Ruta de Sección: Inicio > Artículos >Extractos > Artículo

nada es lo que parece

Las cosas no son lo que parecen

Por Huston Smith

Los resultados de la ciencia moderna asumen la forma de una revelación, desenmascarando las ilusiones creadas por nuestros receptores sensoriales y revelándonos el mundo tal cual es. Los sentidos parecen confirmar la solidez del escritorio en que estoy apoyado, pero la ciencia subraya que las cosas no son lo que parecen. Lo que vería, por ejemplo, si pudiera contraerme hasta alcanzar el tamaño de un electrón sería una dimensión fundamentalmente vacía en la que la proporción entre la materia y el espacio sería del mismo orden que la que hay entre una pelota y un estadio de béisbol. Los sentidos dicen que el escritorio es estático, pero la ciencia insiste en que las cosas no son así porque, desde el punto de vista de la física, los electrones de que está compuesto el escritorio giran en torno a su núcleo a una velocidad de mil billones de veces por segundo o, dicho en términos ondulatorios, vibran más veces por segundo que el número de segundos transcurridos desde el momento de la formación de la corteza terrestre. El escritorio es, pues, energía compactada que se asemeja más a la energía pura que al bloque inanimado del que me informan las manos y los ojos. Miremos donde miremos, los sentidos únicamente nos revelan meras ficciones. Y no es sólo que no nos informen adecuadamente del semblante de la naturaleza, sino que también se inventan cosas para no informarnos. Si los sentidos nos presentaran las cosas tal cual son, no podríamos sobrevivir. Si percibiéramos átomos o cuantos en lugar de automóviles, no tardaríamos en ser arrollados y, si nuestros antepasados hubieran visto electrones en lugar de osos, hace ya mucho que nuestra especie se hubiera extinguido.

Así es como llegamos al verdadero meollo de este capítulo, establecer el paralelismo existente entre la ciencia y la visión tradicional (en tanto que opuesta a la perspectiva moderna), religiosa (en tanto que opuesta a seglar) y humanista (en tanto que opuesta al cientificismo), tres adjetivos que, en este libro, son básicamente sinónimos. El descubrimiento de la física de que los sentidos nos engañan es equivalente a la afirmación de la visión tradicional de la ilusoriedad de nuestra sensibilidad. Los sentidos no nos revelan la naturaleza del universo físico mejor de lo que nuestra sensibilidad nos informa acerca de lo que más nos importa, el significado de la vida, de la historia y de la existencia, en general. «Ni el ojo vio, ni el oído oyó... lo que Dios ha preparado» (Corintios 1,2:9), a lo que C.S. Lewis agrega:

El cristianismo nos habla de otro mundo, un mundo que se halla detrás de la realidad que podemos tocar, oír y ver. Uno puede pensar que esa afirmación es falsa pero, si fuera cierta, lo que sostiene sería difícil de creer, tan difícil, al menos —y por la misma razón—, como las afirmaciones de la física moderna. (1)

Los cuentos sufíes suelen encerrar dos niveles de lectura ya que, en un determinado momento, el mensaje que parecen transmitir se ve reemplazado por una visión alternativa que transforma las cosas y las muestra bajo una óptica diametralmente opuesta. Es entonces cuando el “loco” deviene sabio, la baratija comparada despreocupadamente demuestra ser de oro puro y el harapiento ignorado por todos resulta ser un rey disfrazado. A fin de cuentas, uno nunca sabe. Esto es precisamente lo que afirma la doctrina india de maya. La vida que vemos es un entramado de ilusiones. En opinión de Matthew Arnold, «Sófocles vio la vida directamente y la vio entera». Pero ¿quién alcanza realmente esas elevadas alturas? Del mismo modo que nuestros ojos permanecen ciegos a todo aquello que queda fuera del estrecho rango de longitudes de onda con que están sintonizados, nuestros corazones desatienden a los hechos que quedan fuera de su esfera de intereses. Es más, los mundos construidos que vemos y sentimos se hallan sujetos a las leyes de la perspectiva, de modo que los objetos más próximos nos parecen más grandes que los más distantes y los eventos del momento más importantes que los que nos deparará el mañana. «Enséñanos a contar nuestros días para que podamos aplicar nuestro corazón a la sabiduría» (Salmos, 90:12). Qué curiosa plegaria ésta que nos recuerda que estamos abocados a la muerte. Y si nos preguntamos si hay alguien que ignora estas obviedades, bastaría con reflexionar un poco sobre este hecho para percatarnos de que, en realidad, son muy pocos los que son conscientes de él y viven cada día como si fuera el último (2). Éste es precisamente el sentido de las calaveras que adornan los escritorios de los monjes.

El término maya se deriva de la raíz sánscrita ma, que significa “medir, construir o dar forma”, que también tiene que ver con el vocablo “magia”, la creación, por métodos sobrenaturales o por mero artificio, de una apariencia ilusoria. Pero cuando los hindúes afirman que el mundo es maya y nosotros traducimos el término como ilusión, no debemos entenderlo en el sentido de que no exista mundo alguno. Aunque los sentidos nos dicen que la luna es más grande que la estrella polar, nos equivocaremos si concedemos a esa percepción más objetividad de la que merece. Maya no significa que el mundo sea irreal, sino que el modo en que se nos presenta es engañoso. A fin de cuentas, la misma alfombra mágica que nos sustenta está entretejida con los hilos de la ficción. Maya es una advertencia, una llamada de atención para que no nos quedemos atrapados en el hechizo del mundo.

De ahí la insistencia del Buda en la “atención plena” y del Islam en dhikr, el recuerdo. «La vida es el paso desde el sueño de un ego o una conciencia individual a un sueño cósmico y colectivo. La muerte aleja el sueño particular del sueño general y arranca las raíces que el primero ha asentado en el segundo. El universo es un sueño entretejido de sueños: sólo el Yo está despierto.» (3)

Notas:
  1. Extraído de The Problem of Pain. Nueva Yoek: The Macmillan Company, 1943. [Versión en castellano: El problema del dolor. Madrid: Rialp, 1999.]
  2. «“¿Cuál es la más extraordinaria de todas las maravillas?” “¿Que el ser humano, pese a ver morir a sus semejantes, crea que nunca morirá?”» (Mahabharata)
  3. Frithjof Schuon, Spiritual Perspectives and Human Facts. Londres: Perrenials Books, 1969, pág. 169.