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Extractos - P. Raymond Stewart

Vive tu Divinidad

por P. Raymond StewartExtracto del libro tú eres dios
Rob

Sólo hay una cosa que en verdad importa ―¿estás expresando amor ahora mismo?―. El amor lo legitima todo. Cuando amas, revelas tu verdadera naturaleza… Cuando amas es cuando mejor expresas tu esencia Divina. Cuando amas, vives tu Divinidad ―traes a Dios a nuestro mundo.

No necesitas ni podrás nunca obtener amor. Y no es amor cuando das para recibir a cambio algo que deseas o para acumular buen karma. La razón por la cual necesitas expresar amor es que cuando amas, la sutil vibración energética que emites es la expresión de tu verdadero ser. Al expandir el amor, llegas a conocer tu verdadero ser, un ser que se encuentra más allá de las limitaciones de la forma y que abarca mucho más de lo que puedas imaginar...

No podemos amar de verdad sin experimentar nuestra Unidad. Y para ayudarnos a aprender a amar de verdad, podemos empezar por intimar con Todo Lo Que Es, es decir, actuar sobre nuestra Unidad con aquello que esté presente ―viviendo esa unidad al amar todas las cosas, y abriendo nuestro corazón a sus dones―. Nuestra Unidad es nuestra realidad. Pero necesitamos actuar sobre esta realidad para poder experimentarla. Así es como acabamos con la ilusión de la separación.

Que nuestra oración sea por la Intimidad Inmediata. Que seamos capaces de sentir nuestra Unidad y la realidad de la esencia de nuestro amor, en cada momento, con cada persona, con cada cosa, con cada experiencia.

La Intimidad Inmediata significa aceptar a cada persona, situación y experiencia sin el peso de nuestro condicionado pasado, sin nuestro bagaje personal. Significa dejar a un lado los juicios y relacionarnos con los demás sin miedo, sin la necesidad de ser más fuertes ni mejores que los demás ni de controlar el encuentro. Significa ir hacia el otro sin necesidades ni limitaciones de ningún tipo. Y significa abrirse a todo lo que el momento presente nos pueda traer.

Seamos abiertos y vulnerables, y estemos dispuestos a aceptar incondicionalmente cada parte del Único Ser. Recibamos a todo el mundo y a todas las cosas con una disposición para amar de la forma más elevada posible. Así es como expresamos nuestro Ser Divino en la tierra. Y ésta es la razón de nuestra existencia humana.

Si no podemos abrirnos realmente a los demás, limitamos el amor que podemos expresar. Si no podemos intimar con las variadas formas de nuestro Único Ser, no seremos capaces de conocer nuestros muchos rostros. Estemos dispuestos a amar al desconocido con la misma intensidad y deleite que sentiríamos al reencontrar a un hermano perdido, porque ese desconocido es nuestro hermano perdido. Perdido porque pensamos que era un desconocido, encontrado porque ahora recordamos aquello que nos une.

Los ojos son una maravillosa vía para experimentar la Intimidad Inmediata. Pueden expresar amor auténtico con más claridad que cualquier palabra. Al mirar a un desconocido a los ojos, podrás intimar de golpe con él. Al mirarse a los ojos, caen las máscaras. Al mirarse a los ojos, tu «yo» encuentra a su «yo». Cuando miras, cuando realmente miras a alguien a los ojos, ves a tu Ser que te devuelve la mirada. En un encuentro auténtico, sois una sola presencia.

Cuando le hablas a otro, le hablas a Dios, porque aquí sólo está uno de nosotros. El Padre dentro de nosotros es el Yo que hay detrás de cada ojo.

 

La raza humana ha acumulado mucho conocimiento mental; sin embargo, aún prevalecen el dolor, el conflicto y la violencia. ¿De qué nos sirve el conocimiento si un niño inocente, que ignora el mundo, está más cerca del cielo que el más erudito académico o sacerdote? Aprender más cosas no nos liberará de las limitaciones y afanes de la vida.

Nos engañamos a nosotros mismos al pensar que tenemos que saber más y hacer más para vivir con alegría. Este auto-engaño ha sido nuestra excusa para mantener nuestras máscaras, pretensiones y salvaguardias, y para negar que es nuestro propio rechazo a experimentar la felicidad lo que nos aleja de ella. Toda limitación ha sido impuesta por uno mismo.

La verdad te hará libre, pero primero tú tienes que dejar libre a la verdad ― ¡viviéndola!

La libertad no surge por generación espontánea ni se materializa de la nada. Tampoco es algo que se adquiera mediante un gran conocimiento de la dimensión espiritual.

Alcanzamos la libertad de nuestro auténtico ser al vivir con desapego las preocupaciones y los miedos de este mundo. El dejar simplemente que las cosas sean nos revelará la divinidad inherente de toda vida. Lo mismo ocurrirá si nos desprendemos conscientemente de nuestro miedo y nos abrimos al momento presente de manera no planificada y sin juicios. Tenemos que arriesgarnos a ser vulnerables, a dejar caer nuestras defensas para experimentar la verdad de nuestro Ser. Tenemos que arriesgarnos a abrirnos a la perfecta benevolencia de la Unidad.

Cuando dejemos de esforzarnos tanto por mantener la ilusión de nuestra separación, la realidad del Único Ser será obvia. El Único Ser es aquello que somos apenas dejamos de fingir que somos otra cosa. Cuando la mente pregunta: «¿Qué es Dios?», el corazón señala cualquier objeto que esté presente y dice: «Esto». Dios es lo que Es. «Soy el que Soy». Dios no está allí fuera, sino aquí.

No es con la mente sino con los ojos de la inocencia que llegamos a ser conscientes de esta verdad. La inocencia es un estado en el cual estamos abiertos a la experiencia de la verdad. Es la clara percepción de aquello que es.

Es la limitada mente racional la que oculta nuestra inocencia. El Único Ser no puede ser atrapado con las redes del pensamiento. El pensamiento, por su propia naturaleza, aísla una cosa del todo, la separa, y por lo tanto no puede obtener sino una falsedad o una distorsión en el mejor de los casos. Si aún nos estamos esforzando espiritualmente por descubrir más cosas, que nuestra oración sea que lleguemos a «aprender» lo suficiente para que podamos entender que todo nuestro aprendizaje no fue sólo innecesario para la conciencia espiritual sino también un obstáculo para nuestro despertar. Que la verdad espiritual nazca de las cenizas de nuestro saber.