Ruta de Sección: Inicio > Artículos >Extractos > Artículo

El brillo del ser

El brillo del ser

El camino sin camino

Introducción por Rupert Spira

La mayoría de la gente busca la paz y la felicidad en toda clase de objetos, sustancias, actividades y relaciones. Tarde o temprano estas promesas de plenitud fracasan, por lo que muchas personas recurren a una tradición religiosa o espiritual.

Estas tradiciones ofrecen una gran variedad de enfoques, que pueden resumirse en tres categorías: el camino progresivo, la vía directa y el camino sin camino. Existen numerosos caminos progresivos, hay una sola vía directa, y el camino sin camino no puede considerarse un camino propiamente dicho.

El camino progresivo y la vía directa comienzan con la presunción de la separación: la creencia de que cada uno de nosotros es un individuo separado en un mundo de objetos y otras personas. Ambos enfoques requieren una participación activa del individuo y le ofrecen un método que debe practicar, un camino por el que avanzar y una meta a la que aspirar.

El camino progresivo propone que dirijamos nuestra atención hacia un único objeto de experiencia (1). En lugar de perdernos en pensamientos, sentimientos, sensaciones, percepciones, actividades, relaciones, etc., nos centramos en una sola cosa. Puede tratarse de un objeto físico, como la llama de una vela, o de un objeto sutil, como un mantra. En ambos casos, estamos reuniendo y fijando las energías divergentes de la mente en un solo objeto. Por esta razón, las diversas prácticas que componen el camino progresivo, desde la atención plena hasta la meditación con mantras, podrían denominarse «meditación objetiva». Es decir, avanzamos hacia la paz de nuestra naturaleza verdadera a través de un objeto de experiencia.

Para comprender cómo funciona la meditación objetiva, resulta de utilidad entender el significado del término atención. Esta palabra se deriva del prefijo latino ad, que significa ‘hacia’ o ‘en dirección a’, y del verbo tendere, que significa ‘estirar’, lo cual implica que la atención es el estiramiento o la dirección de la conciencia hacia un objeto de experiencia.

Expresado de otra forma, podríamos decir que la conciencia dirigida hacia un objeto es atención, y que la atención despojada de su objeto es conciencia.

Si comparáramos la atención con el haz de luz que emite una linterna, entonces la conciencia sería la bombilla. Así pues, la atención es como una calle de doble sentido: puede dirigirse hacia fuera, hacia su objeto, o hacia dentro, hacia su fuente. La fuente de la atención es siempre la misma: nuestra verdadera naturaleza de ser, esto es, el hecho de ser consciente o la propia conciencia (2). El objeto de la atención podría ser cualquier objeto de experiencia: un pensamiento, un sentimiento, una sensación, una percepción, etc.

La atención también podría compararse con el estiramiento de una banda elástica entre dos puntos: la fuente de atención (la conciencia) y su objeto (por ejemplo, las palabras que estás leyendo ahora). En el caso de la meditación objetiva, el objeto podría ser un mantra. En lugar de permitir que la mente se disperse entre numerosos objetos de experiencia, la anclamos en un solo punto. Esto interrumpe la implicación habitual de la mente en el contenido de la experiencia y la prepara para su asentamiento en el corazón del ser.

¿Cómo se produce esta relajación de la mente? Piensa en lo que ocurre con una goma elástica estirada cuando se suelta uno de sus extremos: la goma vuelve a su estado natural de relajación. Del mismo modo, a medida que el mantra se desvanece, el intenso enfoque de la atención se relaja y, en consecuencia, la atención retorna a su origen. La atención se relaja en su estado natural de ser, es decir, en el hecho de ser consciente o en la propia conciencia, y saborea su verdadera naturaleza de paz.

* * *

El segundo enfoque, la vía directa, es menos habitual que el primero. En lugar de dirigir nuestra atención hacia un objeto de experiencia, se nos anima a investigar el sujeto de la experiencia, la fuente de la atención. Esto podría llamarse «meditación subjetiva» o autoindagación.

Este enfoque suele iniciarse con una pregunta: ¿qué es eso que conoce nuestra experiencia o es consciente de ella? ¿Qué es eso que permanece constantemente presente a lo largo de los tres estados de vigilia, sueño con ensueños y sueño profundo? ¿A quién se le aparece mi experiencia? ¿Quién soy yo realmente? Un koan zen encajaría en esta categoría: «¿Qué es aquello que es, pero que no existe?». Tales preguntas invitan a la mente a retroceder, a mirar hacia dentro o «hacia sí misma», animándola a sumergirse en su origen, el fundamento del ser.

En este enfoque no avanzamos hacia nuestra naturaleza verdadera a través de un objeto de experiencia. Pasamos directamente de nuestra experiencia actual, con independencia de su contenido, a nuestra verdadera naturaleza de ser, esto es, el hecho de ser consciente o la propia conciencia. Nos dirigimos a la fuente de la atención directamente sin dar el paso intermedio de centrarnos en un objeto. Por esta razón, este enfoque se denomina a veces «vía directa».

En ocasiones la vía directa se describe como la inversión o el giro de la atención, ya que, en lugar de centrarnos en un objeto, giramos nuestra atención y la dirigimos hacia nuestro sí mismo. Aunque se trata de una descripción legítima, puede resultar engañosa. Al igual que el haz de luz de una linterna no puede girarse y dirigirse hacia la bombilla, tampoco nosotros podemos enfocarnos en nuestro sí mismo. Es decir, la conciencia no puede «estirarse» hacia ella misma, únicamente puede prestar atención a algo distinto. Por tanto, sería más preciso describir la autoindagación como una relajación o una atenuación, en lugar de como una focalización o dirección de la atención.

El Sol ilumina con su luz todo lo que hay en el universo, excepto a sí mismo. Ilumina la Tierra, por ejemplo, porque los separa una gran distancia. Pero está demasiado cerca de sí mismo para poder iluminarse con su propia luz. Tampoco lo necesita; para iluminarse le basta con ser él mismo. En otras palabras, el Sol genera su propia luz. Su naturaleza es la ituminación. Brillar es lo que el Sol es, no lo que hace.

Por la misma razón, nosotros —el ser, el hecho de ser consciente o la propia conciencia—no podemos prestar atención a nuestro sí mismo: solo somos capaces de hacer esto con algo distinto. La conciencia puede iluminar un objeto de experiencia, pero no iluminarse con su propia luz, al encontrarse demasiado cerca de sí misma. Y no necesita hacerlo, pues su naturaleza es ser consciente.

Así como el Sol emite su propia luz, nuestro ser se conoce a sí mismo o es autoconsciente. Así como el Sol se ilumina simplemente por ser él mismo, nuestro ser se conoce por el hecho de ser él mismo. Se conoce o se ilumina a sí mismo con solo ser él mismo, ya que es autoluminoso.

* * *

El tercer enfoque, el camino sin camino, es aún menos común que la vía directa. A diferencia de los dos primeros, no parte de la presunción de la separación. Comienza con la comprensión de que, en el nivel más profundo, ya somos el puro ser, somos conscientes o somos la conciencia misma. Por eso no requiere una explicación detallada: al fin y al cabo, el ser no necesita que se le diga que sea y mucho menos que practique el ser. Nuestra naturaleza verdadera no necesita enseñanzas espirituales. En el camino sin camino comenzamos con nuestra naturaleza auténtica y permanecemos ahí.

El camino progresivo y la vía directa hacen numerosas concesiones compasivas al yo separado que parecemos ser, mientras que el camino sin camino hace pocas concesiones de este tipo. Nos dice: «Tu naturaleza es simplemente ser; permanece como eso que eres», o expresado de otro modo: no medites, solo sé. El simple hecho de ser es el origen, el camino y la meta.

En el camino progresivo y la vía directa, el yo separado es lo que parecemos ser, y la meditación es lo que hacemos. En cambio, en el camino sin camino, la meditación es lo que somos, y el yo separado es una actividad que hacemos.

* * *

En resumen, las grandes tradiciones religiosas y espirituales pueden sintetizarse en tres enfoques, los cuales cuentan con su propio método o práctica de meditación. En el camino progresivo practicamos la meditación objetiva, esto es, prestamos atención a un objeto de experiencia, como es un mantra o la respiración. En la vía directa practicamos la meditación subjetiva, y para ello retiramos el foco de la atención de lo conocido y exploramos al conocedor o al sujeto de la experiencia. Por último, en el camino sin camino, simplemente permanecemos como el ser que somos antes de que el contenido de la experiencia lo influya o le atribuya cualidades. De este modo, también podría denominarse como «no meditación». Esta no meditación, o simplemente ser, constituye la esencia de toda experiencia y es el tema del que trata este libro.

El simple hecho de ser es la cima del autoconocimiento y la meditación más elevada. Es la meditación para la cual todas las demás meditaciones son una preparación y en la que acaban resolviéndose. El simple hecho de ser es también la oración definitiva y el acto de devoción supremo.

Despojado nuestro ser de las cualidades que parece recibir del contenido de la experiencia, se revela como ser infinito, el ser de Dios, el único ser que es (3). En otras palabras, en el simple hecho de ser, el yo separado que parecemos ser queda integrado por completo en el ser infinito de Dios.

El simple hecho de ser es la culminación de todas las grandes tradiciones religiosas y espirituales. Es el punto en el que se fusionan los caminos del conocimiento y de la devoción. Como se dice en el sufismo: «Busqué a Dios y solo me encontré a mí mismo. Me busqué a mí mismo y solo encontré a Dios».

El simple hecho de ser es aquello que evocan los maestros zen cuando dicen: «Muéstrame el rostro original que tenías antes de tu nacimiento» (4), También es a lo que se refería Jesús cuando dijo: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy» (5). Y es lo que evocó Buda en su sermón de la flor sin palabras, cuando simplemente levantó una flor. Todas las enseñanzas, caminos y prácticas se han desarrollado a partir del simple hecho de ser y al final también convergen en simplemente ser.

Permanecer como eso que eres constituye la esencia de la meditación y el corazón de la oración.

Notas:
  1. Por objeto de experiencia no solo me refiero a un objeto físico, sino a todo aquello que está limitado por el tiempo y el espacio, como los pensamientos, los sentimientos, las sensaciones, las percepciones, las actividades y las relaciones.
  2. Uno los términos ser, ser consciente y conciencia como sinónimos.
  3. La palabra Dios se refiere a la realidad última o aquello que realmente es: el ser infinito y eterno que es consciente de sí mismo. Por tanto, uso los términos Dios y ser como sinónimos.
  4. Esta cita está asociada al caso 23 de la colección de koans del siglo XIII llamada Mumonkoan o La barrera sin puerta.
  5. Juan 8, 58.
Fuente: Rupert Spira, El brillo del ser (Gaia Ediciones, 2026)
(Texto extraído de la muestra gratuita del libro en Amazon)