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Extractos - Mónica Esgueva

Trascendencia

La trascendencia

Por Mónica Esgueva

Llega un momento en que el alma ha llegado al punto más lejano de su viaje de separación y alienación, y está lista para comenzar el camino de regreso a la integración. Por lo general, el alma va inhalando un descontento interno, una profunda insatisfacción que no se puede llenar con nada, y que se va filtrando lentamente en la conciencia de la mente. Con suerte, es entonces cuando la persona comienza a volverse hacia adentro, a domesticar el ego y sus reacciones, y busca un camino para reconectar con la Fuente, la Divinidad, la Consciencia Pura, Brahman, lo Absoluto, el Espíritu universal.

Básicamente hemos olvidado quiénes somos: fragmentos de la Fuente que se han encarnado brevemente como seres humanos. Es solo una cuestión de tiempo que todo el mundo se dé cuenta de que estamos interrelacionados con todas las criaturas vivientes, ya que todos somos emanaciones del Uno, y, por tanto, estamos íntimamente unidos entre nosotros. Nuestra tarea fundamental es descubrir que, más allá de las estrechas restricciones y la soledad de este disfraz limitado como Homo sapiens, se extiende un mundo expansivo. Más allá de los límites aparentes de las visiones egocéntricas, existe una nueva dimensión vasta de la realidad con una autopista cósmica que nos permite contribuir a la evolución del universo. La vida en la Tierra no es más que una fase efímera de la existencia. Nuestro desafío ahora es percibirlo con nuestros estrechos y restringidos sentidos, y vivir en consecuencia. No es una tarea fácil para los débiles o los superficiales.

En mi opinión, el ejercicio de la trascendencia y la transformación espiritual se ha convertido en algo primordial en nuestro tiempo debido a que nuestra tecnología tiene un inmenso poder destructivo, y esto nos permite dañar no solo a nuestro prójimo, sino a muchos otros físicamente distantes de nosotros. Al actuar con una continua falta de ética, estamos dejando una Tierra sobreexplotada con posibilidades muy reducidas para una vida saludable, y, lamentablemente, estamos poniendo en peligro el futuro de nuestros descendientes. Cuando nuestra principal motivación es conseguir más para nosotros mismos a cualquier precio, incluso si otros tendrán que pagar el coste de nuestro éxito material, irremediablemente vamos a dejar cadáveres atrás. Tenemos que percibir la interconexión de todo e incluso reconocer nuestra responsabilidad por lo que pensamos y sentimos, por lo que decimos y hacemos, para así cambiar a una forma de vida más armoniosa. Aunque es menos obvia, la contaminación psicológica es igualmente dañina. La negatividad, los miedos, la manipulación, los conflictos y la rabia que generamos y emanamos cada día con nuestros pensamientos a otro nivel tiene un poder destructivo similar al de los desechos radiactivos.

El desarrollo tecnológico sin un aumento de consciencia terminará en la destrucción total, porque la tecnología se seguirá utilizando de una manera egocéntrica y egoísta que pronto nos llevará a una profunda crisis social y planetaria. La inteligencia artificial y la bioingeniería muy probablemente pronto harán posible hackear a seres humanos, controlar el deseo humano e incluso rediseñar los sentimientos. Sin trascendencia, la vida se reduce a la materia, y entonces caemos fácilmente en la apatía, la separación, la confrontación, el nihilismo y la alienación, porque perdemos de vista nuestro origen espiritual y cósmico. Al olvidar lo que realmente somos, seguimos encerrados en una perspectiva estrecha de quiénes creemos que somos y nos desconectamos de nuestra guía interior y de la compasión que está dentro de todas las criaturas vivientes, a todos los niveles.

La visión general del mundo materialista, reduccionista y determinista nos ha llevado a una percepción de separación y aislamiento de los demás, así como del planeta. Ha demostrado tener muchos efectos destructivos a escala individual y global, como la contaminación de los mares, las guerras, los genocidios, la prevalencia de la violencia, la corrupción generalizada, el miedo, el fanatismo religioso, los extremos absurdos de riqueza y pobreza... A menos que modifiquemos nuestra comprensión de la vida y la realidad en algo más holístico que nos integre a todos y asuma la unidad de todo, destruiremos la humanidad y a la Madre Tierra.

Probablemente tengamos que trascender el viejo paradigma mecánico-newtoniano-determinista, que presupone que los mundos objetivo y subjetivo son completamente independientes. Es decir, que un científico puede ser objetivo y su trabajo intelectual no proyecta su propia opinión sobre sus teorías, modelos y objetos de estudio. Tal vez necesitemos abrazar plenamente el nuevo paradigma de la física cuántica y la ciencia integral, que afirma que la mente y la conciencia no son independientes del mundo físico; por el contrario, conforman la estructura básica de la misma. Según esta perspectiva, somos participantes activos en el mundo, por lo que ni siquiera podemos separarnos de lo observado. En otras palabras, afectamos a los sistemas físicos continuamente. No estamos separados del mundo externo, estamos incrustados en él; no hay una distinción real entre dentro y fuera. Además, ahora sabemos que nuestro cuerpo humano es solo un conjunto engañoso de espacios vacíos en un planeta vacío en un universo vacío. Todo es un 99,999 por ciento de espacio vacío, lo cual cuestiona profundamente nuestra noción de existencia.

La realidad objetiva no es tan independiente de nosotros como creemos, y no estamos aislados unos de otros.

 

¿Qué es la auto-trascendencia? Parece ser un estado de conciencia unitiva donde el yo individual no está tan presente porque no hay una distinción clara entre uno mismo y el otro. La persona es simplemente consciente de ser un componente de la evolución del cosmos. Esta perspectiva unitiva puede describirse como una fusión espiritual con la naturaleza y su fuente. El investigador Robert Cloninger dice: «La persona puede identificar o sentir un sentido de unión espiritual con todo. Puede experimentar la sensación de que es parte de una inteligencia maravillosa que le guía, lo cual es posiblemente la fuente divina de todos los fenómenos».

Místicos de todas las épocas y lugares han sido capaces de trascender los diferentes esquemas conceptuales proporcionados por su cultura, lenguaje y dogmas, y por lo tanto han accedido a una comprensión intuitiva directa de la realidad. La experiencia mística es universal y atemporal, mientras que su interpretación está determinada cultural e históricamente. Por lo tanto, la experiencia de la trascendencia es idéntica para todos, aunque sería interpretada como vacuidad o sunyata por un budista Mahayana, como Brahman por el Vedanta Advaita, como la unión con Dios por un cristiano, o como una absorción sin objeto por un practicante del yoga de Patajanli. Solo la interpretación difiere.

Hay una verdad primordial en la que todas las tradiciones contemplativas convergen: la existencia de una Conciencia absoluta y pura, la Mente universal, la Fuente que constituye la esencia fundamental, tanto de la naturaleza humana como de la totalidad de la realidad. Es decir, un espíritu al mismo tiempo inmanente y omnipresente que está fundamentalmente presente en la conciencia humana. Este espíritu forma el referente final de lo que puede considerarse real, verdadero, valioso, puro. La realidad primaria de la conciencia es de alguna manera también explicada por el físico cuántico John Hagelin con la teoría del campo unificado, basada en la teoría de las supercuerdas, que afirma que un campo unificado único y universal es la base de todas las formas y fenómenos de la Naturaleza.

Cuando nuestra racionalidad no filtra lo que podemos aprehender, nuestra mente puede acceder a un amplio abanico de información, mucho más allá de la información disponible a través de nuestros cinco órganos sensoriales. Es por eso que las prácticas místicas, como la meditación, son algunos de los procesos más adecuados de des-automatización o des-condicionamiento de las estructuras cognitivas y de los conceptos que hemos aprendido socialmente y nos han sido inculcados culturalmente para poder comprendernos e interpretar el mundo. Se convierten en carreteras directas a la trascendencia sin la mediación de creencias, expectativas y racionalización que tienden a construir muros entre nosotros y el Absoluto. Como en muchas otras tradiciones, en los Upanishads hindúes se destaca que «tú eres eso», es decir, la unidad esencial entre el alma individual y lo divino.