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Extractos - Mansur Al-Hallaj

El sufismo no-dual de Al-Hallaj

por Agustín López Prólogo del libro Diván (Recopilación de poemas de Al-Hallaj)

Cuando un juez inicuo sostiene la pluma,
un Mansur (Hallaj) debe morir en la picota.
Cuando la autoridad pasa a manos dementes,
los profetas están destinados a morir.

Rumi, Mathnawi, 2, 23, 13-14
Diván

Bien conocido en Occidente por los trabajos que le dedicara Louis Massignon, que hizo de él el tema central de sus estudios sobre el Islam, Hallaj es sin duda una de las cumbres del sufismo y de la poesía mística de todos los tiempos.

Personaje especialmente controvertido, fue para unos ―incluidos algunos maestros sufíes― un charlatán, embaucador y desequilibrado; para otros, un místico amante que vivía en continua intimidad con Dios. La figura de Hallaj nos remite al problema, especialmente permanente en las tres tradiciones abrahámicas, del enfrentamiento entre la vivencia espiritual interior y la autoridad oficial encargada de velar por la ortodoxia o, dicho en otros términos, al conflicto entre el aspecto esotérico y el exotérico de cada tradición.

Husayn Mansur al-Hallaj nació en Fars, al sur de Persia, en el año 244/ 857, aunque su lengua fue siempre el árabe y en árabe está escrita toda su obra. Vivió la mayor parte de su vida en Bagdad, aunque, aparte de tres peregrinaciones a La Meca, realizó diversos desplazamientos, fundamentalmente dos "grandes viajes apostólicos" que le llevaron a la India y hasta la frontera china. Siempre en conflicto con las autoridades políticas y religiosas, e incluso con sus cofrades sufíes, gozó sin embargo de gran predicamento entre la población, lo que sin duda hizo todavía más difícil su situación personal. Su fama de realizar abundantes milagros tampoco favorecería su destino terrenal. Tras ser detenido en un par de ocasiones, pasó casi nueve años en prisión y fue ejecutado, tras sufrir un cruel martirio, en el año 309/922.

Desdeñando las restringidas miras de las autoridades exotéricas y la función de la religión como agente regulador del orden social, Hallaj afirmaba con énfasis que el fin último de todo ser humano es la unión con Dios, unión que se realiza por medio del amor. Es el amor lo que hace posible la copresencia de hombre y Dios en las profundidades del alma; en última instancia, el arrebato amoroso se sublima hasta una fusión en la que ya no hay ni yo ni Tú, la individualidad desaparece en el Absoluto como una gota en el océano, experiencia que justifica su famoso lema ana'l-Haqq, "Yo soy la Verdad", lo que, en su contexto, equivalía de hecho a "Yo soy Dios".

Frente a esta fusión de la individualidad personal con Dios a la que se accede por medio del desbordamiento de la efusión amorosa, es evidente que el papel de cualquier mediación, ya se trate de una autoridad vicaria o del ritual y cualquier forma de culto, queda, como mínimo, sumamente relativizado. Y si bien es cierto que Hallaj fue un asceta severo y un fiel y riguroso practicante de los preceptos de la ortodoxia, tampoco dejó de alertar con significativa insistencia contra la práctica de un culto y unos ritos que serían inútiles si no estuvieran penetrados de contenido espiritual, llegando incluso a proponer la interiorización absoluta de toda práctica religiosa, que sólo tendría sentido como simbolización de los procesos del alma.

Los teólogos condenaron su doctrina de unión con Dios mediante un amor místico que confundía lo divino con lo humano y abría el camino, según ellos, al panteísmo; los políticos, por su parte, lo acusaron de agitador, asociándolo con los rebeldes cármatas; y ni siquiera pudo contar con el apoyo de los sufíes, que le censuraban el haber divulgado de forma inoportuna verdades esotéricas, que al ser difícilmente comprensibles por los simples creyentes generaban más confusión que otra cosa, y haber roto, en consecuencia, la disciplina del arcano. En estas condiciones, el destino de Hallaj estaba sellado, y su muerte se vino a unir, como un eslabón más, a la interminable cadena de conflictos surgida de la difícil coexistencia entre las dimensiones histórica y metahistórica de toda tradición espiritual.

De acuerdo con su experiencia interior, la obra poética de Hallaj refleja la experiencia de un amor enteramente espiritual, al margen de toda referencia profana, o incluso meramente sensorial, del amor. Los sentidos se aplacan y las imágenes se desvanecen en los umbrales de la inexpresable fusión con el Amado; no estamos aquí ante la confluencia de dos niveles de realidad en algún plano intermedio, sino ante una mística unitiva que nos propone la absorción de lo relativo por lo absoluto; por eso los símbolos y las figuras escasean en sus poemas, que nos remiten siempre a la experiencia previa a la inefable comunión, el ardiente deseo del Amado, su impermanente presencia, su separación, y el anhelo de una unión definitiva más allá de las desdeñables circunstancias de la vida terrena.

La obra de Hallaj nos ha llegado muy incompleta; sus poemas han sido recopilados en varias ocasiones, planteándose serias dudas sobre la autoría de algunas composiciones que ciertos investigadores le atribuyen a él y otros a varios de sus discípulos. Para la actual edición hemos seguido los criterios de Louis Massignon, recogiendo todos los poemas que él atribuye a Hallaj y solamente éstos; aparecen también en el orden en que él los publicó en su edición de 1955.

Si el traductor, como dice el conocido adagio, tiene siempre algo de traidor, ello es especialmente cierto cuando se enfrenta a un texto poético, en el que elementos fundamentales de la creación original, la musicalidad, las resonancias fonéticas y todo lo relacionado con la sonoridad, se pierden de forma prácticamente inevitable y que son, desde luego, absolutamente irrecuperables cuando la traducción, como en el presente caso, no se ha realizado a partir del texto árabe original sino de varias traducciones a lenguas occidentales. En concordancia con ello, esta traducción no tiene más pretensión que contribuir a dar una visión a los lectores no conocedores de la lengua árabe del universo poético de Hallaj que, para adquirir unas dimensiones justas, deberá ser comparada con otras versiones y enmarcada dentro de la más amplia visión que pueden proporcionar los trabajos y las perspectivas abiertas sobre el místico sufí por los estudiosos del Islam.

Agustín López
Fuente: Al-Hallaj. Diván (José J. de Olañeta, Editor, 2005)