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Extractos - José Díez Faixat (intro)

Entre la evolución y la eternidad (Introducción)

por José Díez Faixat

El Tao que puede ser expresado no es el verdadero Tao.

Lao Tse, del poema 1 del Tao te King.
José Díez Faixat
José Díez Faixat
© Editorial Kairós

Así como el ojo que puede mirar el mundo no es capaz de verse a sí mismo, el universo en su conjunto tampoco puede contemplarse a sí mismo sin mutilarse de alguna manera, pues, tal como afirmaba Wittgenstein, sólo lograríamos saber algo del mundo en su totalidad si pudiéramos salir fuera de él. Pero esto no resulta posible.

Nuestro conocimiento objetivo ―dice Ken Wilber― crea una aparente escisión en el universo, entre el conocedor y lo conocido, y la consciencia más íntima, en tanto que investigadora del mundo exterior, escapa en última instancia a su propia comprensión. Cuando la realidad queda, de esta forma, seccionada en un sujeto frente a un objeto, siempre hay algo que se deja fuera y, por eso, el tipo de conocimiento dualista resulta parcial e inadecuado. Es el mismo problema con el que se encontraba Carl G. Jung cuando escribía: "Nuestro espíritu no puede aprehender su propia forma de existencia, porque no tiene su punto de Arquímedes en lo exterior; no obstante existe, más aún, es la existencia misma", y se lamentaba: "La psique constituye el objeto de la psicología e, infortunadamente, también su sujeto".

El conocimiento simbólico es siempre dual y, por eso, cualquier "descripción" que hagamos del mundo nunca será la "realidad" descrita. Decía Aldous Huxley que ni siquiera el mejor de los libros sobre el arte de cocina puede sustituir a la peor de las comidas. A pesar de esta evidencia, una y otra vez caemos en el error de identificar los símbolos con la realidad de los hechos, una y otra vez confundimos el mapa de viaje con el territorio real, tomamos el dedo que señala la Luna por la Luna misma.

La ciencia objetiva nunca puede hacer otra cosa que proponer modelos y teorías sobre una realidad que acaba siempre por escapársele entre los dedos. La relación de incertidumbre de Heisenberg expresa matemáticamente esa impotencia definitiva y sin apelación del intelecto para penetrar en el ser de las cosas, en el interior del universo. Cuanto más se intenta perfilar lo real, más parece éste fluir, y, en el límite, sólo se halla un gran vacío. Por eso, el análisis intelectual, por útil que sea, llega un momento en que no tiene más remedio que ceder el sitio al conocimiento directo, a la experiencia viva, y las palabras, las ecuaciones y los modelos han de dejar lugar al silencio. Debemos desistir de creernos unos sujetos conocedores separados de los objetos conocidos, debemos hacer estallar los exiguos límites de nuestros egos para descubrir nuestra verdadera Identidad.

Sólo la lucidez no dual, la vivencia íntima y directa de la Realidad fundamental por la Realidad misma, trascendiendo las fronteras entre sujeto y objeto, es capaz de aportar un conocimiento integral y absoluto de esa Realidad. Esa experiencia inmediata de la Identidad suprema es la base sobre la que se apoya toda la llamada "filosofía perenne", ese vívido núcleo común a tantas tradiciones espirituales de culturas distintas y tiempos diversos, la vivencia central de todos los místicos, la experiencia pura ―no simbólica― que nos descubre la Realidad última.

Desde esta perspectiva, el presente ensayo no pretende otra cosa que apuntar hacia esa Realidad que supera y trasciende cualquier intento de descripción simbólica, señalando la profunda unidad que comienza a intuirse en lenguajes tan dispares como los de las ciencias actuales, las milenarias místicas orientales o las filosofías tradicionales. En este sentido, J. Robert Oppenheimer decía que "las nociones generales sobre el entendimiento humano que están ilustradas por descubrimientos en Física atómica, no son cosas del todo desconocidas, de las que no se haya oído hablar en absoluto o nuevas, pues incluso en nuestra propia cultura tienen una historia y en el pensamiento budista o hindú ocupan el lugar central y de mayor consideración".

Hoy día campos diversos de la nueva ciencia ―física, biología, psicología, investigación sobre el cerebro y la conciencia― comienzan a esbozar una nueva visión del mundo, un nuevo paradigma que sugiere sorprendentes paralelismos con antiguas descripciones de la naturaleza. Los dos pilares de la nueva física ―la teoría cuántica y la teoría de la relatividad― ofrecen una perspectiva del universo muy similar a la que podemos encontrar en casi todas las filosofías orientadas místicamente. Como ha señalado Fritjof Capra, los temas básicos de esta concepción son la unidad y la interrelación de todos los fenómenos y la intrínseca naturaleza dinámica y creativa del universo. El físico moderno, como el místico oriental, ha llegado a ver el mundo como un sistema de componentes inseparables, interrelacionados y en constante movimiento, en el que el hombre participa íntegramente. Por eso, Niels Bohr comentaba que la teoría atómica se estaba encontrando con problemas epistemológicos semejantes a los que ya Buda o Lao Tse se habían enfrentado, al tratar de armonizar nuestra posición como espectadores y actores en el gran drama de la existencia. La ciencia nueva no está sino confirmando algo que la humanidad ya ha conocido intuitivamente desde siempre.

Como dice Salvador Pániker, "el ciclo iniciado en Occidente, desde que Occidente le dio la espalda a la mística oriental, ha concluido". El proceso crítico del pensamiento occidental ha comenzado a incidir con el punto de partida ―que es ya un punto de llegada― del taoísmo, del budismo y de las upanishads. Y es que el proceso dual, dando un rodeo, separando primero para unir después, aboca finalmente al mismo Origen que la mística descubre directamente, si bien aquel camino, como veremos, resulta ser formalmente más fecundo.

Werner Heisenberg, que veía profundas relaciones entre las ideas filosóficas del lejano Oriente y la substancia filosófica de la teoría cuántica, afirmaba que "es, probablemente, muy cierto que en la historia del pensamiento humano los desarrollos más fructíferos frecuentemente tengan lugar en esos puntos donde se encuentran dos líneas diferentes de pensamiento". La ciencia trabaja con el fin de explicar el misterio del ser, el misticismo con el fin de vivenciarlo. Occidente concede gran importancia a la acción exterior y al dinamismo. Oriente pone su énfasis en la contemplación interior y en la quietud. Ambos, cada uno a su modo, van en busca de la verdad fundamental de la materia y su origen. La actual aproximación de sus lenguajes promete ser enormemente enriquecedora para todos.

Ésta era la esperanza que ya expresaba Hermann Hesse de que una ola de espiritualidad proveniente de la India pudiera aportar a la cultura occidental un refrescante correctivo, o el deseo de Erwin Schrödinger cuando afirmaba que el pensamiento occidental "necesitaba una transfusión de sangre del pensamiento oriental", o la intuición de Amold Toynbee que preveía que el desarrollo más significativo de la época vendría del influjo que habría de tener en Occidente la perspectiva espiritual del Oriente. Sri Aurobindo, por su parte, señalaba que "tras una edad de intelectualidad y materialismo triunfantes, podemos ver señales de un retorno al auto-descubrimiento, un nuevo intento de experiencia mística, una aspiración en pos del yo interior".

La propuesta central que se pretende desarrollar a lo largo de estas páginas ―una hipótesis de ritmos en los ciclos de la evolución del universo y del desarrollo del ser humano― se halla enraizada profundamente en estas dos corrientes del pensamiento que parecen converger hacia una prometedora Síntesis. Esta hipótesis es una forma cristalizada de viejas y repetidas intuiciones de la humanidad ―todos somos el único Autor― que ahora pueden ser concretadas en un esquema mucho más específico, gracias a la mayor abundancia de datos científicos e históricos de que se dispone. La propuesta puede resultar más o menos atractiva, coherente y espectacular, pero, aún en el mejor de los casos, no debemos olvidar que es un simple dedo que apunta hacia una Realidad que nos desborda, un simple mapa que sugiere la belleza de lo Inefable.

Para guardar un cierto orden en la exposición, dividiremos el texto en tres capítulos. En el primero esbozaremos algunos temas básicos que, más tarde, utilizaremos en el planteamiento de la hipótesis. En el segundo expondremos nuestra propuesta de ritmos de la evolución y comprobaremos su validez con los datos de la historia del universo ―el macrocosmos― y del desarrollo del individuo humano ―el microcosmos. Y en el tercero comentaremos algunos puntos de interés desde una perspectiva no dualista y haremos una invitación a los lectores a descubrir y alcanzar, a través de la experiencia viva, más allá de las palabras, la Plenitud en nosotros mismos en cada presente de nuestras vidas.

Ramana Maharshi comentaba que "a Buda le preocupaba más orientar al buscador para que realizara la Bienaventuranza aquí y ahora, que las discusiones académicas sobre Dios y temas semejantes", y recomendaba: "en vez de complacerte en meras especulaciones y conjeturas, conságrate aquí y ahora a la búsqueda de la Verdad que está por siempre dentro de ti". Y Sri Aurobindo decía que la única utilidad de los libros y de las filosofías no era tanto la de aclarar la mente, sino la de reducirla al silencio, a fin de que, tranquila, pudiera pasar a la experiencia directa y recibir la inspiración.

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