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Extractos - Enrique Martínez Lozano

Todo es consciencia

¿Qué es eso que llamamos “yo”?

El libre albedrío y el sentimiento de culpabilidad

Por Enrique Martínez Lozano

¿Qué es eso que llamamos yo? ¿Posee sustantividad y consistencia propia como para hacer de él un sujeto real o autentico hacedor de las acciones que se apropia? ¿No será solo un constructo mental, al que la propia mente dota de aquellos rasgos o características que ella percibe pero que, en realidad, son transpersonales? Me refiero a características como la consciencia y la libertad: una vez apropiadas por la mente, dan lugar a un (supuesto) yo, consciente (inteligente) y libre.

Necesitamos avanzar en esta indagación, porque constituye la cuestión nuclear, en torno a la cual gira todo lo demás. En ese camino de auto-indagación, apenas nos aproximamos al yo, lo primero que descubrimos es que se trata solo de un objeto que, como tal, puede ser observado; es, pues, un contenido de la consciencia, siendo esta el único sujeto realmente real.

Llamamos yo al centro operativo que rige nuestra vida mental y emocional. Es real, como tal centro, en el nivel de las formas (de la personalidad), pero en sí mismo carece de entidad en cuanto el sujeto que creemos ser. Es creado por la propia mente, alimentado por el pensamiento y sostenido por la memoria. Quitado cualquiera de esos elementos, el yo simplemente se desvanece: era una ficción.

Tal comprensión repercute, inmediata y radicalmente, en la cuestión acerca de la libertad. Al comprender que el único sujeto realmente real es la consciencia ―Eso que es consciente, la vida, el ser...; todos los nombres resultan inadecuados para nombrar Aquello que carece de nombre porque no es un objeto―, se nos regala un doble descubrimiento: solo la consciencia es (sujeto de) libertad y la consciencia constituye nuestra verdadera identidad.

Había sugerido más arriba que es la creencia en el yo, como entidad consistente, la que exige sostener la creencia del libre albedrío. Desmontada la primera de ellas, ¿qué queda? No podía ser de otro modo: se hace manifiesta nuestra propia paradoja.

Por una parte, somos simplemente papeles dentro de esta gran representación de la consciencia o de la vida. Visto desde ahí, no existe libre albedrío, ni responsabilidad, ni culpa, ni orgullo... Somos actores y actrices, como cualquier otro ser.

Sin embargo, se da en nosotros una diferencia cualitativa con respecto a los otros seres: la capacidad de comprender que somos consciencia. En cierto modo, podría decirse que, en nosotros, la consciencia empieza a encontrarse a sí misma.

Con lo cual, nos hacemos conscientes de nuestra doble dimensión o paradoja: somos el personaje que se mueve en el plano de las formas y somos, en nuestra identidad profunda, Eso que es consciente del personaje, pura consciencia.

Y cuando comprendo lo que realmente soy, me descubro como libertad: sé por mí mismo, de una manera inmediata y autoevidente, lo que es ser libre. Esta es la que antes he llamado libertad de ser, que únicamente se puede experimentar y conocer cuando la somos.

Por el contrario, mientras vivo desconectado de lo que realmente soy y vivo en la ignorancia que me lleva a identificarme con el yo, parece que puedo elegir hacer una cosa u otra, pero la realidad es que me muevo en la confusión acerca de qué puede ser lo más adecuado y, más profundamente, no estoy haciendo sino lo que la propia consciencia despliega en este cuerpo-mente que llamo yo... ¿A esto se le puede llamar la libertad? Cuando se ha palpado y saboreado la libertad de ser, cualquier otra cosa que se presente bajo ese nombre palidece hasta esfumarse.

Desde esta comprensión, todo encaja de modo admirable. Caemos en la cuenta de que el valorado libre albedrío del yo es un señuelo engañoso que, de existir, únicamente se apoyaría en la ignorancia. Una vez superada esta, la comprensión nos permite reconocer y vivir el alineamiento con lo que es. Quien sabe lo que es, no duda; fluye ajustadamente con la corriente de la vida, reconociéndola como su verdadera identidad. La comprensión nos coloca en la verdad de lo que somos y, a partir de ahí, al dejarnos fluir con lo real ―al amar lo que es―, estaremos siguiendo el curso de la vida y realizando lo que somos y, en ese mismo movimiento, descubriremos que somos Libertad.

Ahí vemos que la aparente contradicción entre libertad y determinismo es una falacia. Se trata de un falso dilema: no existe el libre albedrío, pero al mismo tiempo, somos libertad. Libre albedrío y determinismo, libertad y necesidad no son opuestos, sino complementarios: “ser” y “ser libre” son realidades plenamente idénticas. ¿Acaso no estamos determinados a ser lo que somos? ¿Y no consiste en ello nuestra mayor experiencia de libertad? De nuevo brilla la paradoja: solo cuando me “someto” a lo que soy ―a lo que estoy “predeterminado”―, alcanzo la libertad. ¿Dónde está la contradicción que nuestra mente cree ver?

No existe el libre albedrío, porque tampoco el yo tiene consistencia propia. El único sujeto que realmente merece ese nombre es “Eso que es consciente”, la consciencia o la vida. Lo que llamamos yo es solo un papel asignado, que se despliega en una forma particular. No cabe, por tanto, culpa ni responsabilidad: cada ser humano está representando un rol dentro del despliegue del mundo fenoménico.

¿Cómo tratarnos y tratar a los demás? Desde la comprensión de que, en este primer nivel, somos y son simples papeles en los que la consciencia se expresa. No existe ningún yo que posea libre albedrío, ¿cómo podría haber culpa? Y, sin embargo, intuimos que hay algo más... En el próximo capítulo, retomaré este punto. De momento, es suficiente haber detectado la trampa que contamina nuestro modo de ver y desmontar las creencias erróneas que la alimentan, y que podrían sintetizarse de este modo: el yo no constituye nuestra verdadera identidad; carece de libre albedrío ―aunque necesita vivir con esa creencia para poder funcionar―; la consciencia no es una realidad separada de nosotros, de la que dependería todo, sino que constituye nuestra identidad, desde la que vivirnos; la consciencia es libertad; ser y ser libres son realidades completamente equivalentes.

Fuente: Enrique Martínez Lozano. Vivir sin culpa (Desclée De Brouwer, 2025)