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Extractos - Enrique Martínez Lozano

“Yo soy la vida”

La comprensión que libera del sufrimiento

Por Enrique Martínez Lozano
Yo soy la vida

La mente se inquieta y altera porque vive en la pretensión constante de que se cumplan sus expectativas y se realicen sus preferencias. Es decir, se mueve por la conocida “ley del apego y la aversión”, aferrándose a lo que le resulta agradable y rechazando todo aquello que le desagrada. Este planteamiento de entrada hace que, habitualmente ―siempre que se sienta frustrada en sus proyectos―, se posicione en el “No” a la Vida.

Frente a ese engaño, que es fuente de todo sufrimiento, solo existe un antídoto eficaz: decir “Sí” a todo lo que viene. Parafraseando las palabras de Jesús, la persona sabia es la que dice: “Que no sea lo que yo quiero, sino lo que la Vida quiere”. Es el camino de la aceptación profunda ―no es otro el camino de la sabiduría―, cuya verdad se verifica en los frutos que produce: silenciamiento de la mente, desidentificación del yo, paz y ecuanimidad, acción desapropiada, comprensión de que somos Vida...

La creencia errónea que nos identifica con el yo separado ―la primera de todas ellas, nuestro “pecado (ignorancia) original” nos hace olvidar que somos Vida; a partir de ahí, empezamos a temerla, y el miedo nos hace entrar en guerra con ella. Esa creencia se halla en el origen del sufrimiento mental, del que será imposible escapar mientras, consciente o inconscientemente, la sigamos manteniendo.

El sufrimiento ―no así el dolor― nos grita que estamos vivencial o experiencialmente alejados de la vida, de nuestra verdadera identidad. Visto desde el otro lado, eso significa que en todo malestar ―tanto más cuanto más intenso sea― podemos ver un “aliado”, cuyo fin no es otro que el de reconducirnos a “casa”. Al comprenderlo y vivenciarlo, aparece la paz y la liberación del sufrimiento.

El sufrimiento nos dice que estamos situados en una consciencia de separatividad, identificados con el yo separado. En ese sentido, puede convertirse en una “alerta” que nos ayude a re-colocarnos, comprendiendo que no somos ese yo, sino la Vida que se expresa y despliega temporalmente en esa forma concreta.

La comprensión ―que transciende la mente― nos hace reconocer que somos vida, y que todo lo que sucede, sin excepción ―incluido lo que llamamos “casualidad” y que no es sino la etiqueta que ponemos a aquello cuya comprensión se nos escapa―, es despliegue de esa misma vida, como proceso inteligente y autodirigido. Con frecuencia, ese despliegue, no solo resultará incomprensible para la mente, sino que hará añicos los esquemas y etiquetas mentales, con los que creíamos “explicar” e incluso “controlar” las situaciones.

La vida es el único Sujeto de todas las acciones: en mí, en cada persona, en cada situación..., es la Vida la que se está expresando. De modo que, por más que pueda sublevar a nuestra mente controladora, todo es en todo momento como tiene que ser. Cuando esto se comprende, aparece la paz y la liberación del sufrimiento, en un alineamiento completo con la realidad, que te lleva a amar lo que es, recordándote a ti mismo en cualquier circunstancia: “esto que ha ocurrido es lo que tenía que ocurrir”...

Si la única razón por la que sufrimos es nuestro rechazo de lo que nos ofrece el momento presente, la liberación del sufrimiento solo puede venir de la mano de la más profunda aceptación.

En todo momento, lo que hago es lo que “tengo” que hacer..., y lo que cada persona hace es lo que “tiene” que hacer. No hay lugar para el orgullo ni la culpa; tampoco para el juicio y la condena. Solo hay comprensión y sabiduría, de donde, para sorpresa de la mente, brotará la acción adecuada y, por ello, la más creativa y eficaz. Porque no es el yo, sino la Vida, el Sujeto de la misma.

Frente a las resistencias de la mente, y como una concesión a ella, añadiría “solo dos matizaciones: por un lado, esa postura de alineamiento con lo real no solo no tiene nada que ver con la resignación o la indiferencia, que son actitudes propias del ego, sino que abre a la mayor creatividad y eficacia; por otro, la comprensión de la que hablo se halla vedada a la mente, por lo que carece de sentido entrar en discusiones mentales acerca de la verdad o no de la misma; y esto no por cesión a la irracionalidad, sino porque nos hallamos en aquel “otro nivel”, que transciende la mente y puede ver en profundidad, más allá de las apariencias y por “detrás” de todo el “juego”, “teatro”, o “sueño” de la representación manifiesta.

Hacia ahí apuntan las palabras de Joan Tollifson:

“Cada ola en el océano es inseparable del océano. Olear es algo que hace el océano, un movimiento que cambia constantemente y que nunca se aferra a ninguna forma particular. No hay límite real entre una ola y otra, y cada ola es igualmente agua. Ninguna ola individual puede decidir ir en una dirección distinta a aquella hacia la que el océano en su conjunto se está moviendo. ¿Es posible que todo, incluyendo lo que parecen ser “mis” decisiones independientes, sean movimientos de una unicidad sin fisuras? ¿Y podría esta unicidad ser una vibrante vivacidad, una inteligencia? ¿Y si el universo estuviera hecho de consciencia y no de materia muerta? ¿Y si la misma consciencia indivisa se manifestara como todo, representando todos los papeles, soñando todos los sueños?”.

Y en ese nivel profundo, al que la mente no puede acceder, todo está bien y todo es como tiene que ser. Y, como le gustaba repetir al sabio Jesús, “el que pueda entender, que entienda”.

Hay un texto atribuido al Buddha, que afirma lo siguiente: “El que logra aceptar la perfección divina detrás de toda situación, puede liberar en un instante años de rencor, resentimiento y enfermedad”. En efecto, cuando comprendes que solo la Vida es el Sujeto de todas las acciones, cambia por completo el modo de percibirlas, por más “injustas” que parezcan a la mente.

Todo ello requiere crecer en comprensión de nuestra paradoja: nos percibimos como seres frágiles y vulnerables ―y esa es la forma en que nos experimentamos―, pero no solo todo lo que ocurre en nuestra existencia está siendo “voluntad” de la Vida ―el único Sujeto de todo lo que acontece―, sino que, más allá de la forma en que nos experimentamos, somos esa misma Vida que se halla siempre a salvo. Esta es la buena noticia que nos regala la comprensión y que se plasma en una actitud de profunda aceptación, en un “sí” a todo lo que viene, en la percepción de que todo es gracia y en un amor gratuito hacia todos los seres que son, como nosotros mismos, Vida que se está desplegando en formas que ella misma ha elegido.

Cuando comprendes que ―en el nivel profundo― todo es y será siempre como tiene que ser, se hace presente una paz inalterable..., porque te has reencontrado con tu verdad más profunda. Has comprendido que ―como escribe el poeta Christian Bobin― “lo que está vivo es lo que no se protege de su pérdida”. Este es el “tesoro escondido” o la “perla perdida” de que metafóricamente han hablado los sabios, y que Jesús llamaba “Reino de Dios”. Esto mismo es lo que, ante alguien que se quejaba de su situación, le permitía a Ramana Maharshi responder: “Usted es ignorante de su estado de plena felicidad”.

¿Estamos abogando por el determinismo, el conformismo y la resignación? Es innegable que el ego tiende en ocasiones a refugiarse en esos mecanismos de defensa. Pero no son actitudes que nazcan de la comprensión. Al contrario: en una admirable paradoja, la comprensión profunda aporta luz, fuerza y amor de donde emergerá la acción más creativa y eficaz que, en cada momento, haya que hacer.

¿Y qué hacemos con la “injusticia”, con la “maldad”, con nuestro “fracaso”, con las crisis de todo tipo...? En el plano profundo, desde el que estoy hablando, todo ello no son sino etiquetas mentales. Pero la Vida no se maneja de acuerdo con tales etiquetas; por más que resulte frustrante a nuestra mente y sus expectativas, la Vida sencillamente es. Y lo que nos cabe ―la única actitud sabia― es comprenderla y alinearnos con ella. Todo lo demás se nos regalará. En contra de la primera reacción mental ―consecuencia de que se ve frustrada en su manera de ver y en el protagonismo que desearía mantener―, esta es también la mejor noticia incluso para las “víctimas” del sistema: son Vida que se halla a salvo más allá de la forma en la que se están experimentando.

¿Significa esto justificar toda situación? En absoluto; significa comprender. Y únicamente desde la comprensión haremos todo lo que tengamos que hacer. O mejor aún, la Vida lo irá haciendo cuando nuestra identificación con el ego y sus “planes” no lo obstaculice. “Injusticia”, “maldad”, “fracaso”, crisis..., todo ello será abordado, pero desde “otro lugar”: no desde el miedo, sino desde la confianza.

Solo cuando crezca esa consciencia luminosa, será posible la paz, la ecuanimidad a toda prueba y la compasión gratuita y eficaz.

Una última advertencia: resulta tan inútil, ineficaz y frustrante tratar de entender todo ello desde la mente como intentar atrapar el aire con una red. La mente es una red llena de “agujeros” por los que se le escapa la posibilidad de comprensión de lo realmente real. Herramienta magnífica cuando la utilizamos en el mundo de los objetos y como “razón crítica” capaz de desnudar errores, es del todo incapaz de dar razón de la realidad. Para ello, como he señalado más arria, necesitamos otro acceso: el de la experiencia directa, cuando la mente se silencia y brilla la consciencia, como la única realidad realmente real, en toda su profundidad. ¿Alguien se imagina que pueda existir algo al margen de la consciencia?

Como se lee en el Yoga Vasishtha, tú no naciste cuando nació tu cuerpo, ni vas a morir cuando él muera. Pensar que el espacio que hay dentro de una jarra nace cuando la jarra es fabricada y perece con ella, es una enorme insensatez; pensar que el espacio del interior de una casa desaparece cuando la casa se viene abajo es no haber entendido nada. Como la jarra y la casa, lo que llamamos “persona” no agota lo que somos: esta puede disolverse, pero la consciencia ―la vida― sigue inalterada.

Solemos definirnos a nosotros mismos a través del contenido de nuestra vida: lo que percibimos, experimentamos, pensamos o sentimos. Hasta el punto de que, cuando pensamos o decimos “mi vida”, no nos referimos a la vida que somos sino a la vida que tenemos, o parecemos tener.

Las circunstancias internas y externas de la vida ―la edad, la salud, las relaciones, las finanzas, la situación laboral, el estado mental y emocional, el pasalo y el futuro― pertenecen al plano del contenido.

Pero, más allá del contenido, vibra permanentemente ―esperando que lo detectemos― Aquello que nos permite ser, lo que sostiene todos los contenidos, el Espacio interior de la consciencia.

El paradigma materialista afirma la realidad de algo que nunca se experimenta (la materia que, en último término, es vacío) y niega lo único que se experimenta siempre: la consciencia misma. La absolutización de la mente ―el hecho de erigirla como criterio último de verdad, como juez que dictaminara acerca de lo que es “verdadero” o “falso”― induce necesariamente a error. La psicología transpersonal, en la estela de todas las grandes tradiciones sapienciales, afirma que la ciencia de la consciencia es el conocimiento que la consciencia tiene de sí misma, y que dicho conocimiento es la base de todo conocimiento relativo.

Dicho de modo sencillo: necesitamos dejar de creer cómo son las cosas para poder verlas en lo que realmente son. Tal vez entonces podamos comprender en toda su verdad la recomendación de Bill Hicks: “No te preocupes, no tengas miedo, nunca, porque esto es solo un paseo”, en línea a su vez con lo que advertía Papaji, un discípulo de Ramana Maharshi: “Este mundo es un jardín, un juego. Juega a este juego divino con destreza. Ve las cosas como son sin intentar poseerlas… Juega bien, juega sabiamente, averiguando primero quién eres tú”.