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Extractos - Leo Hartong

Sin exigencias, sin culpa, sin gloria

por Leo Hartong
(Lo siguiente es un extracto del libro de Leo Hartong "Despertar a la Verdad: El don de vivir con lucidez".)
Leo Hartong

Mientras estoy sentado frente a mi ordenador escribiendo estas palabras, tomo conciencia de una sensación de sed. Simultáneamente, surge el pensamiento una taza de té me vendría bien. Todo esto ocurre espontáneamente sin que yo tenga primero que decidir tener sed y luego pensar en una taza de té.

Si observas tu mente, verás que los pensamientos surgen por sí mismos. Por favor, no aceptes o rechaces esto, sin más. Si observas e indagas de verdad, te quedará claro que no eres el pensador de tus pensamientos. Este capítulo intentará mostrarte que tampoco eres el autor de tus actos. Esto puede ir en contra de tus creencias y convicciones más profundas, de manera que te pido que postergues el juicio que pueda surgir como un acto reflejo y esperes hasta ver lo que realmente estoy planteando.

Todas las aparentes decisiones y elecciones son pensamientos. Al actuar a partir de un pensamiento uno siente que ha hecho una elección y así lo denomina el lenguaje. Pero la elección no es más que la expresión del pensamiento que haya sido predominante. No elegí el deseo de tomar un té ni tampoco elegí el deseo más fuerte de acabar primero este párrafo; sin embargo, eso es lo que está ocurriendo espontáneamente. Esto no quiere decir que yo sea una máquina sin libre albedrío. En realidad no existe ningún individuo aquí al que privar de libre albedrío. El pensamiento yo y los pensamientos y escribir simplemente surgen como una manifestación de la energía creadora de la Conciencia Pura. Según esta perspectiva, la vida está simplemente viviendo, pensando y actuando a través de ti y como tú. Los taoístas se refieren a esto como Wu Wei, que puede traducirse como no-acción. Esto no quiere decir no hacer nada, en el sentido de inactividad, sino más bien que todas las cosas —incluyendo tus pensamientos y tus actos— ocurren naturalmente por sí mismas. Lao Tse lo expresa de la siguiente manera en el Tao Te Ching:

El Tao, sin hacer nada,
no deja nada sin hacer (37).

Y de nuevo:

Cada vez se hace menos,
hasta que no quede más que la no-acción.
No se hace nada; sin embargo, nada queda sin hacer (48).

En palabras de Buda:

El sufrimiento existe, pero no hay nadie que sufra.
El acto existe, pero no por ello hay un autor

Todos conocemos la sensación de fluir con la vida. En esos momentos, nos perdemos en nuestra actividad. Los escritores suelen tener esa experiencia en la que las palabras simplemente van llenando la página y en la que ellos no tienen ni idea de cuál va a ser la próxima línea hasta que la escriben. La mayoría de los deportistas también tienen momentos en los que de repente todo encaja y son capaces de rendir por encima de sus capacidades normales. Existen momentos durante el acto sexual en el que los amantes se disuelven y alcanzan una unión que trasciende la individualidad separada. ¿Y qué decir de esos accidentes de carretera que han sido evitados por un pelo y en los que uno después se pregunta quién fue realmente el que maniobró el coche? Estoy seguro de que si lo piensas, encontrarás varias experiencias en las que te olvidaste de ti mismo y en las que todo parecía encajar mágicamente. Este olvido no tiene nada que ver con olvidar el cumpleaños de tu amigo o el lugar en donde dejaste las gafas. Tampoco tiene que ver con la desatención producida por demasiado alcohol o demasiados tranquilizantes. Es un olvido alerta y activo. Este perderse en el flujo de la vida es un anticipo de lo que se quiere decir con la acción de la no-acción.

Todas las acciones son realizadas por las Gunas (o el poder y la energía) de la naturaleza, pero, por un error del ego, la gente cree que los autores son ellos (3.27).

- El Bhagavad-Gita

Aunque fluir con la vida sea maravilloso, descubrir que nuestras acciones ocurren por sí mismas en vez de ser el resultado de nuestra libre voluntad puede ser preocupante. Esto es especialmente cierto en lo que se refiere a la mente occidental, que tiende a ver el libre albedrío bien como una característica inherente de nuestra apreciada individualidad, bien como una prueba de Dios para ver si somos lo suficientemente fuertes para hacer lo correcto. Para el ateo, el hacer o no lo correcto puede ser una medida de su verdadero carácter; para la persona religiosa hay mucho más en juego, ya que para él se está determinando el tipo de vida que tendrá después de la muerte.

Desde el punto de vista del libre albedrío, la idea de que hay algo que está viviendo a través de nosotros puede resultar bastante objetable. Parece convertirnos en meras marionetas, implicando una impotencia que se hace difícil de aceptar. Además, surge el miedo de que si nada de lo que hacemos es realmente el resultado de nuestra propia acción, la gente tendría una disculpa para comportarse de forma indeseable. Lo que se pasa por alto en este tipo de razonamientos es que toda actividad proviene del único Yo, que es el que está detrás de los distintos personajes que aparentemente piensan, actúan y eligen. Disculpar así nuestro comportamiento indeseable no va a funcionar porque éste seguirá teniendo consecuencias. Puedes alegar que el pensamiento que te llevó a robarle a tu jefe fue algo que simplemente surgió y que tú no eres responsable; pero entonces tu jefe tampoco será responsable por haber tenido el pensamiento de echarte y denunciarte.

En última instancia, como el ego es una ilusión, no se lo puede privar del libre albedrío ni se lo puede convertir en una víctima de la predestinación. El ego no es ni el autor ni el no-autor; simplemente no tiene una existencia independiente del Yo, de la misma forma que el personaje de una novela no existe independientemente del autor de ésta. Él y todos los otros personajes de la novela surgen de la imaginación del escritor. Cuando descubrimos que, de una forma parecida, todos surgimos de la Conciencia Pura, comprendemos instantáneamente que no hay nadie a quien se le podría haber privado de su libre albedrío. En el momento en que se abandona el punto de vista del ego, surge el descubrimiento liberador de una cierta energía divina, que se manifiesta espontáneamente como nosotros. No queda nadie que sienta impotencia y se comprende claramente que la impotencia no es más que otro pensamiento.

Como dijo San Pablo:

Ya no soy yo quien vive, sino Cristo —el Logos eterno— quien vive en mí (Gal 2:20).

La paradoja en la sugerencia de que el ego debe ser abandonado consiste en que, si uno no es el autor, uno tampoco puede realizar el acto de abandonar. Lo que sucede se parece más a una disolución, y ésta llega en su momento y no es otra que el reconocimiento de la naturaleza ilusoria del ego. Aunque este reconocimiento viene por sí mismo —gracia es el nombre que suele usarse para referirse a él— no es algo que uno pueda esperar. El esperar no deja de ser otra manera de intentar obtenerlo, lo que sólo sirve para perpetuar la ilusión de que existe realmente alguien que debería obtener algo.

La aceptación intelectual de la idea de que no hay nada que intentar suele tener por consecuencia que uno intenta no intentar. A esta situación en psicología se la llama doble vínculo. Es lo que el lenguaje coloquial expresa como maldito si lo haces y maldito si no lo haces.

Uno siente con fuerza este doble vínculo cuando intenta forzarse a olvidar algo desagradable. También tiene un lugar destacado en los llamados programas de perfeccionamiento personal y puede llevar a pautas de pensamiento tan extrañas como las siguientes:

Voy a corregir mi hábito de corregirme a mí mismo y a los demás;
ya no voy a tolerar más la intolerancia;
voy a esforzarme en ser más relajado, y
me muero de ganas de convertirme en alguien más paciente.
Voy a intentar realmente ser más espontáneo;
voy a intentar en serio mejorar mi sentido del humor, y
en un futuro próximo, me comprometo a aceptar las cosas tal como son.

De acuerdo, esto puede ser un poco exagerado, pero muestra las contradicciones que surgen cuando el ego se embarca en un proyecto de transformación para estar más adaptado, más relajado o aceptar mejor las cosas. Mientras creamos que existe un ego, ya sea para mejorarlo o para eliminarlo, y mientras más nos dediquemos a esa tarea de mejorarlo o eliminarlo, más estaremos perpetuando la ilusión de su existencia. Es como cuando te miras al espejo y ves tu propio rostro. Intentar eliminar el rostro limpiando el espejo es algo totalmente inútil. Pero si te alejas, el rostro desaparece del espejo, aunque tú ya no lo ves. Todo lo que sabes es que, cada vez que miras, el rostro sigue ahí, y puedes decidir que es necesaria una limpieza adicional. A lo largo del día, a menudo olvidamos mirar y en esos momentos estamos desprovistos de un sentido del ego. No nos damos cuenta de ello ya que durante esos momentos no hay ningún yo para percibir esa ausencia.

El engañoso sentido de un yo personal es un complejo sistema de pensamientos, recuerdos (un tipo especial de pensamientos), emociones y condicionamientos. Esta estructura mental puede incluso producir algunas sensaciones en el cuerpo-mente, por ejemplo mediante contracciones musculares y excitaciones nerviosas que fortalecen aún más la percepción ilusoria de la realidad. Podemos alegar que si lo sentimos y lo percibimos es que debe de existir. No hay problema en adoptar esa posición, pero entonces tenemos que darnos cuenta de que el ego ilusorio no está tanto en aquello que llamamos ego como en nuestra identificación con él. De la misma forma, podríamos decir que el espejismo de un oasis en el desierto existe al ser observado; o también podríamos decir que no existe. Sólo se convierte en un problema cuando no es reconocido como lo que es en realidad y uno espera encontrar agua en él.

Tienes que ver que no te limitas a ser ese espejismo conocido como ego. Tú eres aquello que aparece en cuanto ego y —al mismo tiempo— es consciente del ego.

Cuando un discípulo le preguntó a Sri Atmananda: ¿Cuándo voy a comprenderlo?, éste respondió: Cuando no haya cuando. A lo que la mente agregaría: ¿Y cuándo sería eso?. La respuesta sólo podría ser: ¡Aquí mismo y ahora mismo!. Esto quiere decir literalmente que no tienes que esperar a que la gracia divina te libere. Ya eres libre. Decir que no tienes que esperar la liberación no pretende colocarte de nuevo en una situación de doble vínculo en la que intentes dejar de intentar o esperes que la espera acabe. Sólo es un recordatorio de que el espacio silencioso de la Conciencia Pura ya es. Ve y contiene la lectura de estas palabras y el surgimiento de los pensamientos, que son luego identificados como tus pensamientos. Está en la estimulación de tus sentidos y es anterior a ella, y está disponible como todo lo que se presenta en este preciso instante. La aceptación de esto revela aquello que eres en realidad. Tras el velo de la ignorancia, tú eres el Iluminado, consciente de este maravilloso espectáculo de la manifestación. Tú eres a la vez la Conciencia y la totalidad del contenido de esa Conciencia.

De nuevo, a causa de las limitaciones del lenguaje, parece que estoy afirmando que existe la Conciencia por un lado y su contenido por el otro. En realidad, lo único que existe es la Unidad, precediendo e incluyendo el dualismo de la dualidad y de la no-dualidad. No hay ninguna entidad individual para comprenderlo o para no comprenderlo; sólo existe eso. No hay ni nunca ha habido un ego, sea para cargar con la culpa o para cubrirse de gloria. No hay exigencia, no hay culpa, no hay gloria —todo acaba cuando se sabe que los pensamientos, los sentimientos, las decisiones y los actos surgen espontáneamente del caos de la vida.

Si no puedes creer esto y sigues convencido de que eres un individuo separado a cargo de su propia vida, prueba este pequeño experimento. Ahora mismo decide sentir euforia y siéntela. Luego piensa en lo que menos te gusta comer y durante los próximos cinco minutos deséalo con todas tus fuerzas. Piensa cuál es tu opinión sobre la pena de muerte y luego cámbiala. Finalmente, pregúntate cuál va a ser tu próximo pensamiento y comprueba si puedes conocerlo por anticipado. Mientras estás ocupado haciendo esto o quizá rechazándolo por considerarlo un disparate, el juego divino de la vida se desarrolla por sí mismo.

Descubrirás que, cuando dejas de apropiarte de los pensamientos, sentimientos y actos, tu capacidad para seguir funcionando en los asuntos del día a día no se ve disminuida. Por el contrario, todo se hace menos estresante. Cuando la persona que creías ser continúa como el personaje de un sueño —como uno de los múltiples disfraces del actor universal— deja de haber esfuerzo por mantener las apariencias, no hace falta guardar resentimientos, no tiene objeto preocuparse por un futuro imaginario.

Resumiendo, pensar que no eres más que el limitado papel que te ha tocado interpretar es caer en una ilusión; comprender que eres el actor que interpreta todos los papeles es la liberación.

En este contexto, es interesante señalar que la palabra persona proviene de las máscaras que se usaban en las antiguas obras de teatro griegas y romanas. Per-sona: a través (per) de lo cual pasa el sonido (sona).

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