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Extractos - Lama Surya Das

En el camino hacia la iluminación

por Lama Surya Das Extracto de: el despertar del buda interior
Buda iluminación

La característica básica más fundamental del budismo es la promesa de la iluminación. Comenzando con el ejemplo del Buda, sus enseñanzas contienen 2.500 años de sabiduría acerca de cómo los seres humanos normales pueden llegar a ser iluminados, tan iluminados como el Buda mismo. Estas enseñanzas ofrecen explicaciones acerca de la naturaleza de la iluminación, describen diferentes grados, profundidades y experiencias de iluminación, al igual que proveen instrucciones detalladas sobre cómo alcanzar ese estado espiritual exaltado. De hecho, el camino budista puede considerarse semejante a un mapa bien establecido hacia la iluminación y el renacimiento espirituales.

El concepto de renacimiento espiritual no es único del budismo. Todos los cristianos conocen la historia de Saulo que "renació" en el camino a Damasco cuando la auto-realización convirtió a Saulo de un perseguidor fanático en un alma santa llamada Pablo. Por supuesto que no todos podemos experimentar el renacimiento espiritual o autotransformación a la velocidad del rayo como le ocurrió a Pablo. En el budismo, por ejemplo, existen muchas perspectivas diferentes de iluminación. Algunos creen que sucede repentinamente; otros creen que acontece sólo a través de un proceso gradual de profundización de la conciencia.

Cuando la gente me pregunta acerca de la iluminación, casi siempre respondo diciendo que no es lo que pensamos de ella. La iluminación es un proceso misterioso, no distinto de Dios, de la verdad o del amor. Ninguna definición es capaz de abarcarla. Cada experiencia es única, igual que cada uno de nosotros es único. La iluminación ―cualquier cosa que sea lo que uno denomina despertar espiritual, liberación, iluminación o satori― significa una profunda transformación interior y una autorrealización. De hecho, existen diferentes grados y profundidades de experiencia de iluminación, que van desde una vislumbre momentánea de la realidad hasta la más amplia actualización de la budeidad, la forma más amplia de iluminación.

Habiendo dicho esto, creo que es importante comprender que el renacimiento espiritual en el budismo no se trata de un encuentro místico con Dios. La iluminación no tiene que ver con volverse divinos. Más bien trata acerca del volverse más plenamente humanos. Al examinar la experiencia arquetípica del Buda, observamos que su iluminación representa una toma directa de conciencia acerca de la naturaleza de la realidad, de cómo son las cosas y de cómo ellas operan. La iluminación es el fin de la ignorancia. Cuando hablamos de hollar el camino de la iluminación, estamos hablando de transitar un camino de compasión y de un vivir iluminado. El maestro Dogen, del zen, dijo: "Estar iluminado es ser uno con todas las cosas".

Hoy día me encuentro firme en mi convicción de que la iluminación nos ofrece una posibilidad real a cada uno de nosotros. Sin embargo, cuando descubrí el budismo por primera vez, dudaba de que ello fuera posible a cada uno, o si no se trataba simplemente de un mito. Después encontré personalmente a algunos maestros sabios que parecían encarnarla, así como otros que habían dedicado sus vidas a tratar de alcanzarla. En el Tíbet, parece como si cada abuela, monje, monja, mendigo, pastor de yacs, granjero o sanador conociese algún relato acerca de la iluminación. Los tibetanos cuentan historias de monasterios, así como de provincias notables en las cuales todos los habitantes se volvieron iluminados a través de la práctica espiritual. Una bella oración tibetana formula el deseo de que todos podamos alcanzar la iluminación, de que todos podamos encontrar al Buda en nuestro interior y despertar a lo que uno realmente es.

La conciencia innata es el estado natural

La maravillosa sabiduría de las más profundas enseñanzas secretas del Tíbet nos dicen esto: cada una de nosotros puede (y en definitiva debe) llegar a iluminarse. Todo lo que tenemos que hacer es buscar en nuestro interior y descubrir nuestra propia perfección innata. Todo lo que hay que buscar se encuentra allí. Los maestros dzogchen del Tíbet dicen que todos somos Budas. Hago énfasis en esto porque en cierta ocasión, al concluir una conferencia, una mujer se acercó a mi y me dijo: " Pero Surya yo no soy budista; yo soy católica romana. ¿Por qué dice que todos somos budistas?" Me gustaría ser más claro respecto a esto. Incluso si usted no es budista y no tiene ninguna intención de serlo, es todavía capaz de ser un Buda viviente. Porque el budismo no es tanto una teología o una religión, como una promesa de que ciertas prácticas meditativas y entrenamientos de la mente puedan, en efecto, mostrarnos cómo despertar nuestra naturaleza de Buda y liberarnos del sufrimiento y de la confusión.

El budismo dice que, en efecto, el cambio es posible. Nos dice que sin importar cuál sea nuestro trasfondo, cada uno de nosotros es el creador de su propio destino. Nos dice que nuestros pensamientos, palabras y actos crean la experiencia que constituye nuestro futuro. Nos dice que todo posee su propio lugar, todo es sagrado y todo se halla interconectado, e introduce un sistema capaz de integrar todas las experiencias en un camino hacia la realización de la perfección innata. La ciencia ha hecho grandes progresos en dominar y comprender la materia. El budismo, por su parte, es una filosofía profunda que, a lo largo de siglos, ha desarrollado un método sistemático de moldear y desarrollar el corazón y la mente: un método de despertar el Buda que mora en nuestro interior.

El problema es que la mayoría de nosotros somos Budas durmientes. Para alcanzar la iluminación, nuestra única tarea consiste en despertar a aquello que somos realmente y al hacer esto volvernos totalmente despiertos y conscientes en el sentido más profundo de la palabra. "Cuando yo estoy iluminado, todos están iluminados", dijo el Buda. Ayúdate a ti mismo y estarás ayudando al mundo entero.

En pali, el idioma original de las escrituras del Buda, la palabra Buda significa literalmente, despierto. "¿Despertar de qué?", podría uno preguntar. Despierto de los sueños de la ilusión, de la confusión, y del sufrimiento; despertar a todo lo que uno es y a todo lo que uno puede ser. Despertar a la realidad, a la verdad, a las cosas tal y como son.

Dzogchen: La Gran Perfección Natural

Existe una controversia permanente en el budismo que gira alrededor de cuánto tiempo lleva lograr la iluminación. Algunas escuelas sienten que la iluminación es un proceso gradual que tiene lugar a lo largo de muchas vidas. El dzogchen es una tradición que cree que uno se puede iluminar dentro de lo que dura una vida, e incluso en el término de una década. El camino directo del dzogchen lo enseñó y lo practicó por primera vez en el Tíbet Padma Sambhava, hace 1.300 años, aunque en realidad es mucho más antiguo que eso.

El más antiguo maestro hindú de dzogchen, Garab Dorje, que vivió dos siglos antes de Jesucristo, escribió acerca del dzogchen, diciendo: "No sigáis pensamientos pasados, no anticipéis el futuro y no sigáis pensamientos ilusorios que surgen en el presente; sino que, volviéndoos hacia dentro, observad vuestra propia naturaleza verdadera y mantened la conciencia de vuestra mente natural, exactamente como ella es, más allá de las limitaciones conceptuales del pasado, presente y futuro."

El dzogchen es una práctica de la conciencia desnuda; no depende de formas culturales o de deidades extrañas. De hecho, el ahora ―la toma de conciencia― es el verdadero Buda, como decían mis propios lamas. El mensaje singular del dzogchen es que, por naturaleza, todos somos Budas para quienes la iluminación se hace posible dentro de esta vida. A la luz de nuestro mundo acelerado, muchos creen que el dzogchen es la enseñanza de nuestro tiempo.

El maestro tibetano contemporáneo Sogyal Rinpoché señala que el dzogchen es particularmente significativo tanto para el vivir espiritual como para el morir consciente. En El Libro Tibetano del Vivir y del Morir, nos dice:

Nadie puede morir sin temor y con completa seguridad, hasta que no haya realizado la naturaleza de la mente. Pues sólo esta realización, profundizada a través de años de práctica sostenida, puede mantener estable la mente durante el importante caos del proceso de la muerte. De todas las formas que yo conozco para ayudar a las personas a realizar la naturaleza de la mente, aquella de la práctica del dzogchen, la más antigua y directa corriente de sabiduría dentro de las enseñanzas del budismo y la fuente de las enseñanzas mismas del bardo, es la más clara, la más efectiva y la más relevante para el entorno y las necesidades de hoy día.

El dzogchen, conocido como la Gran Perfección Natural, penetra hasta el corazón de la materia y proporciona una visión desde arriba, una impresionante perspectiva que incluye las múltiples formas de práctica mientras se escala la montaña espiritual. Esta verdad sin forma de la mencionada visión puede ser adaptada para conformarse a cualquiera en cualquier lugar y en cualquier circunstancia o situación; puede ampliar, facilitar y estar integrada en cualquier práctica formal. Esa es la razón por la que es tan apropiada para nuestra era pluralista multicultural.

Comenzando el camino espiritual de inmediato

Nos guste o no, todos los días tenemos que enfrentamos al bullicioso mundo con su confusión y su caos, así como con su gozo y posibilidades. Pocas personas son capaces de pasar largas horas en meditación, y dudo que existan muchas cuevas disponibles en el campo donde uno pueda retirarse buscando un refugio solitario. Incluso el Dalai lama dice con frecuencia que no dispone de suficiente tiempo para realizar una meditación y una reflexión tranquilas. Sin embargo, ha encontrado la paz en medio de todo esto. ¿Cómo podemos nosotros hacer lo mismo? ¿Cómo podemos transformamos a nosotros mismos; cómo podemos despertar al Buda que llevamos dentro?

En la actualidad me parece que tenemos pocas alternativas, excepto la de asimilar todo lo que experimentamos en nuestras vidas espirituales; todo es grano para el molino, abono sobre los fértiles campos de flores espirituales. Lo sagrado y lo mundano son inseparables. Uno vive su camino. Las contrariedades son parte de su camino; los gozos son parte de su camino; su limpieza en seco y el que hace la limpieza en seco están en su camino; lo mismo sucede en cuanto a sus tarjetas de crédito. No es útil esperar hasta que disponga de más tiempo para la meditación, para la contemplación, porque eso puede no llegar a suceder nunca. Cultivar la espiritualidad y la conciencia tiene que convertirse en una vocación a la que dediquemos todo el tiempo y para la mayoría de nosotros esto tiene que tener lugar en el contexto de nuestra vida ordinaria aquí, en el hemisferio occidental.

Para ti, como buscador, lo que importa es cómo te das cuenta del momento presente. Esto incluye la motivación, la intención, la aspiración, el deseo, la esperanza y la expectación. No se trata precisamente de lo que uno hace, sino de cómo lo hace. El momento presente se encuentra donde la rueda roza la carretera. El apego al camino, hablando espiritualmente, depende de cómo apliquen su corazón y su alma.

¿Qué es lo que en verdad ayuda a la transformación? ¿Se trata meramente de cambiarse las vestiduras o el estilo del peinado, o unirse a algún grupo que está esperando que su mensaje cambie al mundo? ¿Podría ser, sencillamente, una cuestión de recibir el último mantra o iniciación; aprender a realizar el rito o el ritual adecuado, averiguar cómo meditar, hacer yoga, orar, respirar, cantar, tener sexo cósmico; ir al Himalaya, a Jerusalén, a La Meca, al Machu Picchu, al monte Kailash, el monte Shasta; o encontrar el gurú perfecto? No creo que sea así.

¿O no resulta sumamente transformador, sumamente estremecedor, penetrar los velos del auto-engaño y de la ilusión y romper la cáscara del huevo de la ignorancia, para encontrarse íntimamente con uno mismo? A través de una auto-investigación sincera y de una introspección meditativa sin barreras, llevada a cabo durante un período de tiempo sostenido, uno puede derribar la cabaña que el ego ha construido, ingresando de ese modo en la mansión auténtica del ser. Esto puede parecer desafiante, pero en realidad es más fácil de lo que piensa.

No se necesita viajar a tierras distantes, buscar experiencias místicas exóticas, dominar mantras esotéricos ni tratados, ni cultivar estados de mente extraordinarios, a fin de experimentar un cambio radical de corazón y de transformación interior. Hablando espiritualmente, todo lo que uno desea, aspira y necesita se encuentra siempre presente, accesible aquí y ahora, para aquellos que tengan ojos para ver. Se trata, una vez más, del viejo adagio: No se necesita ver cosas diferentes, sino más bien ver las cosas diferentemente.

La conciencia intrínseca es el denominador común de todos los seres sensibles. El vivir consciente, la autoconciencia contemplativa, es el medio de convertirnos en todo lo que somos. La conciencia es curativa. Conocernos a nosotros mismos y aprender a dejar hacer es el método, el medio más habilidoso. La espiritualidad es básicamente un asunto de auto-descubrimiento, antes que otra cosa. La verdadera transformación es igual que la legendaria transmutación alquímica, en la cual el metal base de nuestros yoes limitados, finitos, son transformados, como por arte de magia, en el oro espiritual de nuestra naturaleza original trascendente.

A lo largo del tiempo, aquellos que hayan escuchado la insistente llamada de la verdad han creído en el poder transformador de la iluminación espiritual, combinado con el poder iluminador de la acción altruista y compasiva. Persiste la misma pregunta: ¿Cómo puede haber paz en el mundo si nosotros, sus habitantes, no estamos en paz con nosotros mismos? Mientras siga habiendo una separación, entre "nosotros" y "ellos" yo y los otros, "yo" como separado y distinto de "tú", el conflicto permanecerá y la autotransformación será un mero sueño. Si no nos amamos a nosotros mismos, ¿cómo podemos amar a la tierra?

La autotransformación implica autotrascendencia. Por lo tanto, la transformación interior es un asunto espiritual de significación cósmica, que incluye todo lo animado y lo inanimado, en todas partes. La autotransformación auténtica no es en definitiva sólo para uno mismo. Es para todos los seres, pues ¿acaso no estamos todos interconectados de forma inseparable? Todo lo que nos afecta a nosotros, les afecta a todos y cada uno de los demás; hiere a una sola hebra de la red de la vida y la red entera quedará herida. En África, la tribu xhosa tiene un dicho que merece la pena recordar: "Yo soy porque nosotros somos".