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Extractos - José María Martínez Gaspar

De la individualidad a la impersonalidad

por José María Martínez Gaspar Extracto de: vivencias en la intemporalidad
Vivencias en lo intemporal

"La ignorancia tiene un principio y por lo tanto un final.
La sabiduría o iluminación no tiene principio ni final."

Todo lo que nace está destinado a morir. Cuando la Conciencia aparece toda la existencia aparece para el individuo. Comienza la Vida. Podemos decir que la Vida y la Conciencia son una misma cosa. La vida como tal adopta innumerables formas. Una es el ser humano. El individuo aparece más tarde. La Conciencia es como un manto invisible que impregna todo el mundo manifiesto. La gran pantalla de cine donde se proyectan el drama y la comedia de la vida. Una vez que la conciencia aparece, simultáneamente se manifiesta el mundo. Este mundo es una proyección mental del Ser que todos Somos.

En nuestro intento de comprender el mundo, está implícito que como individuos estamos separados del mundo. Y ahí empieza nuestra agonía. Creemos firmemente que el mundo continúa aún cuando dormimos. Es decir, hacemos del mundo un baluarte de continuidad no demostrada, pero sí ampliamente aceptada. Esto es un subproducto del yo(ego) que desea a toda costa perpetuar la ilusión del mundo. No llegamos a alcanzar que esta aparente separación es producto del íntimo recuerdo del yo, de nuestro ego. Al desarrollar las diferentes ramas de la ciencia intentamos explicar el mundo manifiesto desde la posición de observador (la mente del individuo) y lo observado (el mundo manifiesto).

La premisa de partida de toda la ciencia es que el mundo exterior tuvo un principio de aparición o Big-Bang. Si aceptamos esto, significa que el Universo al igual que tuvo un principio, tendrá un final. Pero esto no es una verdad absoluta, sino el punto de partida racional de explicar quiénes somos y qué es lo que nos rodea. Y el instrumento que tenemos para investigarlo es nuestra propia mente condicionada, nuestro pensamiento. Evidentemente el pensamiento es limitado, como tal, en esencia. Por muy lejos que intente alargar el brazo, no posee la capacidad de sondear el universo en sus fronteras. Si consideramos la ciencia como saber de la civilización, transmitida de generación en generación, podemos especular que algo no creado por la mano del hombre, que es inherente a él, propaga la antorcha de la investigación. Evidentemente en todas las civilizaciones estudiadas el deseo de mejoramiento y perfeccionamiento, alimenta la investigación científica y el desarrollo social. Es como un código invisible que como software del sistema empieza a programar la actividad investigadora. El niño es altamente curioso y ya lleva en él la semilla de la investigación del mundo. Es como si algo no perceptible por los sentidos se reprodujera desde el principio de los tiempos. Evidentemente esto trasciende las fronteras de lo particular, para impregnar todos los intersticios del universo. Podríamos decir que la vida busca perpetuarse a sí misma, incluso, a pesar del ser humano. El ser humano, como tal, va en contra de la vida, fabricando nuevas armas, bombas, misiles, enfrentándose entre sí, por un trozo miserable de tierra. El viaje de la investigación científica, continúa a pesar de la muerte de individuos altamente cualificados. Como si necesitara de un recipiente, la forma humana, para explicarse a sí mismo. Es así como la memoria de los saberes remotos se consolida en el nuevo conocimiento.

Pero aquellos principios científicos son cuestionados, puestos a prueba por los posteriores científicos que demuestran mediante la duda, en un principio, la inestabilidad del antiguo argumento. Es pues la duda, lo que empieza a resquebrajar lo antiguo, para dar paso a lo nuevo. Pero esto es continuamente puesto a prueba por las siguientes generaciones, desmontando el suelo de conocimientos anteriores. En definitiva, este proceso parece continuar sin fin.

Ahí donde no llega la ciencia, empieza la religión. La ciencia es una investigación objetiva, atañe al aparente mundo exterior, sin entrar en el campo de sí mismo. Y si llega es creando la denominada psicología, que no llega a comprender totalmente la integridad de la propia psique. El intelecto del psicólogo, por muy refinado que sea, no llega hasta grandes profundidades como para erradicar aquellos elementos nocivos que contaminan la mente, como la ira, el miedo, la ansiedad. Si todo pensamiento es un proceso de computación, simple o complejo, eso no explica por sí mismo la aparición de la autoconciencia, o conciencia de sí mismo. Si reprodujéramos el modelo computacional de un cerebro humano, ello no garantiza la aparición de la conciencia de sí mismo en la máquina fabricada. Por lo tanto, existe un límite del propio pensamiento para conocerse a sí mismo.

La religión es una ciencia subjetiva. Al contrario de lo que argumenta la ciencia ella investiga la raíz del proceso concientivo. Es decir, duda del pensamiento y del propio pensador como algo real.

El argumento principal es que existe una fuente desde donde manan todos los pensamientos, tomando forma, entre ellas las formas mentales y los propios individuos. Pero ¿qué participación tiene el individuo en el proceso? El viene arrastrado por la corriente de la vida y es devorado al final, engullido en la nada cuando desaparece. Evidentemente no es su propia decisión. Algo existe al principio y también al final del camino. Este falso sentido de separación (yo y Dios) ha alimentado todas las teogonías de la historia, manteniendo el sueño de la dualidad. El individuo es un intermedio entre dos nadas, solo apariencia, no es real, en el sentido de que aparece y desaparece. Sólo, por definición, lo real es continuo, eterno y siempre presente.

El sentido de presencia es lo que hace obvio el presente, siempre actualizado y renovado en cada momento. Presencia y presente son sinónimos. Es en la presencia donde observamos siempre la aparición y destrucción de los objetos del mundo. Por lo tanto, sin presencia, no existe el mundo. La presencia es el único punto de conciencia en el espacio-tiempo que nos permite soñar el mundo. Es la puerta del misterio, donde el tiempo aparece, y a la vez donde la Nada o Absoluto puede apercibirse. El mundo es recreado eternamente presente para el observador del mundo. La luna existe porque existe esta presencia consciente que se complace en observar el mundo.

No consideramos nunca que el Universo es una eterna recreación y destrucción en cada instante de tiempo.

Luego, no hay lugar para un individuo en el teatro de la existencia, sino aparentes formas que se despliegan ante una conciencia común y universal que dirige toda la trama de la vida. Todas las aparentes formas, incluida la nuestra, es utilizada por la conciencia para perpetuarse y maravillarse de su propia creación. La frontera de la individualidad se desvanece con esta apercepción lúcida, obvia y auto-evidente. Solo lo impersonal permanece sin aparición y desvanecimiento. Es allí donde habitamos todos, nuestra propia casa, nuestra morada única.