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Extractos - Dora Gil

No soy un cuerpo

Por Dora Gil
Dora Gil

La física cuántica nos lo explica desde hace tiempo: nuestra aparente solidez es una ilusión. En nuestra constitución profunda, somos la pura energía de la vida, libre, más allá de lo que los ojos ven.

Con nuestra forma limitada de concebir la realidad, lo que hacemos es poner un cerco a un fragmento infinitesimal de esta energía gigante de la que formamos parte. Al identificarnos con ese reducto, al que llamamos cuerpo, nos sentimos separados del universo.

Esa percepción de un mundo formado por cuerpos sólidos aislados unos de otros es el error básico sobre el que se sostiene nuestro sistema de pensamiento. Los ojos ven lo que la mente acepta como cierto. Nuestras mentes han asumido la separación como un hecho y nuestros sentidos la perciben así: están al servicio de un modo de pensar desconectado de la realidad.

Y seguimos empeñados en recrear el mundo que construimos desde la creencia en la separación y la solidez. Lo hacemos constantemente pensándonos y concibiéndonos como entes aislados. No somos conscientes del dolor que esta percepción entraña y vagamos por la superficie de la vida en una búsqueda compulsiva de conexión con otros cuerpos, con la esperanza de recuperar así nuestra unidad.

Una y otra vez la experiencia nos muestra que la unión no es posible ahí, salvo esporádicamente, como un vago reflejo de donde se encuentra realmente. No hay ninguna garantía de estabilidad en el mundo ilusorio y cambiante de los cuerpos. Solo desde un espacio más profundo, nuestra naturaleza real, la vida que somos, podemos experimentar esa unidad indisoluble cuando nos conectamos con ella y renunciamos a los conceptos y juicios que nos separan.

No estoy hablando de rechazar o renunciar al cuerpo, sino de instalar nuestra morada donde realmente podemos sentirnos seguros y unidos a la vida. Desde ahí, la experiencia del cuerpo puede ser maravillosa, sabiendo que no es él el responsable de nuestro bienestar o malestar. Comprendiéndolo más bien como un extraordinario instrumento al servicio de nuestro ser.

Si durante mucho tiempo el cuerpo sirvió para reforzar nuestra consciencia limitada de separación, ahora podemos usarlo para conectarnos con la vida que lo recorre y vivirla intensamente. A través de él tenemos un vívido acceso a nuestra emocionalidad y en él puede ser contemplada y abrazada desde la consciencia que somos. Nuestras emociones, en forma de sensaciones que se mueven en el cuerpo, nos permiten conocernos como espacio para ellas. Al darles este espacio, la experiencia de nuestro cuerpo se hace poco a poco más abierta y va reflejando la liberación interna de nuestros patrones restrictivos que, desde una mente confundida, lo contraían y bloqueaban.

Considerarnos como cuerpos aislados unos de otros parece algo normal. Sin embargo, cuando empezamos a ahondar en la experiencia interna que esta forma de contemplarnos nos genera, descubrimos que nos sentimos distantes. Nuestras mentes juzgan, opinan sobre algo muy reducido, muy cosificado, con una apariencia, una historia y unas condiciones. Y el concepto que nos formamos de cada persona la deja recluida en algo sólido e identificable. Eso, a la mente pequeña y controladora, le ofrece una cierta seguridad. Le parece poder encajar la inmensidad y el misterio en algo tan reducido. Etiquetándolo, localizándolo, cree poder controlar esa vida espontánea que mentalmente no consigue abarcar y que le resulta quizás amenazadora.

Basta mirar a los ojos de otro ser humano serenamente para darnos cuenta de que todo lo que pensamos sobre él, esa violenta reducción que supone el considerarlo un cuerpo limitado, se nos cae por tierra. Basta mirar así, sin historias, sin juicios, para abrirnos a la extraordinaria realidad de lo que somos realmente.

Puede ser suficiente tocar, sentir, abrazar a alguien sin pretextos, conectando con la vida que respira y anima su cuerpo, para que todas las barreras que nuestra mente ha construido caigan por sí solas. Tocamos vida, sentimos la ternura inefable de su existencia a través del cuerpo que abrazamos, su anhelo simple de amor que conecta con el nuestro, y ya está, dejan de importarnos las historias que nos narra nuestra mente y que convierten a ese ser humano en un cuerpo separado del nuestro.

Nuestro cuerpo, vivido desde esta consciencia amplia, nos permite expresarla. Nuestros ojos, manos, gestos, nuestra voz, nuestros sentidos adquieren una dimensión más allá de lo meramente corpóreo. Nos comunican, en vez de separarnos como sucedía cuando el objetivo era afianzarnos como personajes diferentes unos de otros.

Externamente no cambia nada, pero al situarnos en la perspectiva de la consciencia, lo que antes era un fin (el cuerpo) ahora se convierte en un medio extraordinario a través del cual la vida se expresa y se conoce a sí misma. Comprender esto, nos deja descansar y genera una profunda paz. En lugar de tener que conseguir cosas para el cuerpo haciendo muchos esfuerzos por parte del pequeño yo identificado con él, lo contemplamos como un espacio que ofrecemos a la vida. Momento a momento, la existencia se contempla a sí misma a través nuestro. La consciencia mira a través de nuestros ojos, saborea a través de nuestra boca, escucha valiéndose de nuestros oídos... Todo es visto, sentido, escuchado. No soy yo quien vive, es la vida quien vive a través de mí.

 

Sentarme a meditar

Sentarme a meditar es aquietarme y contemplar
el fluir de la corriente de la vida
que me atraviesa en este instante.

Nada que resistir, nada que juzgar,
ningún comentario es necesario cuando me abro por dentro
y me dejo simplemente habitar por el ahora,
cuyas formas van cambiando y sucediéndose.

Sonidos, sensaciones, el aliento en su vaivén,
emociones, pensamientos...
Todo está ahí apareciendo y desapareciendo
en el silencioso espacio de mi ser.

Y si surgen comentarios o reacciones,
ellos también forman parte de este todo que me inunda,
de la extraordinaria particularidad de este momento.

Nada que rechazar, nada que conseguir, ninguna meta que alcanzar.
Tan solo contemplar desde mi esencia, espaciosa como el cielo,
el flujo irrefrenable que contengo,
unas veces tormentoso; otras, suave murmullo imperceptible... Silencio...
Descanso unida a la vida.
Soy vida