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Artículos - Nic Higham

Omnipresencia

La conciencia es omnipresencia, omnisciencia
y omnipotencia

Por Nic Higham 11 de enero de 2025

La conciencia es omnipresencia. No en el sentido de que sea algo que se extiende por todos los lugares, como si fuera una sustancia que ocupa un espacio, sino en el sentido de que todos los lugares, todos los «dónde», están contenidos en ella. No es que la conciencia viaje a la montaña, a la ciudad, a la estrella—sino que la montaña, la ciudad, la estrella surgen como expresiones dentro de este campo infinito de conocimiento. Dondequiera que dirijas tu atención, descubres lo mismo: la presencia misma. No puedes localizar un «dónde» que exista fuera de la conciencia, ya que cualquier «dónde» aparecería dentro de la conciencia. Esta inclusividad ilimitada revela que la conciencia no solo está en todas partes, sino que es la base misma en la que surge y se disuelve el concepto de «dónde».

La conciencia es omnisciencia, no en el sentido de que conoce todos los hechos del universo como un súper-ordenador, sino en el sentido de que todo lo que se conoce se conoce a través de la conciencia. Cada pensamiento, cada sensación, cada percepción aparece dentro de este campo luminoso. La conciencia no busca el conocimiento; es la condición en la que se produce todo conocimiento. Ya sea una experiencia alegre, dolorosa o una profunda comprensión, cada una de ellas está iluminada por la conciencia, conocida porque aparece dentro de este espacio indescriptible de presencia. No es que la conciencia tenga que adquirir conocimiento, sino que todo conocimiento surge como su propia manifestación.

La conciencia es omnipotencia, no como una fuerza que impone su voluntad al mundo, sino como la fuente silenciosa y sin esfuerzo de la que todo surge y en la que todo se disuelve. Cada apariencia, cada sonido, cada pensamiento, cada acontecimiento nace de esta presencia, se sustenta en ella y, finalmente, vuelve a ella. Como las olas del océano, todos los fenómenos son inseparables de la conciencia en la que surgen. No se trata de un proceso de creación como el de un artesano que da forma a la arcilla, sino de una expresión espontánea de la realidad que se crea a sí misma a partir de su propio ser ilimitado. Nada aparece fuera de la conciencia; nada se sostiene a sí mismo al margen de la conciencia. Es el poder mismo por el que existe la existencia.

Esta naturaleza triádica—omnisciencia, omnipresencia y omnipotencia—no apunta a tres atributos separados, sino a una verdad sin fisuras. La conciencia es el contexto en el que todo esto se desarrolla, la luz por la que todo se ve, el terreno en el que todo descansa. Y el descubrimiento extraordinario, si se ve realmente, es que esta conciencia no es «otra cosa» un «otro». No está separada de lo que eres. No está lejos. No es ajena. Es la esencia misma de tu propio ser, la inmediatez de tu vitalidad, este hecho inaprensible pero innegable de «estar aquí».

Indagar sobre esto no es llegar a una conclusión, sino maravillarse ante el misterio de lo que siempre está ahí: aquello que nunca se va, nunca se desvanece y, sin embargo, se transforma constantemente, apareciendo como la totalidad de la experiencia. No puedes encontrar el límite de esta conciencia, ni puedes comprenderla. Es ilocalizable e infinita. Este es el gran milagro: el mundo de las apariencias, aparentemente tan diverso y fragmentado, es en realidad una manifestación perfecta de esta conciencia indivisible, que surge y desaparece, fluye y se detiene, todo al mismo tiempo.

Esta es, pues, nuestra invitación: descansar en lo que ya está aquí, ver que no hay nada que añadir, nada que quitar. La conciencia no es algo a lo que hay que aspirar; es lo que ya eres. Y en esta comprensión, no hay límites, ni fronteras, ni separaciones. Todo brilla como esta única realidad radiante.

La conciencia es el testigo y lo presenciado

En nuestra experiencia cotidiana, parece que habitamos un mundo de multiplicidad: este cuerpo, este pensamiento, este sentimiento, esta habitación. Parece como si estos objetos, estas formas, estuvieran separados de nosotros, observados por un testigo, lo que podríamos llamar conciencia. Y así, el mundo parece desarrollarse como algo «ahí fuera», una colección de acontecimientos y fenómenos con los que nos encontramos como observadores separados.

Pero cuestionemos esta sensación de separación. ¿Dónde aparecen estos objetos?

Al explorar esto más de cerca, descubrimos que todos los objetos—sensaciones, pensamientos, imágenes y sonidos—no están realmente separados de la conciencia, sino que surgen dentro de ella. Cada percepción se desarrolla dentro del campo de la experiencia. Un sonido no ocurre «afuera»; surge en el espacio de la conciencia misma. Un pensamiento no ocurre «ahí fuera»; emerge dentro de este vasto campo.

Este cambio de «hacia la conciencia» a «en la conciencia» es poderoso. Comenzamos a sentir que la frontera entre el observador y lo observado no existe. La aparente dualidad se suaviza. Los objetos pierden su distancia; surgen aquí, dentro de la propia conciencia.

La siguiente comprensión es quizás la más maravillosa de todas: estos objetos no solo están en la conciencia, sino que están hechos de conciencia. Esta silla, este cuerpo, este pensamiento... ¿qué son realmente? ¿Podemos encontrarles alguna sustancia aparte de la experiencia de ellos?

Cada objeto que percibimos es inseparable de la conciencia en la que surge. Una ola no está simplemente en el océano; es el océano expresándose en una forma particular. Del mismo modo, cada objeto, cada fenómeno, es la conciencia expresándose como forma.

Lo que llamamos «pensamiento» es la conciencia pensando en sí misma. Lo que llamamos «emoción» es la conciencia sintiendo en sí misma. Lo que llamamos «el mundo» es la conciencia apareciendo como multiplicidad.

Esto no es una afirmación filosófica, sino una simple observación.

Siéntelo ahora mismo:

¿Hay algo en tu experiencia que exista independientemente de la conciencia? ¿Puedes encontrar un límite donde termina la conciencia y comienza el mundo? ¿O es todo una apariencia continua e indivisible?

A medida que nos relajamos en este reconocimiento, vemos que la conciencia no se sienta a observar el juego de las formas como un espectador distante. Es el juego de las formas. Cada ola de sensación, cada pensamiento que surge, cada color brillante es la conciencia expresándose a sí misma.

Al darnos cuenta de esto, la sensación de separación—la sensación de ser un sujeto que mira objetos—se disuelve. Lo que queda es este flujo continuo del ser, expresándose como todo. No hay observador aparte de lo observado, ni conciencia aparte de sus expresiones.

El momento en el que nos encontramos ahora mismo—la luz, el sonido, la sensación de la respiración—es la conciencia danzando como el mundo. Y, sin embargo, ¿qué es esta conciencia? No podemos comprenderla, definirla ni precisarla. Es la base indefinible de todo y, sin embargo, sigue siendo un misterio más allá de cualquier nombre.

En un sueño, todas las formas que aparecen—las montañas, las personas, las conversaciones—están hechas de una sola sustancia: la consciencia onírica. Lo mismo ocurre con la vida de vigilia. Toda la multiplicidad que experimentamos es la creatividad infinita de la conciencia que se manifiesta como este maravilloso espectáculo.

¿Por qué es esto importante? Porque al ver que todo está hecho de conciencia, vemos que nada está realmente separado, fracturado o fuera de la realidad. No hay jerarquía de apariencias, ni estados mejores o peores que alcanzar. Todo lo que surge—la alegría, la tristeza, la claridad, la confusión—es igualmente una expresión de esta conciencia infinita. No hay ningún lugar al que ir, ninguna experiencia que alcanzar, porque tú ya eres la plenitud de lo que aparece.

Así que descansemos aquí. Sin esforzarnos por comprender o captar, sino simplemente maravillándonos por el hecho de que algo—esto—esté aquí. ¿Y qué es esto? Es la conciencia que se manifiesta como todas las cosas, inaprensible pero innegable, en constante cambio y, sin embargo, siempre presente.