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¿De qué me tienen que salvar?n

¿De qué me tienen que salvar?
¿Quién me tiene que salvar?

Introducción por Fray Marcos

La fuerte impresión que causó una homilía que hice sobre el tema y sobre todo el revuelo de las tres charlas que di en un retiro de fin de semana, me ha llevado a cambiar el tema que estaba elaborando para el nuevo libro. Creo que es un asunto muy serio que nos tiene atenazados y no nos deja caminar en la vida espiritual. Nos pasa como al camello que se creía atado a la estaca y por más que le empujaban no se atrevía a dar un paso.

Solo pensar que Dios se vio obligado a hacer un plan de salvación después de que el plan de la creación le salió mal, debería hacernos reflexionar sobre los disparates que aplicamos a Dios. Seguimos empeñados en hacer un Dios a nuestra imagen y semejanza, es decir, lo contrario de lo que nos dice la Biblia. Intentaré hablar de esa realidad superando las visiones míticas anteriores y criticando la interpretación literal que seguimos haciendo de ellas.

Esto no quiere decir que las experiencias fueran ilusorias, al contrario, esas vivencias de salvación han sido mucho más numerosas de lo que las Escrituras nos dicen. Lo que queremos decir es que no son actos puntuales de Dios, sino consecuencia de su presencia constante en cada uno de nosotros. La manera de explicar lo que han vivido los que han tenido la experiencia será siempre desde su condición de criaturas y por lo tanto sujeta a una limitación de comprensión, y de expresión.

Así se interpretó la llamada de Abrahám. Lo mismo sucedió con la liberación de Egipto, con Moisés en el Sinaí, la conquista de la tierra prometida, con la instauración de la monarquía, con la aparición de los profetas, con el regreso del destierro, con Jesús, con el desarrollo de su mensaje como «buena noticia» (liberador delas angustias de los hombres), con su muerte ignominiosa, con la resurrección y finalmente con la venida del Espíritu.

La salvación no se da a conocer por un cuerpo de verdades que se transmiten por vía oral o escrita, sino en un acontecer interpretado por el ser humano creyente. Esto desmonta el error de tomar la revelación como una suma de verdades teóricas que nos indican lo que Dios quiere comunicarnos. Dios no comunica verdades, sino Vida, que el hombre tiene que hacer suya. Este error nos ha hecho creer que cumplíamos aceptando teorías.

No debe asustarte que algo de lo que digo sea novedoso, porque siempre debes estar dispuesto a dar un paso más en tus conocimientos, mucho más en el que te puede capacitar para crecer en humanidad. Las religiones tienden a fijar las verdades presentándolas como absolutas y eso es contrario a la evolución. Para entender lo que voy a decirte en este pequeño libro, debes tener en cuenta algunas ideas que desarrollo a continuación.

No debe inquietarte oír cosas nuevas. El universo entero está en evolución. La vida está en evolución, el ser humano está en evolución. Todo está cambiando siempre. Pero los cambios en el proceso de humanización han sido los más espectaculares que podemos imaginar. Cuando el primer «chimpancé» cogió un palo para defenderse o para atacar a otro, las posibilidades de seguir vivo cambiaron. El cerebro había dado un salto cualitativo.

Es la evolución constante, ha habido épocas de cambio, ha habido cambios de época. Pero hoy vivimos un «nuevo comienzo». Hago esta distinción porque hubo momentos en que la evolución ha dado saltos especialmente significativos. Los seres humanos recolectores y cazadores han ido perfeccionando sus técnicas, pero, cuando pasaron a ser cultivadores o pastores, el cambio de vida fue tan drástico que podemos llamarlo cambio de época.

Lo mismo sucedió más tarde en el proceso de evolución humana. Cuando los primeros homínidos pasaron de hacer herramientas de madera, hueso o piedra, a construirlas de bronce o hierro. Los imperios mesopotámico, egipcio o griego supusieron también cambios sustanciales en la manera de vivir de sus poblaciones. En el momento que el ser humano fue capaz de poner por escrito lo que pensaba también se produjo un cambio radical.

En el apogeo de la cultura griega tuvo lugar un cambio de otro orden, pero también muy significativo. Me refiero a la manera de conocer no solo la realidad material a través de los sentidos, sino la creada por la pura especulación al aparecer la filosofía. Este método cognitivo expandió las posibilidades del conocimiento racional. La lógica y las matemáticas abrieron un nuevo horizonte al saber y lo catapultó en una nueva dirección.

En el Renacimiento se produjeron cambios inimaginables en la manera de interpretar el mundo exterior. Galileo, Copérnico, Kepler supusieron, no un avance en el conocimiento, sino un cambio en el conocer. La astronomía abandonó los presupuestos de Tolomeo que habían sido inconmovibles durante siglos y desarrolló nuevas teorías científicas, basándose en datos que proporcionaban instrumentos más sofisticados.

Lo mismo pasó con la llegada de la física cuántica, después de ella, nada volverá a ser lo mismo. Aunque seguimos utilizando la física de Newton para desenvolvernos en los asuntos de la vida diaria, la verdad es que en muchos aspectos ya no funciona. La nueva manera de entender la física abrió unas posibilidades inmensas a los conocimientos científicos sobre la realidad material. El más espectacular es la computación cuántica.

No tengo ni idea de cómo funciona un ordenador cuántico, pero os puede dar una idea el comprender que estos ordenadores pueden hacer en unos minutos operaciones que el mejor ordenador binario convencional tardaría miles de años en desarrollar. Lo que aquí me importa es hacerte comprender que en el orden espiritual pasa lo mismo, y ya está pasando. No debemos sentirnos atados a ninguna verdad, sea del tipo que sea. La capacidad del conocimiento no tiene límite.

Adoptar una nueva actitud es imprescindibles para entender y asumir los imparables cambios que se están dando en estos momentos de la historia humana. Cambios se han dado siempre en el largo proceso de humanización y debemos aceptarlos como absolutamente normales, pero en este momento se producen en áreas que serían impensables hace muy pocas décadas. La misma noción de Dios está cambiando drásticamente.

Es lo que está pasando en el orden religioso ahora mismo. Como siempre, las verdades religiosas a las que se ha dado valor definitivo son mucho más difíciles de superar. A estas verdades se les dio valor absoluto, con lo cual se cercena la posibilidad de superarlas. Caemos en esta trampa cuando suponemos que son verdades reveladas por el mismo Dios, con lo cual es imposible pensar que pueden tener alguna clase de error.

En este momento histórico que nos ha tocado vivir, nos estamos dando cuenta del nuevo comienzo que estamos viviendo. Lo que vivimos se parece a la nueva manera de ver a Dios de Jesús que los judíos no aguantaron; la nueva manera de ver al hombre, que estaba en contra de la tradición judía; la nueva manera de ver la realidad como autónoma e independiente de una voluntad divina que se imponía siempre y en todo.

No podemos seguir pensando en un Dios como realidad concreta y absoluta que está en alguna parte fuera del mundo y que desde esa cumbre inalcanzable lo rige con un poder omnímodo. Ese es el Dios de todas las religiones, el Dios de la religión judía y, por desgracia, el dios de nuestra propia religión. Dios es algo distinto de lo que podemos pensar o imaginar. Dios no es un ser, por grande que lo imaginemos, sino el fundamento de todo ser.

El ser humano es hoy completamente distinto de lo que se pensaba de él hasta ayer. No es una marioneta dirigida por hilos invisibles de alguna deidad externa a él. Hoy consideramos al hombre como un ser con total autonomía, aunque con limitaciones a veces insufribles. Es capaz de conocer y de actuar según sus conocimientos. Puede tomar sus propias decisiones, aunque se puede equivocar porque su conocimiento es imperfecto.

Tener todo esto en cuenta en el tema que nos va a ocupar es imprescindible para no escandalizarnos de lo que vamos a leer. Repito, estamos en un «nuevo principio» que va a trastocar todo lo que teníamos por seguro y definitivo. Lo peor del caso es que nos han convencido de que esas seguridades estaban garantizadas por el mismo Dios.

Desde el paleolítico, los humanos nos hemos obsesionado con una salvación que nos tenía que venir de fuera. Una vez que hemos tomado conciencia de nuestras limitaciones radicales, nos vimos obligados a inventar un Dios que no las tuviera y que pudiera sacarnos a nosotros de las que nos agobian constantemente. Aunque la inmensa mayoría de las personas sigue con esa idea de Dios y de la salvación, es hora de salir de ese atolladero.

La tesis central de este escrito podía ser que no tienen que salvarte de nada y tampoco hay nadie que te pueda salvar. Todas las propuestas de salvación que han llegado a nosotros están hechas desde una perspectiva mítica de Dios, del hombre y del mundo y no se pueden entender al pie de la letra. Todas las ataduras que nos han inculcado son miedos y prejuicios. Sentirás alivio cuando descubras que eres totalmente libre de ataduras.

La salvación, entendida de una u otra manera, es la oferta de la inmensa mayoría de las religiones. Abarca todos los temas que en religión nos podemos plantear. Pero las religiones están más pendientes de lo que la gente desea que de que alcancen una verdadera liberación. La mayoría de las ofertas de las religiones no van más allá de librar de las limitaciones que la gente percibe como perentorias. Para nada intentan abrir nuevos horizontes.

Superar todas las trampas que nos han colocado en el camino no va a ser fácil. Debemos estar muy alerta para no caer en la tentación de aceptar como bueno todo lo que las distintas instancias religiosas nos han dicho. Es lo que hacen los políticos para que les voten. Intentaré hablar claro, aunque ello conlleve no responder a las exigencias perentorias de los que me leen. En la vida espiritual no tiene ningún sentido hacernos trampas en el solitario. Mi intención es ayudaros a superar las trampas.

Nuestra formación (más bien deformación) religiosa nos ha machacado siempre con el pecado y otras limitaciones que no aguantamos. De ahí la necesidad que tenemos de que un Dios bueno nos saque las castañas del fuego. Pero la realidad es que ese Dios es una creación nuestra que hemos inventado a propósito con este fin. Como ese dios inventado no existe, resulta imposible que nuestras esperanzas de salvación se cumplan.

Nuestra tarea es liberar a Dios de los malentendidos con los cuales hemos hecho su rostro irreconocible. Pero más difícil aún, es liberar al hombre de las nefastas consecuencias de esa manera de comprender a Dios. Los desastres de la culpabilidad no podemos achacarlos a Dios. Tampoco tiene la culpa de lo difícil que puede resultarnos superar esos prejuicios. Son consecuencia de nuestra propia naturaleza incomprendida y distorsionada.

Los prejuicios, como la misma etimología de la palabra dice, son juicios previos. ¿Previos a qué? Anteriores a los nuevos conocimientos que el ser humano va adquiriendo y desmontan creencias muy arraigadas pero infundadas. En todas las ramas del saber, pero sobre todo en el ámbito religioso los prejuicios son el mayor obstáculo a la evolución integral del ser humano. Todo conocimiento humano es provisional y perfeccionable.

Como muy bien sabemos y sufrimos, las religiones se han empeñado desde siempre en proponer verdades absolutas y normas invariables. En estos nuevos tiempos de cambio y de información, esta postura se hace absolutamente inaceptable. Echar la culpa a los jóvenes, la mayoría bautizados, de no pisar la iglesia supone una falta total de autocrítica y seguir pensando que nosotros lo hemos hecho todo estupendamente.

El ser humano descubre sus limitaciones precisamente porque tiene capacidad para ir más allá de ellas. Su conciencia le permite descubrir algo más allá de sí mismo, la infinitud. Al compararse con lo absoluto y lo infinito toma conciencia de su finitud. Esta toma de conciencia le sume en una desolación muy difícil de superar. Pero en vez de ser causa de sufrimiento por lo que no tiene, debería ser motivo de búsqueda y de continuo progreso.

El hombre nunca podrá vadear el abismo que le separa del Infinito, pero puede y debe lanzarse más allá de lo que es, para intentar arañar espacios a lo que le trasciende. Aun sabiendo que no puede superar sus limitaciones, puede gozar con el intento de traspasarlas. Esta es nuestra mayor grandeza, con tal que no caigamos en la soberbia de creernos algo o en el abismo del nihilismo absurdo de identificarnos con nuestras limitaciones.

Al elaborar en su mente un Dios que no tiene limitaciones, el hombre está proyectando lo que verdaderamente es y que desconoce, más allá de las limitaciones individuales que conoce muy bien. Pero las mismas limitaciones le impiden darse cuenta del proceso de elaboración del Ser Supremo y considera que existe fuera de él como otro. El resultado es un Dios pensado que da origen a las religiones y a todo discurso sobre Él.

Esta objetivación de Dios es un proceso que se ha dado desde siempre en todas las religiones y constituye la esencia de todas las creencias, hasta tal punto, que llega a creer que es esa esencia objetivada la que le ha creado a él y la que le revela las verdades sobre Él mismo. Esta trampa es el fundamento de todo nuestro discurso sobre Dios, sobre el mundo y sobre el hombre. Superar esa visión mítica va a ser más difícil de lo que creemos.

Termino esta breve introducción con dos ideas que repito machaconamente siempre que tengo oportunidad. Mis reflexiones no son dogmas de fe. Trato solamente de provocar la vivencia personal, para superar las trampas que nos tienen atados a innumerables mitos y prejuicios que nos impiden salir de situaciones opresoras. Para ello debo convencerme de que nadie está en posesión de la verdad, todos la estamos buscando.

Esto tiene que llevarme a permanecer abierto, es decir, permanecer en la apertura sin clausurar nada. Cuando llegues a una conclusión, toma conciencia de que esa conclusión será siempre inconclusa. De este modo tu búsqueda no terminará nunca, y, mientras más encuentres, más te quedará para buscar. En cuanto sintamos que hemos llegado a alguna verdad, el ego se aferrará a ella y no permitirá a tu mente seguir buscando.

Por último, como he repetido tantas veces, no hablo y escribo para que penséis como yo, sino para que penséis. Esto que parece una obviedad es más serio de lo que imaginamos. Lo que ha pensado otro no debes darlo por verdad absoluta, debes tomarlo como trampolín para lanzarte más allá de lo que habías pensado hasta ahora. A la Verdad debes ir acercándote tú mismo, unas veces apoyado en los demás y otras en contra de los demás.