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Extractos - Thich Nhat Hanh

Las claves del zen ― por Thich Nhat Hanh

Extracto de la Introducción por Philip Kapleau
Las claves del zen

En el zen, el aprendizaje intelectual no es más que estudiar el menú, mientras que la práctica real es comerse la comida. Como dice Nhat Hanh, la verdad de la existencia se revela a través de una profundización en la conciencia que proviene de vivir una vida de concentración, de estar "despiertos" en cualquier actividad que estemos desarrollando. No hay mejor laboratorio para hacer este "trabajo consciente" que la vida diaria, especialmente el trabajo de cada día.

Sin embargo, vivimos en una sociedad en la que el objetivo para muchos es trabajar tan poco como puedan; donde el lugar de trabajo, sea la propia casa o una oficina, se tiene por un lugar penoso y aburrido; donde el trabajo, en vez de ser un aspecto creativo y pleno de la vida, se ve como opresivo e insatisfactorio. ¡Qué distinto del zen! En el zen todo lo que uno hace se convierte en un vehículo de auto-realización; cada acto, cada movimiento se hace con todo el corazón, no queda nada atrás. En términos zen, todo lo que hacemos es una "expresión de Buda", y cuanto mayores sean la concentración y la desinhibición en lo que hacemos, tanto más cerca estaremos de la realización. ¿Qué otra cosa hay que actos puros: levantar el martillo, lavar el cuenco, el movimiento de las manos en el teclado, quitar hierbas...? Todo lo demás, pensamientos del pasado, fantasías sobre el futuro, juicios y evaluaciones en lo que respecta al trabajo mismo, ¿qué son sino sombras y fantasmas que deambulan por nuestra mente y nos impiden entrar plenamente en la vida? Entrar en la conciencia del zen, "despertar", significa limpiar la mente de la enfermedad habitual del pensamiento descontrolado y llevarla a su estado original de pureza y claridad. Dentro de la práctica zen se dice que se genera más poder siendo capaz de practicar en medio del mundo que sentándose en soledad y evitando toda actividad. Así, el trabajo diario se convierte en la propia habitación de meditación y la tarea que tenemos a mano se convierte en la práctica. A esto se le llama "trabajar por uno mismo".

 

A lo largo de este libro, Las claves del zen, Thich Nhat Hanh resalta que la conciencia ―y esto es algo más que simplemente estar atento― lo es todo. Precisamente la falta de conciencia es la responsable de gran parte de la violencia y del sufrimiento actual del mundo. Porque es la mente la que se siente separada de la vida y de la naturaleza, dominada por un Ego-yo omnipresente que fustiga para destruir y matar, para satisfacer su deseo de tener cada vez más a cualquier precio. La mente inconsciente alienta la insensibilidad hacia las personas y las cosas porque no ve ni aprecia el valor de las cosas como son, y las ve únicamente como objetos a utilizar para saciar sus propios deseos. La persona consciente ve la indivisibilidad de la existencia, la profunda complejidad e interrelación de toda vida, y esto crea en ella un profundo respeto por el valor absoluto de las cosas. De este respeto al valor de cada objeto, tanto animado como inanimado, procede el deseo de ver que las cosas se usen apropiadamente y no de manera descuidada, derrochadora o destructiva. La verdadera práctica del zen implica no dejar luces encendidas cuando no hacen falta, no dejar correr el agua del grifo innecesariamente, nunca dejar un trozo de alimento sin comer. Porque estos actos no son solo inconscientes, también indican una indiferencia por el valor del objeto que se echa a perder o se destruye, y a los esfuerzos de los que nos los han facilitado; en el caso del alimento, los del granjero, el conductor del camión, el tendero, el cocinero y el camarero. Esta indiferencia es producto de una mente que se siente separada, en medio de un mundo de cambios aparentemente aleatorios y de caos sin propósito.

Desde la perspectiva budista, las doctrinas de la impermanencia y del no-yo comentadas por Nhat Hanh tienen la clave para resolver este punto de vista aislado. Cualquiera que esté vivo a las realidades de la vida no puede más que reconocer, por ejemplo, que la impermanencia no es una creación de los filósofos metafísicos, sino una simple concretización "de lo que es". En los últimos cien años, este proceso de cambio constante y explosivo a nivel social e institucional se ha acelerado hasta un grado desconocido para la gente de otras épocas. Los periódicos informan de nuevas y apremiantes crisis mundiales: hambrunas y desastres naturales, guerras y revoluciones, crisis medioambientales, políticas y energéticas; crisis en el mundo de las finanzas y la economía; crisis en el creciente número de divorcios y ataques de nervios; crisis de salud personal, incidencia de los ataques al corazón, cáncer y otras enfermedades fatales, por no mencionar el número de muertes sin sentido causadas por el tráfico y el extendido consumo de drogas ilegales. La mayoría de la gente que mira a este mundo cambiante y aparentemente caótico no ve el funcionamiento de las leyes kármicas naturales ni percibe la unidad y armonía subyacentes a estos cambios constantes e inevitables. Suelen tener una sensación de ansiedad, un sentimiento de incapacidad y de que la vida no tiene sentido. Y como no tienen una comprensión concreta del verdadero carácter del mundo o una percepción intuitiva del mismo, ¿qué otra cosa pueden hacer sino rendirse a una vida de comodidad material y placeres sensuales? Y sin embargo, en medio de este caos de cambios sin sentido aparente se alzan los budistas zen. Su ecuanimidad prueba que la vida es más de lo que los sentidos dicen, que en medio del cambio hay algo que nunca cambia, en medio de la impermanencia hay algo que siempre permanece, en medio de la imperfección hay perfección, en el caos hay paz, en el ruido, quietud, y, finalmente, en la muerte hay vida. Así, sin agarrar ni apartar, sin aceptar ni rechazar, se mueven en medio del trabajo cotidiano, haciendo lo que hay que hacer, ayudando donde pueden, o, como dicen los sutras: "en toda circunstancia no rebosan alegría ni están hundidos".

Como la ley de la impermanencia, la doctrina del no-yo no es producto de la especulación filosófica, sino la expresión de la experiencia religiosa más profunda. Afirma que, contrariamente a lo que pensamos, no somos meramente un cuerpo o una mente. Si no somos ninguna de estas cosas, ¿qué somos entonces? La respuesta de Buda, que surge de su experiencia de Gran Iluminación, deja destrozado al ego:

"En verdad os digo que dentro de la profundidad de este cuerpo, con sus pensamientos y percepciones, reside el mundo, y el surgimiento del mundo, y la cesación del mundo, y el Camino que conduce a la extinción de surgimiento y cesación".

¿Qué puede ser más importante o tranquilizador? Esta es la confirmación, procedente de la fuente más elevada, de que somos más que este cuerpo-mente insignificante, más que una mota de polvo lanzada al vasto universo por un capricho del destino; de que no somos menos que el sol y la luna, y las estrellas y la ancha tierra. ¿Por qué si ya poseemos el mundo de una manera tan simple intentamos engrandecernos por medio de las posesiones y el poder? ¿Por qué nos encontramos "solos y temerosos en un mundo que no hemos hecho", a veces mezquino y compadecido de si mismo, y otras agresivo y arrogante? Es porque nuestra imagen de nosotros mismos y de nuestra relación con el mundo es falsa. Los cinco sentidos y el intelecto discriminativo nos engañan, mostrándonos un mundo dualista de yo y el otro, de cosas separadas y aisladas, de dolor y lucha, de nacimiento y extinción, de matar y morir. Esta imagen es falsa porque apenas araña la superficie. Es como mirar el octavo de iceberg que emerge del mar y no ser consciente de los siete octavos que se ocultan bajo el agua. Si pudiéramos percibir debajo del cambio constante la realidad subyacente, nos daríamos cuenta de que esencialmente no hay más que armonía, unidad y estabilidad, y de que esta perfección no es diferente del mundo fenoménico de cambio incesante y transformación. Pero nuestra visión es limitada y nuestras intuiciones son débiles.

 

Nuestra mente relativa o Ego, ayudada por el lenguaje, nos engaña también de otras formas. Nos tienta constantemente con distinciones y juicios que nos llevan cada vez más lejos de lo concreto y lo real, al reino de lo especulativo y lo abstracto. Tomemos el caso de un individuo caminando solo que de repente oye el sonido de una campana. Inmediatamente, su mente discriminativa la evalúa como hermosa o extraña, la distingue como la campana de la iglesia o cualquier otro tipo de campana. Las ideas asociadas con otros sonidos similares oídos en el pasado también pueden colarse en la mente mientras analizamos y comparamos. Con cada juicio, la experiencia de la escucha pura se hace cada vez más tenue, hasta que uno ya no oye el sonido sino sus pensamientos respecto a ese sonido.

O llegamos al acuerdo tácito entre nosotros de llamar a un cierto objeto "árbol". Después olvidamos que "árbol" es un concepto arbitrario que de ninguna forma revela la verdadera identidad del objeto. Entonces, ¿qué es un árbol? Un filósofo podría llamarle verdad última; un botánico, organismo vivo; un físico, una masa de protones y neutrones que dan vueltas alrededor de sus núcleos; un artista, una forma única con un colorido que la distingue; un carpintero, un mesa potencial. Sin embargo, para un perro, no es más que un orinal. Todas las descripciones, explicaciones y análisis no son más que una forma de mirar desde cierta perspectiva a algo que tiene infinitas dimensiones. La verdadera naturaleza del árbol es más que cualquier cosa que podamos decir sobre él.

De manera similar, enredamos con el tiempo, dividiéndolo en pasado, presente y futuro, y en años, meses, días, etc. Obviamente esto es muy conveniente, pero debemos recordar que este "trocear" es un procedimiento artificial y arbitrario, el producto de la mente discriminadora que solo discierne la superficie de las cosas. No se tiene en cuenta la intemporalidad. Así, concebimos un mundo conceptual, limitado y muy alejado de la realidad.

 

Necesitamos recuperar nuestra humanidad básica. El orgullo tecnológico ha sustituido el amor a nuestros semejantes, como observa Nhat Hanh. Tenemos que purgarnos del orgullo y del egoísmo. Por encima de todo, debemos regenerarnos moralmente y despertar espiritualmente, y esto significa tomar conciencia de la verdadera naturaleza de las cosas y de nuestras responsabilidades hacia el mundo.

La contaminación del entorno a nivel mundial y nuestro despilfarro de los escasos recursos a través del consumismo, el derroche y la gestión inadecuada hablan elocuentemente de nuestra avaricia e irresponsabilidad. ¿Cuánto tiempo se va a quedar el mundo mirando mientras países como Estados Unidos, con solo el 5 por 100 de la población mundial, consume casi el 40 por 100 de los recursos? La crisis global que ahora estamos experimentando puede muy bien ser la primera señal de rebelión contra esta intolerable situación.

Muchos occidentales están empezando a comprenderlo e incluso nuestros líderes están empezando a decir que debemos alterar radicalmente nuestro estilo de vida. ¿Entienden realmente las implicaciones espirituales que esto implica? ¿Cómo vamos a erradicar la avaricia, la ira y los hábitos equivocados de pensamiento que subyacen a nuestras acciones? ¿Cómo, en otras palabras, vamos a horizontalizar el mástil de nuestro inflado ego colectivo?

Una respuesta obvia es: a través del zen. No necesariamente el budismo zen, sino el zen en el sentido amplio de una mente consciente y concentrada; de una vida disciplinada de simplicidad y naturalidad frente a lo artificial y efectista; de una vida compasiva, preocupada por nuestro bienestar y el del mundo, y no autocentrada y agresiva. Una vida, en resumen, de armonía con el orden natural de las cosas y no en constante conflicto con él.

Los problemas de polución de los que tanto oímos hablar siempre han sido tratados en la formación zen. El zen, después de todo, habla de la polución más fundamental de todas, la de la mente humana. Además, nunca hemos dejado de tener una crisis energética. Esta crisis energética es interna: cómo movilizar la energía ilimitada que está encerrada en nosotros ―cómo escindir el átomo mental, si se prefiere― y usarlo sabiamente para nosotros mismos y la humanidad. Porque la liberación de esta energía lleva al despertar y a la conciencia, no solo corporal y mental, sino también del planeta mismo.