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Encuentro con Rupert Spira (V)

Barcelona - Septiembre 2012
Rupert Spira

Rupert Spira: ¿De qué manera, cómo es posible que seamos conscientes, que conozcamos nuestra experiencia? Por experiencia me refiero a pensamientos, ideas, sentimientos, sensaciones corporales, vistas, texturas, sonidos, olores, sabores... ¿Cómo es, de qué manera somos conscientes de todo esto? Ahora mismo la mayoría de nosotros tenemos pensamientos, ¿qué es eso que es consciente o que conoce esos pensamientos? Todos estamos experimentando sensaciones corporales; por ejemplo la sensación cosquilleante en tus manos o en tus pies. ¿Qué es eso que es consciente o que conoce la sensación cosquilleante? Todos estamos oyendo estas palabras o estamos viendo esta habitación —si nuestros ojos están abiertos—, sentimos la temperatura del aire en nuestra piel... ¿Qué es eso que es consciente o que conoce esas sensaciones y esas percepciones?

Sea lo que sea es aquello a lo que nos referimos cuando decimos yo. Este yo que es consciente de mis pensamientos y de mis sentimientos. Este yo que es consciente de la sensación cosquilleante de mis manos o de mi cara. Este yo que es consciente de esos sonidos, vistas, de las sensaciones táctiles... ¿Qué es este yo? ¿Cuál es su naturaleza?

Todo lo que podemos decir acerca de él está basado en nuestra experiencia íntima y directa. Nuestra cultura nos ha dicho muchas cosas acerca de ese yo, acerca de nosotros mismos; pero si dejamos a un lado todas esas ideas que nuestra cultura nos ha dado acerca de nosotros, de nuestro ser mismo y vamos directamente a nuestra propia e íntima experiencia, ¿qué es lo que podemos saber con certeza acerca de nosotros mismos? Toda nuestra vida gira en torno a este yo; así que estaría bien saber al servicio de quién está nuestra vida entera.

Sea lo que sea lo que yo soy, no estoy hecho de pensamientos. Es muy fácil comprobar esto. Tan sólo en los minutos que llevamos aquí decenas de pensamientos han aparecido y desaparecido; pero yo, aquel que es consciente de todos esos pensamientos, no aparezco o desaparezco con ellos. El yo permanece presente mientras que los pensamientos van y vienen y, por lo tanto, no puedo estar hecho de un pensamiento. Lo mismo con las percepciones y sensaciones que llamo mi cuerpo, todas aparecen y desaparecen. Puede que tengamos una idea de un cuerpo permanente, pero todo lo que realmente experimentamos de ese llamado “cuerpo permanente” tan sólo son sensaciones y percepciones impermanentes. En otras palabras, el cuerpo que actualmente experimentamos, el único cuerpo que verdaderamente conocemos, está siempre apareciendo y desapareciendo pero, yo, aquel que es consciente de esas sensaciones y percepciones impermanentes no aparezco ni desaparezco con ellas; yo permanezco presente. Las sensaciones y percepciones aparecen y desaparecen y, por lo tanto, yo no puedo estar hecho de una percepción o de una sensación. Algo que está siempre presente en nuestra experiencia real no puede estar hecho de algo que es intermitente.

Así que, ¿de qué estoy hecho? ¿Cuál es mi naturaleza real? No digas “no lo sé”. Tú te conoces a ti mismo más íntimamente de lo que puedas conocer cualquier cosa. Ahora tan sólo refiérete a tu experiencia íntima y directa. Intenta encontrar en ti mismo a qué se refiere la palabra yo. Y si intentáramos decir algo cierto acerca de nuestro ser, de nuestro yo, no algo que creamos que es cierto, no algo que se nos ha dicho que es cierto, sino aquello que conocemos ser absolutamente cierto por experiencia directa, ¿qué diríamos entonces? Intenta pensar un pensamiento que sea cierto acerca de ti mismo. Felizmente ya te has dado cuenta de que no puedes estar hecho de un pensamiento, de una percepción o de una sensación; intenta tener un pensamiento que sea cierto acerca de ti mismo.

Observa que casi todo lo que el pensamiento pueda decir acerca de nosotros no se refiere, de hecho, a nosotros ni nos describe; sino que describe los pensamientos, los sentimientos y las percepciones de los que somos conscientes. Entonces, como consecuencia de ello, dice cosas como: yo soy un hombre, soy una mujer, yo soy inteligente, yo no soy inteligente, soy español, soy francés, soy alto, soy bajo, soy viejo, soy joven... Pero todos estos pensamientos se refieren a sentimientos, sensaciones, percepciones o ideas. En otras palabras, tan sólo describen lo que son la mente y el cuerpo o al menos lo que parecen ser, pero no nos dicen nada acerca de nosotros mismos, no nos dicen nada acerca de yo: aquel que es consciente de todo eso. Así que deja todos esos pensamientos a un lado y vuelve a la experiencia de ti mismo, la cosa más íntima que conocemos y que obviamente no es una cosa. Aquello que ha estado contigo durante toda tu vida y, pregúntate otra vez: ¿qué puedo decir con absoluta certeza de mí mismo?

Lo primero que sabemos con certeza absoluta es que sea lo que yo sea, soy; en otras palabras, estoy presente. El ser es inherente en mí y este yo no solamente está presente, sino que también es consciente. No estoy diciendo algo que sea muy místico o extraordinario; de hecho, lo que estoy diciendo es más simple y ordinario que decir que dos más dos son cuatro. De hecho nos lo deberían haber dicho en la escuela antes de decirnos que dos más dos son cuatro, que mi esencia natural es simplemente de ser, y de ser consciente. Yo soy, y el yo que yo soy es consciente de que yo soy.

Intenta girar tu atención hacia ti mismo. Intenta girar tu atención hacia este ser simple y consciente. No vuelvas tu atención hacia un pensamiento, un sentimiento, una percepción o una sensación. Es muy fácil hacerlo, todos sabemos cómo girar nuestra atención hacia alguno de esos elementos. Así que, si por ejemplo os pido girar vuestra atención hacia el sonido del bebé que balbucea (nota: un bebé balbucea en la sala) o si os pido volver vuestra atención a la sensación cosquilleante de las plantas de tus pies, todos sabemos exactamente hacia dónde girar nuestra atención; vamos directos a la dirección correcta. Pero cuando intentamos girar la atención hacia aquello que es consciente de todo eso, sea lo que sea, ¿en qué dirección nos giramos? Intenta girarte hacia esa dirección, no pienses en ello sino que intenta hacerlo en tu experiencia. No se trata de teoría no-dualista, sino que se trata de la naturaleza real de nuestra experiencia. Intenta volver tu atención hacia aquello que es consciente de tu experiencia.

Una cosa muy interesante ocurre cuando intentamos hacer esto. Sabemos con absoluta certeza que yo soy, que somos, y que ese yo no sólo está presente sino que también es consciente. Pero cuando intentamos encontrar este yo no sólo jamás lo encontramos en tanto que un tipo de objeto, sino que tampoco sabemos hacia qué dirección tenemos que girarnos. Cualquier dirección parece incorrecta. Es como intentar ver el espacio vacío, allí donde miremos no lo encontramos y al mismo tiempo jamás podemos escaparnos de él. Jamás podemos encontrar esa presencia consciente y, al mismo tiempo, jamás cesamos de serla. Pensamientos, sentimientos, sensaciones y percepciones cesan, pero el yo jamás cesa.

Ahora intenta agitarte a ti mismo. ¿Puedes agitar aquel que es consciente de tu experiencia? Es muy fácil agitar los pensamientos, las percepciones, los sentimientos, las sensaciones, todos sabemos cómo es eso; pero... ¿qué hay acerca de ti mismo? Cunando tus pensamientos o sentimientos se agitan, tú, aquel que es consciente de los pensamientos y sentimientos, ¿compartes su agitación? Refiérete solamente a tu experiencia real de este momento. Experimenta con tu experiencia. Permite que tus pensamientos y sentimientos se agiten y comprueba por ti mismo si tú, aquel que es consciente de ellos, se agita con ellos.

Descubre así, en tu propia experiencia, que eres imperturbable como el espacio vacío que independientemente de lo que sucede en él no pude ser alterado, no puede ser agitado. No tenemos que hacer que esto suceda, no tenemos que aquietar o que silenciar la mente. Esté la mente agitada o no, tú, yo, aquel que es consciente de la mente, siempre permanece abierto y, como el espacio vacío, imperturbable, indestructible, pura apertura, pura disponibilidad, pura receptividad, sensibilidad; vacío en el sentido de que no está constituido de ningún tipo de objeto, pero pleno o lleno de ser, de conocer y de consciencia.

Cuando buscamos paz, realmente no buscamos una mente o un cuerpo pacífico, sino que lo que buscamos es la paz indestructible, imperturbable y siempre presente de nuestra verdadera naturaleza, y que ha sido temporalmente olvidada y velada al identificarnos a nosotros mismos con una amalgama de sentimientos o pensamientos. Cuando pasamos por alto este simple conocer de nuestro propio ser —su conocer de sí mismo— y en su lugar nos confundimos o nos tomamos por un conjunto de pensamientos y de sentimientos.

No te confundas a ti mismo con un conjunto de apariencias temporales. Sé conscientemente esta presencia abierta, vacía y consciente que no conoce resistencias en el seno de sí misma, que jamás intenta remplazar lo que está presente con algo que no está presente, que siempre está totalmente de acuerdo con el ahora tal y como se presenta, y que entonces así es paz o felicidad en sí misma. Simplemente ve que eso es lo que eres y toma tu posición en tanto que eso.

La metáfora que a veces se utiliza para esta etapa de la comprensión es considerarse a uno mismo como un cielo vasto, inmenso y sin límites; y los pensamientos, percepciones, sentimientos y sensaciones son como nubes que aparecen, fluyen y desaparecen en este espacio. Tú eres ese espacio de consciencia sin límites y abierto en el cual pensamientos, percepciones, sentimientos y sensaciones aparecen, a través del cual fluyen y en el cual desaparecen. No te confundas a ti mismo con una de las nubes. Tú eres el cielo, el espacio, el trasfondo, el soporte de las nubes.

Esta comprensión es sólo una etapa intermedia a mitad de camino que nos permite ver y sentir que nuestra naturaleza esencial no está hecha del cuerpo o de la mente, sino que está hecha de puro ser, puro conocer, pura consciencia. E incluso más, ha establecido que aquello que yo soy no comparte las limitaciones ni el destino del cuerpo y de la mente.

Y habiendo retirado la consciencia de los objetos —del cuerpo, mente y mundo— vamos ahora a ver esto a la luz de nuestra nueva comprensión. Ve primero de todo que todo aquello que conocemos acerca del cuerpo, la mente y el mundo es tan sólo la experiencia de sentir, percibir y pensar. No me sigas con tus pensamientos, sígueme con tu experiencia actual. Examina ahora tu experiencia total, no solamente tu experiencia presente, sino también la que recuerdas o que imaginas, y pregúntate: ¿encuentro alguna otra cosa que no sea pensar, sentir o percibir? Por percibir me refiero a los cinco sentidos: vista, gusto, oído, olfato y tacto. Intenta tan sólo entrar en contacto con algo que no sea pensar, sentir o percibir.

Ve, de esta manera, que de hecho jamás encontramos el cuerpo, la mente y el mundo de la manera en que son concebidos normalmente; esto es, como objetos separados cada uno con su existencia independiente. Lo único que encontramos es pensar, sentir y percibir. Tenemos una idea de un cuerpo, de una mente o de un mundo que existen independientemente pero que nadie ha encontrado jamás. Todo lo que encontramos es pensar, sentir y percibir. Y si vamos profundamente al pensar, sentir y percibir, entonces encontramos que lo único que conocemos es el conocer de ello, del pensar, del sentir y del percibir. Pregúntate: ¿entro en contacto alguna vez con algo que no sea el conocer de mi experiencia?

La única sustancia presente en la experiencia del pensar, sentir y percibir es el conocer de ellos y este conocer eres tú mismo: presencia pura y vacía. En otras palabras, la consciencia jamás entra en contacto con otra cosa que no sea sí misma. El experimentar sólo experimenta el experimentar, el conocer sólo conoce al conocer, la consciencia sólo es consciente de la consciencia.

Aquí la metáfora del cielo vacío y las nubes que flotan en él no sería aplicable, porque estaríamos todavía en dualidad, no la dualidad convencional de “yo, cuerpo-mente, conozco el mundo”, sino una especie de dualidad espiritual en la que “yo, en tanto que consciencia, conozco los objetos del cuerpo, mente y mundo”. Así que no podemos seguir aplicando esta metáfora. En su lugar podemos utilizar la metáfora de la pantalla y la imagen. De hecho, no existe tal cosa como una pantalla y una imagen, no hay ya dos cosas: pantalla e imagen / consciencia y sus objetos; hay tan sólo una sustancia sin límites e íntima. Tan sólo pantalla que, en ocasiones, parece tomar la forma de un e-mail, una imagen o un documento. De la misma manera la consciencia parece tomar la forma de un pensamiento, percepción o sensación y como resultado parece convertirse en una mente, un cuerpo o el mundo. Pero de la misma manera en que la pantalla jamás se convierte en un objeto independiente como un e-mail, un documento o una imagen, la consciencia jamás se convierte en otra cosa diferente a ella misma; verdaderamente nunca conoce otra cosa que no sea sí misma.

Es sólo desde el punto de vista de uno de los personajes en la película que hay personajes en la película. Desde el punto de vista de la pantalla, que es el único punto de vista, tan sólo hay pantalla, tan sólo ella misma, nunca conoce otra cosa que no sea ella misma. Es tan sólo un sujeto separado de la película que parece conocer a otro sujeto separado. En otras palabras, el yo interno separado y el mundo externo separando surgen al mismo tiempo. Es tan sólo un sujeto separado que parece conocer un objeto separado. Pero para la consciencia, aquello que verdaderamente conoce, jamás conoce nada que esté separado. Y esta absoluta ausencia de separación u otredad se conoce como la experiencia del amor; en otras palabras, verdadero conocimiento y amor son idénticos.

Así que estas son las tres posibilidades que se nos abren a nosotros en la vida:

La primera es tomarse a sí mismo como un cuerpo y una mente separados y limitados, nacidos en un lugar y en un tiempo concreto y determinado, moviéndose, evolucionando, envejeciendo y destinados a morir. Esa es la primera posibilidad, la posibilidad convencional.

La segunda posibilidad es la de conocerse como el espacio vacío de consciencia en el que el cuerpo, la mente y el mundo aparecen, evolucionan y desaparecen. Conocerse a sí mismo como el testigo trascendental de toda experiencia.

La tercera posibilidad es la que toda distinción entre la consciencia que es testigo y los objetos del cuerpo, mente y mundo que son observados ha desaparecido.

Lo que permanece tras esta disolución entre el sujeto y el objeto no puede ser nombrado porque toda palabra hace referencia a algún tipo de distinción, algún tipo de opuesto: la consciencia como opuesta a los objetos, el calor opuesto al frío. Pero cuando todas estas realidades se han disuelto, lo que permanece no puede ser nombrado y al mismo tiempo es todo lo que puede ser conocido y experimentado.