
Las tres verdades de Adi Shankara
Por Pepe Cánovas 17 de julio de 2026La no-dualidad se consolidó en la India durante el siglo IX, antes eran cuatro ideas sueltas, perdidas entre leyendas mitológicas. Adi Shankara fue el Mozart de los místicos, a los dos años escribía en sánscrito, con cuatro recitaba los textos sagrados y a los doce renunció al mundo y se marchó de casa. Adi Shankara fundó monasterios, debatió con las personas más brillantes de su época y dio forma a la no-dualidad, creando una filosofía y un método práctico, pero los inicios suelen ser complicados …
Hacía calor esa tarde. Dev y yo estábamos sentados bajo el pórtico, a la sombra y disfrutando de la corriente de aire frío que procedía del interior del templo, hecho entero de mármol, cuando aquel niño salió de la selva. Iba solo. Vestía la túnica naranja del renunciante. Subió las escaleras y se paró ante nosotros. Llevaba tres rayas horizontales blancas pintadas en la frente, la marca de los fieles de Shiva.
― Hola, me llamo Adi y llevo muchos días caminando. ¿Querríais indicarme dónde puedo hacer mis abluciones antes de entrar?
― Primero tendrás que explicarnos qué pretende un seguidor de Shiva en un templo consagrado a Vishnu ― le preguntó el sacerdote. No creo que Dev le haya prohibido jamás la entrada a nadie, pero le encanta hacerse el intransigente. El niño tragó saliva y dijo:
― Vishnu y Shiva son dos símbolos que apuntan a una misma realidad.
― Tuerce esa esquina y encontrarás dos puertas, la más alejada es la de los hombres ― le indicó Dev. ― No gastes toda el agua.
― Ya estoy limpio ― nos informó Adi al regresar.
― ¿Cómo puedes renunciar al mundo cuando no has tenido tiempo ni manera de saber a lo que estás renunciando? ― me preguntó Dev, ignorándole.
― Quería encontrar a Dios y la manera más rápida de conseguirlo es llevando una vida ascética y contemplativa ― contestó el niño.
― ¿Y le has encontrado?
― Sí.
― Dónde.
― En Benarés.
― ¿Cómo fue?
― Un día fui al templo pero había un intocable en medio de la entrada, impidiéndome el paso igual que estáis vosotros ahora. Le dije que se apartara. Me preguntó qué tenía que apartar, su cuerpo o su Ser verdadero. Le contesté que se dejara de acertijos y se quitara todo él entero. Me respondió que eso era imposible, aunque llevara su Ser verdadero al último rincón del universo, no lograría apartarse un pelo de mi. Aquello me intrigó, dejé de verle como a un desgraciado con ganas de molestar y le pregunté por qué no. Me dijo que no puedes separar al sujeto que conoce del objeto conocido porque son exactamente lo mismo. En ese caso, el sujeto que conoce era su conciencia o Ser verdadero, y el objeto conocido era yo.
― ¿Qué le respondiste?
― Nada, me dejó desconcertado, se me quitaron las ganas de entrar en el templo. Me marché de Benarés y he estado deambulando por ahí, tratando de encontrarle un sentido a las palabras de aquel hombre, hasta que he llegado aquí.
― Entra chaval, estás en tu casa ― dijo Dev, apartándose.
Al rato llegó mi grupo: la maestra, mi mujer y los otros dos. Me quité las sandalias, toqué la campana y entré con ellos. Dev se marchó a sus dependencias. La sala principal es cuadrada y tiene sesenta y cuatro columnas, todas diferentes. Las cercanas a la entrada están esculpidas con motivos florales, creando un paisaje cada vez más frondoso. En las columnas del centro tallaron formas geométricas, que van ganando en complejidad a medida que te adentras en el templo. Las columnas del fondo, por donde solemos ponernos, fueron labradas con imágenes en relieve. Vishnu ha venido varias veces a la tierra para resolver problemas y estas imágenes nos cuentan su historia. Yo me senté al lado de la columna del diluvio universal. En aquella ocasión, Vishnu se encarnó en un pez y avisó al rey de lo que iba a ocurrir. El rey construyó una nave y tomó muestras de semen de todos los animales. Embarcó a su familia, cargó las muestras y enganchó la nave al cuerno del pez, que los condujo a través del diluvio. Adi estaba entre las columnas geométricas, sentado en loto. Mi mujer me preguntó con señas quién era ese y yo le hice el gesto de luego te lo cuento. Me senté en semi loto y me centré en la respiración, imaginando que el aire entraba por mi perineo y me salía por el corazón. La maestra se puso a mi lado y me preguntó en voz baja quién era ese. Le conté lo que sabía.
Cuando conocí a Kunti no se hacía llamar maestra, trabajaba en el mismo arrozal que yo y le encantaba meterse conmigo, era más bruta que un arado. Decía que yo tenía la más fabulosa colección de miedos que jamás había visto, eran tantos que algunos se contradecían entre sí, terminábamos antes descartando lo que no me hacía temblar. Es cierto que yo veía serpientes donde sólo había una cuerda, que hacía malabarismos por evitar un conflicto y que mis ataques de pánico estaban yendo a peor, pero Kunti también era muy exagerada. Me trataba mal y a mí me gustaba. Un día me contó que su abuelo le había transmitido una sabiduría antigua como el mundo y poderosa como el sol, el conocimiento que me daría la rienda de mis emociones, las ruedas. Me prometió que si confiaba en ella y hacía lo que me decía, me volvería tan valiente que sería capaz de matar un tigre a mordiscos. Yo sabía que eso era imposible, quizás con otra dentadura y el animal atado tendría una oportunidad, pero necesitaba creerla, el miedo es muy incómodo. Me explicó que tenemos ruedas en varios puntos del cuerpo y normalmente giran sin problema, pero igual que hay personas cojas o ciegas, otros venimos con una rueda defectuosa. Cuando esta rueda se ensucia, se bloquea y comienza el drama. Kunti me dijo que yo tenía dos ruedas averiadas, la del corazón y la del perineo, y debía limpiarlas antes de hacerlas girar. Estuve un año quitándoles porquería, imaginando que el aire pasaba a través de ellas al respirar, y en ningún momento pensé que las ruedas podían no existir y que estaba haciendo el tonto, había encontrado algo a lo que agarrarme cuando sufría un ataque de ansiedad. Un día empezó a dolerme el corazón. Sólo me ocurría mientras fregaba las ruedas. Se lo conté a Kunti y me dijo que limpiara aún con más fuerza, el dolor desaparecería cuando las dejara relucientes. Así fue. Había llegado el momento de arrancarlas.
Regresamos a casa después de clase de ruedas. Varias personas esperaban fuera a mi mujer, Priya no es médica pero tiene el don de la sanación. Kunti me dio arroz, sal, yogur, leche de búfala y pimienta negra para que hiciese la cena. Le quité el suero a la leche, preparé una hoguera en el patio trasero y volví al templo para pedir fuego. Herví la leche y la dejé enfriando en un cuenco de barro mientras iba al pozo a por agua. Hice más yogur echando un poco en la leche. Limpié la olla y preparé las gachas de arroz.
El sol se ocultaba detrás del templo cuando regresamos para la oración del atardecer. La cúpula es una pirámide escalonada de arenisca, parece una montaña. Dentro olía a sándalo. Adi seguía en la misma postura y en el mismo lugar donde le dejamos. El sacerdote nos leyó textos sagrados y realizó la ceremonia del fuego. Me miró mientras vertía mantequilla en las llamas y me acordé de que me había pedido que le hiciera más. Junté las manos para prometerle que mañana sin falta. Antes, mientras Adi se estaba lavando, Dev me ha comentado que le había impresionado su valentía al decir que Vishnu y Shiva son dos símbolos que apuntan a una misma realidad, llegamos a ser un par de fanáticos y le habríamos sacrificado ahí mismo. Tenía razón, pero lo llamativo era el significado de esa respuesta, su alcance. Cuando acabó la oración, la maestra invitó al niño a cenar.
Tenemos por norma no hablar durante las comidas, si es necesario nos comunicamos con signos. Anusha me hizo el teatrillo de que le costaba masticar, reconozco que el arroz estaba entero para ser unas gachas. Kunti abrió la despensa con la llave que siempre lleva colgada al cuello. Sacó almendras y miel para acompañar al yogur, quería agasajar al invitado. Recogimos y nos fuimos al templo. De noche, la sala principal se ilumina con antorchas y se llena de gente, porque nadie quiere faltar al debate. Dev pidió silencio y anunció que hoy contábamos con la presencia de un joven poeta, a lo mejor nos recitaba algo. Adi se puso en pie.
No soy el blanco ni el negro,
ni el rosa ni el amarillo,
No soy lo sutil o lo denso, lo corto o lo largo.
Mi esencia es el resplandor de la conciencia
y, por tanto, no tengo forma.
Soy la unidad, el sumo bien,
lo Absoluto, lo único que permanece.
― Qué bonito Adi ― le felicitó Dev. ― Parece que el mismo Dios nos esté hablando.
― Lo parece porque lo está haciendo.
― ¿Perdona?
― Que yo soy Dios ― estalló un alboroto, todo el mundo diciendo lo mismo: tan joven y ya está zumbado. Adi subió el volumen. ― Yo soy Dios, tú eres Dios y todos vosotros sois Dios, porque lo único que hay es Dios. Vuestra ignorancia no impide que sea verdad.
― No puedes soltar una blasfemia tan grande, y menos aquí.
― Esta tarde lo he hecho y te ha gustado.
― No, lo que tú has dicho es que la conciencia y de lo que ella es consciente son lo mismo, en ningún momento has mencionado a Dios.
― No hacía falta, estaba hablando de la inviabilidad de la separación, y eso es el Uno sin segundo, el Absoluto, Dios. Aquel que no distingue entre la conciencia y Dios, ni entre el universo y Dios, conoce la verdad.
― Ya es la segunda vez que mencionas la verdad, y no sé de dónde la sacas, desde luego no de los textos sagrados.
― Precisamente de ahí la he sacado, te lo demuestro cuando quieras.
― Mira Adi, a tu edad es normal enamorarse de una idea bonita, pero si abres los ojos verás que la separación es la base del universo. A los presentes nos separa el género, la clase y la edad. Con los animales la distancia se vuelve más grande, y si pensamos en las estrellas ya es abismal. La separación entre nosotros y Dios es inconcebible. Si no existiera, para qué íbamos a adorarle, este templo carecería de sentido.
Adi no abrió la boca más aquella noche, pero no parecía estar reconcomiéndose, había perdido una batalla, no la guerra. Cuando terminó el debate, el sacerdote nos echó a la calle y cerró el templo, ya le han robado más de una vez. Kunti invitó al poeta a pasar la noche en casa, seguro que pensando en captarle. Anusha refunfuñó, le molestaban los invitados y cualquier novedad que la sacara de su rutina, pero buscó una estera de caña para que Adi no tuviera que tumbarse en el suelo de tierra pisada. La cabaña es una sola habitación con paredes de bambú y techo de paja. Kunti se acostó con Ishan y yo me arrimé a la estera de Priya. Me mandó a la mía, ya nunca tiene ganas.
Anusha nos despertó siendo noche cerrada, teníamos que levantarnos ya si queríamos asistir a la oración del amanecer. Adi casi no viene, los niños llevan peor tener que madrugar, pero imagino que tampoco querría quedarse solo. Llegamos al templo y nos separamos por sexos para hacer las abluciones. El baño es pequeño, tiene una tinaja y un cuenco para coger el agua. Me lavé la cara, la boca, las manos y los pies, con eso había cumplido. Otros días me empleo a fondo. Me sequé con la tela que suelo traer. Ishan y Adi no habían traído nada y estuvieron corriendo fuera para entrar en calor.
Hoy éramos diez fieles en total. La oración del amanecer es la menos concurrida de las tres ceremonias que se celebran a diario en el templo, aparte hay bodas, funerales y festividades. Dev leyó unos textos sagrados y se metió en la cámara sagrada para vestir a Vishnu mientras nosotros cantábamos himnos. En la cámara sagrada sólo pueden entrar los sacerdotes, pero una vez me la enseñó. Hay una escultura de brillante piedra negra que representa al dios. Está de pie, tiene cuatro brazos y lleva un gran sombrero. Parece que baila.
Desayunamos en silencio, pan frito y una rodaja del melón que nos dieron ayer. Me hubiera gustado comentar el debate de anoche. Nunca he entendido la regla de no hablar, al final nos comunicamos igual, aunque sea por signos, y tenemos que oír los ruidos que hace Ishan al masticar. Para distraerme intenté recordar el poema de Adi. Sólo me acordaba de los colores del principio y de los dos últimos versos. Dev tiene razón, sus ideas son lo más absurdo que he oído jamás, el mundo colapsaría si no hubiera separación, pero me gustaría seguir escuchándole. Al terminar de desayunar, Kunti le ha ofrecido alojamiento y pensión completa mientras quiera. El niño ha aceptado agradecido.
Teníamos clase y Adi vino al templo con nosotros. Yo me senté cerca de la columna del enano. Sus imágenes en relieve cuentan la historia de un demonio que conquistó la tierra no hace demasiados años. Vishnu fue a verle encarnado en un hombre con acondroplasia y le pidió cuanto pudiera abarcar dando tres pasos. Al demonio le hizo gracia la petición y se la concedió. Vishnu se transformó en gigante. Con el primer paso abarcó el cielo, con el segundo la tierra y con el tercero hundió al demonio en el inframundo. Respiré trece veces para quitarle el polvo a mis ruedas. Arranqué la del perineo, haciéndola girar paralela al suelo. Luego puse en marcha la del corazón, rodándola en vertical. Con las ruedas moviéndose me balanceo como un carromato. Cuando aprendí esta práctica, soñaba que un día giraría tan rápido la del perineo que me elevaría levitando, y podría ir a donde quisiera usando la del corazón como timón. Ahora sé que esto no va a ocurrir. Dejé las dos ruedas girando y me concentré en las que tenemos en las manos. Kunti se las había recetado a mi mujer para que aceptara la mediocridad de la vida.
Priya siempre ha sido una ilusa. En el arrozal trabajaba sin parar creyendo que el dueño se fijaría en ella, se enamorarían y casarían. No disimuló su rabia cuando se enteró de que su marido iba a ser yo. Tuvimos cinco hijos y durante los primeros años se tranquilizó, los bebés le fascinan hasta que empiezan a andar, menos mal que mi suegra estaba ahí. Dejamos a los niños con su abuela y Priya volvió al arrozal. Esta vez le dio por buscar pepitas de oro mientras cultivaba. Yo conocía ya a Kunti y pensé que no tendría piedad con ella, pero le dijo que su necesidad de poder, admiración y riqueza no se debía a que fuese estúpida y vanidosa como afirmábamos todos, sino a un trastorno narcisista de la personalidad a causa de una avería en las ruedas de las manos. Mi mujer las limpió con la respiración y Kunti le enseñó la manera de hacerlas girar más rápido: juntar las palmas sin que se tocaran y frotarlas despacio, arriba y abajo. Priya decía que notaba como si una fuerza brotara entre sus palmas, pero yo no la creí hasta aquel día que me dolía la barriga. Me puso las manos encima y sentí calor, después alivio. Aquello fue mejor que encontrar una pepita, era la mina entera. Nos volvimos locos, Priya soñando que curaba enfermedades a la realeza, Kunti y yo con largarnos del arrozal.
La maestra se sentó conmigo y me preguntó por qué no estaba trabajando con mis ruedas. No sé cómo había podido adivinarlo porque nada en mi postura delataba que estaba con las de las manos, aunque tengo una teoría. Le dije que me había vuelto el dolor del corazón. Así no se va a curar, me respondió. Lo que nunca le he contado, porque me da vergüenza, es que no puedo estar todo el día girando la rueda del perineo, me volvería un sátiro si lo hiciera. Descubrí sus poderes afrodisiacos después de que Priya se volviese casta y pura, consuelo de los enfermos y luz de los afligidos. Mi mujer es una santa y cada día le sobro más.
Kunti me dio espinacas, comino y arroz para que preparara la comida. Lo sacó de la despensa, un agujero en el suelo de la cabaña, oculto bajo una estera y tapado mediante una tabla cerrada con llave. Ahí guardamos lo que Priya obtiene con su trabajo, principalmente grano, legumbres, especias y sal, pero también fruta, verdura, leche y aceite. Alguna vez han pagado con dinero o joyas. Me fui al pozo a por agua, en la plaza mayor de la aldea. El río que bordea el templo es peligroso, nunca nos acercamos. Por las mañanas suele haber cola en el pozo y estuve charlando con unas vecinas. Querían saber qué tal es Adi en persona, de dónde procede y si participará esta noche en el debate. Después fui al templo a pedir fuego. Cocí el arroz en abundante agua con sal, lo escurrí y lo reservé en una fuente de barro, protegido con hojas de plátano. Mientras las espinacas hervían, cogí una parte de la leche que había dejado ayer fermentando y la batí para hacer mantequilla.
A mediodía hemos ido al templo para la ofrenda de flores a Vishnu. Adi seguía rezando. Dev nos ha leído unos textos sagrados y hemos dado quince vueltas alrededor de la cámara sagrada. En la comida he tenido un roce con Anusha. Estábamos sirviendo el arroz y las espinacas sobre hojas de plátano cuando nos hemos dado cuenta de que no había suficientes hojas para todos. Ella se ocupa de recolectarlas y se ha excusado diciendo que no había contado con que tendríamos un invitado, y que además yo gasto muchas cuando cocino, pero que no nos preocupáramos porque ella comería sobre una hoja usada. Siempre haciéndose la víctima. Después Adi y yo nos hemos ido al templo. Él ha entrado y yo me he quedado en el pórtico, esperando a que saliera Dev, pero debía estar durmiendo la siesta.
En clase me he sentado detrás de la columna del jabalí. Hace miles de años, un demonio robó la tierra y la enterró en el lecho de barro que cubre el fondo del océano cósmico. Gracias a su olfato, Vishnu la encontró y nos salvó. He limpiado mis ruedas y las he puesto a rodar. Me encanta la vibración que me producen, es una sensación de bienestar de la que jamás me cansaré. Un día le pregunté a Kunti en qué dirección debían girar. Me dijo que las llamamos ruedas por un error de apreciación, pero en realidad son esferas y pueden girar en cualquier plano y dirección. Ishan estaba sentado enfrente de mí y parecía muerto de gusto. Tiene tal dominio sobre su rueda del estómago que hacerla rodar le provoca orgasmos. Le conocimos un año después de marcharnos del arrozal, cuando íbamos de pueblo en pueblo curando a quien se dejaba. Ya sabíamos que nunca nos haríamos ricos ni daríamos a nuestros hijos una vida mejor. El talento de Priya es moderado, puede quitarte una molestia pero no vengas con enfermedades serias. Kunti promocionaba las ruedas después de las sanaciones, con escaso éxito. Si hubiera nacido hombre ahora tendría decenas de discípulos. Un día había unos paletos molestando, diciéndole que se dejara de historias y enseñara las ruedas, refiriéndose a sus pechos, cuando Ishan los calló a golpes. Nos contó que era mercenario y que estaba en un periodo de entre guerras. Su entrada en el grupo endiosó a la maestra. También se multiplicaron los conflictos, hacíamos más daño del que reparábamos. Kunti le hizo ver que su odio discurría a dos niveles: por encima detestaba ligeramente a toda la humanidad, por debajo aborrecía profundamente a los que se cruzaban en su camino. Le recetó las ruedas de los pies para soportar el aburrimiento de tratar con los demás, y la del estómago para combatir las ganas de matar. Ishan empezó a llamarla maestra y nos lo impuso al resto.
La maestra se acercó al guerrero y empezaron a cuchichear. Lo mejor de estas clases es que son particulares. Estoy seguro de que Kunti no le ha contado a nadie qué ruedas tengo averiadas ni qué problema acarrean. Al final todo se sabe, pero no es culpa suya que seamos unos bocazas. Hay maestros que sí hacen terapia de grupo, exponen tus vergüenzas y dejan que cualquiera opine, como si pudieran meterse en tu pellejo y supieran lo que más te conviene. Dios me libre de caer en sus garras. Kunti dejó a Ishan y se sentó a mi lado, sin decir nada. Mi teoría es que sincroniza sus ruedas con las mías, hace que rueden igual y así averigua cómo debe corregirme. Mi maestra es maga.
Al volver a casa me dijo que hiciera lentejas para cenar. Le respondí que ya las había hecho ayer para comer, que llevábamos cuatro días seguidos comiendo lentejas. Abrió la despensa para ver qué más había. Me llegó un olor a setas y se las pedí. Me contó que no servían para cocinar, eran medicinales y las había puesto a secar. Tenemos un montón de lentejas, me dijo, hay que darles salida, inventa algo diferente. Molí las legumbres con una piedra, mezclé la harina resultante con suero de leche, asafétida y sal, hice palitos del tamaño de un dedo con aquella pasta y los freí en mantequilla. Hoy había quince personas esperando a que Priya les atendiera. Ishan se encarga de poner orden en el exterior de la cabaña, les hace estar en fila de a uno aunque vengan juntos. Mi mujer no soporta la sangre y los pacientes con heridas son redirigidos a la medicina oficial. Kunti se ocupa del tema económico. Acepta cualquier tipo de donación, también cuando pagas con nada. Priya escucha al enfermo, le pone las manos donde le duele y luego donde le lleva su instinto. Le dice que vuelva si continúan las molestias.
He mirado al techo durante la oración del atardecer, una cúpula de círculos concéntricos que se van haciendo más pequeños a medida que se elevan, adornados con flores de loto. El único lugar del templo sin decoración es el espacio sobre la cámara sagrada que representa al Uno sin forma. Después nos hemos ido a cenar. A Anusha no le han gustado mis palitos de lentejas, me lo ha contado en tres actos. Primero ha representado el chisporroteo de la fritura agitando los dedos hacia arriba. Después ha reclinado la cabeza sobre sus manos para hacerme saber que la tragedia se desencadenará cuando se vaya a dormir. Finalmente ha puesto cara de intenso sufrimiento mientras se tocaba la barriga. Si por ella fuera lo comeríamos todo hervido, aparte de que no soporta que yo sea el cocinero. Ishan y Kunti también se han peleado en la cena, lo suyo ha sido un intercambio de gestos feos y palabras sordas. No me he enterado de por qué discutían, luego se le preguntaré a Priya. Ojalá habláramos en las comidas, igual que las personas normales. Me cabrea este rollo místico impostado, esta obligación de ser sagrados a todas horas, porque lo hagan otras sectas no tenemos que hacerlo también nosotros, no nos ha traído más discípulos. Menos mal que ahora era el debate, un atracón de gente hablando. No cabía un alma en la sala principal, pero veníamos con Adi y nos han abierto paso. El sacerdote ha pedido silencio y que disculpáramos la confusión que reinaba en la mente del joven poeta, sin duda producto de la falta de separación entre sus ideas. Cuando la gente ha terminado de reírse, le ha ofrecido recitar un poema. Adi se ha levantado.
El Ser es omnipresente, omnisciente;
existe por sí mismo, Uno sin segundo.
Esta es la verdad última.
Todo el universo, considerado distinto al Ser,
no es sino ilusión, vacuidad.
Soy la unidad, el sumo bien,
lo Absoluto, lo único que permanece.
― ¿De verdad yo soy Dios? ― le preguntó Dev.
― Todo apunta a que sí.
― Entonces por qué no me siento omnipresente ni omnisciente. Por qué, por muy estupendo que a veces me crea, lo que al final quedan son mis limitaciones.
― Porque estás jugando contigo mismo al escondite. Como se aburría, Dios se desprendió de su divinidad. Tu alma es Dios envuelto en capas que le hacen creer que es un cuerpo que morirá, una mente que...
― Es al revés, Adi ― le interrumpió Kunti. ― Es el alma la que envuelve al cuerpo y a la mente. El alma está compuesta por una serie de ruedas ― se oyeron risas y alguien pidió que no volviera a sacar las malditas ruedas. ― Burlaos si queréis, pero trabajar en ellas limpia la mente y fortalece el cuerpo ― continuó la maestra, le encanta ser una incomprendida.
― Yo nunca me burlaría de las ruedas ― respondió Adi. ― Son un gran paso respecto a los que sólo creen tener cuerpo y mente, pero no es suficiente, no has llegado al fondo de la cuestión. Por muy fascinantes que te resulten, sólo son objetos conocidos, no el sujeto que las conoce, tu conciencia o Ser verdadero.
― Las ruedas son mi Ser verdadero ― sonaron abucheos y gritos de vete a tu casa. Ojalá Kunti aprendiera a mantener un perfil bajo. Ishan parecía indiferente, Dev se divertía como un niño, y Priya y yo no sabíamos dónde meternos.
― De verdad que comprendo tu fascinación por ellas. Da mucho gusto ronronear como un gato, pero sólo es una experiencia, tienes que ir más allá. ― Ishan y yo nos miramos. Nunca conectamos pero esta vez Adi había dado en el clavo y los dos lo sabíamos, eso éramos con las ruedas, gatitos disfrutando.
Me fui a la cabaña antes de que terminara el debate. No lograba dormirme y escuché cómo iban llegando los demás. Ishan fue el último, preguntando dónde estaba el niño.
― Ni idea pero a mi no me mires ― respondió Kunti. ― Tan delicada no soy.
― En el templo no se ha quedado ― intervino Priya. ― He visto cerrar a Dev.
― He sido yo ― confesó Anusha. ― Le he dicho que se buscara otro sitio donde vivir, no siente lo mismo que nosotros por las ruedas y nunca formará parte del grupo. ― El guerrero entreabrió los labios y dejó escapar un gemido, debía estar girando la rueda del estómago para no estrangularla aquí mismo.
― Sabe cuidarse muy bien, no le va a pasar nada.
― Como le haya pasado algo, te vas a enterar ― dijo Ishan, marchándose.
Al día siguiente me desperté el primero. El guerrero no había vuelto. Le dije a Priya que me iba ya, que las vería en el templo. No había nadie en el baño. En teoría hay que lavarse antes de cada práctica religiosa, pero aquí lo hacemos una vez al día porque no nos sobra el agua. Los jóvenes del pueblo se encargan de llenar las tinajas. Estaba secándome cuando han entrado Ishan y Adi. El guerrero me ha dicho que abandona el grupo, que no cuente con él para las comidas. No he prestado atención a Dev durante la oración del amanecer, tenía la cabeza en otro lado. Mi mujer me contó anoche que Kunti ha perdido el hijo que estaba esperando, que no es el primero que pierde y que Ishan cree que lo hace adrede. Está claro que Adi ha despertado su instinto paterno. Al final de la ceremonia, Dev ha pedido voluntarios porque se acerca el festival de las Luces. Me he ofrecido para hacer los dulces. Kunti ha levantado la mano para decorar el templo con rangolis y toranas, y se ha quedado esperando a Priya porque el año pasado lo hicieron juntas, pero mi mujer se ha desentendido del tema. Hemos desayunado pan frito y unos mangos que nos dieron ayer. Ha sido agradable no poder hablar.
Ishan y Adi continuaban en el templo cuando hemos ido a clase. Estaban entre las columnas vegetales, lejos de nuestra zona habitual. Krishna es la encarnación más popular de Vishnu, el niño-Dios que nació sin contacto sexual previo y nos trajo el amor y la alegría. Fueron tantas sus hazañas que hacen falta varias columnas para contarlas. Me he sentado junto a la de la princesa. Un noble que se creía muy gracioso intentó desnudar a esta chica en medio de la corte, pero Krishna hizo que su sari no terminara nunca, protegiéndola de la humillación y la deshonra. Kunti estaba en su mundo y no se ha acercado a nadie en toda la clase. He trabajado mis ruedas y después me he centrado en la de la coronilla. Nunca he hablado de ruedas con Anusha, pero sé que esta es la suya porque se toca ahí cuando se le acerca Kunti. Probándola, he llegado a la conclusión de que sirve para ahuyentar la tristeza, encajar los golpes que te da la vida y mirar siempre su lado bueno. En definitiva, para no ser un cenizo como Anusha. También he sabido por qué nunca levité, esta rueda es la que tiene el poder de propulsarte, la del perineo te agarra al suelo. Lástima que ya no tenga las ganas de antes, cuando dormíamos cada noche en un sitio distinto, si hubiera sabido esto entonces a lo mejor ahora estaría volando.
Llegamos a esta aldea hace tres años. Priya trató a los enfermos y la maestra predicó su doctrina. Una espectadora le preguntó qué rueda tienes que girar cuando lo has perdido todo. La familia de Anusha había muerto en el incendio que destruyó su vivienda. Le ayudamos a reconstruirla porque Kunti estaba cansada de la vida errante y el lugar era perfecto, un pueblo pequeño al lado de un gran templo, con afluencia de visitantes. Dev ridiculizó las ruedas en el primer debate al que acudimos, dijo que en términos espirituales éramos como niños necesitados de juguetes. La maestra fue inteligente y agachó la cabeza, aunque en privado comentaba la madurez de sus ceremonias y vestimentas. Yo le traía comida y nos hicimos amigos. También traté de acercarme a Anusha, pero fue imposible. Le reconozco una virtud, si le duele la rodilla es porque una cobra se ha metido en casa, la encuentra y la echa. Desde el principio nos acostumbramos a asistir a las ceremonias que oficia Dev. A cambio, él nos deja tener las clases en el templo, seguramente porque parece que estamos rezando. Nunca he intentado convencerle de la importancia de las ruedas, me da igual lo que piense y como ciencia es confusa. Su número es un misterio, las principales son siete pero nosotros manejamos once, aunque es posible que lleguen a cientos e incluso miles. El tamaño también varía, las hay minúsculas y otras más grandes, pero todas se expanden al aumentar la velocidad de giro. Kunti dice que cada rueda tiene un color y que las principales forman el arcoíris, pero Ishan ha visto muchos cuerpos abiertos, muertos y medio muertos, y ninguno le ha dado esa sensación.
Nos estábamos quedando sin pan frito y he hecho más con harina de lentejas. Para comer he preparado unas lentejas con cilantro. Las estaba cocinando cuando Kunti me ha dicho que había un paciente con un hueso roto y asomando, Priya no le iba a atender y el guerrero no estaba. Ha sido horrible convencerle de que no había venido al lugar adecuado. En la oración del mediodía hemos visto a Adi y a Ishan. Les he dado lentejas, ya que también llevaba para Dev. En la comida hemos recuperado la costumbre de conversar, aunque ha sido un monólogo de la maestra. Nos ha explicado que el poeta padece la más nociva de las locuras, la que te incita a seguirle y acabas sin nada en medio de la jungla, preguntándote cómo pudiste creer que un niño, una persona a medio formar, iba a saber guiarte. Y lo primero que hará será quitarnos las ruedas que tanta paz nos han dado. Estaba cansado y he dormido siesta.
En clase me he sentado frente a la columna de Rama. En esta encarnación, Vishnu fue un príncipe decepcionado con el mundo, un heredero al trono más centrado en sus inquietudes espirituales. Tuvo que aparcarlas cuando su madrastra le desterró. Rama organizó en el exilio un ejército de monos y recuperó el reino. He trabajado un rato con mis ruedas, pero necesitaba algo más fuerte y he cambiado a las del tercer ojo, siempre tan esquivas. Priya se aficionó a las drogas cuando se cansó de la maternidad. Yo trabajaba todo el día, los niños estaban con su abuela y ella se juntó con quien no debía. Se volvió una politoxicómana, no le hacía ascos a nada, aunque por aquí abunda el opio y el hachís. Un día tuvo una sobredosis de datura y casi se muere. Decidimos que volviera al arrozal. Kunti le enseñó el tercer ojo antes que las ruedas de las manos, le prometió una droga amiga, un sucedáneo inofensivo y controlable. Desde entonces se porta bien, dice que no echa de menos algo que la ponga del revés.
Estaba dorando unas berenjenas para mezclarlas con yogur y cúrcuma, mientras me preguntaba si yo sería capaz de abandonarlo todo y seguir a Adi. Las ruedas no han sido el milagro que Kunti me vendió, los tigres pueden estar tranquilos conmigo, pero me han dado una actitud que no tenia y ya no voy pidiendo perdón por haber nacido. Por otro lado, hace tiempo que no aprendo nada nuevo con ella. De camino a la oración del atardecer, Priya me ha reconocido que está pensando lo mismo, el chico va a llegar lejos y le gustaría acompañarle, pero no sabe cómo dejar a Kunti. En la cena hemos vuelto al silencio, todo lo contrario que en la sala principal del templo, donde el público estaba más alborotado que nunca. Dev ha amenazado con cancelar el debate si no mostraban el debido respeto por este lugar. Cuando se han calmado, le ha dado la palabra al poeta.
En verdad el Ser no puede definirse
ni siquiera como uno,
ya que ¿cómo podría surgir otro de Aquello?
Está más allá de los opuestos: absoluto y relativo,
y no se puede decir que sea el vacío,
y menos aún que sea alguna cosa.
Es en esencia no-dualidad.
Por eso puedo hablaros ahora de Aquello
que han proclamado los textos sagrados.
― Vaya lío, Adi ― dijo Dev. ― Al principio dices que no puedes definir al Ser, y al final que ahora ya nos lo vas a contar. En serio, aclárate.
― Intento expresar una evolución, la persona que habla al final no es la misma que la del principio, ha recorrido un camino y al hacerlo ha cambiado.
― ¿Y qué camino es ese? ¿A dónde te ha llevado?
― Al punto de partida, el mundo, porque es un camino de ida y vuelta. Primero te marchas, abandonas el mundo desechando los objetos a tu alrededor: físicos, mentales o de la naturaleza que sean ― dijo mirando a Kunti, que se limitó a sonreír. ― El camino de ida consiste en ignorar lo que no sea conciencia, meditando en su silencio.
― Ya, bueno, ese camino lo ha recorrido mucha gente antes que tú. ¿Y sabes qué? Que la mayoría acaban cazando grillos. Absortos en el silencio de la conciencia, convencidos de que sólo existe Dios y el mundo es una ilusión, llegan a la conclusión de que no tiene sentido luchar por nada ni por nadie. Es una doctrina horrible y cuando madures lo comprenderás.
― Por eso tienes que volver, si te quedas ahí no consigues nada. Pero si vuelves, descubrirás que el mundo no es el mismo que dejaste, ahora rebosa de significado y presencia, todo cuanto ves son manifestaciones de Dios. El propósito del viaje interior no es huir del mundo, sino habitarlo plenamente.
― ¿No sería más sencillo hacer directamente el camino de vuelta? ― preguntó uno.
― Los caminos de ida y vuelta son complementarios, hacer sólo uno te lleva al error. Si no vuelves te ocurrirá lo que ha dicho Dev. Pero si te saltas el de ida, irás por ahí repartiendo paz y amor de pacotilla, te creerás iluminado sin estarlo.
El debate fue más tranquilo de lo esperado. Regresamos a casa y me acosté pronto. Me desperté en mitad de la noche. Priya no estaba. Pasó un rato y ella no volvía. Salí. No se había ido lejos, estaba contemplando un árbol. Me contó que las hojas estaban vivas. La miré atentamente y su expresión de felicidad se convirtió en culpabilidad, iba más puesta que un piojo. Le pregunté qué se había metido. Me dijo que unas setas que le había dado Kunti. Volví a la cabaña. No me hizo falta entrar, ella estaba saliendo. La llamé cabrona. Me pidió que bajara la voz y me llevó a otro árbol. Le dije que mañana nos marcharíamos y que se quedaría sola, peor que sola, con Anusha. Saqué el rencor que llevaba dentro: las humillaciones en el arrozal, tener que llamarla maestra, no poder hablar en las comidas, este fracaso de secta. No me interrumpía, no se defendía, sólo me miraba raro. Mi rueda del perineo giraba como una peonza. De repente nos estábamos besando, la de veces que he soñado este momento. Le metí mano cuanto pude pero no me dejó desnudarla, me prometió que mañana seguiríamos, hoy debíamos cuidar de Priya.
He realizado mis abluciones matutinas sabiendo que ni bañándome en el Ganges limpiaría mis pecados. Estaba secándome cuando ha entrado Ishan y me ha dicho que por la tarde se van. Adi quiere conocer a un sabio, o a lo mejor es el sabio quien le quiere conocer a él, no ha sido fácil entender al guerrero porque jadeaba sin parar, creo que anoche vio algo. Al terminar la oración he informado al grupo. Hemos desayunado en silencio, pan frito y ciruelas. Priya miraba a Kunti con los mismos ojos que yo, deseando que se repita lo de ayer. En clase me he sentado delante de la columna de Buda. No conozco su historia, los relieves fueron borrados. Según Dev, lo hizo un budista cuando se enteró de que su maestro era de origen divino y jamás podría alcanzarle, pero también he oído que hay hinduistas que no consideran a Buda una encarnación de Vishnu, ya que afirmó que los textos sagrados sólo son textos. Kunti me ha dicho que girara mis ruedas como si las envolviera una cadena y dependieran la una de la otra.
En la cocina he rozado el desastre. Tenía la cabeza en otro lado mientras estaba friendo las judías verdes con un poco de azafrán, y he echado el arroz sin haber retirado antes la verdura ni llenado la olla con agua. No sé el tiempo que he estado removiendo esa mezcla, no era consciente de la que estaba liando, y cuando me he dado cuenta he añadido el agua que tenía a mano, la justa para cubrir el arroz. Estaba convencido de que no habría suficiente para cocinarlo y me he ido al pozo corriendo, no sin antes bajar el fuego quitando unas ramas. Cuando he vuelto se había consumido toda el agua pero no olía a quemado. He probado el arroz y estaba un poco duro, pero me ha dado pena echar más agua. He retirado la olla del fuego y la he tapado con hojas de plátano, confiando en que se terminaría de hacer así. Kunti me ha visto guardando la mitad para Dev, Ishan y Adi, pero no me ha dicho nada. Hemos comido después de la oración del mediodía y parece que les ha gustado, Anusha se pasaba la lengua por el labio superior. Luego he venido al templo. Estaba en el pórtico, esperando a Dev, cuando ha llegado el poeta.
― Qué rico estaba el arroz, has metido el sabor de la verdura dentro de cada grano.
― Gracias, es una nueva receta que me he inventado. Me pregunto qué tal estará con pollo o incluso con pescado.
― Ya, bueno, yo venía a despedirme ― Nos hemos deseado suerte. A lo mejor esperaba que me fuera con él, pero no puedo abandonar a las chicas. Tampoco quiero, me gusta dormir bajo techo, comer caliente y venir al templo ochenta veces al día, no voy a renunciar a todo lo que he logrado en la vida por una idea bonita que me viene grande. Decidí sincerarme.
― No entiendo la no-dualidad, no sé por dónde cogerla.
― Prueba a tener siempre presente tres simples verdades: Dios es lo único real, Dios es el mundo, el mundo es una ilusión.
― Pero eso es absurdo, ¿no lo ves? Las tres a la vez no pueden ser verdad, se están pisando entre sí.
― Ahí radica el poder de tu conciencia, eres tú quien elige vivir en el absurdo cada vez que percibes separadamente los fenómenos del mundo. Divide y crearás ficción, une y encontrarás a Dios ― Adi sonrió y se marchó, dejándome aún más confuso.
En clase me senté al lado de la columna del jinete. Esta encarnación no ha ocurrido todavía, es una profecía, se cumplirá cuando el mal cubra la tierra por completo. Vishnu vendrá montado en un caballo blanco, al mando de un gran ejército y aconsejado por un loro que lo sabe todo. Derrocará el imperio de la corrupción e iniciará la era de la verdad. Espero no verlo. Limpié mis ruedas y traté de contemplar el silencio de la conciencia, como dice Adi, pero si lo contemplé no me enteré, me faltaban instrucciones, no es como cuando te asomas al pozo, que tampoco ves nada pero sabes que estás mirando al vacío. Estábamos solos en el templo: Priya a mi izquierda, Anusha justo delante y Kunti enfrente. Me concentré en la coronilla de Anusha, esperando un destello violeta que me confirmara la existencia de las ruedas. En circunstancias normales me habría acordado del último comportamiento siniestro de Anusha y lo habría diseccionado, pero después de lo que me había dicho Adi no tenía ganas. Ella es un fenómeno más de este mundo y debo aceptarla aunque me produzca rechazo. Sentí que me desplazaba hacia delante y el templo se oscureció. Una horrible tristeza se apoderó de mi. Miré a Kunti buscando ayuda y otro desplazamiento me llevó a su posición, estaba dentro de la conciencia de mi maestra. La luz había vuelto con fuerza, era azulada, fría. Sentí cómo percibía a los demás y envidié su ausencia de culpa. Quise saber cómo era ser Priya y me desplacé a su posición. La realidad adoptó tonos pastel, con líneas bien definidas y ausencia de sombras. Me habría quedado a vivir aquí pero tenía curiosidad por Dev. Estaba en su habitación, eligiendo qué se iba a poner para la oración del atardecer. El sacerdote veía fenomenal a ras de suelo, ahí no se le escapaba un detalle, pero su cuello tenía tope, era incapaz de alzar la vista.
La clase terminaría pronto y me faltaba una conciencia por visitar. Le encontré caminando por la selva, Ishan delante abriendo paso. Sólo pude ver un instante antes de volver a mi cuerpo, Adi me había descubierto. No es agradable que hurguen en tu conciencia y pensé en disculparme, pero lo que me salió del alma fue esto: No seas cutre chaval, que yo no lo he sido contigo, enséñame lo que tú ves. Salí disparado hacia arriba, superé las copas de los árboles y atravesé las nubes. El cielo se oscureció. Contemplé la curvatura de la tierra y el predominio de los océanos. Rocé la luna y perdí el mundo de vista. El sol dejó de deslumbrarme, se convirtió en una estrella más, había millones y formaban una franja resplandeciente que también quedó atrás. Vi monstruos de polvo y luz que nadie creería, seres gigantescos que el vacío se tragó. Me preocupaba cómo iba a volver a casa cuando me di cuenta de que estaba mirando dentro de mí, de que yo era todo eso. Entonces lo vi, y era tan definitivo, indescriptible, verdadero y Absoluto, que ahí mismo se me acabaron las palabras.
Bibliografía:
- Libros
- Sankara, visión advaita de la realidad, de Consuelo Martín
- La búsqueda del Absoluto, escritos y enseñanzas de Ramana Maharshi y Shankara, de Patrick Mandala
- Introducción a los chakras, de Dominique Coquelle
- Internet
- La mística no-dual: un nuevo paradigma - El pensamiento no-dual del Vedanta Advaita, de Luis Villavicencio
- Shankara - La realización espiritual, de Enrique Rojas
- Atma bodha - Conocimiento del Ser, de Shankara, traducido por Consuelo Martín
- Historia de la gastronomía india, de Virginia García
- Consulta en la Wikipedia, para las encarnaciones de Vishnu y el diseño del templo
- Preguntas a la IA sobre la vida en la India en el siglo IX