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Extractos - La Nube del No-Saber

La Nube del No-Saber

y el libro de la Orientación Particular

Un ensayo introductorio por William Johnston (Parte 2 de 3)

El lugar de Cristo

Otro punto crucial en estos dos libros, lo mismo que en las obras de todos los místicos cristianos, se refiere al lugar de Cristo. En pocas palabras, el problema es este: la teología cristiana, siguiendo al Nuevo Testamento, sitúa a Cristo en el centro mismo de la oración.

Cristo el hombre, la Palabra Encarnada. Pero ¿cómo se acopla el hombre Cristo en este vacío sin imágenes, supraconceptual? ¿Dónde está Cristo cuando yo me encuentro entre La Nube del No-Saber y la nube del olvido? Es un verdadero dilema. Creo, no obstante, que el autor de La Nube... puede ciertamente ser calificado de cristocéntrico.

Digamos primero que podemos considerar a Cristo en su existencia histórica o en su existencia de resucitado. En ambos casos tenemos, por supuesto, al mismo Jesús; pero su modo de existencia es totalmente diferente. Sobre el Cristo histórico podemos tener pensamientos, ideas o imágenes de la misma manera que podemos describir las aldeas por las que caminó; pero de Cristo resucitado no podemos tener una imagen adecuada. Así lo afirma categóricamente san Pablo, cuando al ser preguntado cómo es el cuerpo resucitado, responde diciendo (traduciéndolo en el argot moderno): ¡No preguntéis sandeces! "Alguno preguntara: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo? ¡Necio no todos los cuerpos son iguales; uno es el cuerpo de los hombres, otro el de los ganados, otro el de las aves y otro el de los peces" (I Cor 15,3539). De la misma manera hay muchas formas de existencia y la del resucitado es diferente de la que ahora gozamos.

Ahora bien, el cristiano, siguiendo a san Pablo, no se dirige en su oración a una figura histórica, sino al Cristo resucitado y actualmente vivo que lleva en si toda la experiencia de su existencia histórica pero transformada, como él mismo indicó al mostrar sus heridas a sus discípulos.

Por lo que se refiere a la manera de hablar sobre Cristo que vive entre nosotros hoy, Teilhard de Chardin, influenciado por las últimas cartas paulinas, habla del "Cristo cósmico" que corre paralelo al universo. Por la muerte, su cuerpo se universalizó, entrando en una nueva dimensión y en una nueva relación con la materia. En esta dimensión, Cristo resucitado se hace presente a nosotros. Dimensión en la que también nosotros entramos por la muerte. Pero en esta vida podemos tocarla en algún modo por el amor en la Nube del No-Saber.

El autor inglés, a mi juicio, está hablando aquí del Cristo cósmico, aunque no emplee esta terminología. De hecho, hace una unión brillante y ortodoxa del Jesús histórico y del Jesús resucitado en el motivo de Maria Magdalena, que, como es obvio, le atrae sobremanera:

"En el Evangelio de san Lucas leemos que nuestro Señor entró a casa de Marta, y mientras ella se puso inmediatamente a prepararle la comida, su hermana Maria no hizo otra cosa que estar sentada a sus pies. Estaba tan embelesada escuchándole que no prestaba atención a lo que hacia Marta. Ciertamente las tareas de Marta eran santas e importantes... Pero Maria no les daba importancia. Ni se daba cuenta tampoco del aspecto humano de nuestro Señor, de la belleza de su cuerpo mortal, o de la dulzura de su voz y conversación humanas, si bien esta podría haber sido una obra más santa y mejor... Pero se olvidó de todo esto y estaba totalmente absorta en la altísima sabiduría de Dios oculta en la oscuridad de su humanidad. María se volvió a Jesús con todo el amor de su corazón, inmóvil ante lo que veía u oía hablar y hacer en torno a ella. Se sentó en perfecta calma, con el amor gozoso y secreto de su corazón disparado hacia esa nube del no-saber entre ella y su Dios. Pues, como he dicho antes, nunca hubo ni habrá criatura tan pura o tan profundamente inmersa en la amorosa contemplación de Dios que no se acerque a él en esta vida a través de esta suave y maravillosa nube del no- saber. Y fue a esta misma nube donde Maria dirigió el oculto anhelo de su amante corazón."

Por lo que acabamos de ver está claro que la entrada en la nube no significa abandonar a Cristo. Jesús está presente; es el centro divino al que se dirige el amor de María. Pero no mira las imágenes precisas de su hermoso y mortal cuerpo, ni tiene oídos para la suavidad de su voz humana. Ha ido más allá de todo esto, hacia un conocimiento, un amor y una belleza más hondos. Aquí está en la práctica la paradoja de una contemplación que es a un tiempo cristocéntrica y sin imágenes.

Ejemplos de este acercamiento sin imágenes al hombre Cristo abundan en nuestro autor inglés. No es necesario citar aquí su alusión en La Orientación Particular a Cristo, que es al mismo tiempo el portero y la puerta. O su interesante interpretación de la ascensión de Cristo que tiene que irse ("Es conveniente que yo me vaya") para que sus discípulos no queden tan apegados a su cuerpo histórico que no puedan amar su cuerpo glorificado. Como ya he dicho, nuestra palabra "cósmico" no aparece; pero la idea está incesantemente presente.

Con la comprensión de que Cristo está presente al universo, entra en la contemplación una dimensión cósmica y social. La mística cristiana no puede reducirse a una preocupación egoísta por el propio "yo"; ha de ser una apertura a los demás y al universo. Una vez más, el autor inglés nos explica esto en la cosmología de su tiempo.

"Pues cuando pones tu amor en él y te olvidas de todo lo demás, los santos y los ángeles se regocijan y se apresuran a asistirte en todos los sentidos, aunque los demonios rabien y conspiren sin cesar para perderte. Los hombres, tus semejantes, se enriquecen de modo maravilloso por esta actividad tuya, aunque no sepas bien cómo. Las mismas almas del purgatorio se benefician, pues sus sufrimientos se ven aliviados por los efectos de esta actividad. Y por supuesto, tu propio espíritu queda purificado y fortalecido por la actividad contemplativa más que por todas las demás juntas".

Ningún rincón del universo está ausente de este ejercicio del amor. En términos teilhardianos podríamos decir que la noosfera está constituida por este ejercicio contemplativo; o que este fresco impulso es debido al empuje de la conciencia en su movimiento hacia la omega. No deja de ser, por supuesto, una gran paradoja el que podamos ayudar a las personas olvidándonos precisamente de ellas. "Has de rechazar, por tanto, con firmeza todas las ideas claras por piadosas o placenteras que sean. Créeme lo que te digo: un amoroso y ciego deseo hacia Dios.., es... de más ayuda a tus amigos, tanto vivos como difuntos, que cualquier otra cosa que pudieras hacer". Esto sólo se conoce por la experiencia nacida de la fe.

La dimensión social y progresivamente cósmica de la contemplación es puesta de relieve en La Orientación Particular en que se describe esta labor como desarrollo de lo "corporal" a lo "espiritual". Y he traducido estas palabras por la "carne" y "espíritu" paulinos. Para Pablo naturalmente "carne" no es carne sensual y platónica; no es la parte instintiva del hombre, significa más bien el hombre enraizado en este mundo. Y cuando lo usa en un sentido peyorativo, apunta hacia el hombre que sólo ve este mundo y está ciego a cuanto lo trasciende. Por otra parte, el hombre espiritual es el hombre abierto al universo y que está bajo la influencia del Espíritu. De ahí que el crecimiento en la contemplación, crecimiento hacia el espíritu, es un desarrollo hacia la conciencia cósmica, de manera que el contemplativo se sitúa en la mente del Cristo cósmico y se ofrece a si mismo al Padre por la salvación de la raza humana. Aquí está, realmente, el verdadero clímax del pensamiento del autor, vertido en la bella oración de La Orientación Particular:

"Lo que soy y la manera como soy, con todos mis dones de naturaleza y de gracia, tú me los has dado, Señor, y tú eres todo esto. Yo te lo ofrezco, principalmente para alabarte y ayudar a mis hermanos cristianos y a mí mismo".

Esta es la verdadera cima en que el contemplativo unido a Cristo se ofrece a si mismo al Padre por el género humano. Ahora se ha adentrado tan de lleno en el espíritu de Cristo que en cierto sentido sólo existe el Padre. Es Cristo quien desde el interior ora y se ofrece a si mismo al Padre. "Vivo yo, mas no yo, es Cristo, quien vive en mi". Y naturalmente, toda la oración es eminentemente trinitaria y desconcertadamente paradójica. Hay un Dios que es mi misma existencia. Y sin embargo, mi existencia es algo distinto y yo se la puedo ofrecer a él.

En esta cristología, no obstante, algunos lectores pueden quedar desorientados por el uso que el autor hace de la Biblia. Aquí, lo mismo que en La Orientación Particular y en todas sus obras, su aparente retorcimiento de la Escritura para ilustrar y probar su punto de vista puede hacer surgir una sonrisa en los labios del exégeta moderno. Sin embargo, esta postura es típica de los místicos desde Orígenes hasta san Juan de la Cruz. Y a mi modo de ver, es legítima, e incluso provechosa al moderno exégeta.

Que hay un acercamiento a la Escritura, típicamente contemplativo, lo señaló ya el Vaticano II al escribir:

"Pues hay un crecimiento en la comprensión de las realidades que acabamos de exponer. Tal acontece en la contemplación y el estudio de aquellos creyentes que atesoran estas cosas en sus corazones a través de una íntima comprensión de las cosas espirituales que experimentan" (Documento sobre la Divina Revelación, 2, 8). El crecimiento en la comprensión viene de los místicos que, por así decirlo, viven las Escrituras desde dentro. Cierto que, como dice san Pablo, nadie puede entender el espíritu del hombre si no es su propio espíritu. Pero qué verdad es que nadie puede comprender las Escrituras (por mucha exégesis que haga) excepto el que posee el Espíritu que las compuso. El acercamiento contemplativo a la Escritura completa a la exegética y está, según creo, poniéndose cada vez más de actualidad.

Primacía del Amor

Por lo dicho está claro que en el autor inglés el lugar central del ejercicio contemplativo está reservado al amor. Que el amor es la esencia de todo el problema se afirma una y otra vez en palabras como estas: "Pues en la caridad verdadera uno ama a Dios por sí mismo, por encima de todo lo creado, y ama a su hermano el hombre porque esta es la ley de Dios. En la actividad contemplativa, Dios es amado por encima de toda criatura pura y simplemente por él mismo. En realidad, el verdadero secreto de esta obra no es otra cosa que un puro impulso hacia Dios por ser él quien es".

Por lo mismo, el secreto de esta obra es el amor, al que el autor inglés hace referencia con expresiones como estas: "amorcito secreto", "puro impulso de la voluntad", "tensión ciega", "suave movimiento de amor", "esta obra", o simplemente "esto".

Habría que notar, sin embargo, que emplea estas expresiones para una actividad que incluye un conocimiento o conciencia de alguna clase. De cara al análisis es posible hablar de conocimiento y amor en la contemplación. Pero la actividad de que habla el autor es una mezcla de ambos, una experiencia totalmente simple que surge en lo más íntimo del corazón del contemplativo. En último análisis, es algo indescriptible, como declara el mismo autor cuando dice que: "Lo que podemos decir de ella no es ella, sino sólo sobre ella" (p. 218). No duda en afirmar, sin embargo, que su elemento predominante es el amor, y sobre este pone todo el acento. La práctica del no-saber con su dejación de todo conocimiento claro bajo la nube del olvido no es más que la preparación para el cultivo de este movimiento ciego que es lo más importante de la vida. Lo repite muchas veces, como, por ejemplo, en las palabras siguientes:

"Así, pues, para mantenerte firme y evitar las trampas, mantente en la senda en que estás. Deja que tu incesante deseo golpee en La Nube del No-Saber que se interpone entre ti y tu Dios. Penetra esa nube con el agudo dardo de tu amor, rechaza el pensamiento de todo lo que sea inferior a Dios y no dejes esta actividad por nada. La misma obra contemplativa del amor por si misma llegará a curarte de todas las raíces del pecado".

Este pasaje típico muestra cómo el problema del olvido queda relegado a un segundo plano, ya que no se trata más que de dar lugar al "agudo dardo.., del amor" que, sin embargo, va acompañado de una profunda conciencia de Dios. Podríamos multiplicar los ejemplos en que el autor expresa su entusiasmo por el pequeño amor que llega a dominar la vida rústica. "Tu personalidad quedará totalmente transformada, tu porte irradiará una belleza interior, y mientras lo sientas nada te entristecerá. Correrías mil kilómetros para hablar con otro del que supieras que efectivamente también lo siente, y, sin embargo, cuando llegaras allí, te encontrarías sin palabras". A medida que el contemplativo penetra más hondamente en la nube, el amor llega a guiarle, enseñándole a elegir a Dios, que no puede ser pensado, entendido o hallado por ninguna actividad racional. A medida que se fortalece, llega a tomar posesión de él de tal forma que domina toda acción. Le ordena que elija a Dios, y si no sigue su mandato, le hiere y no le deja en paz hasta que hace su voluntad. Tenemos una hermosa ilustración de esto en un pasaje de otra obra del autor que, por desgracia, no aparece en este libro. Permítaseme citar de Una Carta sobre los Impulsos un párrafo sobre la calidad dinámica del impulso ciego del amor:

"Eso mismo que sientes te hará saber cuándo has de hablar y cuándo has de estar callado. Y te dirigirá discretamente en toda tu vida sin mezcla de error, enseñándote misteriosamente cómo has de comenzar y cesar en todos tus actos naturales con una grande y soberana discreción. Si con la gracia puedes mantener esto habitualmente en continuo ejercicio, cuando te sea necesario hablar, comer dentro de lo que es normal o vivir en comunidad, o realizar cualquier otra acción propia de los cristianos o de la naturaleza, primero te impulsará suavemente a hablar o hacer cualquier otra obra de la naturaleza. Y luego, si no lo haces, punzará como un aguijón tu corazón sin dejarte reposo, y no tendrás paz hasta que lo hagas. De la misma manera, si después de haber estado hablando o haciendo cualquier otra cosa propia de la naturaleza, ahora te conviene y debes estar tranquilo pasando a lo contrario, como, por ejemplo, del ayuno a la comida, de la soledad a la compañía u otras obras semejantes, todas ellas de indudable santidad, te sentirás impulsado a hacerlas".

Por lo que acabamos de decir, podemos ver que el impulso ciego del amor se convierte en una viva llama que guía todas las decisiones del contemplativo. Le impulsa blanda y suavemente a obrar; pero le impele también a hacer la voluntad de Dios con una cierta inevitabilidad, de tal forma que es inútil luchar: parece estar atrapado por algo más fuerte que él a lo que ha de obedecer aun a riesgo de perder la paz interior cuando golpea su corazón. Que esta sea la dirección de Dios mismo lo vemos indicado en La Nube..., donde el autor habla de la acción directiva de Dios en lo más profundo del alma, donde no puede entrar ningún espíritu y donde ningún razonamiento puede hacer impacto. Y esto, repito, es la suma de la moralidad cristiana. No más fidelidad a la ley sino sumisión a la dirección del amor.

Además, es precisamente este amor el que da la sabiduría, el conocimiento más verdadero. En realidad, el proceso meditacional que nos enseña nuestro autor inglés podría describirse en tres etapas. En primer lugar existe el conocimiento claro y distinto producido por la meditación discursiva. Esta queda abandonada por la dirección del amor. Después este amor encuentra la sabiduría. En otra obra, Tratado del Estudio de la Sabiduría, el autor describe este proceso con un símil tradicional. Como la vela encendida se ilumina a si misma y los objetos de su alrededor, así la luz del amor nos permite ver tanto nuestra miseria como la gran bondad de Dios:

"Lo mismo que cuando la vela está encendida puedes ver la vela misma por la luz que sale de ella, y también las demás cosas, así cuando tu alma arde en amor de Dios, es decir, cuando sientes que tu corazón arde en deseos del amor de Dios, entonces a la luz de su gracia que envía a tu razón, podrás ver tu indignidad y su gran bondad. Por tanto... acerca tu vela al fuego" (S. W 43, 8).

Santo Tomás enseña una doctrina semejante. Sostiene que un gran amor de Dios hace descender al Espíritu, según la promesa de Cristo en la última cena de que si alguien le ama será amado por el Padre, quien enviaría otro Paráclito: progreso en la caridad significa, pues, progreso en la sabiduría. Esta clase de sabiduría es, creo yo, evidente en las relaciones humanas, donde el amor puede descubrir una belleza y potencialidad que la razón sola no puede encontrar.

Y así el autor se afirma en la corriente de la tradición que considera la mística como un asunto de amor entre el novio y la novia, entre Yavé y su pueblo. Es aquí donde hay que encontrar el más hondo significado de la mística occidental.