Extractos - Jorge Zentner

Presencia
Por Jorge ZentnerCuando el silencio se apropia de nosotros, nos permite observar el ruido de la mente.
El silencio no enjuicia, no opina. Por eso nos deja ver lo que hay—aquí y ahora—sin discursos, sin narrativas. Nos refugiamos en el silencio y la quietud, ya que el silencio y la quietud son el templo que nos acoge para practicar la contemplación de nuestro espacio interior.
Contemplar es presenciar y ser presenciado. Practicar la contemplación es encarnar la presencia, ese espacio, ese contenedor en el que los fenómenos suceden y se suceden. Nos reconocemos en ese espacio silencioso, quieto, vacío, en el que todo empieza, hace su recorrido y termina. Nos reconocemos, nos damos cuenta de que somos esa presencia eterna por la que discurre la fugacidad del tiempo y de los fenómenos.
En esta presencia—en este espacio infinito, en este instante eterno—nos reconocemos, nos reencontramos con nuestra auténtica naturaleza. Es en ese reconocimiento, en ese reencuentro, donde solo podemos decir Yo soy y experimentar, aquí y ahora, la plenitud de ser, la infinita paz de ser, el amor de ser, la transparencia de ser.
El silencio y la quietud son el templo que nos acoge, que nos brinda espacio donde abrazar, donde reconocer, donde reencontrarnos con nuestra auténtica naturaleza, con quienes de verdad somos; donde reencontrarnos con la paz, la plenitud y el amor que nos constituyen. El silencio y la quietud son el puente por el que accedemos al instante presente, a nuestra plena presencia. El silencio y la quietud están en nuestro cuerpo.
La presencia es una presencia encarnada, es una presencia con esqueleto, con sangre, con tendones, con células; una presencia que respira y digiere y estornuda. Ese templo de quietud y silencio es nuestro cuerpo sentado, es nuestro cuerpo acostado, es nuestro cuerpo de pie. Esa quietud la podemos encontrar en la acción, en el gesto, en la danza. Ese silencio no tiene nada que ver con una boca cerrada: podemos cantar desde el silencio, podemos gritar sin romper el silencio.
Cuando estamos sentados en meditación, solemos empezar a sentir molestias corporales, dolores, incomodidades. Entonces tenemos la oportunidad de ir a buscar el silencio en ese dolor, de ir a buscar la quietud, de ir a ofrecer nuestra plena presencia a lo que habita en ese dolor, aquí y ahora.
Cuando detectamos una emoción incómoda, también es en el cuerpo donde la estamos experimentando. A esa tristeza, a esa rabia, a ese miedo, a esa culpa... tenemos la oportunidad de llevarles la energía de nuestra atención amorosa, de nuestra presencia. Tenemos la oportunidad de llevar allí el silencio, la quietud, la paz, el amor, el espacio que esa sensación nos está pidiendo.
El sufrimiento nos pide presencia.
El sufrimiento nos pide presencia amorosa, fuente de luz, fuente de conocimiento capaz de transformarlo todo.
Podemos entrar en el dolor y decir: Yo soy.
Podemos rendirnos al sufrimiento y decir: Yo soy.
Practicamos meditación para familiarizarnos con nuestra propia presencia, para recordarnos.
Vamos a la práctica como vamos a una cita amorosa, movidos por el ansia de reencontrar a alguien que reconocemos que es.
Meditar es un acto de amor.
Y amamos... para nada.
Nos sentamos a meditar... para nada.
¿Qué ocurre si, por un momento, renuncio a ser el discurso del Yo?
¿Qué ocurre si renuncio a ser eso y me permito ser, en este instante, el silencio que brinda espacio y por donde circula el discurso del Yo?
En mi mente hay algo que puedo llamar «mi biografía».
Yo soy y «tengo» una biografía.
Yo soy y tengo una familia, tengo un trabajo, tengo amigos.
Tengo deseos, tengo heridas, tengo miedos.
Me cuesta recordar el tiempo en el que yo ya era y nada tenía.
Tampoco tenía conciencia de ser, ni conciencia de tener o de carecer.
Gracias a la existencia, gracias al desarrollo del humano que soy, me es dado saber que soy, tengo conciencia de ser. Puedo reconocerme exclusivamente como humano o puedo reconocerme exclusivamente como ser. Cualquiera de ambos reconocimientos, aislado, siempre será algo incompleto.
La práctica de meditación es una invitación a reconocernos como seres humanos íntegros, completos, encarnados. Por eso meditar no es para evadir la experiencia dolorosa o desagradable: es para vivirla en plena conciencia. La práctica de meditación es una práctica de la presencia, de la presencia del ser, junto al humano. Nuestra conciencia, nuestra atención, se mantiene presente dando espacio para que todo lo humano sea. Lo humano es a través de emociones, sensaciones, pensamientos, deseos, fantasías, recuerdos, historias, olvidos, relaciones, Creencias, opiniones, preferencias, aversiones...
Mi presencia contiene todo eso y más.
A todo lo humano de mí le digo: «¡sí!». No rechazo nada, no me apego a nada.
Le ofrezco—al humano que soy—una presencia amorosa, incondicional.
Puedo ver sus miedos, sus limitaciones, sus perversiones.
Puedo ver también su sufrimiento, su alegría, su contento.
Puedo ver su luz y su sombra.
Conscientemente, puedo desplazar la atención desde la mente al cuerpo.
Equivale a desplazar la atención desde el tiempo cronológico hasta el tiempo presente, al ahora.
Equivale, también, a desplazar la atención desde el discurso hasta el silencio que lo contiene.
Equivale, también, a desplazar la atención desde el movimiento y la fugacidad hasta la eterna quietud.
La atención se desplaza, así, desde un punto de vista marcado por la dualidad hasta otro punto de vista marcado por la no-dualidad. Si observo el presente desde la dualidad, le encontraré un significado; si lo observo desde la no-dualidad, tendrá para mí otro significado muy distinto. Los hechos, vistos desde la no-dualidad, son tomados tal como son, sin opinión, sin valoración, sin establecer categorías. A lo largo del día la vida nos ofrece innumerables situaciones. Podemos vivirlas desde un lugar o desde otro lugar, con una conciencia dual o una conciencia no-dual. No hace falta decir cuál de ambas opciones es la que genera sufrimiento inútil. Las situaciones no tienen, en sí mismas, un significado unívoco. Por ello, a lo largo del día, a cada uno de nosotros se nos brinda la oportunidad de dar ese significado y, así, determinar la calidad de la experiencia vivida.
Si mi atención está en mi mente, estaré en el tiempo, me identificaré con una narrativa biográfica, creeré ser mis historias, mis creencias, mis traumas, mis experiencias, mis obras, mis carencias, mis deseos... y estaré fluctuando entre el pasado y el futuro. Estaré dominado por el miedo, la rabia, la culpa, la vergüenza. Me acompañará un sentimiento de insuficiencia, de no ser todavía quien debo ser. En las mismas situaciones, basta que desplace mi atención al cuerpo, basta que esté presente en el silencio del ahora, para que tome conciencia de Yo soy.
La conciencia de Yo soy, la conciencia de ser plenamente aquí y ahora, viene acompañada por un sentimiento de paz, de plenitud, de quietud interior, de silencio, de espaciosidad, de transparencia, de confianza. El paso de un estado de conciencia al otro es instantáneo. Cada uno de los temas que nos preocupan puede observarse desde la perspectiva de la dualidad o desde la no-dualidad. En general, son problemáticas de nuestro ego, de nuestra identificación con un objeto mental, de nuestro vivir en el tiempo, de nuestro estar instalados en la dualidad. Son problemáticas de Yo, Mi, Mío.
Cuando hacemos ese pequeño pero radical desplazamiento de nuestra atención, cuando traemos nuestra atención al ahora y, desde ahí, observamos cualquier problema, comprobamos que esos problemas se disuelven ante nuestra propia mirada interior.
Nos damos cuenta—desde este lugar de observación, el ahora—de que en la existencia solo aparecen situaciones, no problemas.
No hay en el planeta Tierra una planta cuyos frutos sean problemas.
En lo que es no hay problemas.
Pero si observo lo que es desde mi mente, desde la dualidad, esa mirada genera problemas. Así, cultivamos nuestra plena presencia.
Ese breve viaje es un gran viaje en busca de la visión.
La visión que nos permite vernos y ver las cosas tal como son.
La visión que nos permite contactar con nuestra auténtica naturaleza.
No es lo mismo vivir para resolver problemas que vivir para atravesar situaciones.
Lo humilde y saludable es atravesar situaciones.
Cuando mi mirada proviene de la mente emito juicios, veo errores y defectos; entonces desarrollo el perfeccionismo, creyendo que las cosas no son como yo pienso que deberían ser. Y, en primer lugar, considero que yo no soy la persona que, a mi juicio, debería ser.
La práctica de la meditación, en su simpleza, lo resume todo: nos sentamos, traemos nuestra atención a la postura, desplazamos nuestra atención desde la mente al cuerpo. Instantáneamente, descubrimos en nosotros una mirada que no genera categorías, que no enjuicia, que no compara, que ve las cosas tal como son.
Cuando nos sentamos a meditar, desplazamos nuestra atención desde la mente hasta el cuerpo; desde el tiempo cronológico hasta el ahora; desde la dualidad hasta la no-dualidad; desde el discurso hasta el silencio. Y es esa mirada no-dual la que dirigimos hacia nuestro paisaje interior. Es una mirada amorosa, compasiva y que ve las cosas tal como son. Nos vemos a nosotros mismos, así, en nuestra auténtica naturaleza. Es esta mirada del corazón, es esta mirada que ve las cosas tal como son la que nos permite asomarnos al silencio, al vacío, sin miedo, con amor. Es una mirada que no necesita agarrarse a ningún objeto; es una mirada que no busca resolver ningún problema; es una mirada que nos permite abrazar el misterio de nuestra propia existencia, aquí y ahora, sin necesidad de desvelarlo, sin buscar seguridades, explicaciones, discursos, narrativas, control.
Cuando nos sentamos a meditar, desplazamos nuestra atención desde la mente hasta el cuerpo. Desplazamos nuestra atención desde el Tiempo hasta el ahora.
Así, cultivamos nuestra plena presencia.
La visión que nos permite vernos y ver las cosas tal como son.
La visión que nos permite contactar con nuestra auténtica naturaleza.