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Artículos - Rupert Spira

Sunset Lake

Tres categorías de enseñanza

Permanener en uno mismo, afirmación y autoindagación o entrega a Dios

Por Rupert Spira30 de octubre de 2025

En este breve ensayo, exploraremos el hecho de que nunca te has alejado de lo que eres en esencia, ni existe un segundo yo que pueda irse o regresar. Consideraremos la distinción entre estar siempre presente en el tiempo y estar siempre presente en la eternidad. Descubrirás que el «ahora» no es simplemente un momento en la línea horizontal del tiempo, sino un portal donde el tiempo y la eternidad se cruzan, la puerta a través de la cual el yo separado se despoja de sus limitaciones prestadas y se revela como lo que siempre ha sido.

Si durante la meditación te invitara a «volver al hecho de ser, de ser consciente o la conciencia misma», estaría dando a entender que existe un segundo yo, un yo distinto de la conciencia misma, que había abandonado la conciencia y ahora necesitaba volver.

No solo nunca has abandonado la conciencia y, por lo tanto, no necesitas volver, sino que no existe otro yo que no sea el yo de la conciencia, si es que podemos llamarlo yo.

Pero para aquellos para quienes el hecho de ser, de ser consciente o la conciencia misma se ha mezclado con el contenido de la experiencia y, como resultado, parece haber adquirido sus cualidades y, por lo tanto, sus limitaciones, es legítimo sugerir «vuelve a ti mismo, libérate del contenido de la experiencia y vuelve al simple hecho de ser, de ser consciente o la conciencia misma».

Presta atención a cualquier impulso residual de hacer algo, de esforzarte, de llegar a ser, comprender o lograr algo. Este impulso es un vestigio de la búsqueda convencional de la felicidad en el mundo, o de la búsqueda menos convencional de Dios en las tradiciones religiosas, o de la iluminación en las tradiciones espirituales.

Cada una de estas búsquedas, por muy refinadas o nobles que sean, se basa en la creencia en un yo separado, un segundo yo distinto del yo de la conciencia pura. Y eso es un error—no existe tal yo. Solo hay conciencia, aparentemente mezclada con el contenido de la experiencia, o conciencia por sí sola.

En ambos casos, la conciencia permanece en la misma condición y, por lo tanto, no necesita ser purificada o iluminada, al igual que la pantalla permanece en la misma condición, independientemente de si se está proyectando una película en ella o no.

Tres enfoques de comprensión

Hay tres categorías de enseñanza, y en este enfoque nos movemos libremente entre todas ellas.

La primera consiste simplemente en descansar en y como la presencia de la conciencia que esencialmente somos. Es una práctica silenciosa que podríamos llamar «permanener en uno mismo», «descansar en uno mismo» o «sumergirse en uno mismo». Y en este reposo en uno mismo, en este recuerdo de uno mismo, el cuerpo y la mente se impregnan progresivamente de las cualidades, si podemos llamarlas así, inherentes a la conciencia misma: paz, libertad, plenitud, etc.

La segunda categoría de enseñanza consiste simplemente en afirmaciones que, dentro de las limitaciones del lenguaje, describen las cualidades de la conciencia. Para aquellos familiarizados con la tradición Vedanta, los grandes Mahāvākyas entran en esta categoría: declaraciones o afirmaciones de la verdad absoluta, cuyo propósito es evocar o precipitar el reconocimiento de nuestra verdadera naturaleza. Aquí no hay métodos ni explicaciones, solo declaraciones evocadoras, afirmaciones. «Yo soy Brahman» o «Eso eres tú». «Solo existe el ser infinito de Dios, y tú eres eso».

Y luego, si las dos primeras no funcionan, existe una tercera categoría de enseñanza: prácticas, métodos, visualizaciones, etc. Estas son de naturaleza investigadora o devocional. Por ejemplo: Pregúntate: «¿Qué es lo que es consciente de mi experiencia?» O «Entrega todo el contenido de tu experiencia al cuidado de Dios».

No pretendo sugerir ninguna jerarquía entre estos tres enfoques. Todos ellos son igualmente válidos. Todos hacen concesiones en cierta medida al yo separado que parecemos ser. Después de todo, el yo que realmente somos —el ser consciente infinito— no necesita sentarse en silencio.

La dimensión vertical del ser

Observa que eres el fondo siempre presente de tu experiencia en constante cambio. Y por «siempre presente» no me refiero a presente en todo momento, sino a presente eternamente.

«Siempre presente» implicaría que tú, la conciencia, estás siempre presente en el tiempo. Sugeriría que has impregnado la totalidad del tiempo. Pero para ti, la conciencia, no existe el tiempo.

Para la mente, existe el tiempo; para la conciencia, existe la eternidad. No lo siempre presente, sino lo eternamente presente.

No lo que dura para siempre, sino lo eternamente presente, el presente eterno que no existe en la dimensión horizontal del tiempo que imagina la mente. Está presente en la dimensión vertical del ser, en la que no existe el tiempo.

La dimensión horizontal del tiempo y la dimensión vertical del ser se cruzan en la experiencia que llamamos «ahora». Desde el punto de vista de la mente, el ahora es un momento en la línea horizontal del tiempo. Desde el punto de vista de la dimensión vertical del ser o de la conciencia, el ahora es la eternidad.

En otras palabras, el ahora participa tanto del tiempo como de la eternidad. Es, como tal, el portal a través del cual pasamos del tiempo a la eternidad. Es el portal a través del cual pasa el yo separado que parecemos ser y, al hacerlo, se despoja de las limitaciones que toma prestadas del contenido de la experiencia y se revela como conciencia eterna, conciencia infinita.

¿Nos identificamos con la mente o con la conciencia?

Pregúntate: «En ausencia de pensamiento, ¿tengo yo, la conciencia, algún conocimiento o experiencia del tiempo? Cuando comienza el pensamiento, ¿comienza realmente el tiempo, o es solo una imaginación? ¿Fluyo yo, la conciencia, a través del tiempo, o fluye el tiempo a través de mí como una serie de pensamientos?».

Si te identificas con tu mente, la meditación te resultará aburrida. Si te identificas con la conciencia, la meditación te resultará pacífica.

Si te identificas con tu mente, entonces sin duda hay algo que hacer. Y lo mejor que puedes hacer es investigar quién eres realmente o entregarte a la protección de Dios.

Si te identificas con la conciencia, entonces no se plantea la cuestión de hacer o no hacer algo.