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Artículos - Roberto Pla

El yo psicológico

El yo psicológico

Correspondencia con Esperanza Borús

Por Roberto Pla Madrid, 28 de mayo de 1988

Querida Esperanza:

Es una maravilla recibir tu carta y contestarte no me cansa en absoluto. Tocas en ella el tema importante del yo individual, psicológico. Todos traemos al nacer la idea de ese yo, como un pecado original al que no es posible sustraerse.

Como te veo enfrentada con este yo individual —con el imitador, el antimismo— quisiera darte una explicación que te sirviera, no para deshacerte del yo individual, porque eso nace con la mente y solo muere con ella, sino para vivir sin que los movimientos yoistas de la mente signifiquen un obstáculo para la percepción de la realidad.

Lo primero que hay que hay que entender es que no hay un yo, un centro permanente y eterno en el nivel de la mente, en el ámbito psicológico. La mente consiste en ser una sucesión de pensamientos-sentimientos que se acumulan en la memoria. La suma de estos datos mentales, de estas imágenes, es lo que interpretamos como un yo, como una persona individual.

Ocurre que los pensamientos se auto-reconocen como transitorios y, víctimas del horror al vacío, inventan un yo al que imaginan como un centro permanente que produce los pensamientos. Pero el hecho verdadero es que son los pensamientos los que producen la idea de que hay un pensador. Buena prueba de ello es que lo único que la mente conoce de sí misma son los pensamientos; jamás conoce la mente al pensador.

Sin embargo, la mente insiste en la falsa idea de que ella no es solo una mente, es decir, unas neuronas cerebrales, de las que nacen y mueren pensamientos como puntos de conciencia, sino que cree que todos estos pensamientos son gobernados por un productor central de pensamientos.

Después de haber inventado al pensador, la mente cree que éste es malo, o bueno según la condición de los pensamientos; también cree que este pensador inventado por ella mueve y dirige los pensamientos y que él se condena o se salva, según la índole de ellos.

El pensador inexistente ha sido, no obstante, a lo largo de la historia un producto natural del hombre, incluso un enemigo difícil de eludir o desenmascarar. Los hindúes y los budistas, ya sabes, le llaman el yo; los advaiti, el jiva vyavaharica (el yo que experimenta); los judíos le llamaron el Satán, y también la serpiente antigua; los gnósticos judeocristianos, el antimismo del espíritu (la imitación del espíritu); y los cristianos eclesiales, el Adversario de Dios y Judas. Pero todos estos son nombres dados a ese pensador creado por el pensamiento.

Si a tal pensador se le llama Adversario, o imitación de Dios, es porque, en efecto, quien padece esta falsa idea se comporta, por culpa de ella, como un Deus inversus, y aparece como un centro, como una isla, en el nivel de conciencia del pensamiento. Pero el pensamiento es fugaz, inestable y, en su nivel temporal y terreno, no puede haber un centro.

En verdad, centro no hay más que uno, y es infinito, con la circunferencia extendida en el cosmos entero. Ese centro no es asequible al pensamiento, llámese el Ser, Brahman, el Padre o el No-Yo.

Quiero decirte, y puede servirte para algo saber esto, que hace ahora unos 40 años que entendí todas estas cosas de golpe (tan de golpe, que se lo atribuyo a la gracia de Dios). Me entró entonces una risa enorme. Me reía de mí mismo por haber estado, como un tonto, tan equivocado durante tanto tiempo; y me reía de alegría, una alegría inmensa que me llenaba, por haber salido, al fin, de tan penosa equivocación.

Debo decir que de momento no supuso esto ningún cambio. Los pensamientos seguían, y siguen aún, siendo fieles a los estímulos invisibles de un yo inexistente. No es que siguieron siendo fieles a un yo, a un pensador, pues eso ya sabían bien que no existe, pero siguieron siendo fieles a la idea de un yo, no sé si por inercia somática.

Sin embargo, el vacío dejado por el yo tendió de manera harto milagrosa no a rellenarse con el otro Yo superior e infinito (eso es lo que yo esperaba), sino que tendió a una cosa más sutil. La ida de vacuidad cesó. No puedo explicarlo mejor ahora y debes procurar entenderme. Cuando no hay idea de vacuidad no hay vacío, sino Plenitud en todo; una Plenitud que invade la conciencia, suave, imperceptible.

A este orden de cosas obedece, creo, el hecho de que poco a poco, no sé cuándo, ni cómo, fue apareciendo una nueva manera de enjuiciar la mente (la mía y la de los demás, puesto que solo hay una mente). La mente es, por naturaleza, impura (una mezcla de cielo y tierra, decían los herméticos), porque los pensamientos son siempre una reacción, una respuesta, una consecuencia condicionada por el pasado. El pensamiento no conoce la libertad, ni la inocencia, ni la juventud. Esto es un hecho. Pero también es un hecho que no hay por qué aceptar resignado, sin más, las condiciones que pretende imponer la mente. Hay que luchar. Conforme. ¿Pero cómo hay que luchar?

El medio de lucha conocido consiste en oponerse a los designios de la mente. La mente se dice a sí misma: quisiera ser distinta de cómo soy. La mente se dice: yo soy oscura, con doblez y quiero ser sencilla, inocente. Ella se dice: vivo con la carga del pasado, que significa muchas veces resentimiento, odio, temor, y quiero vivir de instante en instante, en un espléndido presente, puro, inmaculado, siempre nuevo.

Esto se dice a sí mismo el pensamiento, pero ocurre que el pensamiento que lucha contra el pensamiento es también pensamiento. El pensamiento que quiere estirpar la idea del yo, es un pensamiento que lleva en sí la idea del yo. Se produce entonces una fragmentación de la mente. En un lado de la idea del yo, quedan agazapados, a la defensiva, los deseos y los miedos tachados de impuros, y enfrente quedan los pensamientos que, de una manera aún más encubierta, persiguen la idea del yo. Estos pensamientos pretenden acabar con los deseos y los miedos impuros, para derribar así los obstáculos que les impiden recuperar el estado de inocencia que anhelan y que piensan que es una realidad que dará en definitiva la supervivencia eterna al yo.

Me importa explicarte que la mente que se sostiene con gozo en el vacío, sin experimentar ningún sentimiento de vacuidad, en esa mente, no existe el que se da cuenta, el que conoce, y sin embargo en ella crece, por sí solo, el conocimiento. Hay un darse cuenta, sin un yo que se da cuenta. Y es este conocimiento el que permite descubrir todas las sutiles tretas del yo y no caer en ellas. Resulta que, si no hay un yo, no hay tampoco, por consiguiente, un yo impuro, lleno de deseos, carente de inocencia, viejo por la carga de la memoria.

Esto hay que entenderlo bien. Cuando no hay un yo, y ya se sabe que no lo hay, los sucesos de la mente no son subjetivos, no pertenecen a nadie. Simplemente son, están ahí y se producen, pero no hay un yo, un sujeto, que quede afectado por esos sucesos mentales.

Esto significa que los sucesos de la mente pueden ser contemplados como hechos objetivos. Esto es lo que se llama en el vedanta objetivar la mente. Tal objetivación comporta la imposibilidad de cualquier enfrentamiento subjetivo. No es que no haya enfrentamiento, pues no hay por qué entrar en la anarquía de la mente abandonada. Pero de la misma manera que la mente que es oscura no pertenece a un yo, tampoco pertenece a un yo la mente que quiere ser clara. En ella todo es objetivo; la mente está ahí con sus comportamientos, y estos son contemplados, nada más que contemplados, sin tratar de manipularlos.

Sin duda, esta posición de contemplar, sin que exista un contemplador, es una cosa de apariencia extraña. Pero debo decirte que es de una sorprendente fecundidad. Por lo pronto, deja la mente de estar enfrentada consigo misma. Los dos habitantes de la casa han terminado su disensión. La mente ya no está dividida sino que es una mente unitaria, integrada.

La mente es entonces un objeto que piensa y actúa sin premeditación. El señor a quien servía se ha desvanecido como la serpiente del mago. Sin tener ya que dedicarse a salvar los intereses del yo, la mente vive libre, sin objeto, y empieza a conocer la bienaventuranza.

Ocurre que, una vez que ha desaparecido el Adversario, el yo psicológico, empieza a manifestarse en ese vacío nuevo el Ser. No es que entre nadie nuevo, sino que el vacío resulta ser plenitud. Es como la entrada de la luz cuando se abre una ventana, o mejor, es como abrir los ojos y ver que lo que había allí no era oscuridad, sino luz. La luz llega, o está. El alma sin centro, sin amo tiránico, varía, se torna entonces pasiva, humilde, no resistente, una esclava verdadera, que cumple la hermosa voluntad de la luz, aunque no sabe, ni le importa, de dónde viene ni a dónde va.