Ruta de Sección: Inicio > Artículos >Extractos > Artículos

Extractos - William C. Chittick

Universal man

La doctrina sufí de Rumi

El Hombre Universal

Por William C. Chittick

Aunque el universo es uno visto desde el punto de vista de la Esencia divina, desde el punto de vista de la relatividad hay una polarización fundamental entre el microcosmo y el macrocosmo. El macrocosmo es el universo en toda su multiplicidad indefinida, que refleja los Nombres y Cualidades divinos como otras tantas particularizaciones individuales y modos determinados. El microcosmo es el hombre, que refleja estas mismas cualidades pero como una totalidad. El macrocosmo y el microcosmo son como dos espejos uno frente al otro; cada uno contiene todas las cualidades del otro, pero uno de una manera más exterior y objetiva y en detalle (mufassal) y el otro de una manera más interior y subjetiva y de forma sumaria (mujmal). Así, el conocimiento total de sí mismo por parte del hombre incluye en principio el conocimiento del universo entero. Por esta razón el Corán dice: «Y Él [Dios] enseñó a Adán los Nombres [esto es, las esencias de todos los seres y cosas)» (II, 31).

El padre de la humanidad, que es el señor de «Enseñó los Nombres», tiene centenares de miles de ciencias en cada vena.

En su alma se acumuló (el conocimiento del) nombre de toda cosa, tal como esa cosa existe (en su naturaleza real) hasta el fin (del mundo)…

Para nosotros [hombres corrientes], el nombre de toda cosa es su (apariencia) exterior; para el Creador, el nombre de toda cosa es su (realidad) interior…

Puesto que el ojo de Adán vio por medio de la Pura Luz, el alma y el sentido más íntimo de los nombres se le hizo evidente (I, 1234-35, 1239, 1246).

El prototipo tanto del microcosmo como del macrocosmo es el Hombre Universal o Perfecto (al-insân al-kâmil) (1), que es la suma total de todos los niveles de realidad en una síntesis permanente. Todas las Cualidades divinas están contenidas dentro de él e integradas de tal modo que no están confundidas ni separadas, y sin embargo él trasciende todos los modos de existencia particulares y determinados. Por otra parte, desde el punto de vista de la revelación, el Hombre Universal es el Espíritu, del que los profetas son otros tantos aspectos, y de los cuales, desde el punto de vista islámico, Muhammad es la síntesis perfecta.

El Hombre Universal tiene otro aspecto cuando se considera desde el punto de vista del camino espiritual: es el modelo humano perfecto que ha realizado todas las posibilidades inherentes en el estado humano. En él los «Nombres» o esencias que el hombre contiene potencialmente (bi’l-quwwah) se actualizan de modo que se convierten en los estados mismos de su ser (bi’l-fi’l). Para él, el ego humano, con el que la mayoría de los hombres se identifican, no es más que su cáscara exterior, mientras que todos los otros estados de existencia le pertenecen internamente; su realidad interior se identifica con la realidad interior de todo el universo. (2)

El Hombre Universal es el prototipo de toda la manifestación y por lo tanto el prototipo del microcosmo y el macrocosmo. El hombre individual, o el hombre tal como entendemos habitualmente esta palabra, es el reflejo más completo y central de la realidad del Hombre Universal en el universo manifestado, y así aparece como el último ser que entra en la arena de la creación, pues lo que es primero en el orden principial es último en el orden manifestado. (3)

El término «Hombre Universal» adquirió prominencia con Ibn ‘Arabî, aunque la doctrina era bien conocida antes de él, y necesariamente, pues desde el punto de vista del sufismo el Profeta del Islam es la manifestación más perfecta del Hombre Universal. El Profeta se refería esencialmente a este estado cuando dijo: «La primera cosa creada por Dios fue mi luz (nûri)» o «mi espíritu (rûhi), hadith que los sufíes han citado repetidamente a lo largo de los siglos. Además, como numerosos santos, a partir de la época del Profeta, han alcanzado este estado, conocían el significado de la doctrina del Hombre Universal de manera concreta, aunque no hablaran de ella exactamente con los mismos términos que utilizó Ibn ‘Arabî.

Antes de Ibn «Arabi solía hablarse del Hombre Universal en unos términos ligeramente diferentes de los que él empleó: el «microcosmo», en esta perspectiva anterior, es la forma externa del hombre, mientras que el «macrocosmo» es su realidad interior. Dicho de otro modo, el término «macrocosmo» se refiere esencialmente a la realidad interior del Universo y no a su forma exterior, como es el caso habitualmente en la doctrina de Ibn ‘Arabî. Pero esta realidad interior es precisamente el Hombre Universal y es por lo tanto idéntica a la realidad interior del microcosmo. (4)

También Rûmî, aunque vivió después de Ibn ‘Arabî, adopta en sus escritos la terminología más antigua. Hablando sobre la verdadera naturaleza del hombre, Rûmî observa que los filósofos dicen que el hombre es el microcosmo, mientras que los teósofos o sufíes dicen que el hombre es el macrocosmo,

y la razón de ello es que la filosofía se limita a la forma fenoménica del hombre, mientras que la teosofía está relacionada con la verdad esencial de su verdadera naturaleza (IV; p. 302).

El hombre es en apariencia un derivado de este mundo, e intrínsecamente el origen del mundo (IV, 3767).

Externamente, la rama es el origen del fruto; intrínsecamente, la rama se originó por el fruto.
Si no hubiera habido deseo y esperanza del fruto, ¿cómo podría el jardinero haber plantado la raíz del árbol?
Por consiguiente, en realidad el árbol nació del fruto, (aunque) en apariencia (el fruto) fue generado por el árbol.
Por eso Mustafâ (Muhammad) dijo: “Adán y los (demás) profetas (me siguen) bajo (mi) bandera”.
Por esta razón, ese maestro de (toda) clase de conocimiento [Muhammad] dijo la frase alegórica: “Somos los últimos y los primeros”.
(Es decir), “Si en apariencia he nacido de Adán, en realidad soy el antepasado de (todos los) antepasados...
Por consiguiente, en realidad el padre (Adán) nació de mí, por consiguiente en realidad el árbol nació del fruto”.
El pensamiento (idea), que es primero, es lo último que se actualiza, en particular el pensamiento que es eterno (IV, 532 ss).

Así se comprende que Muhammad fue el fundamento [del Universo]. “De no ser por ti [Muhammad], no habría creado los cielos” (5). Todo lo que existe, honor y humildad, autoridad y alto rango, él lo ha decretado y es su sombra, pues todo se ha hecho manifiesto a partir de él (Discourses, p. 117).

En el Gulshan-i Râz se encuentra una declaración muy explícita de la posición del hombre en el Universo:

Contempla el mundo enteramente contenido en ti,
Lo que se hizo en último lugar fue primero en el pensamiento.
Lo último que se hizo fue el alma de Adán,
Los dos mundos eran un medio para producirla.
No hay otra causa final más allá del hombre,
Se revela en su interior...
Eres un reflejo de “El adorado por los Ángeles [Adán]”,
Por esta causa los ángeles te veneran.
Toda criatura que va delante de ti [esto es, todas las demás criaturas del universo] tiene un alma,
Y de esta alma sale un hilo que va hasta ti.
Por consiguiente, todas están sujetas a tu dominio,
Pues el alma de cada una está oculta en ti.
Tú eres la médula del mundo en su centro,
Sabe que eres el alma del mundo. (6)

Notas:
  1. Sobre el macrocosmo y el microcosmo y el Hombre Universal, véase Burckhardt, Introducción al sufismo, Izutsu, Comparative Study, capítulos 14-17; y R. Guénon, El Simbolismo de la Cruz (José J. de Olañeta, Editor, 2003). Guénon explica el título de su obra del modo siguiente: «La mayoría de las doctrinas tradicionales simbolizan la realización del “Hombre Universal” mediante... el signo de la cruz, que representa muy claramente la manera en que se alcanza esta realización mediante la comunión perfecta de la totalidad de los estados del ser, armónica y conformemente jerarquizados, en una expansión integral en los dos sentidos de la “amplitud” y la “exaltación”» (p. 10).
  2. Burckhardt, Introducción al sufismo; véase también Guénon, El Simbolismo de la Cruz, capítulos 2 y 3.
  3. La máxima árabe es awwal al-fikr âkbir al-‘amal, «lo primero en el pensamiento es lo último en actualización». El principio metafísico lo explica Guénon en El Simbolismo de la Cruz, cap. 2. Véase también S. M. Stern, «“The First in Thought is the Last in Action”: the History of a Saying Attributed to Aristotle», Journal of Semitic Studies, vol. 7,1962, pp. 234-52.
  4. Los sufíes de los siglos posteriores siempre han considerado que estas dos formas de ver la realidad del hombre eran esencialmente lo mismo. Damos a continuación una cita de Jâmî, el célebre poeta sufí del siglo quince, que era un continuador de la escuela de Ibn ‘Arabî y que al mismo tiempo cita mucho a Rûmî, especialmente en sus obras doctrinales en prosa. Los tres primeros versos son de Ali y muestran que la doctrina formulada del macrocosmo y el microcosmo era conocida desde los orígenes del Islam:
    «El Comendador de los Creyentes (Ali) dijo:
    «“Tu remedio está dentro de ti, pero no lo percibes; tu enfermedad viene de ti, pero tú no lo ves.
    «“Crees que eres un pequeño cuerpo, pero dentro de ti se despliega el macrocosmo,
    «“Y tú eres el Libro Evidente (al-kitâb al-mubîn) a través de cuyas letras el Oculto se hace manifiesto”.
    «(Del mismo modo Rûmî dice:) “Si has nacido de Adán, siéntate como él y contempla todos los átomos (del Universo [leyendo, con Jâmâ, dharrât por dhurriyyât]) en ti mismo.
    «“¿Qué hay en la jarra que no esté (también) en el río? ¿Qué hay en la casa que no esté (también) en la ciudad?
    «“Este mundo es la jarra y el corazón es como el río; este mundo es la casa [leyendo khânah por ghurfah] y el corazón es la ciudad maravillosa”» (IV, 809-13).
    «Aquí Rûmî —que Dios santifique su espíritu— llama al mundo una “jarra” y una “casa”, y al corazón del Hombre Universal un “río” y una “ciudad”, con esto indica que todo lo que existe en el mundo se encuentra en el estado humano...» Naqd al-nusûs fi sharh naqsh al-fusús, editado por W. C. Chittick, Teherán, Anjuman-i Falsafah, 1977, p.92.
  5. Esta frase es un célebre hadîth qudsî.
  6. V.261 ss.