Extractos - Juan Arnau

Saberse ser
Por Juan ArnauLa gran aportación india al pensamiento universal es la distinción entre cuerpo, mente y conciencia. Entre lo que antes se llamaba carne, alma y espíritu. La mente reina sobre el cuerpo, lo conduce y organiza, lo repara, lo impulsa y lo detiene. Pero la mente tiene además otra tarea. Debe aprender a reconocer la distancia de la conciencia, a pesar de que ella misma se siente consciente. Ese aislamiento de la conciencia es el signo de la liberación del espíritu. No se trata de ninguna hazaña, pues el espíritu ya está liberado y es libre por naturaleza. Simplemente se encuentra oculto tras las diversas capas de la actividad mental, que se encuentra entretejida, además, con las necesidades del vivir, que son las necesidades del cuerpo, sus inercias y sus exigencias, sus virtudes, manías, caprichos, obsesiones. Toda forma de vida corporal se topa con esta ceguera, con esta ignorancia fundamental. Existencia es ignorancia. Esa fue la aportación budista. No podríamos vivir si no fuéramos ignorantes. De hecho, el que no lo es, ya no vive (en el sentido usual del término), sino que vive como si estuviera muerto.
La madera, el fuego y el que goza del fuego. El cuerpo, la mente y la conciencia. El cuerpo es una experiencia de la mente. El cuerpo no crea la mente (materialismo). Tampoco la mente crea el cuerpo (idealismo). El cuerpo aparece en la mente. ¿Cómo? Mediante la percepción (empirismo radical). Otra de las innovaciones del pensamiento indio es que la mente se considera parte de la sensibilidad. La mente es también una forma de percepción (nosotros lo llamamos intuición). De hecho, es la forma más sofisticada de la sensibilidad. La mente es el sexto sentido. De hecho, es ella la que pone orden en los sentidos. La que nos dice cuándo hacer caso a la vista y cuándo al tacto. Los cinco sentidos no engañan. Sólo la mente puede engañar, engañarse. Pues sólo ella es capaz de hacer inferencias.
El cuerpo es el contenido de la mente. Y la mente es el contenido de la conciencia. Esa es la formidable intuición india. Algunos filósofos consideraron que, dada esta jerarquía, la conciencia era lo único real. Entonces estamos en el vedanta. Otros consideraron que tanto el cuerpo como la mente eran también reales, pertenecientes a una naturaleza siempre existente, que se manifiesta y se recoge cíclicamente. Entonces estamos en el samkhya. Que la naturaleza sea real ontológicamente puede ser una preocupación para los filósofos. Pero no lo es para el que busca la liberación del espíritu, que puede seguir ambos caminos.
Cada uno de nosotros somos testigos inamovibles del río cambiante de la mente, que se transforma como los cuerpos, pues vive atado a ellos. De ahí que pueda considerarse que todo el universo está en nosotros y no podría existir sin nosotros.
La idea de dios es sólo una idea de la mente. El hecho fáctico, indubitable, es que somos, aquí y ahora. Si eliminamos el tiempo y el espacio, que son los artífices de la personalidad, nos queda únicamente el «soy». La meditación en el «soy», en el «saberse ser», sin ser nada en particular, sin ser fulano o mengano, arquitecto o albañil, músico o agricultor, fue el invento genial de un vendedor de cigarrillos de Bombay.
Abstraerse en el ser. Simplemente ser. No es fácil. Pero puede hacerse. No hace falta cerrar los ojos. Puede ser parte de la meditación soleada. Ser en medio de las cosas. Pero no ser nada en particular. Se trata de un proceso de despersonalización parecido al que ocurre durante la experiencia psicodélica.
El lenguaje no es la casa del ser, como pensaba Heidegger. El lenguaje es un asunto mental, pertenece a la naturaleza, que habla infinitos lenguajes. El Ser es inefable. Esa es su divina discreción, su divino encanto. La palabra sánscrita para sabio y la palabra para mudo coinciden (muni). Los que hablan no saben, los que saben no hablan, dice un principio taoísta. La sabiduría, silenciosa, permite la música de la naturaleza. La música es anterior a los seres, es de lo que están hechos los seres: vibración y memoria (rescatar). El sonido primordial de la creación, la vibración original, de la que todo procede, es una forma elemental de la música.
El saberse ser es la manifestación más diáfana de lo real. Todo lo demás son añadidos. Esa manifestación es interior. Pero esa interioridad es una ilusión, pues se encuentra en todas las cosas. Simplemente no podemos desplazarnos a ellas y vivirlas desde allí. Hemos de vivirla en nosotros. Esa es la magia de la naturaleza, de los seres, que, si están sanos, siempre saben quererse. Siempre tienen a mano el amor propio.
Lo único cierto no es la muerte. Lo único cierto es que ahora estamos vivos. Ese soy (ahora) es la única verdad. Lo demás es impostura y teatro. Suposiciones útiles o vanas, pero mentiras, al fin y al cabo.
En el saberse ser se cuela el amor. Se trata del amor al conocimiento. El conocimiento, si ha de ser pleno, necesariamente ha de ser amoroso. Conocer es amar y amar es conocer. Conocemos lo que amamos. El conocimiento frío y distante es información, útil, si se quiere, pero alejada del genio del conocimiento. Sin el factor emocional no es posible la luz del conocimiento. La paradoja es que tanto la luz como el amor son impersonales.
Contra lo que suele creerse, conocimiento y amor son un mismo impulso, una misma cosa. Un movimiento en el que el conocedor se une a la cosa conocida. Sólo podemos conocer la verdadera naturaleza de algo cuando nos unimos a ese algo. Cuando participamos de su aliento. El conocimiento sin amor no es conocimiento, es mero dato, pura contabilidad. «El conocimiento analítico por inferencia es un conocimiento superficial que no puede aprehender la realidad. Sólo podemos llegar a la realidad en virtud del amor» (Nishida). Ese conocimiento, que es el que impera hoy, es curiosamente el que tiene más de engaño subjetivo. Sí, el dato es una falsa objetividad. O mejor, una objetividad sesgada, destilada por una imaginación particular. No olvidemos que para obtener un dato necesitamos un instrumento de medida. Para construir un instrumento necesitamos una teoría científica. Una teoría que brota de la imaginación de un científico. El abuelo del dato es la imaginación.
Los poetas lo han mostrado. Amar una flor es unirse con la flor. Amar la luna es unirse con la luna. El padre siente como propios los éxitos y fracasos del hijo. Así pasamos de un amor a otro. El amor de Buda se extendía a las aves, los árboles y el ganado. Los matemáticos desechan el amor propio y así llegan a amar los principios matemáticos. Los artistas penetran en la verdad de la naturaleza amándola. Cuanto más profundamente la comprendemos, más profunda es nuestra simpatía. «Si separamos las dos actividades y pensamos que el amor es resultado del conocimiento o el conocimiento es resultado del amor, no llegamos todavía a comprender la verdadera índole del amor y el conocimiento. Conocer es amar y amar es conocer» (de nuevo, Nishida). Por eso el pensamiento indio afirmó que este universo es una profunda labor de autoconocimiento. El conocimiento que se conoce a sí mismo. Y sólo lo puede hacer amorosamente. Cuando estamos absortos en algo, cuando nuestra atención está centrada en lo que hacemos, estamos amando y estamos conociéndonos a través de ese objeto de estudio. Conocemos la cosa en nosotros, nos conocemos a través de la cosa. Eso es la meditación soleada.
Me formé filosóficamente en el budismo mahayana. Al budismo no le gusta hablar del absoluto, prefiere hablar de la dependencia mutua de todas las cosas. Todas las partículas del universo están entrelazadas, pues alguna vez se conocieron, estuvieron en contacto. La libertad de lo real radica en que está en cada uno de los seres. Siendo estos diversos, lo real es único. Podemos cambiar gracias a que lo real no cambia. De nuevo, el silencio del origen hace posible la música de la naturaleza.
La personalidad es un asunto del espacio y el tiempo, del aquí y el ahora, del antes y el después. El saberse ser trasciende la personalidad. Proyectamos sobre nosotros mismos un mundo imaginado, basado en recuerdos, esperanzas, temores. Nos encerramos en ese mundo creado por experiencias previas y expectativas. El «saberse ser» permite escapar, romper el encantamiento de la personalidad, liberarse. Cada uno ha coloreado su propio mundo privado, ensoñaciones, deseos, recuerdos. Sólo el saberse ser puede trascender ese mundo. Ningún tipo de lógica o imaginación podrá hacerlo. Lógica e imaginación simplemente añaden más óleo al lienzo. Pueden transformar su apariencia, pero la imagen seguirá encerrada en su marco.
Ver lo imaginario como imaginario es la llave de la libertad. Pero confundimos lo imaginario con lo real. Esa es la magia de la vida. La magia de la personalidad. Como civilización, no sabemos vivir sin ella. Paradójicamente, es ella, la personalidad, la que prueba la existencia de lo real, la que hace posible el saberse ser.