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Extractos - José María Doria

Vivir en presencia

Vivir en Presencia

Una puerta abre todas las puertas: el momento presente

Por José María Doria

Como humanidad, nunca antes hemos sido tan conscientes de lo que significa vivir en el ahora. El despliegue de la presencia subraya la vivencia del momento presente como clave nuclear de la existencia. Las enseñanzas budistas y el entrenamiento mindfulness coinciden en señalar la vivencia del aquí-ahora como cesación del sufrimiento y salida liberadora.

Así como aquí significa donde estoy, ahora quiere decir cuando soy. En ambos casos se constata que el presente está ligado a la vivencia de nuestra mismidad. La experiencia directa del ahora deja en suspenso nuestros conceptos de pasado y futuro, y contiene en sí misma un sabor de viveza. En realidad, si autoindagamos llegamos a la conclusión de que toda vivencia, aunque consista en recordar sucesos o proyectar futuros, siempre está ocurriendo en un único ahora.

El actual paradigma de la conciencia pone un especial acento en ser plenamente conscientes de lo que está sucediendo ahora. Se trata de un deliberado enfoque de la atención al presente, desde el que se neutraliza cualquier actitud victimista o anticipatoria.

Este enfoque no es nuevo: pensadores y místicos lo han cultivado a lo largo de la historia. En el cristianismo, la figura de Dios es atemporal; desde la perspectiva divina, el pasado, presente y futuro se actualizan en la eternidad. Esta concepción transtemporal es abordada por Tomás de Aquino en su metáfora acerca de «un Dios vigilante situado de pie y sobre la cumbre de la montaña». Prosigue diciendo: «Dios tiene la visión circular o de trescientos sesenta grados de los valles, donde los seres humanos realizan sus acciones pasadas, presentes y futuras; acciones que, desde el no tiempo, se hacen visibles de forma simultánea ante la mirada divina».

La idea de no-tiempo evoca la simultaneidad como forma de integrar todos los tiempos en un presente continuo y sin pausa. Lao Tse dijo: «Nada es alternativo, todo es simultáneo», lo cual también venía a insistir en que, en la simultaneidad, tanto el pasado, como el presente y el futuro suceden ahora. Esta concepción hace referencia a infinitos sucesos que se desarrollan a la vez en el seno de la presencia.

Espectadores de la película

Cuando visionamos una película que nos conmueve, solemos estar absortos, en atención plena. Cada instantáneo fotograma desata emociones fugaces y plenas de ahoridad. De la misma forma, si damos un paso atrás en la vida cotidiana, vemos cómo pasa la película del vivir en nuestra íntima pantalla.

Sentados en la butaca del cine, de vez en cuando recordamos que lo que vivimos pasará, que la película acabará dentro de un rato y que nuestra vida entonces continuará. A partir de esta toma de consciencia, sentimos que podemos salir del guion emocional con solo cambiar de canal. ¿Hay mejor regalo que las opciones que otorga la consciencia?

Quien vive en el estado de presencia se da cuenta de lo que está circulando por su mente, por lo que tiene la opción de no creerse sus propios pensamientos, como tampoco su ilusoria permanencia.

¿Por qué nos resistimos a vivir en el presente?

Ahora bien, ¿por qué nos cuesta tanto mantener nuestra conciencia en el ahora? ¿A qué se debe que la dispersión entre recuerdos y anticipaciones sea el modelo de mayor frecuencia?

Eckhart Tolle, autor de El poder del ahora, uno de los libros más esclarecedores acerca de la conciencia de unidad, señala que la desgracia del ser humano consiste en vivir en la identificación con las formas mentales, materiales y emocionales que le aprisionan. Tolle también afirma que dejamos de considerar estas formas como algo pasajero, lo cual marca nuestras resistencias al cambio y a la impermanencia. El hecho de escapar del presente y de resistirse a lo nuevo es una forma de engancharse a pensamientos y memorias del pasado, lo cual convierte la vida en una fotocopia.

Nuestro cuerpo vive en el ahora; de hecho, nadie se rasca en el futuro, como tampoco en el pasado duelen las muelas: las sensaciones corporales siempre nos remiten al ahora. Arraigarnos en el cuerpo y habitarlo de forma sostenida asegura el vivirnos en la presencia. Por ello, durante la meditación conviene focalizarse en las sensaciones respiratorias, para algo que permite eludir el protagonismo del pensamiento en su vaivén entre el ayer y el mañana.

El influjo del ego y el silencio que lo trasciende

Nuestro ego tiende a ser adicto al pasado: se engancha con suma facilidad al viejo dolor y alimenta el drama. Vivirnos en el presente neutraliza al ego; con ello, se desarticula la apropiación de los hechos, que únicamente suceden, sin el protagonismo ni el control que este reclama. ¿Acaso hay otro sujeto que no sea la Vida?

Viviendo desde el ego todo parece insuficiente, incluso la vida puede resultar aburrida. No es de extrañar que quien no vive en el presente sueñe con las próximas vacaciones, con la jubilación o con el fin de semana que se avecina. Por si fuera poco, los domingos se vivencian influidos por el inminente lunes, que produce ansiedad anticipatoria.

Hay cosas en la vida que nos recuerdan la existencia de otras formas de mirar. Por ejemplo, ¿nos hemos preguntado a qué se debe que nos guste entrar en contacto con un animal? Precisamente es la Vida, en toda su inocencia, la que se manifiesta en los seres que simplemente son y están, seres ajenos a la esfera del pensar. Esto sucede a menudo en contacto con un bebé o una mascota. Es grato constatar cómo nos encontramos y qué sentimos en presencia de estos seres limpios que no nos juzgan. Al no sentirnos evaluados, nada tenemos que demostrar; podemos bajar la guardia y vivir en calma.

También saboreamos el presente cuando hay aceptación total de nuestras emociones, reconociendo su naturaleza transitoria. Vivir en presencia es una forma de contemplar las formas cambiantes del mundo, sin que estas nos absorban. Tengamos en cuenta que al ego le resulta muy difícil dejar ir, al tiempo que se aferra a estados placenteros creyendo que estos durarán para siempre. La raíz del sufrimiento está precisamente en la resistencia al desapego y a soltar.

Al hacernos amigos del momento presente, dondequiera que estemos sentiremos paz; por el contrario, desde la no aceptación hace acto de presencia la acritud en cuanto aparece la primera piedra. Se trata de vivir lo que hay, sin identificarnos con juicios y etiquetas. Atención a nuestras mentes y a su rumiación psicológica. Como sabemos, rumiar es masticar la comida una y otra vez, de forma repetitiva. Pues bien, nuestras mentes hacen lo mismo con determinadas ideas. La buena noticia es que podemos entrenar el dejar ir y así soltar resistencias.

En la práctica de la meditación se cultiva una actitud de acogida hacia todos los estados que surjan. Quien medita tan solo observa, sin rechazar ni reforzar lo que a su mente llega. Gracias a la mirada neutral se despliega la conciencia sin elección. Entonces los pensamientos que nos inquietan son vistos con ecuanimidad y, así como vienen, se van.

Adentrarse en el silencio y enfocar lo que está sucediendo ahora es la forma de abrirnos a la identidad transpersonal. Conforme desplegamos el darnos cuenta y habitamos el presente, la alegría incausada nos acompaña en los claroscuros de la aventura. La silenciación acalla el ruido de la mente e inunda la vida de fluidez serena. Vivirnos en la conciencia del aquí-ahora es habitar el estado de presencia.

¿Qué quiere de mí la vida?