El despertar a la consciencia y la iluminación
Por Javier Alvarado«Veo a los hombres como árboles, pero que andan» (Marcos 8, 24)
Hay un acontecimiento excepcional en la vida de ciertas personas; el primer Despertar espiritual. No se trata solo de una comprensión intelectual o una experiencia sentimental. Se trata de una «experiencia» de orden superior que consiste en ser consciente de que se es consciente. Acontece cuando se experimenta la separación entre la mente y la consciencia o, si se prefiere, cuando nos damos cuenta de que es la consciencia, y no la mente, la que presencia los pensamientos. Se la denomina comprehensión porque inicialmente es una comprensión (y, por tanto, mental) que conlleva una apercepción o aprehensión por el intelecto derivada de una vivencia, es decir, una realización espiritual. Usualmente, este Despertar no es lo suficientemente intenso o vívido como para ser permanente y convertirse en Iluminación. De hecho, la Iluminación, como estado permanente, suele acontecer tras una serie de despertares sucesivos y continuados en los que la participación en el sacramento de la eucaristía desempeña una función esencial. Con todo, aunque ello pudiera dar a entender que la suma de esfuerzos para despertar desemboca necesariamente en la Iluminación final o definitiva, conviene matizar el proceso.
En efecto, en la alta mística cristiana hay dos conceptos fundamentales que es necesario comprender cabalmente: el Despertar espiritual y la Iluminación. Son dos conceptos difíciles de diferenciar porque engloban una gran variedad de situaciones que no pueden encasillarse sin forzarlos. En todo caso, son un recurso pedagógico para acercarse mejor a las etapas del camino espiritual.
El Despertar es verse exento de pensamientos o contemplar a la mente producir pensamientos. Dado que la mente o el ego no pueden Despertar, lo que acontece es que nos despertamos del sueño del ego y nos liberamos momentáneamente de la sobreimpuesta identificación a un personaje. No es una experiencia culmen o espectacular sino una vuelta momentánea al hogar, a nuestra verdadera naturaleza como Eseidad y Consciencia pura, es decir, no identificada o mediatizada por objeto alguno. Despertar es relativamente sencillo; basta con ser conscientes de que somos conscientes. Lo realmente difícil es permanecer despiertos porque la atención se vuelve casi inmediatamente hacia los pensamientos de modo que quedamos atrapados en el mundo de la mente. El Despertar anula momentáneamente el espejismo creado por la mente, acaba con el sueño narcisista de considerarse un ser separado de Dios. Como este primer Despertar no suele ser permanente, también podemos denominarlo vislumbre.
El Despertar no es un proceso. Tanto el Despertar como la acumulación de microdespertares que lo hagan casi permanente se conciben como un proceso consecuencia de la suma de esfuerzo y voluntarismo. Pero no es un proceso porque el Despertar está fuera del tiempo, no acontece en el pasado ni en el futuro, sino en el presente, aunque ni siquiera eso es exacto. Se dice que el Ahora es la puerta, el momento del Despertar, pero no es el Despertar. Y es que, en rigor, no hay un Despertar progresivo, sino un desapego progresivo. Los procesos pertenecen al mundo de la mente especulativa, es decir, del ego. El único proceso es el de la eliminación gradual de las interferencias del pensamiento-ego. No es un proceso (en el tiempo) sino un evento (fuera del tiempo humano) que ocurre pese a nosotros. Los sabios que han hablado del progreso espiritual aclaran que, en rigor, no hay etapas ni grados en la realización. Bien es verdad que ella parece acontecer repentina e irreversiblemente, pero lo cierto es que solo hay progreso en la práctica de la deconstrucción de la mente. La fruta madura lentamente, pero cae repentina e irreversiblemente. Y aunque el progreso en la deconstrucción de la mente se mide por la ausencia de pensamientos, más propiamente no hay grados o niveles en la realización sino niveles en la comprensión.
Debe quedar claro que la realización espiritual no admite progresos porque está ya aquí. Es más, dado que el espíritu no necesita realización alguna, afirmar que «todos ya estamos realizados» es lo mismo que aceptar que absolutamente nadie lo está ni lo puede estar. Tales ideas solo se mueven en el mundo mental de la realidad relativa.
Por otra parte, el Despertar no es un logro individual porque es un estado impersonal o, más precisamente, supraindividual, en el que las limitaciones personales son momentáneamente suspendidas o trascendidas. Tampoco es un estado mental sino al contrario, un estado desde el que se observa la mente y los pensamientos e, incluso, la ausencia de pensamientos. También se enfatiza que el Despertar es un estado alterado de consciencia, aunque en realidad es al revés; como la Consciencia es siempre una y estable, es la mente la que extiende un velo o sombra sobre ella alterando las percepciones. La consciencia es inalterable, la mente no.
El Despertar tampoco es una experiencia, pero el ego-mente intenta atrapar tal estado y, al recordarlo, lo convierte en una experiencia más para mantener el sentido de superioridad de quien se cree «despierto» frente a otros que están ««dormidos» a los que ve «como árboles que andan». Esa es una prueba de que se mantiene la separación entre «yo» y «otros». Hay una señal o indicio de esto; si el Despertar es momentáneo, ello es prueba de que la mente se ha apoderado de ello y lo ha convertido en una experiencia. En tal situación hay que plantearse insistentemente ¿qué sujeto o testigo presencia ese Despertar? ¿A quién le acontece el Despertar? Tal pregunta facilita la metanoia o conversión de la mente para que vuelva a la fuente original. Y si la mente se empeña en experimentar el Despertar, sigámosla el juego y preguntemos siempre ¿quién presencia esa experiencia?
En definitiva, las denominadas «Realización», «Iluminación» o «Comprehensión», no son un proceso ni una experiencia que pueda tener lugar en el tiempo-espacio. Si llevamos esta idea a sus últimas consecuencias, llegaremos a la conclusión de que la misma idea de «Liberación» o «Beatitud» es solo un concepto exclusivo del mundo de la mente. En la Consciencia o más allá de la Consciencia no hay «Liberación» o «Realización», porque en la Unidad no cabe diferencia alguna entre un ser «iluminado» y un ser «no iluminado». Insistimos; aunque el Despertar momentáneo no es una experiencia sino un acontecimiento espiritual, cuando se pierde el Despertar, la mente lo convierte en una experiencia. En tal caso, hay que comprender que no somos la experiencia del Despertar sino quien presencia esa experiencia. Pero la mente quiere convertir la kenosis en un proceso porque considera la posición de testigo como una amenaza, de modo que trata de apropiarse de ese estado convirtiéndolo en un estado mental que pueda experimentar y controlar y que, en definitiva, prolongue la dualidad manteniéndonos separados de la observación.
Recordemos que la finalidad de la contemplación es verse no separado de lo observado; cuando la contemplación es correcta no hay sentido de separación. Por tanto, la Realización es contemplación sin contemplador; no es una experiencia porque no hay experimentador. Afirmaba Papaji, citando a sri Ramana Maharshi, que, «si una experiencia tiene un principio y un fin, no es una experiencia del Ser, porque el Ser no es algo que aparezca y desaparezca. Si una experiencia comienza y se termina, es porque es una experiencia de la mente» (1). Se ha afirmado que la realización espiritual consiste en generar presencialidad, en estar presentes, en permanecer constantemente despiertos, en asumir la posición de testigo último. Pero ese mismo esfuerzo indica que hay allí un ego que pretende apropiarse del proceso. Por eso, también se afirma que el Despertar Impermanente, como la iluminación definitiva, no consisten en «hacer» sino en «dejar que suceda».
El Despertar es verse ausente de pensamientos, y esa visión es no-dual, sin di-visión. Es la puerta que da paso al fin del espejismo de creerse separado del Ser Uno y Único. Es verse «todos en todo» (Colosenses 3, 11). Pero no hay que desesperarse; la mente convertirá los Despertares en estados que deben ser experimentados. Por eso hemos de recordar en todo momento que somos «sin estado» y que, al renunciar a experimentarlo situándonos en el Presente, impedimos que la mente lo experimente. Tal es el «ojo sencillo» de los perfectos, la visión desde el Nous de Cristo.
Por el contrario, la Iluminación es el estado de consciencia permanente en el que siempre y en todo momento hay ausencia de pensamientos y desapego al papel que desempeñamos. Por eso la Iluminación, en la mayoría de los casos, es «consecuencia» de varios Despertares progresivos (más bien de desapegos progresivos) tras la continuada práctica diaria de permanecer «despiertos» el mayor tiempo posible, de instante en instante, hasta consolidar una cadena de microdespertares; para ello hay que practicar la vigilancia, la atención o vuelta a la Consciencia hasta deconstruir las estructuras el ego.
Mientras dura el Despertar, es decir, la testificación o presenciación de los pensamientos o de la ausencia de ellos, permanecemos en el Ser, Yo soy, que es nuestra verdadera naturaleza. Al perder esa condición, volvemos a las ensoñaciones y especulaciones de la mente. La insistencia en la condición de testificación última, que denominamos contemplación, nos libera paulatinamente de la identificación a un cuerpo-mente; se comprehende que estamos en un cuerpo-mente, pero no somos un cuerpo-mente. En última instancia somos espíritu, «somos dioses» (Salmos 82, 6 y Juan 10, 34-35), pero lo hemos olvidado. Ese olvido de «mi mismo» es una sombra o velo sobrepuesto por el ego-mente. Parece que somos espíritu dormido en espera de Despertar. Pero como el ego-mente no tiene el poder de retirar el velo, estamos en manos de la Gracia. Hay que insistir en que, en cuanto «dioses», ya estamos iluminados.
Más propiamente, la Iluminación es un acontecimiento impersonal que no le sucede a alguien sino más bien a través de o pese a alguien. Como explicaba Ramesh Balsekar (2), la Liberación o Iluminación radica en liberarse de la idea de que hay «alguien» que necesita ser liberado. Hay Iluminación, pero no hay personas iluminadas. No hay individuos realizados, pues siendo la Realización, Liberación o Gnosis de orden supraindividual, lo que caracteriza a tal evento es la ausencia del mismo sentido de individualidad. No hay individuos liberados porque «el Realizado» ha dejado de creerse un individuo separado. Por eso el Despertar es la realización de que no hay nadie que despierte. En suma, en la medida en que la «Realización» implica la superación de la ilusión narcisista, no puede haber un «yo» que pueda reivindicar ese «estado». Afirmar «yo estoy realizado» es una contradicción en los términos dado que la «Liberación» es un estado «supraindividual» más allá del «yo». Por eso, el iluminado carece de posicionamientos o preferencias personales. Puede tener sentimientos, pensamientos, deseos, pero no los ve «suyos», son como ecos lejanos que se apagan en segundos.
- En David Godman, Nunca ocurrió nada. Biografía de Papaji, vol. I, Madrid, 2023, p. 115.
- Ramesh Balsekar, Habla la Consciencia, Barcelona, 2008 y también U. G. Krishnamurti, El pensamiento es tu enemigo, Madrid, 2002.