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Extractos - Ken Wilber

La religión del futuro

Una visión integradora de las grandes tradiciones espirituales

De la Introducción al libro, por Ken Wilber También en PDF
La religión del futuro

Este libro esboza el aspecto que podría tener una religión futura, y son tantas y de tan largo aliento las fuerzas que impulsan en esta dirección que creo que, hablando en términos generales, la mayoría de las grandes tradiciones no tardarán en incorporar a sus enseñanzas fundamentales muchos de los puntos aquí presentados.

Como debemos utilizar ejemplos concretos y reales, para ilustrar esta presentación me he centrado en el caso del budismo. Pero, con ello, no quiero decir que el budismo esté más avanzado, sea superior o esté, de algún modo, más abierto (porque actualmente hay, en prensa, una buena decena de libros que emplean el mismo marco de referencia para esbozar el aspecto que podría asumir un cristianismo futuro similar). No existe, pues, en este sentido, sesgo alguno y bien podríamos haber utilizado como ejemplo cualquier otra gran tradición. De hecho, ya se han presentado, siguiendo las pautas sugeridas en este libro, versiones de muchas de ellas (concretamente del cristianismo, el islam, el hinduismo, el judaísmo y el budismo) mostrando lo que, en cada caso, implicaría una visión más inclusiva, comprehensiva y completa que, sin transgredir sus enseñanzas fundamentales, tuviese en cuenta las contribuciones realizadas por la modernidad y la postmodernidad (incluidos los descubrimientos realizados por la ciencia básica).

En el caso de que el lector profese una fe diferente ―o sea, lo que hoy en día se conoce como una persona «espiritual pero no religiosa»― le invito a que me acompañe en este viaje y vea de qué modo pueden servirle, formal o informalmente, las sugerencias presentadas aquí, para corregir los problemas a los que su camino espiritual esté enfrentándose. Mire, pues, si las recomendaciones que estamos a punto de presentar tienen algún sentido para usted.

Comenzaremos con el caso del budismo. Hace cerca de 3000 años que el Buda Gautama se sentó bajo el árbol bodhi y alcanzó la iluminación (que jalonó el primer gran giro de la rueda del Dharma [es decir, de la verdad última]). Hace 1800 años que el genio de Nagarjuna alumbró la realización de la Vacuidad, que supuso el segundo gran giro de la rueda. Hace 1600 años que los hermanastros Asanga y Vasubandhu pusieron en marcha, con el perfeccionamiento de la visión del Yogachara, el tercer y último giro ―hasta el momento― de la rueda del Dharma. Y también convendría recordar el extraordinario avance que supuso el Tantra, sobre todo tal como fue concebido entre los siglos VIII y XI d.C. en la gran universidad india de Nalanda, que hace aproximadamente un milenio añadió algo profundamente nuevo al Dharma del Buda.

En parecidas circunstancias se hallan otras grandes tradiciones, la mayoría de las cuales tienen entre 1000 y 3000 años de antigüedad y se remontan a una época en la que la gente creía que la Tierra era plana y giraba en torno al Sol; que la esclavitud era el estado natural (algo que ninguna tradición, por cierto, cuestionó); que las mujeres eran, en el mejor de los casos, ciudadanos de segunda clase, y en la que los átomos y las moléculas eran desconocidos, nadie sabía nada del ADN y la evolución era sencillamente algo impensable.

Pero cuando los grandes sistemas contemplativos y meditativos ―tanto orientales como occidentales― observaron la mente, el corazón y el alma de los hombres y las mujeres, llegaron a descubrimientos sorprendentes, muchos tan ciertos e importantes hoy como hace un par de milenios. En cierta ocasión en que, después de la II Guerra Mundial, Jean-Paul Sartre estaba paseando por Estalingrado, escenario de una épica batalla entre rusos y alemanes y que, al precio de un millón de muertos, acabó con la derrota de los nazis, murmuró: «Me parece sorprendente, realmente sorprendente».
―¿Le sorprende la defensa de los rusos? ―preguntó su guía.
―No, lo que me sorprende es que los nazis llevaran las cosas tan lejos ―respondió Sartre.

Este es el único sentimiento apropiado que uno puede experimentar por los grandes adeptos y sabios que, hace miles de años, llevaron las cosas tan lejos como para descubrir, en el fondo del ser humano y del universo manifiesto, el Fundamento último del Ser. Resulta sorprendente que, careciendo de telescopios, microscopios, escáneres RMN o TEP, descubrieran la esencia de una Realidad última que no solo es el ancla de toda manifestación, sino que, cuando se descubre, libera a los seres humanos del sufrimiento y les muestra su Verdadera Naturaleza y el Fundamento sin fundamento del ser (conocida con nombres tan diversos como naturaleza de Buda, Brahman, Divinidad, Ein Sof, Alá, Tao, Ati, Gran Perfección, Uno o Satchitananda, por nombrar solo unos pocos).

La mayoría de esas tradiciones dividieron sus enseñanzas en dos grandes vertientes, el conocimiento exotérico y el conocimiento esotérico. Aquellas eran las enseñanzas externas, es decir, enseñanzas dirigidas a las masas y a las personas ordinarias, que estaban compuestas por una serie de relatos (habitualmente míticos) que contaban cosas tales como que si uno creía en ellos viviría para siempre en el Cielo junto al Ser, el Dios o la Diosa últimos propios de esa tradición. Las enseñanzas esotéricas, por su parte, eran enseñanzas internas y habitualmente secretas que se mantenían alejadas del público y solo se transmitían a personas de una cualidad y un carácter excepcionales. Estas últimas no eran meros relatos y creencias míticas, sino que eran auténticas psicotecnologías de transformación de la conciencia. Esta perspectiva subrayaba que el ejercicio de determinadas prácticas permite al individuo liberarse de las limitaciones de la vida cotidiana inducidas por el miedo, despertar a su Naturaleza verdadera y acceder directamente a la Realidad última, una liberación conocida con nombres muy diversos (como iluminación, despertar, moksha, kensho, satori, metamorfosis, emancipación o salvación) y que, en todos los casos, se consideró como el descubrimiento de lo atemporal y lo eterno, lo aespacial y lo infinito, lo que no ha nacido y lo que no morirá, lo ilimitado y lo irrestricto, el Uno y el Único, la Realidad última en suma. Como tan inquietantemente afirma Hampole, el personaje ficticio de Arthur Machen, acerca de estas prácticas:

Hay quienes sostienen que está en nuestras manos contemplar continuamente un mundo de igual maravilla y belleza. Dicen ellos que los experimentos de los alquimistas de la Edad Media... no están, en verdad, relacionados o no con la transmutación de los metales, sino con la transmutación del universo entero... Este método, arte, ciencia o comoquiera le llamemos (suponiendo que exista o haya existido) simplemente pretende... ayudar a los hombres [y a las mujeres] que así lo quieran a habitar en un mundo de gozo y esplendor. Quizás sea posible tal experimento y quizás sea también posible que algunos lo hayan realizado.

Este experimento, en realidad, existe y son muchos los que lo han llevado a cabo. A él se refieren precisamente los caminos esotéricos de la Gran Liberación. Muchas de las escuelas meditativas originales que enseñaban esas prácticas florecen hoy en día. El budismo Zen, por ejemplo, sigue enseñando a los individuos a descubrir su naturaleza búdica desde el siglo VI d.C. en que fue llevado a China desde la India por Bodhidharma; el budismo tibetano (Vajrayana), cuyo adepto más famoso es el Dalái Lama, fue llevado al Tíbet en el siglo VIII por Padmasambhava y otros y sigue floreciendo hoy en día; el hinduismo Vedanta, uno de los caminos filosóficos más sofisticados e inteligentes de la Gran Liberación sigue vivo en la India y son muchas las escuelas contemplativas occidentales que transmiten este conocimiento que conduce a la liberación. Este, hablando en términos generales, es uno de los tesoros más extraordinarios de la historia de la humanidad.

Pero lo cierto es que, en los mundos moderno y postmoderno, estas enseñanzas son cada vez menos influyentes. Y una de las razones para ello es que, al centrarse fundamentalmente en relatos míticos de la religión exotérica, la religión occidental lleva consigo el lastre de las cualidades infantiles propias de la época en que se originó y cada vez resulta más embarazosa ―cuando no abiertamente ridícula― para el hombre y la mujer de hoy en día. ¿Separó realmente Moisés las aguas del Mar Rojo? ¿Envió Dios de verdad una plaga de langostas sobre los egipcios? ¿Ascendió Elías a los cielos en su carro mientras todavía estaba vivo? ¿Hemos de creernos realmente todas estas tonterías? Difícil de vender, en nuestro mundo, un producto cuyo nivel de complejidad no es superior al de un niño actual de cinco años.

Otra razón es que, aunque la forma básica de estas grandes tradiciones no haya cambiado substancialmente desde el momento de su creación hace 1000 o 2000 años, son muchas las verdades sobre la naturaleza humana, la mente, las emociones y la conciencia ―y, muy especialmente, sobre el crecimiento y desarrollo de los rasgos y cualidades humanas, por no mencionar la explosión de descubrimientos relacionados con la química cerebral y su funcionamiento― que los antiguos sencillamente ignoraban y, en consecuencia, no incluían en sus sistemas meditativos.

¿Pero qué ocurriría si todo lo que hemos aprendido en el último milenio ―o incluso en los últimos 50 años, pongamos por caso― influyese en el modo en que la persona experimenta la iluminación o el despertar? ¿Qué pasaría si no solo hubiésemos descubierto aspectos de la conciencia humana que afectan al modo en que el ser humano interpreta todas y cada una de sus experiencias y si esos marcos de referencia interpretativos ―que determinan los distintos modos en que experimentamos directamente la Iluminación― no solo existieran, sino que crecieran y evolucionasen a lo largo de la vida a través de una secuencia de media docena de estadios bien documentados? El despertar o la Iluminación se considera tradicionalmente como la unidad entre el yo individual y la Realidad última (lo que los sufíes denominan Identidad Suprema), generando una Totalidad o No dualidad que, incluyendo toda la realidad, transmite al individuo una sensación de libertad última y de plenitud total. ¿Pero qué pasaría si estos marcos de referencia interpretativos no solo gobernasen el modo en que el individuo ve y experimenta la Totalidad, sino que influyesen también en el modo en que se experimenta la Iluminación? Eso modificaría profundamente la naturaleza de los caminos de la Gran Liberación porque, en cada uno de los distintos estadios del crecimiento y del desarrollo, se experimentaría una liberación diferente. Las pruebas con las que actualmente contamos corroboran la existencia, descubierta en cerca de 40 culturas diferentes (en todas las culturas, de hecho, estudiadas hasta la fecha), de varios marcos de referencia que influyen definitivamente en el modo en que el ser humano experimenta la iluminación... o cualquier otra experiencia. Porque lo cierto es que, en todo este tiempo, el terreno sobre el que se asientan las grandes tradiciones ha cambiado sin que ellas se hayan dado cuenta.

Todas las grandes tradiciones están necesitadas, en mi opinión, del tipo de información y datos que iré desgranando en las siguientes páginas. Obviamente, digo todo esto con toda humildad y a modo de recomendaciones que, aunque no deban ser tomadas al pie de la letra, convendría tener muy en cuenta. Y respaldaré cada una de mis sugerencias con una serie de argumentos y descubrimientos realizados por la investigación hecha al respecto. La idea no es que las grandes tradiciones se despojen de sus verdades, dharmas o evangelios, sino que complementen sus enseñanzas fundamentales con algunos de los datos que presentaremos a continuación. Se trata de ampliar, pues, las enseñanzas de las grandes traiciones sin poner, por ello, en peligro sus verdades esenciales. (Y enumeraré ejemplos de cada gran tradición que ya están incluyendo estos datos en sus enseñanzas básicas con resultados francamente positivos).

Esta visión integral (es decir, inclusiva, en el sentido de que añade datos nuevos e importantes) puede aplicarse a casi cualquier disciplina humana; ya hemos visto ejemplos de su aplicación a campos tales como la medicina integral, la educación integral, la terapia integral, la arquitectura integral, la empresa integral, la economía integral y el liderazgo integral, y así hasta cerca de 60 disciplinas diferentes de un modo, en todos ellos, tan útil como satisfactorio. Y lo mismo ha ocurrido en casi todas las grandes tradiciones en las que, como ya he dicho, hay maestros que han incluido este enfoque en sus enseñanzas, hasta el punto de que son muchos hoy en día los budistas integrales.

Creo que si la espiritualidad quiere tener un impacto real en los mundos moderno y postmoderno, deberá tener en cuenta muchos de los hechos modernos y postmodernos que, en breve, revisaremos. Cualquier enfoque espiritual que no los incluya quedará definitivamente anticuado y obsoleto. Esta es una de las grandes razones por las cuales la religión no deja de perder terreno en los mundos moderno y postmoderno, hasta el punto de que solo el 11% de los noreuropeos, por ejemplo, afirma participar en una iglesia. Solo 1 de cada 10 personas no tiene nada que ver con la religión institucional y 9 de cada 10 personas la encuentran absurda e inútil.

Y todo ello por no hablar del número creciente de personas que, considerándose espirituales, no se sienten atraídas por ninguna de las grandes tradiciones. No en vano, como ya hemos dicho, la expresión «soy espiritual pero no religioso» está convirtiéndose en algo muy común. Las encuestas realizadas al respecto demuestran que cerca del 20% de la población de los Estados Unidos se identifica con esa frase y ¡algunas encuestas han demostrado que este porcentaje llega, en el caso de la generación joven (de entre 18 y 29 años), a un sorprendente 75%! Tres de cada cuatro personas, dicho en otras palabras, tienen una sed espiritual que no sacia ninguna religión actual, y creo que existe una abrumadora evidencia de que una espiritualidad más integral convencería a esa multitud.

Aunque varios maestros de grandes tradiciones diferentes hayan empezado a utilizar este enfoque integral, yo he elegido el caso del budismo para ilustrar lo que ello supondría. Y lo he hecho por razones muy diversas. Como ya he señalado, este enfoque integral se ha aplicado ya a varias grandes tradiciones (lo que también incluye varias visiones integrales del budismo) y es mucho lo que al respecto se ha escrito. Espiritualidad integral fue el primer intento de ofrecer una visión integral y no confesional de la espiritualidad que resultara aplicable a todas las tradiciones en un momento en que parecía apropiado incluir al budismo como uno de sus muchos ejemplos. Aunque yo he practicado, en grados diferentes, casi todas las grandes religiones, he dedicado 30 años ininterrumpidos a la práctica del budismo (15 en el Zen y otros 15 en el Dzogchen y el budismo tibetano Mahamudra). Hay una tradición budista, conocida como «los tres giros de la rueda del Dharma», que explica su despliegue evolutivo en el tiempo a través de creencias y prácticas cada vez más amplias, como si admitiera que las verdades espirituales siguen creciendo y desarrollándose y que cualquier sistema espiritual que quiera mantenerse al día debe expandir de continuo sus enseñanzas para poder, de ese modo, incluir las nuevas verdades. Por eso titulé con el nombre de El cuarto giro una versión preliminar del presente libro en el que se incluyen una serie de recomendaciones para que, además de los tres giros preceptivos, el budismo lleve a cabo un cuarto giro que tenga en cuenta e incorpore alguno de los hechos que presentamos en este libro. Que se lleve a cabo o no ese cuarto giro dependerá, obviamente, del budismo. Pero, en la medida en que pasen los años y no se tenga en cuenta ni se incluyan, en un cuarto giro, las verdades descubiertas desde el momento del último giro, el budismo irá quedando cada vez más anticuado, obsoleto y anacrónico. Y ello supondría un auténtico desastre no solo para cualquier gran tradición que no dé ese salto, sino especialmente para el budismo, que quizás contenga las comprensiones más sofisticadas y sorprendentes sobre la meditación realizadas por cualquier tradición en cualquier tiempo y en cualquier lugar. Los descubrimientos realizados al respecto por la modernidad y la postmodernidad, por ejemplo, han puesto de relieve que los estadios de la meditación se ven interpretados y experimentados de forma muy distinta dependiendo del estadio del desarrollo en que se halle el individuo que haya tenido la experiencia, algo que ha ocurrido hasta ahora sin que lo haya advertido ninguna de las grandes tradiciones.

Este descubrimiento concreto (uno de la media docena aproximada de grandes tipos de hechos que revisaremos) implica la idea de que el ser humano crece y se desarrolla a través de una docena de marcos de referencia interpretativos que gobiernan el modo en que interpreta ―y, en consecuencia, experimenta― el mundo. Esto es algo que se asemeja a la existencia de una gramática, en el sentido de que cada persona es educada en el seno de una determinada cultura (germánica, británica, hispánica, etcétera) y acaba hablando bastante bien ese idioma; ordenando adecuadamente sujeto, verbo y complementos; empleando bien los adverbios y los adjetivos, y ateniéndose bastante bien a las reglas de su gramática. Pero, cuando se les pide que especifiquen las reglas de la gramática que gobiernan su idioma, nadie puede hacerlo. Pues, por más bien que utilicemos las reglas de la gramática, no tenemos mucha idea sobre el modo en que lo hacemos, y... ¡menos sabemos todavía cuáles son esas reglas!

Los estadios de los marcos de referencia interpretativos son como la gramática, mapas ocultos que rigen el modo en que vemos, pensamos y habitualmente experimentamos el mundo que nos rodea. Si fuese posible que un niño de 6 meses tuviera una experiencia real de la Iluminación, la experimentaría de un modo completamente diferente al modo en que la experimentaría un adulto. Y la principal razón de ello, obviamente, es que el niño todavía no se ha desarrollado lo suficiente. Ese desarrollo se refiere al avance, crecimiento y desarrollo a través de una secuencia de marcos de referencia interpretativos cada vez más adecuados. Y debemos diferenciar claramente los estadios del desarrollo de estos marcos de referencia de los estadios del desarrollo meditativo que conducen a la iluminación o el despertar (a los que me refiero genéricamente con el término despertar) porque, como veremos mucho más detenidamente, el ser humano experimenta dos grandes tipos de crecimiento: el desarrollo y el despertar.

Conviene subrayar en este punto que el ser humano lleva miles y miles de años experimentando y comprendiendo los estados de conciencia meditativos, los estados de la iluminación o el despertar y otros tipos de estados de experiencias cumbre en una larga tradición que se remonta, al menos, 50000 años atrás hasta la época de los primeros grandes chamanes que, en sus búsquedas de visión, exploraron los estados alterados de conciencia y fueron los precursores de la experiencia de la iluminación o despertar (experiencias directas e inmediatas en primera persona evidentes cuando uno las tiene que constituyen el fundamento del despertar).

Pero, como sucede con las reglas de la gramática, los estadios que atraviesa el proceso global del desarrollo no son evidentes, lo que explica que no fuesen descubiertos hasta hace aproximadamente un siglo y que los consideremos, en consecuencia, mapas ocultos. Y, como todas las grandes tradiciones se originaron hace muchísimo tiempo, ninguna tuvo la posibilidad de añadir, a sus cuidadosamente investigados estadios del despertar, los estadios del desarrollo.

Pero ¿qué importancia tiene esto? ¿A quién le importa, a fin de cuentas, cuando uno descubre su verdadera naturaleza, su Realidad última o la Talidad no dual pura, cómo sea su yo relativo?

Esa es, precisamente, la cuestión. Según el budismo, la Iluminación consiste en la unión entre la Vacuidad (es decir, la Realidad última inmaculada e incalificable) y la forma (es decir, la totalidad del mundo manifiesto). Porque, si bien la Vacuidad es independiente del estadio del desarrollo en el que uno se encuentre (aunque se requiera un cierto estadio mínimo porque, a decir verdad, no creemos que, por más que esté completamente inmerso en ella, un niño de seis meses pueda experimentar realmente la Vacuidad), de ese estadio depende el modo en que la forma se experimenta. Como veremos con detenimiento en las siguientes páginas, la experiencia de la forma cambia de un estadio del desarrollo al siguiente, mientras que la Vacuidad, al trascender toda manifestación, no crece ni evoluciona, es decir, no hay nada en ella que cambie. Y eso implica que, aunque la Vacuidad permanezca siempre igual en tanto Talidad o Esidad de todo lo que es, el mundo de la forma crece, se desarrolla y cambia y la unión entre Vacuidad y forma cambia también, en consecuencia, de estadio en estadio. Dicho en otras palabras, el núcleo mismo de la experiencia de la Iluminación difiere considerablemente de un estadio a otro.

Y, como estos mapas son ocultos y no pueden ser vistos buscando en nuestro interior, no existe ninguna gran tradición que sea consciente de esto y tenga algo que se asemeje a los estadios del desarrollo. Del mismo modo que, si miramos dentro, no veremos indicio alguno de las reglas de la gramática a las que nos atenemos fielmente cada vez que pensamos, hablamos o escribimos, tampoco podremos descubrir, mirando en nuestro interior, ninguno de esos mapas ocultos cuya existencia corrobora una y otra vez la investigación. Pero lo cierto es que esos mapas existen y determinan el modo en que pensamos, sentimos y nos comportamos, un modo que cambia de un estadio al siguiente. ¡A decir verdad, el estadio en el que nos encontremos determina incluso la probabilidad de que nos interesemos en la meditación! (Cuando, en las siguientes páginas, nos ocupemos de estos estadios, veremos más claramente el estadio en el que estamos y lo que podemos hacer al respecto).

El descubrimiento de estos estadios del desarrollo es uno de los 5 o 6 importantes descubrimientos modernos y postmodernos que afectan, de un modo tan fundamental como profundo, a los caminos del despertar. Y nuestra recomendación al respecto es, pues, muy sencilla: tenga en cuenta lo que le presentamos, mire si tiene sentido para usted y, en caso afirmativo, empiece a aplicar estos hechos a cualquier disciplina que le interese (lo que abarca, como ya hemos dicho, entre otras muchas cosas, desde la medicina hasta la enfermería, la empresa, el liderazgo, la terapia, la educación, la política, el derecho y las relaciones internacionales) o, en el tema que ahora nos ocupa, a cualquier sistema espiritual que esté practicando (incluido, obviamente, el budismo). Los maestros de las grandes tradiciones que han seguido esta recomendación coinciden en afirmar que la inclusión de estas nuevas áreas a su entrenamiento estándar, amplía, ensancha y profundiza su sistema de prácticas (que, por cierto, permanece esencialmente igual porque esta contribución no sustrae nada, sino que amplía y complementa, como ya hemos dicho, nuestra práctica estándar). Veamos, pues, si la aplicación de la visión integral mejora nuestra práctica y la hace más rápida, eficiente y eficaz.

Y no estoy hablando específicamente de mis ideas, porque lo único que hago es resumir los resultados de una investigación realizada por centenares de personas y sugerir el modo de aplicarlos a áreas muy diversas. Esto no es como la deconstrucción, una simple teoría elaborada por Jacques Derrida en la que uno puede o no creer, según desee, sino que se asemeja mucho más a la ciencia, es decir, a los resultados de una serie de investigaciones realizadas en docenas de lugares diferentes por comunidades de conocimiento que se han visto repetidamente confirmados y recogen los descubrimientos realizados por la humanidad en el último milenio (o en el último siglo o hasta en el último decenio). No tengo la menor duda de que, si las grandes tradiciones se creasen hoy en día, incluirían toda esta información en sus enseñanzas, dharmas, evangelios o dogmas fundamentales. En las áreas que examinaremos ―que abarcan desde el «desarrollo» hasta la «limpieza» y la «expresión» (términos que luego explicaremos)―, estos son datos absolutamente cruciales que influyen de manera profunda y duradera en el «despertar» hasta el punto de llegar a modificar incluso la naturaleza de los caminos del despertar de un modo que los mundos moderno y postmoderno ya no pueden, a mi entender, seguir ignorando. Ha llegado el momento, en mi opinión, de que todas las grandes tradiciones se pongan al día o vean cómo sus adeptos siguen menguando por debajo del 11% ―o incluso menos― mientras la humanidad busca sistemas más actualizados que le indiquen cuándo, dónde, porqué y cómo vivir su vida.

Esta es, en mi opinión, una tarea muy importante ―una tarea extraordinariamente importante, a decir verdad― porque casi ninguna ―o, mejor dicho, ninguna― de las visiones moderna y postmoderna del mundo tiene nada que se asemeje a un despertar. Esas tradiciones hablan del desarrollo, la limpieza y la expresión que, si bien son mapas que se utilizan para orientarnos en el territorio en que nos movemos, no dicen absolutamente nada sobre el despertar, una catástrofe de primera magnitud y un desastre cultural de proporciones colosales.

Las tradiciones hablan en general de dos tipos de verdad, la verdad relativa y la Verdad última. La afirmación de que el agua está compuesta por dos átomos de hidrógeno y un átomo de oxígeno es una verdad relativa, pero que el agua sea una manifestación del Fundamento último del Ser es una Verdad última. Y, aunque la Verdad última no pueda ser expresada fácil y rápidamente en palabras, sí que puede ser experimentada y realizada de manera directa e inmediata, siempre y cuando se atraviesen los estadios meditativos que conducen al despertar. Así es como uno despierta a la Verdad última.

Son muchas las verdades relativas con que cuenta nuestra cultura sobre todos los campos imaginables, pero lo cierto es que carece de toda Verdad última hasta el punto de no sospechar siquiera su existencia. Esta es, pues, una doble ausencia, ausencia de Verdad última y ausencia de conciencia de esa ausencia. En este sentido, se asemeja a lo que le ocurre a la persona que tiene una extremidad congelada que, al tener entumecida el área afectada y ser, por tanto, insensible y no dolerle, cree ―muy equivocadamente, por cierto― que las cosas están bien. Esa doble ausencia es la que está acabando con nuestra cultura.

También son muchas las críticas con las que cuenta nuestra cultura, un hobby para cualquier filósofo o sociólogo que se precie hasta el punto de que bien podríamos decir que se trata de una auténtica industria artesanal. Contamos con críticas al capitalismo, el consumismo, el sexismo, el racismo, el patriarcado, los negocios impulsados por la codicia, la energía derivada de los combustibles fósiles, la economía global, la explotación del medio ambiente, el calentamiento global, el militarismo, la pobreza mundial, la brecha entre ricos y pobres, el tráfico de seres humanos, la epidemia del uso y tráfico de drogas, el hambre, la sequía, las epidemias globales, la escasez de alimentos, etcétera.

Casi todas estas críticas me parecen muy adecuadas, pero hay una que, aunque nunca se mencione, probablemente sea la más importante de todas: que la cultura occidental ha perdido el acceso a las fuentes del despertar. Pues, al carecer de Verdad última que guíe, a modo de Estrella Polar, nuestras acciones globales, no sabemos muy bien hacia dónde nos dirigimos. Por ello nuestra cultura suele tirar la toalla y espera a que los avances tecnológicos resuelvan todos los problemas que nos aquejan. ¿No es ese acaso el objetivo al que apunta nuestra tecnología? Confiamos en que la tecnología solucione nuestros problemas, incluidos aquellos problemas tan difíciles que ignoramos que tenemos, pero que confiamos que los ordenadores acaben desmenuzando, identificando y resolviendo, acercándonos a un cielo transhumano en la tierra. ¡Aleluya!

Con ello no quiero decir que esté en desacuerdo con esas visiones, lo único que pasa es que son verdades relativas, realidades relativas y soluciones relativas. Todavía carecemos de una Verdad última, un despertar a una Realidad última que, como Fundamento sin fundamento del Ser, ancle y dé sentido a todas nuestras tareas relativas. Estamos lanzándonos de cabeza a la parte honda de la piscina y alentando a todo el mundo a hacer lo mismo en una especie de suicidio colectivo. ¡Y, para empeorar las cosas, estamos orgullosos de ello! Orgullosos de estar perdidos entre verdades relativas e insistiendo en la inexistencia de toda Verdad última.

Pero la Verdad última no es algo que pueda ser demostrado racionalmente. Como dicen las grandes tradiciones, el ser humano cuenta, al menos, con tres modalidades diferentes de conocimiento: el ojo de la carne, el ojo de la mente y el ojo de la contemplación. El ojo de la carne constituye el asiento de la ciencia convencional, porque la ciencia convencional basa sus pruebas en la experiencia sensorial (o en extensiones de los sentidos como el telescopio, el microscopio, el escáner TEP o los rayos X). El ojo de la mente nos permite acceder a la lógica y la razón. Las matemáticas, por ejemplo, nos proporcionan una experiencia mental (nadie ha visto en el mundo sensorial la raíz cuadrada de un número negativo, porque esa es una experiencia pura y simplemente mental, como también lo son la lógica, sus reglas y sus normas). No existe prueba sensorial alguna que pueda sustentar las realidades mentales como tampoco hay ―ni puede haber― prueba sensorial alguna de las matemáticas y de la lógica. Tengamos en cuenta que el ojo de la mente es un desarrollo superior al ojo de la carne y que lo inferior no puede demostrar lo superior. Y lo mismo ocurre con el ojo de la contemplación, un nivel más elevado todavía y que tampoco puede, en consecuencia, ser demostrado apelando al ojo de la carne ni al ojo de la mente (es decir, por los sentidos, la razón o la lógica). El ojo de la contemplación nos permite tener experiencias espirituales y, del mismo modo que la experiencia sensorial constituye el fundamento de las ciencias naturales y que las experiencias mentales son el fundamento de las matemáticas y de la lógica, las experiencias espirituales son el fundamento de las realizaciones del despertar (es decir, de la Iluminación, el despertar, la metamorfosis, gnosis y jnana). Y los eruditos de las enseñanzas místicas, esotéricas o internas de las grandes tradiciones del mundo coinciden en afirmar que, aunque las enseñanzas externas de las distintas tradiciones sean considerablemente diferentes ―hasta el punto de ser, en ocasiones, contradictorias―, las enseñanzas esotéricas internas, es decir, las afirmaciones de las enseñanzas que no se basan en creencias, sino en experiencias espirituales directas del despertar, son considerablemente similares, razón por la cual, aunque sus hermanos exotéricos se hallen enzarzados en continuas peleas, no ocurre lo mismo con los místicos de casi todas las religiones, que se entienden con mucha facilidad.

Pero ese núcleo universal del despertar y de la Verdad última está perdiendo, como ya hemos dicho, de un modo tan lento como seguro, el papel influyente del que antaño gozaba. Y ello es así por dos razones fundamentales: la primera es que a menudo se confunde con las narraciones míticas externas, exotéricas e infantiles que constituyen el 90% de la enseñanza actual de las grandes religiones (mitos infantiles que, a medida que la humanidad siga madurando, serán cada vez más inadmisibles); y, en segundo lugar ―como estoy ahora subrayando―, el hecho de no seguir enriqueciendo sus enseñanzas con nuevas verdades importantes y profundas también ha dejado obsoletas, anticuadas y anacrónicas las escuelas del despertar. No tengo la menor duda de que, si los caminos del despertar crearan hoy sus enseñanzas, tendrían en cuenta e incluirían esas verdades. ¿No facilitaría, acaso, la inclusión de esas nuevas verdades el trabajo del despertar? ¿Por qué no habríamos de incluirlas?

Ya hemos visto que los mapas ocultos del desarrollo son tan difíciles de ver que no fueron descubiertos hasta hace aproximadamente un siglo. De los centenares de miles de años que el ser humano vive en este planeta, solo en el último siglo los ha descubierto, ¡y eso que ha estado viajando con ellos desde el mismo comienzo! Otro descubrimiento relativamente reciente es el de la evolución, que solo tendrá unos 150 años de antigüedad. La ciencia moderna considera que la evolución lo impregna absolutamente todo (aun cuando no siempre explique teóricamente muy bien cómo funciona). Pero, por más que el cómo no esté todavía completamente claro, la evolución es hoy en día un hecho incuestionable... hasta el punto de que hay pensadores que llegan a sostener incluso que lo que la humanidad consideraba antaño leyes inmutables de la naturaleza se asemejan más a hábitos de la naturaleza y que esas leyes inmutables no lo son tanto, porque también evolucionan con el paso del tiempo.

Una cosa es cierta: los sistemas religiosos y espirituales han estado ―y siguen estando― sometidos a un largo proceso evolutivo. Es difícil leer la Biblia y no advertir, por ejemplo, el desarrollo de Dios, que pasa de ser un pequeño monstruo infantil y malintencionado ―que en casi 600 pasajes tempranos de la Biblia no tiene empacho alguno en aconsejar a su pueblo el empleo de la violencia y el asesinato― a un ser que recomienda amar a sus enemigos y poner la otra mejilla. ¿Y cómo podríamos considerar los tres giros del budismo, sino como el despliegue evolutivo de verdades y comprensiones cada vez más profundas? Sea como fuere, sin embargo, la evolución no se detuvo hace 1000 o 2000 años porque, lo entendamos o no, siempre ha estado desplegándose. Uno puede llegar incluso a ver la evolución como algo impulsado por el Espíritu-en-acción que, en mi opinión, es la única teoría que puede explicar satisfactoriamente los misterios de la evolución, y las realidades espirituales se han desplegado y evolucionado siguiendo lo que Whitehead denominaba el inexorable «avance creativo hacia la novedad». Y, si queremos actualizar las tradiciones con los descubrimientos de los mundos moderno y postmoderno, bastará con que sigamos su despliegue evolutivo continuo a lo largo del tiempo (que aún prosigue, aunque limitado a sectas y seguidores oscuros y ocultos, contemplando la historia de cualquier religión, el ojo entrenado puede advertir un avance a través de diferentes estadios del desarrollo, algo que, si quiere seguir su camino en los mundos moderno y postmoderno, deberá tener en cuenta cualquier gran tradición que quiera actualizarse).

Mi sugerencia, pues, es la siguiente: tómese el tiempo que necesite para considerar las pruebas, datos y resultados de las investigaciones realizadas sobre cualquier sistema espiritual del despertar (y, aunque yo utilice el budismo como ejemplo, convendría aplicarlo a todas las grandes tradiciones) y mire si todo ello tiene, para usted, algún sentido. Y recuerde que no estamos hablando de eliminar nada, porque no se trata de una dolorosa exclusión de las verdades a las que uno está acostumbrado, sino de una adición que permita acomodar las verdades y doctrinas fundamentales de cualquier tradición. Un enfoque integral nos permite que sea posible convertir en kosher, por así decirlo, cualquier tradición, como ya han demostrado muchos maestros de distintas tradiciones.

Debemos centrar nuestro esfuerzo en conservar la Verdad última desplegada en el proceso del despertar. No podemos permitir que ese precioso y extraordinario descubrimiento de la humanidad se reduzca al 11%, luego al 5% y vaya desvaneciéndose mientras la Verdad última se nos escapa por el desagüe. Eso sería un auténtico desastre. Y, para ello, podríamos comenzar cambiando la forma de presentar la Verdad última y el despertar, una forma que no ha cambiado en los últimos milenios y que no solo carece de interés para el ser humano actual, sino que hace mucho que ya no marcha al ritmo que marca el Espíritu-en-acción. El Espíritu-en-acción ha evolucionado mucho más allá de las formas en las que se nos presentaba hace miles de años y, desde entonces, ha avanzado e impulsado nuevos descubrimientos en los campos de la ciencia, el arte, la moral, la educación, la política, la economía y también, obviamente, la religión y la espiritualidad. No obstante, estos dos últimos campos están atrapados en una especie de estancamiento del desarrollo, como si creyeran que las formas originales de la presentación espiritual estuviesen grabadas en piedra y nunca cambiasen ni mejorasen y que no creer en ellas fuese una herejía, una blasfemia o el más espantoso de los sacrilegios. Que los efectos del Espíritu-en-acción fueran tenidos en cuenta en casi cualquier actividad humana ―desde la ciencia hasta la moral, la medicina y la economía―, pero no en la religión y la espiritualidad, quizá sea la mayor ―y más lamentable― ironía de la historia.

Y conviene recordar que el descubrimiento de esta Realidad última no es solo el Fundamento sin fundamento de todo ser «ahí», sino también «aquí», es decir, el descubrimiento de nuestro Yo más profundo y verdadero, la Talidad, la Realidad más fundamental de nuestro ser cuyo descubrimiento implica directamente el despertar, la iluminación y la metamorfosis:

Hay quienes sostienen que está en nuestras manos contemplar continuamente un mundo de igual maravilla y belleza. Dicen ellos que los experimentos de los alquimistas de la Edad Media [...] no están, en verdad, relacionados o no con la transmutación de los metales, sino con la transmutación del universo entero [...] Este método, arte, ciencia o comoquiera que lo llamemos (suponiendo que exista o haya existido) simplemente pretende [...] ayudar a los hombres [y a las mujeres] que así lo quieran a habitar en un mundo de gozo y esplendor. Quizás sea posible tal experimento y quizás sea también posible que algunos lo hayan realizado.

La verdad es que ese experimento existe y que, desde hace miles de años, hombres y mujeres lo han realizado y han vuelto para contarnos una historia muy parecida de lo que han visto de primera mano, de la Realidad última a la que han accedido y que los ha transformado de un modo tan profundo como decisivo. Este es el único descubrimiento que, quienes lo han experimentado, afirman, de manera casi unánime, que se trata de una Realidad última, una Verdad absoluta, la experiencia más real, en suma, que jamás hayan tenido. No podemos permitir que esa preciosa joya perezca; no podemos dejar que ese tesoro acabe enterrado y no podemos permitir que la Verdad muera. Acompáñenme en este viaje que espero que contribuya a evitar la mayor catástrofe de la historia de la humanidad ¿Está dispuesto?