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Extractos - Yongey Mingyur Rinpoche

Siempre tenemos alegría

Primera parte

por Yongey Mingyur Rinpochelion's roar, 28 de febrero de 2020

El sol no deja de brillar solo porque hay nubes en el cielo. Nuestra naturaleza de buda está siempre presente y disponible, incluso cuando la vida se pone difícil. En su libro La Dicha de la Sabiduría, Yongey Mingyur Rinpoche nos muestra cómo descubrir la alegría y la conciencia que nunca se ven afectadas por los altibajos de la vida.

Yongey

Cuando enseño a grupos grandes, a menudo me enfrento a un problema bastante embarazoso. Como se me seca la garganta al hablar, suelo apurar el vaso de agua bastante rápidamente. Siempre hay alguien que se fija en mi vaso vacío y tiene la amabilidad de rellenarlo. Mientras sigo hablando, se me seca la garganta, me bebo todo el vaso de agua y, tarde o temprano, alguien vuelve a rellenarlo. Sigo hablando o contestando preguntas y, de nuevo, alguien me llena el vaso.

Al cabo de un rato ―normalmente antes de la hora en que está previsto que termine la enseñanza― advierto una sensación bastante incómoda y un pensamiento cruza mi mente: «Cielos, todavía queda una hora de sesión y tengo que hacer pis».

Hablo un poco más, contesto algunas preguntas y miro el reloj. Ahora quedan cuarenta y cinco minutos, y sigo necesitando hacer pis...

Pasa media hora y las ganas de orinar aumenta... Alguien levanta la mano y pregunta: «¿Qué diferencia hay entre la conciencia pura y la conciencia condicionada?».

La pregunta va directa al corazón de las enseñanzas del Buda sobre la Tercera Noble Verdad. Esta tercera revelación sobre la naturaleza de la experiencia, que a menudo se traduce como «la verdad de la cesación», nos dice que es posible llevar a su fin las diversas formas de sufrimiento que experimentamos.

Pero ahora, de verdad, de verdad que tengo que orinar. Así que le contesto: «Es un gran secreto, que te contaré después de una breve pausa».

Con toda la dignidad que soy capaz de reunir, me levanto de la silla en la que estaba sentado, me abro camino lentamente entre las hileras de personas que me hacen reverencias y por fin llego al baño.

Tal vez orinar no sea la idea que nadie tenga de una experiencia de iluminación, pero puedo deciros que en cuanto vacío la vejiga, reconozco que la sensación de alivio profundo que me embarga en ese momento es una buena analogía de la Tercera Noble Verdad. Ese alivio estaba conmigo todo el tiempo, en forma de lo que podríamos denominar una condición básica, solo que no lo reconocí porque estaba temporalmente oscurecido por toda esa orina. Pero después, fui capaz de reconocerlo y apreciarlo.

El Buda se refirió a este dilema con una analogía un poco más elegante, en la que comparaba esta naturaleza básica con el sol. Aunque siempre brilla, a menudo las nubes lo tapan. Sin embargo, solo podemos ver las nubes porque el sol las ilumina. Del mismo modo, nuestra naturaleza básica siempre está presente. De hecho, es ella la que que nos permite discernir incluso esas cosas que la oscurecen. Esto se puede quizá comprender mejor si volvemos a la pregunta que me formularon justo antes de ir al baño.

Dos tipos de conciencia

En realidad no hay ningún gran secreto para comprender la diferencia entre la conciencia pura y la conciencia condicionada. Las dos son conciencia, que podría definirse más o menos como una capacidad de reconocer, registrar y en cierto modo, «catalogar» todos los momentos de la experiencia.

La «conciencia pura» es como una esfera de cristal transparente; en sí misma es incolora, pero puede reflejar cualquier cosa: nuestra cara, otras personas, paredes o muebles. Si la movemos un poco, quizá veamos distintas partes de la habitación y puede que cambien el tamaño, la forma o la posición de los muebles. Si la sacamos afuera, podemos ver árboles, pájaros, flores, ¡incluso el cielo! Lo que aparece, sin embargo, no son más que reflejos. No existen realmente «dentro» de la esfera, ni alteran su esencia de ningún modo.

bola de cristal

Ahora supongamos que la esfera de cristal está envuelta en una tela de seda coloreada. Todo lo que veamos reflejado en ella ―cuando la movemos, la llevamos a otras habitaciones o la sacamos fuera― estará teñido en cierto grado por el color de la seda. Esto nos da una descripción bastante precisa de la «conciencia condicionada»: una perspectiva empañada por la ignorancia, el deseo, la aversión y la multitud de otros oscurecimientos nacidos del dzinpa (fijación, apego). Sin embargo, estos reflejos teñidos no son más que reflejos. No alteran de ninguna manera la naturaleza de aquello que las refleja. La esfera de cristal es, en su propia esencia, incolora.

Asimismo, la conciencia pura en sí misma es siempre transparente, capaz de reflejar cualquier cosa, incluso las ideas falsas acerca de sí misma, considerándola como limitada o condicionada. Igual como el sol ilumina las propias nubes que lo tapan, la conciencia pura nos permite experimentar el sufrimiento natural, junto con el drama interminable del sufrimiento creado por uno mismo: yo o tú, mío o tuyo, este sentimiento o este otro, bueno o malo, agradable o desagradable, y así sucesivamente.

La verdad de la cesación del sufrimiento se describe a menudo como una liberación final de la fijación, el ansia o el anhelo. Sin embargo, aunque el término «cese» parece implicar algo distinto o mejor que nuestra experiencia presente, en realidad se trata de reconocer el potencial ya inherente en nuestro interior.

La cesación ―o alivio del dukkha― es posible porque la conciencia es fundamentalmente transparente y no está condicionada. El miedo, la vergüenza, la culpa, la avaricia, la competitividad y demás son simples velos, perspectivas heredadas y reforzadas por nuestras culturas, familias y experiencias personales. El sufrimiento disminuye, nos dice la Tercera Noble Verdad, en la misma medida que nos desprendemos de toda esta estructura de aferramiento.

Esto no se logra eliminando nuestros deseos, aversiones y fijaciones o intentando «pensar de otra manera», sino dirigiendo nuestra conciencia hacia el interior, examinando los pensamientos, las emociones y sensaciones que nos perturban y empezando a fijarnos en ellos ―y tal vez incluso valorarlos― como expresiones de la propia conciencia.

En pocas palabras, la misma causa de los diversos males que experimentamos es su cura. La mente que se aferra es la mente que nos libera.

La Naturaleza de Buda

Para explicar todo esto con mayor claridad tengo que hacer una pequeña trampa, y sacar un tema que el Buda nunca mencionó explícitamente en sus enseñanzas del primer giro de la rueda. Pero, como han reconocido varios de mis maestros, esta enseñanza está implícita en el primer y segundo giros.

No es que se guardara ninguna gran revelación que solo iba a transmitir a sus mejores y más brillantes discípulos, sino que como un buen maestro, primero se centró en enseñar los principios básicos, antes de pasar a temas más avanzados. Preguntad a cualquier profesor de educación primaria si sería conveniente enseñar cálculo infinitesimal a niños que todavía no dominan las nociones básicas de sumar, restar, dividir o multiplicar.

El tema en cuestión es la «naturaleza de buda», ¡que no hace referencia al comportamiento o la actitud de alguien que viste túnicas de colores y mendiga comida! «Buda» es una palabra sánscrita que podría traducirse aproximadamente como «alguien que está despierto». Como título formal se refiere, por lo general, a Siddharta Gautama, el joven que alcanzó la iluminación hace unos 2.500 años en Bodhgaya.

La naturaleza de buda, sin embargo, no es ningún título formal. Tampoco es algún tipo de característica exclusiva del Buda histórico o de los practicantes budistas. No es algo creado o imaginado. Es el corazón o esencia inherente a todos los seres vivos: un potencial ilimitado de hacer, ver, oír o experimentar cualquier cosa. Gracias a la naturaleza de buda podemos aprender, crecer, cambiar. Podemos convertirnos en budas por derecho propio.

La naturaleza de buda no puede describirse en términos de conceptos relativos. Debe experimentarse directamente, y es imposible definir la experiencia directa con palabras. Imaginemos que estamos contemplando un lugar tan inmenso que sobrepasa nuestra capacidad de describirlo, como el Gran Cañón por ejemplo. Podríamos decir que es grande, que las paredes de piedra a cada lado son rojizas y que el aire es seco y huele ligeramente a cedro. Pero por muy bien que lo detallemos, en realidad nuestra descripción no puede abarcar la experiencia de estar ante algo tan inmenso. O podríamos intentar describir las vistas desde el mirador del Taipei 101, uno de los edificios más altos del mundo, considerado como una de las «siete maravillas del mundo moderno». Podríamos hablar de la panorámica, de cómo los coches y las personas parecen hormigas, o de la sensación de quedarse sin aliento por estar en un lugar tan elevado. Pero aun así no estaríamos comunicando la profundidad y amplitud de nuestra experiencia.

Aunque la naturaleza de buda es imposible de definir con palabras, el Buda sí proporcionó ciertas pistas a modo de indicadores o mapas que pueden ayudar a dirigirnos hacia esta experiencia sumamente indescriptible. Una de las formas en que la describió fue en términos de tres cualidades: sabiduría ilimitada, que es la capacidad de saberlo todo (pasado, presente y futuro); capacidad infinita, que es un poder ilimitado para trascender cualquier condición de sufrimiento (nuestra o de otros seres); y bondad y compasión inconmensurables, que significa un sentimiento de conexión ilimitada con todos los seres vivos, una calidez de corazón frente a los demás, que proporciona la motivación para crear las condiciones para que todos los seres vivos puedan prosperar.

Sin duda, hay muchas personas que creen fervientemente en la descripción que dio el Buda y en la posibilidad de que, a través del estudio y la práctica, puedan desarrollar una experiencia directa de esta sabiduría, capacidad y compasión ilimitadas. Seguramente habrá muchas otras que piensen que solo son tonterías.

Aunque pueda sorprender, en muchos de los sutras, parece que al Buda le gustaba conversar con personas que dudaban de lo que tenía que decir. Al fin y al cabo, solo era uno de los muchos maestros que recorrían la India en el siglo IV a. C., una situación similar a la que vivimos ahora, cuando la radio, los canales de televisión e Internet están repletos de maestros y enseñanzas de diversas denominaciones. No obstante, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, el Buda nunca intentó convencer a la gente de que el método por el que él había conseguido liberarse del sufrimiento era el único válido. Un tema común que impregna muchos de los sutras podría resumirse en términos modernos como: «Esto solo es lo que hice y esto es lo que reconocí. No creáis nada de lo que digo porque lo diga yo. Probadlo vosotros mismos».

No intentaba convencer a la gente para que no se plantearan lo que él había aprendido y cómo lo había aprendido, sino que en sus enseñanzas sobre la naturaleza de buda, presentó a quienes le escuchaban un tipo de experimento mental, con el que los invitaba a descubrir en su propia experiencia la forma en que los distintos aspectos de la naturaleza de buda emergen de vez en cuando en nuestra vida cotidiana. Presentó este experimento con la analogía de una casa en la que se ha encendido una lámpara y se han cerrado las persianas. La casa representa la perspectiva aparentemente sólida del condicionamiento físico, mental y emocional. La lámpara representa nuestra naturaleza de buda. Por muy cerradas que estén las persianas y las cortinas, es inevitable que se filtre algo de luz del interior de la casa.

Dentro de la casa, la luz de la lámpara proporciona la claridad necesaria para distinguir entre, por ejemplo, una silla, una cama o una alfombra. Cuando se filtra por las persianas, puede que a veces experimentemos la luz de la sabiduría como una intuición, lo que algunas personas describen como una «corazonada» sobre una persona, situación o hecho.

La bondad y la compasión se filtran por las persianas en aquellos momentos en que ayudamos o consolamos espontáneamente a alguien, no por interés o pensando que tal vez consigamos algo a cambio, sino solo porque nos parece que es lo correcto. Puede ser algo tan sencillo como acompañar a alguien que llora por algún sufrimiento o ayudar a una persona a cruzar la calle, o puede implicar un compromiso más prolongado, como velar a un enfermo o moribundo. Todos hemos oído casos extremos en los que alguien, sin pensar siquiera en el riesgo que entraña para su vida, se lanza a un río para salvar a un desconocido que está ahogándose.

La fuerza o capacidad a menudo se manifiesta en la forma en que sobrevivimos a acontecimientos difíciles. Por ejemplo, un practicante budista veterano que conocí hace poco había invertido mucho dinero en bolsa en la década de los noventa, y cuando pocos años más tarde el mercado se hundió, lo perdió todo. Muchos de sus amigos y socios también perdieron muchísimo dinero y algunos se volvieron un poco locos. Algunos perdieron la confianza en sí mismos y en su capacidad de tomar decisiones; otros se sumieron en una profunda depresión; otros, como la gente que perdió dinero en el crac del 1929, saltaron al vacío desde una ventana. Pero él no perdió la cabeza ni la confianza, ni cayó en una depresión. Poco a poco, empezó a invertir de nuevo y volvió a construir una base financiera sólida.

Al ver su calma evidente ante unas circunstancias tan negativas, algunos de sus amigos y socios le preguntaron cómo era capaz de conservar la serenidad. «Bueno», contestó, «conseguí todo ese dinero gracias a la bolsa, luego regresó a la bolsa y ahora está volviendo. Las condiciones cambian, pero yo sigo aquí. Quizás un año viviera en una casa grande y al año siguiente durmiera en el sofá de un amigo. Eso no cambia el hecho de que pueda elegir qué pensar sobre mí y sobre todas las cosas que suceden a mi alrededor. Me considero muy afortunado, en realidad. Algunas personas no son capaces de elegir y otras no se dan cuenta de que pueden elegir. Me siento afortunado porque pertenezco a la categoría de personas que reconocen su capacidad de elección.»

He oído observaciones similares por parte de personas que se enfrentan a enfermedades crónicas, bien ellas mismas, bien sus padres, hijos, otros parientes o amigos. Un hombre que conocí hace poco en Norteamérica, por ejemplo, me habló largo y tendido sobre cómo conservar su empleo y su relación con su mujer e hijos mientras continuaba visitando a su padre, que padecía Alzheimer. «Claro que es difícil equilibrar todas estas cosas», me dijo. «Pero es lo que hago. No veo otra forma».

Una declaración sencilla, ¡pero tan refrescante! Aunque nunca antes había asistido a un seminario sobre budismo, no había estudiado la literatura y no se identificaba necesariamente como budista, la descripción que hizo de su vida y el modo como la enfocó representan una expresión espontánea de los tres aspectos de la naturaleza de buda: la sabiduría para ver la profundidad y amplitud de su situación, la capacidad de elegir cómo interpretar y actuar según lo que vemos y la actitud espontánea de bondad y compasión.

Mientras le escuchaba, se me ocurrió que estas tres características de la naturaleza de buda pueden resumirse en una sola palabra: el valor, y más específicamente el valor de «ser», tal como somos, aquí y ahora, con todas nuestras dudas e incertidumbres. Enfrentarnos directamente a la experiencia nos abre la posibilidad de reconocer que aquello que experimentemos ―ya sea amor, soledad, odio, envidia, alegría, codicia, dolor, etc.― es, en esencia, una expresión del potencial fundamentalmente ilimitado de nuestra naturaleza de buda.

Este principio está implícito en el «pronóstico positivo» que nos da la Tercera Noble Verdad. Cualquier malestar que sintamos, sea ligero, intenso o moderado, remitirá en la medida que superamos nuestra fijación por vernos de una manera muy limitada, condicionada y condicional, y comenzamos a identificarnos con la capacidad de experimentar cualquier cosa. Al final, es posible llegar a descansar en la propia naturaleza de buda, igual que un pájaro, por ejemplo, descansa cuando llega a su nido.

En ese momento, el sufrimiento termina. No hay nada que temer, nada a lo que resistirse. Ni siquiera la muerte puede inquietarnos.