Ruta de Sección: Inicio > Artículos >Extractos > Artículo

Rene Guenon

Conceptos fundamentales en la obra de René Guénon

Por Javier Alvarado Planas

Pertrechado de un lenguaje preciso, expuso cuestiones que no habían sido nunca explicadas en Occidente ni siquiera en los ámbitos religiosos más cerrados. Así, por ejemplo, el concepto de Tradición Primordial, la unidad esencial de todas las Tradiciones, la teoría de los ciclos cósmicos, la universalidad del simbolismo como medio de expresión de realidades espirituales, la organización y función de los Centros espirituales o iniciáticos; expuso con una terminología extremadamente precisa los conceptos de «realización espiritual», «iniciación»; o las diferencias entre reencarnación, transmigración y metempsicosis; o entre espíritu y alma, individualidad y personalidad, infinito e indefinido, dualismo y dualidad, razón e intelecto, salvación y Liberación, esoterismo y ocultismo, entre Metafísica y teología, teosofía y teosofismo, Tradición y tradicionalismo, rito y ceremonia, operativo y especulativo, entre iniciación virtual e iniciación efectiva, etc.

A fin de introducirnos en la obra escrita de Guénon, conviene que esbocemos algunos de sus conceptos fundamentales.

1º Existencia de la Tradición Primordial

El concepto de Tradición en Guénon tiene un significado muy preciso: etimológicamente significa «lo que se transmite o entrega», es decir, consiste en la transmisión de algo». Se trata de algo «trascendente» que ha sido transmitido desde un estado anterior de la Humanidad y por la que esta «participa» en las realidades de orden principial (Apercepciones sobre la Iniciación, cap. IX). La Tradición es un depósito» o «legado» de influencias espirituales, es decir, de origen «suprahumano» (apaurushêya), que se transmite a través de los tiempos a quienes son capaces de recibirlo (El Rey del Mundo, cap. 1) y que comprende no solo todo lo que es transmitido, sino incluso todo lo que verdaderamente puede serlo. Como la Tradición tiene un origen «suprahumano» no ha aparecido en un momento cualquiera de la historia de la Humanidad, es eterna; en ese sentido es denominada Cábala en el judaísmo, Verbo e incluso Ley Natural y Eterna en el cristianismo, Sophia Perennis en la escolástica medieval.... En el hinduismo es el Sanatâna Dharma, «Orden Eterno y Universal» formulado por la Inteligencia cósmica que refleja la Voluntad divina. Por tanto, la Tradición no tiene nada que ver con las costumbres o el folklore pues, mientras que la costumbre es algo puramente temporal y humano, la Tradición no tiene origen «histórico» dado que implica esencialmente un elemento «suprahumano». En consecuencia, debido a su origen suprahumano, tanto la Tradición como las Formas Tradicionales derivadas, no pueden inventarse ni crearse artificialmente; no caben operaciones de «eclecticismo» o sincretismo, ni tampoco puede plantearse la fusión o sustitución de una Forma Tradicional por otra, lo cual no impide que se preste a toda adaptación legítima, dado que la Tradición «permite concepciones mucho más vastas que todos los sueños más atrevidos de los filósofos, pero también mucho más sólidas y más válidas, pues abre a la inteligencia posibilidades ilimitadas como la verdad misma» (Oriente y Occidente, conclusión). A esta originaria Transmisión, la denomina Guénon Tradición Primordial, la cual, por eso mismo, es la única que subsiste de forma plenamente integral, continua e inalterada durante las épocas sucesivas; pero también es la fuente primaria y la base común de todas las Formas Tradicionales particulares (como, por ejemplo, la hindú, la egipcia, la celta, la griega, la judía, la cristiana, la islámica, etc.) que se derivan de ella mediante la adaptación a las condiciones especiales de tiempo y lugar (Metafísica Hindú).

En toda Forma Tradicional completa conviven, más o menos visiblemente, dos aspectos complementarios y superpuestos, que no entran en conflicto de ninguna manera, puesto que se refieren a dominios esencialmente distintos y que son como la corteza y el núcleo del mismo fruto que es la Tradición; una parte externa o exotérica destinada indistintamente a todos (generalmente reviste forma de religión); y otra parte o vertiente interna, esotérica o puramente metafísica que concierne directamente a aquella élite capaz de comunicarse conscientemente con los estados supraindividuales (Oriente y Occidente, 2ª, cap. III). Como en toda transmisión de naturaleza espiritual, la parte más interna de la Tradición no puede comprehenderse mentalmente porque sólo cabe interiorizarla, experimentarla y hacer de ello una forma de vida.

Igualmente, según Guénon ese depósito de origen no-humano de la Tradición sagrada se manifiesta en el mundo terrestre a través de un Centro espiritual establecido por una organización encargada de conservarlo íntegramente y de transmitirlo a través de las edades. Tal es el Centro supremo que conserva el depósito inmutable de la Tradición Primordial, de la cual derivan todos los Centros espirituales, constituidos a imagen del Centro supremo, y del que son reflejos.

2º Unidad esencial de las doctrinas tradicionales

Debido a su origen común, todas las Formas Tradicionales poseen una unidad en lo esencial, que se traduce en la universalidad de todas las doctrinas sagradas y del simbolismo tanto iniciático como religioso. Aclaremos que tal unidad no implica uniformidad, eclecticismo ni sincretismo. En rigor, el eclecticismo, en cuanto forma patológica de la filosofía en su acepción más profana que, marginando el criterio de «verdad» procedente del intelecto puro, procura conciliar fragmentos de opiniones, teorías, tesis, estilos e ideas de distintos sistemas filosóficos. Igualmente crítico fue Guénon con el sincretismo por considerarlo una forma patológica de la espiritualidad que consiste en la superposición de elementos de diverso origen, reunidos desde el exterior, sin que opere ningún principio de orden más profundo. Precisamente, en razón de su exterioridad, el sincretismo es un procedimiento esencialmente profano pues, junto a ideas tomadas de varias Formas Tradicionales, mal comprendidas y más o menos deformadas, se mezclan conceptos de la filosofía y de la ciencia profanas. Tal conjunto no puede constituir una doctrina verdadera de la misma manera en que un montón de piedras no puede constituir un edificio sólido (entre estas formas de pseudo-espiritualidad, Guénon estudió específicamente el teosofismo). Sentado lo cual, no debe confundirse el sincretismo con la síntesis: mientras que el sincretismo es la mera acumulación de elementos de origen diverso que permanecen en la periferia separados de su principio y después artificialmente integrados sin respetar su sentido originario, por el contrario, la síntesis consiste en considerar las cosas desde la Unidad de su Principio mismo, para ver cómo derivan y dependen de este Principio, y tomar consciencia de su unión Real, en virtud de un lazo totalmente interior, inherente a lo más profundo de su naturaleza; por tanto, parte de los principios y de aquello que es más interior, y va del centro a la periferia; aplicada al estudio de las Formas Tradicionales, la síntesis lleva a tomar conciencia de su unidad esencial, y también de las razones de sus diferencias exteriores. En suma, si bien es legítimo e inevitable que algunos permanezcan encerrados en un punto de vista estrechamente «local» y «tengan su horizonte limitado a una sola Forma Tradicional, o incluso a un determinado aspecto de esta forma», añade Guénon que no es aceptable en absoluto que tal punto de vista, con todas las limitaciones que le son inherentes, deba ser el de todos, incluidos los que han tomado conciencia de la unidad esencial de todas las tradiciones.

De los dos aspectos de la Tradición (y de las diversas Formas Tradicionales), el externo y el interno, René Guénon dedicó su obra a mostrar este último ámbito, que denomina también esotérico o metafísico.

3º Concepto de Metafísica

Mientras que en Occidente la metafísica se considera un saber especulativo, racional y dogmático, para Guénon el término Metafísica debe quedar reservado únicamente a todo aquello que está por encima o «más allá de la física», es decir, de la «naturaleza» o del mundo manifestado. Por tanto, se trata de un conocimiento o de un «saber» que trasciende el ámbito del ser y de la ontología y que pertenece al dominio de lo supraindividual. Es imprescindible comprender bien esta cuestión dado que toda la obra de Guénon se sustenta en esta distinción: «nos colocamos exclusivamente en el dominio de los principios, lo que nos permite permanecer enteramente al margen de toda discusión, de toda polémica, de toda querella de escuela o de partido, cosas en las cuales no queremos ser mezclados ni de cerca ni de lejos, a ningún título ni a ningún grado». Concretamente, la metafísica tiene, al menos, estas cinco características:

  1. Es universal: no hay ni puede haber más que una metafísica, cualesquiera que sean las diversas maneras en que se exprese, de manera que, en razón de la universalidad de los principios, todas las doctrinas tradicionales son de esencia idéntica, aunque varíen sus formas. Como está más allá de toda hipótesis o discusión, toda controversia será «a causa de una exposición defectuosa o una comprensión imperfecta de estas verdades».
  2. Es eterna o atemporal: como es perenne e invariable, solo cambian las formas exteriores, los medios contingentes que no son más que una adaptación a las circunstancias particulares de tiempo, lugar y mentalidad de cada época, pero bien entendido que tal «cambio» no tiene nada que ver con lo que los modernos llaman «evolución».
  3. Es de origen no humano o supraindividual (apaurasheya) ha sido «revelada» o «inspirada» a seres que han podido conocerla real y efectivamente; por tanto, no cabe buscar o asignar un origen histórico (un origen humano) a principios que se sitúan más allá del tiempo o que se encuentran «aquí» y «ahora».
  4. Irreductible: por su misma naturaleza suprarracional, la metafísica se resiste a todo intento de sistematización. Cualquier intento racional y discursivo no ofrecerá más que Una interpretación subjetiva y parcial de los posibles itinerarios que pueda efectuar la mente al tratar de ordenar sus contenidos.
  5. Vertebradora: es la que alienta o vivifica a la parte externa o exotérica, de una Tradición de modo que, como afirmaba Guénon, en una civilización integralmente tradicional, toda actividad humana posee un carácter sagrado porque la Tradición no deja nada fuera de ella; sus aplicaciones se extienden a todas las cosas sin excepción, de suerte que haga lo que haga el hombre su participación en la Tradición está asegurada de una manera constante por sus actos mismos (Iniciación y realización espiritual, cap. XI). Las sociedades tradicionales saben que tal participación implica la imitación de modelos ejemplares. Por eso, toda conducta humana ha de reflejar un modelo ejemplar suprahumano previamente establecido. Cualquier acto fundacional, desde un rito matrimonial, la siembra o recolección, hasta la delimitación de los muros de una ciudad, el trazado de una casa, la edificación de un templo o cualquier otro edificio, etc., todo ello ha de basarse en un orden (y rito) que, en última instancia, reproduce o se inspira en el orden más perfecto posible; el que ha dado origen al mundo. En definitiva, todas las actividades intelectuales, morales, artísticas o técnicas del hombre, aún las más domésticas, adquieren la fuerza de la sacralidad en la medida en que reflejen lo mejor posible un modelo suprahumano preexistente que, en primera instancia, imita el rito de la creación-ordenación del cosmos. Por tanto, la imitación de ese orden o rito primigenio ejecutado en el momento puro y fuerte de los orígenes no solo garantiza unos resultados eficaces, sino que, además, la influencia espiritual desplegada al crear el mundo desde el invariable centro, continúa hic et nunc a disposición de quienes posean las cualificaciones adecuadas.

4º Objeto de la metafísica: el intelecto puro

El obeto de la metafísica y del conocimiento metafísico es la toma de consciencia efectiva de los estados supraindividuales del Ser. Para ello disponemos de una facultad específica y de una forma de conocimiento singular:

  1. Tenemos una facultad suprarracional: si bien la razón es una facultad individual de conocimiento mediato y el modo propiamente humano de la inteligencia, para conocer el mundo suprasensible todo ser humano dispone de otra facultad que rebasa el dominio individual: el intelecto puro, facultad suprahumana que participa directamente en la Inteligencia Universal.
  2. Existe un conocimiento suprarracional: a cada una de estas dos facultades (razón e intelecto puro) corresponde una forma distinta de conocimiento. El hombre común u «ordinario se mueve en un mundo dual; utiliza una forma de conocimiento racional y discursiva, basada en la dualidad de un sujeto que conoce y un objeto que es conocido; se trata, por tanto, de un conocimiento mediatizado, indirecto y secuencial que solo se puede aprehender en el mundo del cambio y del devenir, es decir, en una ínfima parte de la «naturaleza». Pero existe también otra forma de conocimiento (suprarracional) directo e inmediato que está más allá y por encima de la razón porque rebasa la dualidad sujeto-objeto; se trata de «conocer lo que es, y de conocerlo de tal manera, que uno mismo es, real y efectivamente, todo lo que conoce». A este saber procedente del intelecto puro, también se lo denomina intuición intelectual, que no hay que confundir con la intuición sensible de la que hablan algunos filósofos contemporáneos, cuya naturaleza emocional la acercan más a lo infrarracional.
  3. El conocimiento metafísico es superior a todos los demás órdenes del conocimiento, de donde se deriva la primacía de la vía intelectual o contemplativa sobre la vía de la acción. La vía intelectual pura o contemplativa, de la intuición intelectual, es la propia del dominio metafísico, es decir, de los principios eternos e inmutables; por tanto, pese las tendencias «moralistas» del mundo occidental que glorifican el trabajo y el culto a la acción (rayana en la mera agitación) hasta el extremo de despreciar la contemplación por considerarla una forma de «ociosidad», en toda civilización normal existe un equilibrio entre el conocimiento (la contemplación) y la acción, y una dependencia de ésta hacia aquella. En el cristianismo esto queda simbolizado en la disyuntiva planteada entre la acción (Marta) y la contemplación (María) en la que Jesucristo resuelve que «María ha escogido lo que es mejor» (Lucas 10, 38-42). Por su parte, ya Aristóteles describía el intelecto puro en estos términos: «Entre los haberes de la inteligencia, en virtud de los cuales alcanzamos la verdad, hay unos que son siempre verdaderos y otros que pueden caer en el error. El razonamiento está en este último caso; pero el intelecto es siempre conforme a la verdad, y nada hay más verdadero que el intelecto. Ahora bien; siendo los principios más notorios que la demostración, y estando toda ciencia acompañada de razonamiento, el conocimiento de los principios no es una ciencia (sino que es un modo de conocimiento, superior al conocimiento científico o racional, que constituye propiamente el conocimiento metafísico). Por otra parte, solo el intelecto es más verdadero que la ciencia (o que la razón que edifica la ciencia); por lo tanto, los principios pertenecen al intelecto... No se demuestran los principios, sino que se percibe directamente su verdad» (Aristóteles, Segundos Analíticos, II, 19, 100b). La superioridad del intelecto sobre la razón también fue mantenida por Santo Tomas de Aquino: «El intelecto designa un conocimiento simple y absoluto, de modo inmediato, en una primera y súbita captación, sin movimiento y discurso alguno» (De Veritate qXV, a1). El problema de este conocimiento directo es que su verificabilidad no transcurre por los cauces ordinarios de la ciencia moderna dado que es en sí mismo incomunicable porque solo lo poseen quienes lo han «realizado».

5º La realización metafísica

Mientras que la mayoría de las obras de los orientalistas y pensadores occidentales de la época eran producto de una elaboración meramente racional, la obra de René Guénon es fruto de una comprehensión profunda de la naturaleza de las cosas y, en definitiva, de una experiencia interior. Toda la obra de Guénon apunta en la misma dirección; la comprehensión del Ser. La palabra comprehensión utilizada frecuentemente por Guénon, define una comprensión-aprehensión, es decir, un conocimiento experiencial de los diversos estados supraindividuales. También utiliza frecuentemente el concepto de «realización metafísica» o «realización espiritual», en donde la palabra «real-ización» asume su auténtico sentido etimológico de convertir en «real» (siendo el Ser lo único real).

Como se ha dicho, dado que el objeto de la metafísica es la toma de consciencia efectiva de los estados supraindividuales del Ser hasta alcanzar el estado incondicionado, no es en tanto que hombre como se puede llegar a ello, sino en tanto que un ser; que es humano en uno de sus estados, es al mismo tiempo otra cosa y más que un ser humano. A tal fin, las doctrinas tradicionales de Oriente, explican que las principales etapas de la realización metafísica son tres:

a) Restauración del «estado primordial» y del «sentido de eternidad»

Esta primera etapa preliminar, que todas las tradiciones consideran la restauración del estado primordial, se limita todavía al dominio humano y por tanto, no implica la posesión efectiva de ningún estado supraindividual. Tal realización de la individualidad integral conlleva el desarrollo de todas las posibilidades contenidas virtualmente en la individualidad humana, incluidas las prolongaciones más allá del dominio corporal y sensible. Una de las facultades propias de esta etapa es la superación de la limitación temporal y, más concretamente, la recuperación del sentido de la eternidad, de modo que la aparente sucesión de las cosas, se transmuta en simultaneidad. Por eso decía Guénon que «la primera cosa que tiene que hacer quien quiere llegar verdaderamente al conocimiento metafísico, es colocarse fuera del tiempo», en el «no-tiempo»... «esto es de una extrema importancia, ya que el que no puede salir del punto de vista de la sucesión temporal y considerar todas las cosas en modo simultáneo es incapaz de la menor concepción del orden metafísico» (Metafísica Hindú, cap. I). Por otra parte, aclara que todo resultado obtenido por el ser en el curso de la realización metafísica, por muy parcial que sea, lo es de una manera definitiva; como está fuera del tiempo, es una adquisición permanente que no se puede perder jamás.

b) Consciencia efectiva de los estados supraindividuales (no humanos) más allá de la forma

En la segunda etapa, el mundo de la individualidad humana (es decir, el mundo de las formas) es rebasado entera y definitivamente dado que se produce una toma de posesión real y efectiva de los estados supraindividuales, pero todavía condicionados (aunque tales condicionamientos sean completamente diferentes de los del estado humano). Tal ser ya no puede llamarse propiamente «humano» porque ha salido de la corriente de las formas.

c) Liberación o Unión

La meta suprema y final de la realización espiritual es «el estado sin estados», porque está más allá de los estados o los contiene todos: es el estado absolutamente incondicionado o liberado de toda contingencia. En la doctrina hindú se lo denomina Liberación (de los estados condicionados) o también Unión (con el Principio supremo). En este punto Guénon matiza la diferencia entre salvación y Liberación: mientras que la salvación es la meta perseguida por las religiones y no rebasa el dominio de la individualidad, la Liberación es la meta final de la realización metafísica y supone rebasar los estados supraindividuales. Insistamos en que Guénon considera que toda Forma Tradicional (como el hinduismo, el judaísmo, el cristianismo, el islamismo, etc.) comprende una vertiente o vía exotérica, lata o popular (religión) y otra vertiente o vía interna y estricta (metafísica o esoterismo) de modo que, mientras la primera trata de asegurar la salvación (salud) espiritual de todos sus miembros, la segunda, ateniéndose a la primera y sin oponerse a ella, se encamina a la Liberación. Llevado de su rigor lingüístico, escribía en una ocasión que hemos tomado el hábito de escribir «salvación» con minúscula y Liberación» con mayúscula, del mismo modo que escribimos «mí mismo» y «Sí mismo», para marcar claramente que uno es de orden individual y el otro de orden trascendente (Iniciación y realización espiritual, cap. VIII).

6º Medios de realización

Dado que la realización metafísica trata de ir «más allá del mundo físico» para tomar posesión efectiva de los estados supraindividuales, como ello escapa y rebasa la razón individual, se presentan al efecto al menos dos caminos posibles para alcanzar la comprehensión metafísica que no solo no se excluyen, sino que uno es preparación para el otro:

  1. Comprehenderlo mediante la intuición: al efecto, hay al menos dos formas; el uso de términos de forma negativa («ni es esto», «ni es aquello», el neti, neti de los hindúes, o la teología negativa de Dionisio Areopagita) y el recurso al lenguaje de los símbolos. Ciertamente, aunque todo lenguaje es un caso particular del simbolismo, ni el lenguaje teológico ni el filosófico son adecuados para explicar la metafísica, dado que aquel lenguaje es analítico y racional (implica la diferencia entre un sujeto que conoce y el objeto que es conocido); por el contrario, como el simbolismo es un lenguaje sintético e intelectual-espiritual, resulta la forma más adecuada para aprehender significados no conceptuales. El fundamento del simbolismo es la relación de analogía entre la idea y la imagen que la representa. En ese sentido, el simbolismo tiene un origen no-humano dado que, desde el punto de vista metafísico, no es un simple recurso ideográfico sino, al contrario, una forma absolutamente auténtica, aunque indirecta, de traducción de la realidad última: no procede de una convención humana, sino de la «ley de correspondencia» que vincula todos los mundos entre sí. Más que explicado, el símbolo (incluido el rito como símbolo actuado) debe ser meditado para intuir espiritualmente el orden de realidad al que alude indirectamente. Por tanto, cumple la función de soporte para la contemplación o comprehensión de las verdades metafísicas. Dado su carácter polisémico, que posibilita su interpretación en diversos órdenes o planos de la realidad (incluida la interpretación histórica, que es consecuencia de la clave metafísica), cada ser humano penetrará en él según sus aptitudes; que algunos ven esos sentidos y otros no los vean o los vean solo en parte, eso no impide que estén realmente contenidos en él, pues es el «horizonte intelectual» de cada uno lo que establece toda la diferencia. Lamentablemente, desde finales del siglo XV, el simbolismo degeneró en una especie de «alegorismo» de carácter más moral que intelectual que ha derivado en la minusvaloración de la mentalidad simbólica, la incomprehensión del sentido de los símbolos (evemerismo, naturalismo, materialismo) y su consideración formal y exterior como mera convención humana.
  2. Experimentarlo, pues aunque el conocimiento metafísico es inexpresable no es, por ello, inexperimentable; solo esta realización efectiva del conocimiento proporciona la certidumbre final.

Respecto a la experiencialidad del conocimiento metafísico, pese a que Guénon fue siempre extremadamente parco a la hora de explicar los métodos de realización metafísica (pues forman parte del acervo tradicional que cada escuela o linaje espiritual puede enseñar con las debidas cautelas y prudencia), sí señaló en varias ocasiones que su base común es la concentración; «ya se sabe qué importancia se da efectivamente a la concentración en todas las doctrinas tradicionales sin excepción, en tanto que medio y condición indispensable de cualquier realización» (Iniciación y Realización espiritual, cap. XXXVI). Así, la enseñanza teórica sólo sirve para favorecer la concentración, es decir, «para armonizar entre sí los diversos elementos de la individualidad humana, a fin de preparar la comunicación efectiva entre esta individualidad y los estados superiores al ser» (Metafísica Hindú, cap. I). Dado que la vía para ello consiste «esencialmente en ir más allá del pensamiento», la concentración, en cuanto aspiración del ser hacia lo universal, es el medio por excelencia para lograrlo. En efecto, como la consciencia individual, el «yo», es específica de ciertos estados del ser y ésta se produce por la intersección del Intelecto, Inteligencia o Consciencia Universal (Buddhi) con el dominio o plano individual, la realización espiritual consiste en sublimar o anular ese «yo», bien entendido que la extinción del «yo» no es de ninguna manera una aniquilación del ser, sino que, muy al contrario, implica una «sublimación» de sus posibilidades, es decir del «egoísmo» considerado como la atracción de la existencia individual, situación representada, por ejemplo, por el Nahash hebreo o la serpiente del Génesis (Los Estados Múltiples del Ser, cap. VII; El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, cap. IX). De hecho, la máxima «Conócete a ti mismo» alude realmente a la necesidad de orientar la consciencia a lo interior, haciéndola que pase gradualmente a otros estados cada vez más profundos, hasta finalmente alcanzar el mismo centro del ser, donde reside el verdadero «Sí mismo».

Por desgracia, el hábito de la concentración «es algo absolutamente extraño, contrario incluso a los hábitos mentales del Occidente moderno, donde todo tiende a la dispersión y al cambio incesante». René Guénon señalaba que la impaciencia del hombre moderno no se acomoda bien con la práctica contemplativa propia de los métodos de realización espiritual tradicionales y proponía un sencillo ejercicio de concentración (êkâgratâ) para probar una mínima cualificación del aspirante: «que intenten simplemente, a título de ejercicio preliminar que no les compromete a nada, concentrar su atención sobre una idea única, cualquiera que sea por lo demás, durante medio minuto (no parece que sea exigir demasiado), y verán si nos equivocamos al poner en duda sus aptitudes» (Oriente y Occidente, cap. III).