis experiencias con gente que me encontraba en los bares o en los bancos del parque. Después apareció la página web, se publicaron algunos libros y empezaron a surgir reuniones, primero en Londres y, después, en otras partes del Reino Unido y en el extranjero. Yo no esperaba todo esto. ¡Es como si tuviese vida propia y quién sabe por qué derroteros seguirá!

Es evidente que la Unidad se deleita en expresar este mensaje y supone un verdadero regalo poder conocer a gente de todo el mundo y ver que, a pesar de todo, no hay nadie separado, que todo es Uno. La verdad es que, cada vez que conozco a alguien, en realidad me encuentro conmigo mismo, de la misma forma que todas las preguntas que me formulan son siempre la misma: la mente y su afán de regreso a la Esencia. ¡Qué obra de teatro tan perfecta!

Ahora, ha llegado el momento de regresar a la Esencia. Lee los siguientes diálogos con la mente abierta, con el corazón abierto, y tal vez caigas en la cuenta de que aquí lo que importa no son las palabras sino que, más allá de ellas, tiene lugar algo demasiado extraordinario como para que el lenguaje pueda expresarlo. En realidad, no son reuniones propiamente dichas sino más bien hogueras en cuyas llamas se resuelven y se consumen todas las preguntas que formula la mente, de modo que sólo resta la maravilla de lo que hay. Verdaderamente, resulta imposible decir algo sobre esta cremación pues todo intento de hablar sobre ella es consumido por las llamas. Sin embargo, las palabras siguen brotando, la vida sigue su curso y resulta evidente que no somos nosotros los que controlamos este sorprendente mundo onírico sino que nos encontramos sumidos en el abrazo de esa Unidad de forma permanente, en todo momento, desde la cuna hasta la tumba, y más allá.

Que en estas páginas encuentres tu propia ausencia y estalles de asombro.