Extractos - Anam Thubten
Sin yo no hay problemas
Por Anam Thubten
La verdadera realización consiste en saber que todo es una ilusión. Si no se experimenta esa comprensión, no hay libertad. Por lo tanto, el objetivo del verdadero camino espiritual consiste en llevar esa comprensión a nuestra mente, y después vivir en ella en todo momento. El objetivo no es solo tenerla periódicamente, sino vivir en ella como una forma de vida, dormir en ella, comer en ella, ducharnos en ella, y a veces también luchar en ella. Todo debe ocurrir en el contexto de esa comprensión. Cuando vivimos en esa verdadera comprensión no siempre tenemos una bonita sonrisa en la cara ni estamos bailando todo el tiempo. Seguimos teniendo que ocuparnos de la vida diaria.
Esa realización es la médula del despertar interior. Sin ella no hay libertad, no hay liberación. Aunque pensemos que nos estamos transformando y que estamos llegando a algún lugar, solo estamos experimentando una exaltación espiritual, otra ilusión. La verdad es que sin esa realización no se produce ninguna transformación. De modo que la cuestión es cómo podemos alcanzar la verdad. ¿Cómo podemos darnos cuenta de que todo no es más que ilusión, especialmente cuando sentimos que nuestro sufrimiento es muy real? ¿Cómo podemos ser conscientes de que todas las negatividades y circunstancias indeseadas, tales como la enfermedad, no son más que ilusiones? Además, cuando atravesamos por un buen momento no siempre es fácil percatarse de que todo es una ilusión.
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La meditación consiste en descansar completamente. No solo físicamente, sino de un modo integral. El descanso completo incluye abandonar todo tipo de esfuerzo mental. La mente siempre está ocupada haciendo algo. Tiene muchísimo trabajo que hacer. Tiene que sostener el universo, la existencia, porque si la mente se colapsa, no hay universo. Como dice Buda: «No hay nada real. No hay nirvana. No hay samsara. No hay sufrimiento. No hay prisión». Cuando la mente deja de mantener esta realidad mental, ya no hay nada. No hay universo. Es como montar en bicicleta. Cuando montas en bicicleta, tienes que pedalear constantemente. Si te paras y dejas de pedalear, la bicicleta no se mueve por sí sola. Se cae. Del mismo modo, mientras no creemos este mundo imaginario, esta realidad imaginaria, se derrumba. Lo llames como lo llames, samsara, realidad o ilusión, se derrumba, porque ya no hay nadie trabajando constantemente para perpetuarlo. Por eso, la mente siente que tiene una gran responsabilidad, que debe construir y perpetuar a cada momento este mundo de ilusiones. De modo que descansar significa pararse, dejar de esforzarnos tanto, dejar de construir constantemente este mundo de ilusiones, este mundo dualista, este mundo basado en la separación entre el yo y los demás, yo y tú, lo bueno y lo malo. Cuando eliminas la mente egoica, la creadora de este mundo ilusorio, la realización ya está ahí y se alcanza automáticamente la verdad. Por lo tanto, el fundamento de la práctica de la meditación budista consiste en relajarse y descansar.
Creemos que sabemos cómo descansar. Sin embargo, cuando meditamos descubrimos que la mente tiene tendencia a trabajar de manera constante, a hacer un esfuerzo continuo para intentar controlar siempre la realidad. La mente no permanece por completo serena y relajada. Encontramos diferentes capas de esfuerzo mental. Resulta bastante increíble descubrir esto cuando nos ponemos a meditar. Primero pensamos: «Tengo la mente serena y relajada». Sin embargo, si seguimos prestando atención a la conciencia, vemos que hay un esfuerzo muy sutil. Es el esfuerzo de la mente, que intenta controlar la realidad. Quizás esté buscando la iluminación. Quizás esté intentando trascender el ego. O puede que pensemos: «No me gusta lo que estoy experimentando ahora mismo. Me duelen las articulaciones». Tal vez la mente está intentado... cualquier cosa... para terminar ya de meditar. La mente siempre se está inventando historias. Siempre está escribiendo un guion cósmico. Por lo tanto, la idea de descansar completamente implica abandonar todo eso. Abandonar todo el pensamiento. Abandonar todo el esfuerzo de la mente y permanecer por completo en ese estado natural de la mente, la verdad, «lo que es». Cuando lo hacemos, nos damos cuenta de que la realización ya está ahí.
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La premisa fundamental de toda enseñanza mística es que hay una naturaleza divina en todos nosotros. En el budismo la llamamos naturaleza búdica. Cuando ya no nos identificamos con las condiciones externas, nos encontramos en el reino de la ecuanimidad. Somos uno con nuestra verdadera naturaleza, que es completamente indestructible, perfecta y sublime tal como es, para siempre. La naturaleza búdica no puede resultar afectada por circunstancias tales como la enfermedad, el hecho de ser rechazados o la muerte. No hay hada exterior que pueda dañar a la naturaleza búdica, ya que es como un diamante. Un diamante simboliza lo valioso, perfecto, sublime, maravilloso e indestructible —especialmente indestructible—. Del mismo modo, nuestra verdadera esencia es indestructible. Nada puede herirla. Somos totalmente perfectos porque nuestra naturaleza básica es indestructible y nada puede condicionarla .
Nuestra verdadera esencia es perfectamente sublime y divina. Es lo más grande de este universo, es la entidad más sagrada. La verdadera naturaleza que todos compartimos es más sagrada que ninguna otra cosa. De modo que si somos capaces de identificarnos con nuestra verdadera naturaleza, nuestra conciencia pura, desaparecerá todo nuestro sufrimiento. Eso es la liberación. Eso es todo. No hay nada más. Una vez que nos identificamos con la conciencia pura, eso es la iluminación. Eso es la liberación. Eso es el moksha. No hay nada más. Por lo tanto, la comprensión está siempre ahí y no necesita nada del exterior.
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La gente siempre me pregunta qué significa ser budista. Mi respuesta es: «Significa no ser nadie». El verdadero camino espiritual no consiste en convertirse en alguien. Consiste en no convertirse. Cuando abandonamos este esfuerzo fútil de convertirnos en alguien, la libertad y la iluminación se ocupan de sí mismas. Vemos que ya somos inherentemente divinos, y estamos encantados de comprobar de qué modo tan fluido se desarrolla la liberación.
Al final debemos disolver todos estos mecanismos de defensa de nuestro ego. Eso incluye también los espirituales, porque a veces el ego se manifiesta de diferentes formas, camuflado. Por lo tanto, la verdadera liberación requiere la completa renuncia y trascendencia de nuestro ego, el yo. Puede que pensemos: «Este es el mismo mensaje de siempre, esta idea de erradicar el apego al yo. Ya lo he oído muchas veces. Es más, he fracasado siempre en el objetivo de conseguirlo. La verdad es que vine aquí buscando otra solución diferente. Sigo deseando la iluminación, pero quiero un método diferente». Nuestro ego dice: «Sigo queriendo la iluminación, pero sin todo ese trabajo de erradicar el apego al yo. Haré lo que sea excepto eso. Por favor, vamos a negociar un poco».
El único camino en el que podemos lograr un perfecto y total despertar ahora mismo es el que nos lleva a disolver el yo aquí mismo. Pero hay dos formas de trascender: una dolorosa y otra estática. La manera estática se conoce como el camino de la dicha, porque implica una forma de ir más allá del yo sin esfuerzo. ¿Cómo disolvemos el yo dichosamente? Si intentamos hacer la guerra para erradicar el imperio del ego, no tendremos mucho éxito.
Como practicantes espirituales, especialmente budistas, hemos declarado la guerra al ego y lo hemos culpado de nuestros problemas y confusiones. El ego es nuestro chivo expiatorio. Le echamos la culpa de todo como si fuera una entidad separada. Mantenemos una lucha constante contra él, y a veces sentimos que estamos ganándola nosotros y otras él. En ocasiones el propio yo que está luchando con el ego es en realidad ego, y eso es algo mucho más peliagudo. Pero a veces podemos contemplar directamente nuestra conciencia y preguntarnos: «¿Quién está luchando contra el ego?». A menudo todo se desmorona inmediatamente. Por lo tanto, el camino de la dicha no consiste en declararle la guerra al ego para liberarnos de aquello que veamos como un obstáculo en nuestro camino para nuestro imaginado destino final. Consiste en permitir que el yo se disuelva espontáneamente sin abandonar nada y sin ir a ninguna parte.
¿Cómo conseguimos eso? Hay muchísimas maneras, pero finalmente descubrimos que todas esas maneras son la misma. A veces descansamos y eso es lo único que necesitamos hacer. En las enseñanzas budistas, la meditación se define como el arte de descansar. Cuando descansamos, prestamos atención a la respiración, les prestamos atención a las sensaciones corporales. Al principio vemos un inmenso imperio de conceptos e ideas, pero si seguimos prestándole atención a esa conciencia presente, a esa paz y serenidad, el imperio del ego, ese gran castillo de la ilusión del yo, comienza a desaparecer. En ese momento se desvanece el «yo» y lo que se revela es la pura conciencia. Aparece espontáneamente, justo como aparece la montaña cuando se disuelven las nubes. Del mismo modo, se muestra nuestra verdadera naturaleza. En ese lugar, no hay yo y no hay otro. Sabemos esto a través de la experiencia, no conceptualmente. Sabemos esto de forma directa, sin ninguna duda. Sabemos quiénes somos. Conocemos nuestra verdadera naturaleza, inmediatamente, con total seguridad. Vislumbrar eso es extraordinario.
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Recuerdo una frase muy breve de un maestro budista: «Sin yo no hay problemas». Es muy simple y escueta, pero real y efectiva. En nuestra vida siempre hay lucha, ya sea consciente o inconscientemente. Hay mucha gente en el mundo que está sufriendo la injusticia social, la violencia y la guerra. Incluso en los países más prósperos, que en cierto modo son más afortunados porque se disfruta de mayores comodidades materiales, la gente sufre. Algunas personas sienten que no tienen suficiente dinero o que no son lo bastante guapas o inteligentes. Se preocupan porque no tienen una relación ideal o porque no están iluminadas. Mucha gente sufre a causa de la ira, el odio y la crítica. Todos estos problemas surgen de la noción errónea de qué es lo que somos y quiénes somos. Esta idea de «yo», «mi» y «mío» es el origen de toda nuestra lucha interior. Es como un autor que crea una agonía incesante en nuestra conciencia.
Cuando vamos vas allá del yo, vamos más allá de todo. Trascendemos toda forma de lucha con la que nos encontramos en la vida. Por ejemplo, cuando medito, si no estoy realmente dispuesto a fundir el yo, estoy luchando. Mi ego está luchando: «Quiero iluminarme. Deseo tener esa dicha de la que está hablando él ahora y sentirme bien. Quiero experimentar el éxtasis, pero no está ocurriendo. Se está acabando el tiempo. Quiero trascender el yo, pero no está funcionando muy bien. Por eso me siento un poco frustrado. Estoy luchando».
De modo que este tipo de lucha impregna casi todos los aspectos de la vida. A veces cuando estamos sentados en el cojín de meditación, parecemos muy santos, totalmente espirituales, y nos sentimos dichosos, pero en otras ocasiones somos muy normales y, por ejemplo, hablamos por teléfono a gritos o nos enfadamos bastante con alguien. Es increíble la cantidad de papeles que podemos adoptar cada día. Cuando nos sentamos en el cojín de meditación, somos muy santos, pero cuando estamos conduciendo en medio del tráfico y alguien se mete en nuestro carril, reaccionamos inmediatamente. Puede que incluso lo insultemos. Ya no nos parecemos en nada al tipo que estaba sentado pacíficamente meditando unas horas antes. La idea es que siempre hay lucha, de distintos tipos. Hay lucha cuando estamos meditando y cuando no estamos meditando, siempre que el yo se perciba como real. Cuando el yo desaparece, estamos en el paraíso, y no hay nada que hacer ni nada que conseguir. Por lo tanto, este debería ser nuestro mantra para el resto de nuestra vida: Sin yo no hay problemas. Recuérdalo: Sin yo no hay problemas.