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Extractos - Jay Michaelson

El yo, el no-yo y la auto-indagación

por Jay Michaelson Extracto de su libro: todo es dios
Jay Michaelson

El yo como fenómeno

¿Quién eres tú?

Más allá de tu nombre, de tu papel familiar; más allá de tu profesión y de tu vocación, ¿quién eres tú? Cuando se nos presiona para responder, la mayoría de nosotros respondemos algo relacionado con la personalidad ―quizá incluso con el "alma"―, algo característicamente individual, psicológico o espiritual. Nuestras respuestas suelen ser vagas, pero firmes; existimos, aunque no podamos especificar lo que eso significa. Tanto el amorfismo como la solidez son naturales; la formación de la identidad es parte del proceso de maduración, y se basa en factores externos, como los papeles que desempeñamos en nuestra vida personal, profesional y familiar; en nuestros rasgos físicos relacionados con el género, la edad y el tipo de cuerpo; y en características internas, como la personalidad, los pensamientos, los hábitos, las preferencias y los sentimientos.

Sin embargo, a pesar de todo lo anterior, resulta muy difícil definir qué es este "yo". Si miras la personalidad de cerca (o la mente, o el corazón, o el alma), descubrirás que es más una etiqueta que una realidad: un fenómeno de la percepción, no una cosa en sí misma. Como simple experimento, levanta ahora mismo tu mano derecha. Adelante: párate un momento, levanta tu mano derecha y después vuelve a bajarla. Ahora bien, tanto si levantaste la mano como si no, reflexiona sobre lo que ha ocurrido realmente. ¿Ha levantado tu mano derecha esa cosa llamada "tú"? De hecho, lo que probablemente ha ocurrido es una serie de procesos mentales, todos ellos condicionados por factores externos a "ti". Tal vez haya surgido una sensación de curiosidad, de ganas de jugar o incluso de obediencia, que probablemente aprendiste cuando eras un niño pequeño, o que tal vez tenga algo que ver con las predisposiciones genéticas. O, si no has levantado la mano, tal vez haya surgido una sensación de pereza, de obstinación o de contrariedad, igualmente aprendida de la experiencia, de otra gente, de mil fuerzas externas. Por supuesto, el conjunto de todos esos sentimientos, y de muchos más, es lo que por conveniencia llamas "tú". Pero, en realidad, ese conjunto nunca hace nada: sólo es una etiqueta, y nada más. Lo que realmente actúa, piensa, siente y sueña son uno o más factores mentales, generalmente en combinación, ninguno de los cuales es intrínsecamente "tú". Estos factores son condiciones necesarias para que la acción tenga lugar, pero no son "tú". ¿Quién se ha movido? Las condiciones se han movido.

Este es un ejemplo muy simple. Pero, por más frecuentemente que repitas el experimento, nunca encontrarás un "tú" haciendo nada; siempre será cierta combinación de factores físicos y mentales. Solemos decir convencionalmente: "Yo soy feliz" o "Yo estoy triste", pero ¿hay realmente un "yo" detrás de la felicidad o de la tristeza? ¿O sólo hay experiencias de tristeza y felicidad? Sin embargo, nadie pretendería que esa alegría o esa tristeza soy "yo", ¿correcto? Supón que alguien hace algo para enfadarte. ¿Estás "tú" realmente enfadado? ¿O es más preciso decir que el enfado ha surgido en la mente porque estaban presentes las condiciones en las que surge, sin que haya habido ninguna contribución por tu parte? Tal vez decir "el enfado está presente" es más preciso que decir "estoy enfadado", aunque inicialmente ésta no parezca una gran diferencia.

Así es como la meditación budista vipassana y el bittul ha-yesh jasídico llevan a la liberación: no mediante una doctrina positiva, sino mediante un proceso de eliminación. Sigue mirando, y el yo nunca está allí. De hecho, todas tus esperanzas, miedos, sueños, amores, odios, gustos o predilecciones ―cada aspecto de quién eres― están totalmente causados y constituidos por elementos no-tú. Ahora bien, podemos estar muy acostumbrados a estos movimientos de la mente y llegar a considerarlos nosotros mismos. Pero eso no hace que lo sean. Observa este proceso durante unos minutos (u horas, o semanas). A medida que surja en la mente una reacción, idea o emoción, procura notarla (evidentemente, un contexto de meditación concentrada facilita mucho las cosas) y pregúntate si eso eres "tú" o si es algo que es "no-tú". En mi propia vía espiritual he practicado esto durante muchos meses seguidos en los retiros de meditación silenciosa, y, al menos en mi experiencia, ha sido “no-yo" en cada ocasión.

Ahora bien, todos experimentamos el fenómeno del yo, pero sólo es la apariencia que toman las cosas desde cierta perspectiva. El conocido profesor de la tradición budista theravada Joseph Goldstein compara el yo con la Osa Mayor. En realidad no hay una osa, ¿cierto? Todos lo sabemos; sólo hay estrellas, que en la realidad están a años luz unas de las otras, y vistas desde cierta perspectiva parecen la Osa Mayor. Si cambias de perspectiva, la Osa Mayor desaparece. Ahora bien, ¿qué significa que no haya una Osa Mayor? Bueno, depende; desde cierto punto de vista, por supuesto que existe, pero no en sentido objetivo. En realidad no. Asimismo, el yo, que el ego se esfuerza tanto por engrandecer y proteger, sólo es una etiqueta que ponemos sobre cierta perspectiva, sobre el aspecto que tienen las cosas cuando las vemos desde cierto ángulo. Una etiqueta vital, pero sólo una etiqueta. Y lo mismo ocurre con todos los fenómenos que experimentamos.

En realidad, ¿qué hay ahí? Bueno, tendríamos que preguntárselo a los científicos, que presumiblemente nos dirían algo sobre los protones y los electrones, o los enlaces moleculares, o tal vez sobre biología o química. En las culturas tradicionales, los elementos que constituyen la creación se conocen como los "cuatro elementos". Esto es lo que el rabino Shmuel Schneersohn, el cuarto Rebbe Luvavitcher, explicó en un discurso de 1869 titulado Mi Chamocha (literalmente, "¿Quién es como tú?"):

Cuando examinas cuidadosamente la naturaleza de los seres físicos, cuando los contemplas bien, descubres que las cosas materiales en realidad no son materiales. Por ejemplo, la sustancia de la madera en realidad está constituida por cuatro elementos: fuego, agua, aire y tierra, y sin embargo, aunque contiene los cuatro elementos, su existencia no es ninguno de ellos. Más bien, su ser es el poder que combina los cuatro elementos... Así, la esencia de su ser es la Palabra que le hace ser (davar hamehaveh ato) y que la sustenta: la [Divina] Expresión [...] Cuando separas los elementos, no queda nada. Así, no hay cosa material sin Cualidad Divina.

En realidad, parafraseando a Gertrude Stein, nunca hay ningún "ahí"; sólo diversos elementos combinándose de distintas maneras. Está claro que, en general, ni siquiera experimentamos los fenómenos que creemos experimentar. Por ejemplo, si estás sentado en una silla, ¿está la "silla" sosteniéndote erguido ahora mismo? ¿O en realidad te sostienen las diversas propiedades moleculares de la madera, el metal o el plástico? ¿Es la "silla" blanca, negra o de otro color, o su color se debe a las propiedades químicas de la pigmentación? ¿Y percibes alguna vez una "silla", o más bien percibes sus diferentes elementos, como su tamaño, su color y su textura? Tal vez esto parezca evidente, y, sin embargo, todos sufrimos por querer esto y no querer aquello, y porque no nos damos cuenta de que todas las cosas, tanto agradables como desagradables, son simplemente aspectos evanescentes del Ser, que surgen y pasan como las chispas de un fuego.

Más que las sillas o las constelaciones, es la noción del alma individual la que nos causa sufrimiento. El ego humano es el producto de millones de años de evolución; sin él, nuestros antepasados no habrían huido de los depredadores, y no se habrían alimentado ni reproducido. Estamos estructurados para identificarnos con estos procesos de nuestros cerebros, para vernos a nosotros mismos no meramente como cuerpos (que, tal como sabemos, algún día volverán a la tierra), sino como individuos verdaderamente diferenciados, como personalidades. Sin embargo, nuestros neurocientíficos nos cuentan que la conciencia no es un fenómeno inmortal e inmaterial, sino un truco del cerebro. Nuestros ordenadores mentales están ejecutando programas a una velocidad asombrosa, pero sólo son programas, que los ordenadores aprendieron en alguna otra parte. El ego es un fenómeno: forma parte del mundo, y no es un observador o controlador de él. Los estados mentales sólo son pautas que surgen y pasan. Nada de ello es "yo, mí o mío".

Pero intenta decirme esto cuando siento dolor. El programa Jay necesita protección, amor, ensalzamiento, reconocimiento; necesita conseguir lo que desea, a niveles superficiales y profundos. Y la mayor parte del tiempo yo me identifico con este programa: yo soy Jay, de modo que necesito esas cosas, y me siento enfadado, triste, herido o molesto cuando no las consigo.

De vez en cuando, generalmente en la quietud de la meditación, veo que "Jay" es un fenómeno que surge. Nada está bajo el control de Jay; de hecho, "Jay" es parte de lo que no está bajo control. Surgen los sentimientos ―alegría, soledad, inspiración, enfado― y "Jay" no tiene nada que ver con ellos. De hecho, la sensación de ser "Jay" sólo surge cuando algo la provoca. Esta es la puerta que permite soltar el yetzer hara, a saber, la perspectiva de que el yo es lo más importante del universo.

Algunos experimentan esta superación de la ilusión del yo como una reducción. Sin embargo, para el jasidismo, es la puerta al bittul ha-yesh, la anulación del sentido del yo, y por tanto la aspiración más elevada. Porque pasar del no-yo a la no-dualidad es muy simple: si no hay yo, ¿qué queda allí?

Auto-indagación

Si el bittul ha-yesh y la meditación de la visión lúcida nos apartan de la ilusión del yo, la auto-indagación ―preguntarse una y otra vez "¿quién soy yo?"― trata de localizar de manera inmediata la Nada, el Ser o el Dios interno. Inicialmente, como hemos visto antes, la mayoría de nosotros nos identificamos con nuestro nombre, o con nuestro sentido de identidad. Yo soy Jay, por supuesto. Pero muy pronto esta simple respuesta resulta insuficiente. Como hemos visto, "Jay" es una etiqueta, no una respuesta. Se refiere a mi, pero no responde a qué o a quién soy yo. Y, además, a medida que reelaboro mi respuesta, no encuentro sujetos sino sólo objetos de conciencia: la personalidad, memes, predilecciones, hábitos e impulsos del yo que surgen a cada momento. "Jay" es algo que surge cuando las circunstancias son adecuadas, y después pasa. De modo que eso no es "yo", ¿correcto?

Sigue mirando, sigue preguntando, y no encontrarás nada: o tal vez encontrarás la Nada. Eso que los vedantinos llaman el Ser (Atman), los budistas lo llaman el no-yo y el jasidismo lo llama el ayin: son tres perspectivas del mismo fenómeno, el vacío sin ego ni tiempo, esa nada que uno encuentra cuando se busca a sí mismo. Es una respuesta al acertijo de la auto-indagación, que no encuentra a nadie en casa, aunque alguien parece darse cuenta. El sabio vedantino Ramana Maharshi (1879-1950) animaba a sus discípulos: "Siempre y en todo momento buscad la fuente del ego, el actor aparente, y al alcanzar ese objetivo [...] el ego se caerá por sí mismo, y no quedará nada sino el Ser lleno de dicha". Asimismo, en las tradiciones del jasidismo, el bittul ad-yash, la aniquilación del yo, se produce tanto extáticamente, en el horno de la oración, como contemplativamente, por medio de la introspección.

De esta aparente paradoja de la auto-indagación nace una reorientación radical. Normalmente nos identificamos con el cuerpo, o con el espacio que hay entre nuestras orejas, o con algún fenómeno de la conciencia, o con el alma o con la personalidad que va surgiendo, hábito tras hábito, a lo largo del tiempo. Cada uno de nosotros piensa que es ese individuo que se mueve por el mundo y se choca con otros por el camino. No obstante, finalmente nos identificamos no como un cuerpo en el mundo, sino como el mundo mismo, el espacio de conciencia en el que toda nuestra vida parece desplegarse. Considera el efecto novedoso, chocante, inquietante y antiintuitivo de esta idea: la de que la totalidad de la realidad está en tu cabeza, sólo que no está en tu cabeza. En una ocasión, respondiendo a alguien que le preguntó: "¿Pero la hormiga sigue picando, correcto?", Ramana respondió: "¿A quién pica la hormiga? Es al cuerpo. Tú no eres el cuerpo. Mientras te identifiques con el cuerpo, ves hormigas, plantas, etc. Si permaneces como el Ser, no hay otros aparte del Ser".

Este cambio de conciencia, nacido de la auto-indagación, conduce a la noción del Ser como cosmos, como conciencia primordial, como expresión intemporal del "YO SOY". Aquí tenemos un texto inédito de Ken Wilber titulado "Desde ti a la Infinitud en tres páginas" (para sentir todo su efecto, sustituye mi nombre por el tuyo):

Lo que has estado buscando es literal y exactamente Eso que está leyendo esta página ahora mismo. El Ser no puede ser hallado porque nunca ha estado perdido: tú siempre has sabido que eres . Esa "YO SOY-dad" es una condición constante de todo lo que surge, es el espacio en el que todo surge, no tiene nada fuera de él y por tanto es completa Paz, e irradia su propia belleza en todas las direcciones. Jay surge en el espacio de esta YO SOY-dad, Jay surge en esta vasta espaciosidad, en esta pura apertura. Jay es un objeto, tal como un árbol o como una nube, que surge en el espacio del Ser que tú eres. Ahora mismo no le estoy hablando a Jay, te estoy hablando a ti. Eso que es consciente de Jay es el Ser siempre presente. Este Ser es consciente de Jay surgiendo ahora mismo. Este Ser es Dios. Dios está leyendo esta página. Jay no está leyendo esta página, Dios está leyendo esta página. El Ser es consciente de Jay y consciente de esta página. no eres Jay. Lo que es consciente de Jay es una YO SOY-dad, que en sí misma no puede ser vista sino sólo sentida, sentida como una absoluta certidumbre, como seidad inamovible, YO SOY ese YO SOY eternamente, intemporalmente, ilimitadamente. Sólo existe esta "YO SOY-dad" en todas las direcciones. Todo surge espontáneamente en el espacio de esta gran perfección que es el Ser, que está leyendo esta página ahora mismo.

Fuente: Jay Michaelson. Todo es Dios, La corriente radical del Judaísmo no-dual (Gaia, 2010)