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Extractos - Daniel Odier

Desarrollar la Presencia en el Mundo

por Daniel Odier. Extraído de su libro: Las puertas de la alegría
Las puertas de la alegría

La presencia se produce de forma espontánea cuando nos sentimos cautivados por un objeto o persona. Entonces concentramos toda nuestra atención en un único objetivo y podemos saborear, sentir, ver, escuchar e incluso tocar aquello a lo que nos dirigimos. Este placer de la presencia es nutritivo, reparador y nos proporciona alegría. Es un sentimiento tan intenso que durante la infancia y la adolescencia pasamos años en este estado de alta receptividad y curiosidad, que nos permite descubrir el mundo. Con el paso del tiempo, y a medida que acumulamos experiencia y conocimiento, nuestra curiosidad y capacidad de sorprendernos mengua. Poco a poco, perdemos la capacidad de estar presentes, experimentamos el aburrimiento y nos sumimos en letargo. Ya nada nos sorprende. Eso es lo que les pasa a la mayoría de los adultos, que, además, interpretan la capacidad innata de los niños y adolescentes para estar presentes como una tendencia a la distracción. Se trata de un juicio erróneo, que nos lleva a creer que la presencia equivale a distracción, que nos desvía de la experiencia directa del mundo cuando el niño se ve forzado a aceptar las opiniones de los demás.

Si hacemos el ejercicio de rememorar los recuerdos más vívidos de nuestra adolescencia e infancia, descubriremos que fueron momentos de auténtica presencia. Nuestra capacidad de concentración en la novedad era tal que teníamos el don de contemplar una hoja que caía de un árbol, un animal, una sombra, el cielo estrellado, el mar... sin la más mínima fluctuación mental durante largos minutos, incluso horas. Fueron momentos que dejaron una huella imborrable; en cambio, hemos olvidado los nombres de personas que estuvieron a nuestro lado, e incluso, en muchas ocasiones, la forma de sus caras. Si nos volviéramos a cruzar con ellos veinte años después, no los reconoceríamos. No obstante, recordamos la hoja, el cielo y la libélula.

¿Cómo podemos recuperar este estado de presencia? Realizando una serie de incursiones de corta duración en aquello que es Real. Diez o veinte segundos son suficientes. Deberemos hacer un esfuerzo mínimo por mirar, sentir, tocar un objeto, y entonces, tras un lapso de tiempo más bien corto, podemos dejar de estar presentes y regresar a nuestro estado habitual de distracción.

Si dejamos de estar presentes, transcurrido un tiempo obtendremos una clara señal de que, de forma inconsciente, abandonamos el estado de presencia. Esta práctica, que resulta algo frustrante las primeras veces, ya que nos forzamos a abandonar la presencia, está al alcance de todos, ya que requiere un pequeño esfuerzo, limitado en el tiempo. Es muy efectivo para desarrollar la capacidad de estar presente, por una razón muy simple: la presencia nos proporciona placer, y nos encanta sentir placer. Este placer, repetido varias veces al día, revelará que en nuestro día a día no hay ni trivialidad ni repetición. Aunque nos duchemos todas las mañanas, cada ducha es totalmente distinta de las demás. Aunque bebamos el té en la misma taza, la experiencia es distinta cada vez. Este descubrimiento hará que nos alegremos de estar vivos, de estar en contacto, y hará que dejemos de esperar que algo concreto ocurra para sentirnos felices y contentos. Invertiremos mucho menos tiempo fantaseando con objetos que nos hayan de proporcionar placer, y esa es una buena medida de la calidad de nuestra presencia, pues permite que se disipe la esperanza, que no es otra cosa que una forma que reviste el miedo y una prueba de nuestra incapacidad para estar presentes.

La presencia también nos permite abandonar la soledad. Da lugar a la curiosidad y al interés por los demás. La presencia es una forma rara de belleza; todos los seres humanos son sensibles a ella. Es como el enamoramiento: ¿te das cuenta de que cuando estamos enamorados se despiertan una curiosidad y un interés inhabituales? La presencia tiene el mismo impacto en nosotros: puede decirse que se trata de un estado de amor que no necesita un objeto único y definido. Es una apertura a todas las maravillas del mundo en un silencio mental radiante.

¿Estamos presentes?

―¿Cuando alguien habla, lo estoy escuchando o estoy pensando en mi respuesta?

―¿Durante cuántos segundos me puedo concentrar en una sola acción: beber té, ducharme, comer una pieza de fruta, escuchar música, leer una página de un libro, contemplar un paisaje, sin interferencias mentales?

―¿Tengo la impresión de poder escuchar mi silencio interno?

―Cuando alguien me hace un comentario que me duele o me molesta, ¿cuánto tiempo lo tengo en mi mente?

―¿Soy consciente de mis movimientos oculares? ¿Parpadeo con frecuencia?

―¿Siento algunas veces mi respiración, el movimiento del diafragma, o la relajación de la lengua?

―Cuando me hallo en una situación difícil, ¿la afronto o intento distraerme para olvidarla?

―Cuando alguien me hace una pregunta, o cuando un hecho necesita una respuesta, ¿cuánto tardo en contestar o en reaccionar?

―¿Mis respuestas son claras o denotan falta de espontaneidad?

 
Daniel Odier

Daniel Odier es maestro chan de los linajes chinos Xu Yun y Zhao Zhou, ordenado por el maestro Jin Hui. También es profesor del linaje Spanda de Kasmirian Shivaísmo y de la mística danza Tandava, que recibió de la Yogini Lalita Devi. Las dos escuelas aparecen en su enseñanza, que destruye la ilusión espiritual.

Daniel vive en Barcelona, donde imparte clases de forma regular en el Kannon Gyo, centro dedicado a la práctica del zen. También imparte seminarios en Estados Unidos, y en diversos países de Europa y Latinoamérica.

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