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Extractos - Javier Melloni

Cosmic faces

Oriente y Occidente

Hacia un tiempo de síntesis

Por Javier Melloni

Futuro versus presente

La cultura occidental está dinamizada por una concepción lineal del tiempo que proviene del pueblo de Israel. La esperanza de una tierra mejor le hizo dejar atrás el país de la esclavitud. Llegados a Caná, esta expectativa se transformó en otra espera: la venida del Mesías. A través de la expansión del cristianismo y de la promesa de una plenitud final de los tiempos con la segunda venida de Cristo (la Parusía), Occidente hereda la concepción historicista del tiempo. El mito o ideología del progreso es el resultado de la secularización de la espera mesiánica. El marxismo, con su utopía de una sociedad igualitaria, prolonga las raíces judías de Karl Marx. Este verterse sobre el futuro ha ayudado a la cultura occidental a superarse proyectando objetivos, fijando metas..., pero con el peligro de perder lo único que tenemos: el presente. En Occidente concentramos toda nuestra energía hacia fuera y hacia el futuro.

En Oriente la energía se desarrolla hacia el presente y hacia dentro. El tiempo oriental es circular. Siempre acaba volviendo lo mismo a causa del deseo y de la proyección de la mente. Oriente no busca el progreso sino la profundidad del instante. Lo que hace falta es aprender a habitar la irrepetibilidad del ahora. Volver al presente es una paradoja, porque no existimos sino en él. Pero estamos continuamente enajenados debido al pensamiento. La mente se desplaza al pasado en forma de añoranza o de reproches y se adelanta al futuro en forma de proyectos para calmar su ansiedad. Liberarse del exilio del pensamiento implica darse cuenta de que somos cuerpo. Este ser-cuerpo conlleva maravillarse del movimiento más primario y más satisfactorio que continuamente estamos disfrutando: la respiración. Por la inspiración estamos recibiendo la vida y por la expiración la estamos entregando. El retorno al cuerpo y al presente nos fortalece con el poder del ahora. Fuera del presente no existimos. Por lo tanto, la felicidad debe ser una experiencia del presente. Todo lo que nos lleve al presente nos lleva también a la plenitud porque nos devuelve a nosotros mismos y a lo que es verdaderamente real.

Fecundo encuentro es el que se produciría si fuéramos capaces de integrar el sentido del progreso motivado por el afán de superación característico de Occidente con la atención al instante presente propio de Oriente que permite disfrutar del sabor de cada paso. Si bien es cierto lo que Gandhi dijo: «No hay un camino para la paz, la paz es el camino», también es cierto que hacen falta las condiciones estructurales para que los pueblos vivan en una justicia que posibilite esa paz. La dimensión personal y la social se requieren a la vez.

Principio de personalización y de alteridad versus principio de oceanización y mismidad

Occidente apuesta por la irrepetibilidad de cada persona. «Acepto la gran aventura de ser yo», escribía Simone de Beauvoir en sus Cuadernos de juventud. De aquí se desprende también el valor de la alteridad, el respeto a cada uno como l otro de mí. Las corrientes personalistas del siglo XX son el reflejo y la maduración de esta sensibilidad de Occidente por el valor de la persona. Persona es diferente de individuo. El término proviene del teatro griego: se refiere a la voz que se oía a través de la máscara (pro-sopon). El ser humano no es la máscara que se ve, sino la voz que hay tras ella donde radica el misterio irrepetible y singular de cada ser humano. El significado de persona se profundizó a partir de la teología cristiana sobre la Trinidad. Dios no es concebido como un Ser o Energía impersonal, sino como comunión e hypóstasis o personas (Padre, Hijo, Espíritu Santo) en la que cada una existe desde y por el otro. Son tres núcleos u orígenes de amor consciente y libre que crean relación desde la auto-donación. La encarnación del Verbo revela el valor sagrado de cada ser humano: «Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis.» (Mt 25,40.45) Como fruto de , valoración irreductible de cada persona, Occidente ha echo aportaciones que forman parte del patrimonio de la humanidad, como es la democracia basada en el voto transferible de cada ciudadano, y como son las sucesivas declaraciones de los derechos humanos.

En Oriente, en cambio, la noción del yo se considera un error que causa todos los dolores, fuente de envidias, codicias, rivalidades y exterminios entre los humanos y de la naturaleza. No se concibe un yo sustancial. La postura más radical la tiene el budismo, según el cual lo que existe es un flujo continuo de realidad formado por varios agregados (skandas): formas, sensaciones, conceptos, actividades y conciencia que crean la ilusión de un yo. Esta construcción a separación y una continua sensación de insatisfacción, soledad y angustia. La experiencia de la iluminación o de a liberación consiste en desprenderse de este yo que aísla separa de la realidad, privándonos de la plenitud. Dice el Bhagavad Gita:

La persona que abandona el error de la posesividad, libre del sentimiento del yo y de mí, alcanza la paz perfecta.
Bhagavad Gita 2,71

Libre de egoísmos, violencia y orgullo, así como de concupiscencia, ira y ambición, una vez que esta persona ha superado su yo, su personalidad y el sentimiento de lo mío, ha escalado las cimas más altas y se hace merecedor de la unión total con Brahman.
Bhagavad Gita 18,53

En palabras budistas:

Una única naturaleza
contiene todas las naturalezas,
Una únicaexistencia
incluye absolutamente todas las existencias. (1)

La singularidad individual pierde importancia ante la participación en el Todo. Solo desde aquí se puede entender un tema tan complejo como la reencarnación y la liberación de la reencarnación. En términos hindúes, se busca la fusión del yo profundo o espíritu (Atman) en el Ser supremo (Paraatman); en términos budistas, se busca la extinción de las diversas funciones egoicas de la conciencia y de la percepción en la naturaleza primordial incondicionada; en términos taoístas, el ser humano (ren), compuesto de esencia (jing), energía (qi) y espíritu (shen), se reintegra (fan) en el Tao indiferenciado a través de la unificación del ser profundo (xing). La existencia concreta e histórica es la ocasión para salir de la ignorancia y volver a la unidad primera. En cambio, en la mentalidad occidental, la persona concebida como una entidad irrepetible físico-psíquico-espiritual. De aquí se desprende el valor de la libertad y el principio de responsabilidad, tan propios de nuestra filosofía y teología modernas. Nos lo jugamos todo a una sola carta y en una sola existencia. Desde esta perspectiva sospechamos que la doctrina de la reencarnación justifique los sistemas de desigualdad social y fomente el conformismo. Por su parte, Oriente, con la concepción de las diversas vidas, interpela a Occidente con la posibilidad de una perfectibilidad progresiva hasta llegar a la liberación o realización final. En lugar la noción de pecado como acción conscientemente perversa, Oriente habla de ignorancia. No se trata de salvarse, sino de iluminarse.

Si bien el cristianismo prolonga por la eternidad la identidad personal, tanto de los seres humanos como de Dios, Oriente destaca la dimensión oceánica, de unión hasta la fusión de la conciencia individual con el Ser total. Si no hay un yo, tampoco hay un tú, porque son correlativos. Occidente subraya el contorno de la gota de agua; Oriente, su acuidad, que es la misma que la del océano. Aun existiendo esta polaridad, los místicos de Occidente se han acercado a la concepción oceánica, como la imagen que menciona Teresa de Jesús en la Séptima Morada, donde compara la unión del alma con Dios con la que se produce con las gotas de la lluvia cayendo en un estanque o con el agua del río entrando en el mar o con la luminosidad de una habitación con la luz que entra por distintas ventanas (2). También el Maestro Eckhart dice que el fondo de Dios y el fondo del alma son un único y mismo fondo (3). En dirección contraria, la verdadera experiencia del nirvana no conlleva el menosprecio del samsara (el mundo cambiante de las formas individuales), sino su diafanidad.

 

Plenitud y vacuidad

Quizá la mejor manera de sintetizar la polaridad que existe entre Oriente y Occidente sea esta: Occidente anhela plenitud mientras que Oriente propone vacuidad. El deseo de plenitud expresa la condición de un yo carente que está siempre en busca de algo. Desear, del latín desiderare, significa “tender hacia las estrellas”. Si bien el deseo nos dinamiza y nos hace crecer y transformar la exterioridad, también tiene el riesgo de fomentar una permanente lejanía entre el sujeto deseante y el objeto deseado. Mientras se dé esta separación, la felicidad dependerá siempre de algo por alcanzar, lo que aboca a una agonía interminable. La sensación de carencia es la que crea infelicidad.

Buscamos cosas para consolarnos, con lo que aumenta la percepción de carencia y nos alejamos del camino que nos podría liberar de ello. Las sabidurías de Oriente acentúan el no-deseo y la vacuidad donde el yo desaparece. Dice un maestro: «No necesitas nada para ser feliz. En cambio, necesitas algo para estar triste.» Solo así se puede comprender este texto de Laozi tan alejado de nuestra opción cultural:

Que el territorio sea pequeño, escasa la población;
si hubiera toda clase de cosas, no se utilizarían.
Si el pueblo respetara la muerte, no emigraría a lugares remotos.
Aunque hubiera carros y barcos
no habría necesidad de tomarlos.
Aunque hubiera corazas y armas
no habría de qué enorgullecerse [...].
Encontrarían gustosa la comida,
bellos sus vestidos,
pacíficos sus hogares,
placenteras sus costumbres.
Los poblados vecinos estarían a la vista,
Se oiría el canto de sus gallos y el ladrido de sus perros,
pero la gente envejecería sin haberse jamás visitado.

Daodejing, 80

Las poblaciones no habrían tenido la necesidad de visitarse porque cada uno habría descubierto que contiene en sí mismo lo que busca en el otro. Esta simplicidad o esencialidad evoca un vacío que no está vacío, sino que es la matriz de toda sibilidad. Tal es el significado de la raíz sun- del término sánscrito sunyata, “vacuidad”. Sun indica el espacio vacío que parece cuando se dilata el vientre de una mujer al engendrar. Es el mismo vacío (wu) del que habla el taoísmo:

Treinta radios convergen en el centro
pero es el vacío que hay entre ellos
lo que hace mover el carro.

Se trabaja para hacer recipientes,
pero es el vacío interno
lo que posibilita su uso.

Una casa está agujereada de puertas y ventanas.
Sigue siendo el vacío
lo que permite habitarla.

El ser ofrece unas posibilidades,
y por el no-ser se utilizan.

Daodejing, II

En Oriente, la búsqueda de plenitud de un yo anhelante se percibe como saturación; en Occidente, la búsqueda de vacuidad donde el yo desaparece se interpreta como exaltación del nihilismo. Pero si nos esforzamos en comprendernos desde el ángulo del otro, entenderemos que la vacuidad es espaciosidad siempre abierta a más realidad y que la plenitud pone un contenido específico a esta espaciosidad posibilitada por la vacuidad.

La existencia humana está hecha de actividades y de pasividades, de palabras y de silencios, de masculinidad (Yang) y d feminidad (Yin), de razones y de contradicciones. Oriente y Occidente representan dos maneras de estar en el mundo que se complementan, tal como lo hacen el hemisferio cerebral derecho y el hemisferio cerebral izquierdo. Nos necesitamos mutuamente. Hoy, más que nunca, estamos llamados a desarrollar la persona y la civilización integrales.

Notas:
  1. Yoka Daihi, El canto del inmediato satori, Kairós, Barcelona, 2000» Pp. 113.
  2. Teresa de Jesús, Morada VII, cap. 2.4.
  3. Cf. diversos sermones recogidos en Maestro Eckhart. El fruto de la nada y otros escritos, Siruela, Madrid, 1998, pp. 49, 53 y 100.