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El conocimiento del Sí Mismo (Parte V)

por Mónica Cavallé

(5) Avidya o la ignorancia fundamental

Avidya, la ignorancia fundamental, es el velo que separa al yo ―la estructura corporal, mental y vital― de su fuente. Es el estado del ego autolimitado en su ser y obrar; separado y divisor en su percepción; exiliado de la unidad esencial de todos en todo y del Todo en todos. Y avidya, la auto-vivencia limitada, es la verdadera causa de toda esclavitud, sufrimiento y conflicto. (121)

Toda inquietud se origina en la sensación de incompletud resultante de la auto-limitación mental. Todo dolor se sustenta en la pre-tensión de ser "esto" y de no ser "aquello". Esta pretensión es la fuente de la lucha y división psicológicas. (122)

P: ¿Cuál es la verdadera causa del sufrimiento?
M: La auto-identificación con lo limitado. Las sensaciones como tales, por muy fuertes que sean, no causan sufrimiento. Es la mente, aturdida por ideas falsas, adicta a pensar "yo soy esto, yo soy aquello", la que teme perder y ansía ganar, y sufre cuando queda frustrada (Nisargadatta). (123)

"Las ideas de 'yo' y 'lo mío' están en la raíz de todo conflicto" (124). A su vez, sólo en el auto-conocimiento (atma-vidya) radica la liberación. "Liberación [que es siempre] de las ideas falsas y auto-impuestas al Ser". (125)

La metáfora del sueño

"Ser una persona [separada] es estar dormido" (Nisargadatta). (126)

"Sólo con un gran despertar se puede comprender el gran sueño que vivimos. Los estúpidos se creen muy despiertos" (Chuang Tzu). (127)

El estado de avidya es simbolizado en el Advaita, como en tantas otras tradiciones metafísico/gnósticas, con la metáfora del sueño. Avidya es estar dormido para la realidad e identificado con un mundo onírico (proyección de la propia mente del soñador y supuesta realidad "objetiva" correlativa a la de su personalidad separada) que tiene, al igual que el sueño, la cualidad de ser subjetivo e incompartible.

Su mundo es producto de la mente, es subjetivo, está encerrado en la mente, es fragmentario, temporal, personal, y cuelga del hilo de la memoria (...) Yo vivo en un mundo de realidades, mientras que el suyo es de imaginaciones. El mundo de usted es personal, privado, incompartible, íntimamente suyo. Nadie puede entrar en él, ver como usted, oír como usted oye, sentir sus emociones y pensar sus pensamientos. En su mundo usted está verdaderamente solo, encerrado en su sueño siempre-cambiante que usted toma por vida. Mi mundo es un mundo abierto, común a todos, accesible a todos. En mi mundo hay (...) calidad real; el individuo es lo total, la totalidad... en el individuo. Todos son Uno y el Uno es todo. (128)

(...) todo lo que usted conoce es su propio mundo privado, por muy bien que lo haya amueblado con imaginaciones y esperanzas.
P: ¿Con toda seguridad hay un mundo de hechos común a todos?
M: ¿El mundo de las cosas, de la energía y de la materia? Incluso si hubiera tal mundo común de cosas y fuerzas, no es el mundo en que vivimos. El nuestro es un mundo de sentimientos e ideas, de atracciones y repulsiones, de escalas de valores, de motivos e incentivos; todo ello un mundo mental" (Nisargadatta). (129)

Atma-vichara, decíamos, es una indagación no intelectual que tiene como eje la pregunta "¿quién soy yo?". Esto también puede expresarse así: el Advaita es una invitación a descubrir lo que somos más allá del sueño en que habitualmente nos vivimos. Considera que eso que somos no es algo que haya que lograr o adquirir, sino lo que queda cuando se elimina la ficción superpuesta. Por eso, el primer paso de esta reducción progresiva a lo esencial ―a lo que somos, a lo que es― es la toma de conciencia de que ―en palabras de Nisargadatta―: "Ser una persona [separada] es estar dormido" (130); o lo que es lo mismo: de que la vivencia egótica es falaz; de que lo que el ego considera su supuesta autonomía y capacidad de autodeterminación no es sino condicionamiento, hipnosis y mecanicidad:

1) Es falaz, en primer lugar, porque el ego, la auto-vivencia limitada del yo, es de naturaleza estrictamente mental, y también lo es la imagen de la realidad exterior que dicha auto-vivencia mental determina. El ego sueña porque se mueve en el círculo cerrado de sus propias creaciones mentales. Una auto-imagen mental define al yo, y ésta, a su vez, determina las imágenes del no-yo ("yo" y "no-yo" son siempre nociones correlativas). El yo deviene objeto para sí mismo ―una mera idea― y lo otro deviene objeto ―mera idea también― en relación al yo. En otras palabras: el yo, al vivirse mentalmente y, en consecuencia, limitarse, comenzará a soñar y vivirá y morirá soñando. Sólo en ciertos instantes de olvido de sí, en momentos breves de serenidad lúcida no tipificados por el pensamiento, volverá a tener un atisbo de lo que es. Pero ―con melancolía, en el mejor de los casos― lo catalogará de sueño y retornará diligente a su letárgica vigilia. Para el Advaita, lo que todas las mañanas llamamos despertar es, más bien, un quedarse de nuevo dormidos, un comenzar, otra vez, a soñar.

El yo se mueve ordinariamente en el marco cerrado de sus creencias sobre sí y sobre "la realidad". Cuando no cuestiona estas asunciones básicas, cuando no toma conciencia de su carácter arbitrario y convenido, vive en la clausura de su mundo particular sin posibilidad de contacto real con otros egos, con otros mundos. Todo lo que procede del ego tiene el sello de la particularidad; no de la particularidad que hunde sus raíces en lo universal y es su símbolo adecuado, sino de la particularidad clausurada, arbitraria, caprichosa. En este estado, el solipsismo y la incomunicación ―más allá de toda apariencia― es siempre la ley. Si hay comunicación real, empatía real, unidad real, será así en virtud de la fuerza misma de la realidad, en virtud de lo que el yo de hecho es, y a pesar de lo que cree ser y se empeña en ser.

2) La vivencia egótica está condicionada porque, como hemos apuntado, las identificaciones y creencias que la configuran se nutren de la experiencia pasada y se proyectan, a su vez, en el futuro. Pero este futuro nunca alumbra nada nuevo; no es más que la prolongación y reiteración del pasado, una más de sus posibles versiones; forma parte del mismo argumento en acción.

El ego es siempre un llegar-a-ser algo. Su motor es la dualidad mental determinada por la distancia entre lo que cree ser y lo que, supuestamente, debería llegar a ser. Incluso en un ego relativamente satisfecho de sí, simplemente el sostenimiento en el tiempo de lo que cree ser ya lo encadena al "llegar-a-ser".

Si Atman, como hemos visto, se expresa en el devenir, pero no es de él, el ego, por el contrario, es puro devenir y sólo es en él: está hecho de tiempo, en concreto, de tiempo mental o tiempo psicológico. Su naturaleza es la referencia mental constante al pasado y al futuro. Al identificarse con un sentido del yo definido y limitado por sus vehículos, por sus formas y modos (a los que arrastra mentalmente y pretende dar continuidad a través de la memoria), se esclaviza al llegar-a-ser. Este movimiento mental de llegar-a-ser es siempre un movimiento de lo conocido a lo conocido. El ego cree percibir la realidad y responder a ella, pero no sale nunca del marco de sus propias creencias sobre sí y de los condicionamientos que éstas definen. El presente queda oculto por la sombra del pasado y está abocado a un futuro que no es más que la prolongación de dicho pasado, su reiteración mecánica. El yo cree cambiar, renovarse, pero todo cambio del ego no es más que un cambio superficial, epidérmico, que acontece siempre dentro del marco de sus rígidas estructuras y estrechas fronteras. Lo radicalmente nuevo, la realidad en toda su amplitud, potencialidad y riqueza, le es desconocida. En su llegar-a-ser, la acción no es para el ego un medio de auto-revelación y auto-descubrimiento, sino de dejación y huida de sí. La actividad ―externa o interna― es la forma de volcarse en un vértigo enajenante que, encadenando mentalmente el pasado con el futuro, le protege de la amenaza de lo real: del aquí y del ahora. Pues, como ya señalamos, el ego y el ahora se excluyen mutuamente.

Pero también en otro sentido la vivencia egótica está condicionada: al haberse definido a sí mismo, el ego ha definido ya lo que le hará feliz o infeliz, lo que le hará sentirse pleno o insatisfecho, lo que le hará sentirse ser o no ser. Cuando el yo se vivencia, no desde su realidad, sino desde la idea que tiene de sí, su acción pasa a ser defensiva-ofensiva y valorativa, se sustentará en juicios duales: considerará negativo todo lo que quiebre, debilite o cuestione esa idea, y positivo todo lo que la confirme y afiance. No puede ser de otro modo, pues considera que su identidad, seguridad y afirmación personal dependen del reforzamiento de dicha idea. De esta manera, habrá condicionado su plenitud al logro de ciertas cualidades, experiencias, situaciones, objetos o estados; habrá subordinado el puro y gratuito gozo de ser a la idea de ser esto y de no ser lo otro, a ser de un determinada manera. Apegado a estas condiciones (que, de modo más o menos consciente, ha decidido establecer), en definitiva, apegado a su auto-imagen, preferirá tener razón a ser feliz, ser infeliz con un "porqué" a ser feliz "sin porqué".

En otras palabras: el ego objetiva la alegría. La objetiva en estados, personas, objetos y situaciones específicas. Salvo en escasos momentos de auto-olvido ―en los que la vida "le sorprenda"―, desconocerá lo que es su naturaleza esencial: la alegría inmotivada y sin porqué (131). E incluso estos momentos rara vez lo devolverán a sí mismo, pues los objetivará, es decir, les buscará un porqué, convertirá ese porqué en una nueva condición de su plenitud y lo añadirá a la carga de su memoria y a la incitación de su futuro.

En palabras de Jean Klein:

Experimentamos todos instantes de plenitud, sin deseo, sin voluntad de llenar un vacío, sin la menor sensación de "carencia". Dentro de esta vivencia, la noción de un yo está ausente; sólo después, el yo [el ego con sus razones] acapara este momento inefable, lo hace suyo, como un ladrón o un payaso que se atribuye el talento de la bailarina o las ovaciones del público. (132)

[Los distintos objetos] nos colman un momento, nos llevan a la no-carencia, nos devuelven a nosotros mismos y luego nos cansan; han perdido su magia evocadora. Por lo tanto, la plenitud que buscamos no se encuentra en ellos, está en nosotros; durante un momento, el objeto tiene la facultad de suscitarla y sacamos la conclusión equivocada de que fue él el artesano de esta paz. El error consiste en considerar este objeto como una condición sine qua non de dicha plenitud. (133)

3) La vivencia egótica es mecánica, por último, porque el ego, aunque cree que actúa, meramente reacciona.

Ser pasivo es vivirse a remolque del exterior ―ser movido o arrastrado. Siempre que el motor y el fin de la acción no son intrínsecos al yo, se es pasivo. Es activo aquello que tiene dentro de sí la fuente y meta de su movimiento. Pues bien, el ego, aun en medio de la más vertiginosa actividad aparente, es pasivo; es pasivo porque no actúa desde sí sino desde sus ideas sobre sí. No él, sino sus ideas sobre lo que cree ser y debe ser ―su pasado, en definitiva―, son el motor de sus acciones u omisiones; éstas no son, por lo tanto, propiamente acciones sino reacciones. El ego nunca es el dueño de sus respuestas, aunque así lo crea; de hecho, su comportamiento es perfectamente predecible en su mecanicidad: si se confirman sus ideas sobre sí, se alegrará y estimulará; si algo o alguien contraría o cuestiona aquello en lo que ha cifrado su identidad, se abatirá.

Como lúcidamente sostuvo Gurdjieff (134), un yo mecánico, que no actúa, sino al que todo sucede, no puede ser un yo unitario, un sujeto de acción permanente. Siempre es una persona diferente. La creencia del ego en su carácter "uno" (aunque se inspire en algo real: la unidad de la conciencia pura de ser) es ilusoria; como es ilusoria su creencia en su carácter de sujeto libre de decisión y de acción.

La metáfora del despertar

Durante el sueño, el soñador está totalmente identificado con su mundo onírico (mundo que surge de su conciencia, acontece en su conciencia y es de la naturaleza de su conciencia). El despertar supone la toma de conciencia de la ilusoriedad de ese estado con relación al nuevo estado de conciencia adquirido: el estado de vigilia y la realidad que le es propia. De modo análogo, la percepción ordinaria que el yo separado tiene de sí y del mundo se desvela ilusoria desde el estado de conciencia supremo en que se realiza la identidad Atman-Brahman.

P: (...) Parece que hay dos mundos, el mío y el suyo.
M: El mío es real, el suyo mental (...)
P: Tiene que haber un eslabón entre su mundo y el mío.
M: No hay necesidad de eslabón entre un mundo real y un mundo imaginario, puesto que no puede haber ninguno (Nisargadatta). (135)

Sólo cuando se sabe que se es esclavo, surge la posibilidad de liberarse. Sólo cuando el yo toma conciencia de que está dormido, tiene la posibilidad de despertar. Más aún, esta toma de conciencia es el acto de libertad por excelencia, la acción de lo incondicionado. Saberse dormido equivale a dejar estarlo. Y el hecho de que el hombre tenga a mano siempre la posibilidad de esta toma de conciencia indica que su esclavitud, aunque efectiva en sus resultados, en último término no es tal. En último término, el único Sí mismo siempre ha sido libre ―por más que el yo temporalmente lo olvide y pretenda cifrar su libertad en aquello que nunca puede ser libre―. Por eso, toda verdadera liberación es siempre liberación de la ilusión:

"¿(...) qué quiere decir salvarse? ¿Salvarse de qué? De la ilusión. La salvación es ver las cosas como son" (Nisargadatta). (136)

La liberación auténtica es siempre un despertar; es libertad para ver lo que es y para ser lo que realmente se es.

P: Entiendo que mi mundo es subjetivo. ¿Lo hace esto también ilusorio?
M: Es ilusorio mientras sea subjetivo y sólo en esa medida. La realidad (...) no depende de recuerdos y esperanzas, deseos y temores, preferencias o desagrados. Todo es visto como es (...).
P: ¿Cómo se alcanza?
M: La ausencia de deseo y de miedo lo llevará allí. (137)

© 2001 Mónica Cavallé
Notas:
  1. "El sentido, la idea, la experiencia de que yo soy un ser separadamente auto-existente en el universo, y la formación de la conciencia y de la fuerza del ser dentro del molde de esa experiencia constituyen la raíz de todo sufrimiento, toda ignorancia y todo mal". Sri Aurobindo. Cit. por V. Merlo en Experiencia Yóguica y Antropología Filosófica, p. 68.
  2. "Dado que la egocentricidad es la forma dominante de relacionarse con el mundo, especialmente en la sociedad occidental contemporánea, hay que explicar por qué la mayoría de la gente no parece obviamente que esté sufriendo en las garras de la ansiedad y la desesperación. La respuesta a esta aparente paradoja es doble. En primer lugar, como hemos señalado antes, la ansiedad y la desesperación son a menudo muy sutiles y difíciles de discernir. Por lo general, se encuentran por debajo de la superficie de las fluctuaciones minuto a minuto de la emoción, que constituye el fondo sobre el cual se experimentan los otros sentimientos y emociones. Pero, tal vez de mayor importancia es el hecho de que la mayoría de las personas realmente creen que el sistema egocéntrico funciona y, si no parece estar trabajando para ellos, se culpan a sí mismos y no al sistema. Ellos asumen que casi todo el mundo lo está haciendo bien, o al menos tienen su oportunidad, y en vez de revelar lo que ellos consideran su propio fracaso, mantienen las apariencias externas y, en el proceso, contribuyen a la ilusión universal". Michael J. Stark y Michael C. Washburn, "Ego, egocentrity and Self-transcendence: A Western Interpretation of Eastern Teaching", PEW, XXVII, no 3, 1977, p. 277.
  3. I Am That, p. 110; Y Soy Eso, p. 206.
  4. Nisargadatta, I Am That, p. 414; Y Soy Eso, p. 667.
    "Nada te arroja al abismo como esa palabra detestada (¡toma buena nota de ello!): mío y tuyo". "¿Dónde está mi morada? Allí donde no hay tú ni yo". Angelo Silesio, Peregrino Querubínico, V, 238 y I, 7.
  5. Nisargadatta, I Am That, p. 48; Y Soy Eso, pp. 105 y 106.
  6. I Am That, p. 453; Y Soy Eso, p. 725.
  7. "Los que sueñan que están bebiendo en un banquete, al amanecer lloran de pena. Al contrario, los que sueñan que están llorando, al amanecer se encuentran que están divirtiéndose en una cacería en el campo. Cuando sueñan no saben que sueñan. (...) Al despertarse ven que no ha sido más que un sueño. Sólo con un gran despertar se puede comprender el gran sueño que vivimos. Los estúpidos se creen muy despiertos". Chung-Tzu, C. 2, 12.
    "Antiguamente Chuang-Tzu soñó que era mariposa. Revoloteaba gozosa; era una mariposa y andaba muy contenta de serlo. No sabía que era Tzu. De pronto se despierta. Era Tzu y se asombraba de serlo. Ya no le fue posible averiguar si era Tzu que soñaba ser mariposa o era la mariposa que soñaba ser Tzu". Chuang-Tzu, c. 2, 13.
  8. I Am That, p. 17; Y Soy Eso, p. 52.
  9. I Am That, p. 129; Y Soy Eso, p. 238.
  10. I Am That, p. 453; Y Soy Eso, p. 725.
  11. "(El jñani) saborea una bienaventuranza pura, sin causa, no diluida. Es feliz y totalmente consciente de que la felicidad es su propia naturaleza y de que no necesita hacer nada ni luchar para asegurarla. La felicidad está con él más real que el cuerpo, más cerca que la propia mente. Usted imagina que sin causa no puede haber felicidad. Para mí, depender de algo para ser feliz es la miseria absoluta. El placer y el dolor tienen causas, mientras que mi estado es el mío propio: totalmente incausado, independiente, inexpugnable". Nisargadatta, I Am That, p. 179; Y Soy Eso, pp. 313 y 314.
  12. Jean Klein, La alegría sin objeto, Cárcamo, Madrid, 1980, p. 43.
  13. Ibid, p. 15.
  14. Cfr. P. D. Ouspensky, Fragmentos de una enseñanza desconocida, p. 104 y ss.
  15. I Am That, p. 81 y 82; Y Soy Eso, p. 161.
  16. I Am That, p. 83; Y Soy Eso, p. 163.
  17. I Am That, p. 63; Y Soy Eso, p. 131.
Fuente: Mónica Cavallé. Naturaleza del yo en el Vedanta Advaita, a la luz de la crítica al sujeto de Heidegger. Biblioteca de la Universidad Complutense, Madrid.