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Extractos - Douglas Harding

On having no head

La vía sin cabeza en 1965

Por Douglas Harding

En 2003, mientras hurgaba en algunos documentos antiguos, encontré este ensayo largamente olvidado. La versión de On Having No Head (1) a la que se refiere es la original, publicada por la London Buddhist Society en 1961.

Han pasado unos cinco años desde que escribiera On Having No Head. Hasta entonces, tan solo había conocido a una persona aparte de mí mismo de la que estuviese seguro que había «perdido la cabeza». Desde entonces hasta ahora he tenido conocimiento de otros nueve casos (once en total), la mayoría personas a las que conozco íntimamente. El propósito de estas notas es extraer algunas conclusiones generales de estos casos adicionales.

1. Qué es esta experiencia

La experiencia consiste en ver la inexistencia de esa parte del propio cuerpo que ahora mismo es invisible. Esta parte invisible es, al menos, la cabeza de uno mismo, pero con mayor frecuencia suele ser el tronco o el cuerpo entero (dependiendo de si estamos mirando hacia abajo o hacia adelante). De hecho, es el universo tal y como se presenta justo aquí, a este lado de las gafas. Vemos que no se limita a ser meramente invisible, sino que está totalmente disuelto, desaparece sin dejar el menor rastro. No se trata de que «no pueda ver mi cara», sino de que «veo que no tengo cara», lo cual es muy distinto. Este es el salto esencial, pero no es un salto intelectual, una comprensión racional de la propia vacuidad, sino ver de verdad, de un modo muy real, la claridad absoluta, la ausencia de cabeza aquí, y verlo con la misma nitidez con la que vemos nuestra cabeza ahí, en el espejo, en el lugar que le corresponde, a poco más de un metro de aquí.

2. A quién le ocurre

Hasta ahora, salvo en un caso, todos los que han tenido la experiencia han sido hombres. El más joven tenía 16 años, el mayor 60, y la edad promedio está en torno a los 30. La inteligencia de estos individuos era superior a la media, y su personalidad bastante normal y estable. Por lo que parece, es poco probable que quienes sufren de neurosis o de algún trastorno mental tengan esta experiencia.

Guarda poca conexión con la madurez intelectual, moral o espiritual (al menos, con la madurez espiritual manifiesta). Puede ocurrir muy al principio de la vida espiritual, casi sin esfuerzo, sin prácticamente haber realizado ninguna búsqueda ni haber practicado ninguna disciplina previa, o bien puede presentarse tan solo tras muchos años de esfuerzo sostenido. También es posible dedicar la vida entera a la búsqueda del autoconocimiento y llegar a tener una mente controlada y disciplinada, así como alcanzar un elevado grado de santidad, pero sin haber visto nunca esta realidad.

3. Cómo sucede

Se produce por contacto personal. Hasta donde yo sé, solo en un caso alguien ha conseguido ver su ausencia de cabeza mediante la lectura de un libro, pero después los resultados demostraron ser bastante pobres. En el mejor de los casos, el libro puede prepararnos para ver y para confirmar la experiencia una vez que la hemos tenido.

4. Sus características principales

Es repentina, y eso se debe a que se trata de una cuestión de «todo o nada». O se ve o no se ve, no hay punto intermedio.

Es definitiva, concluyente, en absoluto vaga o imprecisa. Quien ve no puede dudar de la validez de lo que ve o de su habilidad para verlo. Tampoco puede confundir esta experiencia con ninguna otra.

Es sorprendente, extraordinariamente revolucionaria, y no simplemente una manera algo distinta de verse a uno mismo.

Y sin embargo, no es espectacular sino que se trata de una experiencia fría, para nada extraña, piadosa o incluso religiosa, sino completamente natural. No tiene nada que ver con el éxtasis, con percibir destellos de luz o con cualquier estado mental que se salga de lo normal. No es una clase de visión especial, sagrada o espiritual: vemos la ausencia de nuestra propia cabeza con la misma claridad con la que vemos la ausencia de la mano en el punto A cuando la movemos al punto B.

Es obvia, tan tremendamente obvia que la reacción inicial tiende a ser la risa y, una vez que se señala, no poder creer que haya alguien en el mundo que no pueda verla.

Es siempre igual, siempre la misma experiencia, siempre total, incapaz de mejorar o declinar, pero al mismo tiempo, siempre es distinta. A pesar de ser inmutable en su esencia, su expresión es infinitamente variada. Cada vez es la primera vez: no arrastra nada del pasado, ningún recuerdo en el sentido ordinario del término. El sabor del ver, aunque inconfundible, es sutilmente diferente en cada ocasión.

Se puede concitar a voluntad. Podemos comprobar nuestra propia ausencia siempre que lo deseemos. Por supuesto, hay momentos en los que nos sentimos agitados o estamos distraídos y no queremos ser conscientes de ella.

Y por encima de todo, es el descubrimiento de la verdad básica sobre uno mismo, de cómo hemos sido siempre en realidad. No se trata de un logro o de algo que se pueda poseer.

5. Sus principales consecuencias

El cuerpo se relaja. Poco a poco va siendo cada vez más evidente para el veedor que la visión trae consigo una clase muy especial y particular de abandono, de soltar, de dejar ir. Todo el cuerpo (sobre todo el cuello, los hombros, los brazos y las manos) se relajan profundamente. No obstante, al mismo tiempo desarrollamos una sensación de intensidad, de aplomo, de fuerza o poder interior, un estado de alerta que impregna todo el organismo. Nos encontramos sumamente tranquilos y en calma, pero también más despiertos que de costumbre.

La respiración se ralentiza. La espiración se vuelve más profunda, como si presionásemos hacia abajo el diafragma, y el ritmo de la respiración se vuelve mucho más lento. Al final, apenas es perceptible, y todo esto sucede sin ninguna interferencia consciente por nuestra parte.

La mente se vacía. Ver es un estado libre de pensamiento, un estado sin recuerdos, sin anticipación, sin intención, sin ideas, sin palabras. Es pura Conciencia desnuda consciente de sí misma como tal (y sin embargo, paradójicamente, podemos disfrutar de ella a la vez que hablamos, escuchamos, pensamos, etc.).

Los sentimientos se aquietan. Es un estado de tranquilidad, un estado que no se ve perturbado por ningún tipo de emoción.

6. Sus efectos secundarios

Estos varían ligeramente de un individuo a otro. No todos los experimentan en su totalidad, o al menos no en un primer momento.

Colores y patrones. Los colores se vuelven milagrosamente brillantes, resplandecen y refulgen como nunca antes. Las combinaciones de colores y sombreados, los patrones y las texturas de las cosas, sus movimientos... Vemos que todo es muy hermoso, precioso, profundamente inevitable. Por fin percibimos el mundo ordinario tal y como es realmente, y resulta ser el mismísimo cielo. Por extraño que parezca, esto se debe a que no miramos los objetos, sino más bien a Aquel que los observa.

Música. Nuestra capacidad para disfrutar de la música, al igual que del resto de las artes, se ve alterada. Deja de ser convencional para volverse genuina, lo cual nos depara muchas y muy interesantes sorpresas. Por ejemplo, quienes ven presentan una cierta tendencia a elegir las mismas piezas o frases musicales (desde el pop y el folk hasta los clásicos) porque contienen el extraordinario poder de expresar la alegría, la energía y el misterio de Esto que ve y, al mismo tiempo, es visto.

La vida del día a día. Las funciones y sensaciones naturales (hacer de vientre, comer, beber, ducharse, descansar, etc.) ahora se saborean de tal modo que jamás nos aburrimos. Las cosas más simples, sus olores, las sensaciones que nos causan y los ruidos que hacen, están imbuidos de un nuevo interés. Lo mejor de todo es el placer de simplemente ser.

Eficiencia. Ahora nos podemos concentrar de verdad, y el resultado es que cumplimos con nuestro trabajo mucho más rápido y mejor que antes. Es como si este se realizase por sí mismo sin nuestra intervención consciente.

Tratar con la gente. Nuestras relaciones se vuelven mucho más fluidas y desenvueltas. La timidez, el sentido de extrañeza, de incomodidad y de hostilidad dan paso a un comportamiento mucho más espontáneo, natural y amable.

Ver a las personas como realmente son. Ya no juzgamos como se suele hacer convencionalmente, es decir, por motivos egoístas, con altivez y arrogancia, sino que sencillamente vemos los defectos como defectos y las virtudes como virtudes. Ahora somos mucho más sensibles y perceptivos, por lo que nuestra propensión a dejarnos enredar por los demás es mucho menor. Sin embargo, no queda en nosotros ningún sentimiento de superioridad hacia nadie. Ni, para el caso, tampoco de inferioridad.

Felicidad. Nuestro humor y nuestro ánimo tienden a estabilizarse. Poco a poco, la ansiedad, el miedo y la depresión se van volviendo tan imposibles como estar enamorado u odiar a alguien. En términos generales y a pesar de las constantes y a menudo crueles e implacables pruebas que la vida nos pone por delante, se trata de una existencia de verdadera felicidad. Pero hace falta un cierto tiempo para que se estabilice y se asiente. Es probable que tras la sorpresa y la alegría iniciales venga un periodo de aridez, soledad o depresión de algún tipo. Esta fase pasará más rápido si comprendemos lo que es en realidad: una profundización y una consolidación tras la cual sobreviene un estado de calma y tranquilidad constante.

Meditación. Nos damos cuenta de que el ver es más o menos independiente del momento, el lugar o la postura en la que nos encontremos. Perfectamente puede alcanzar su máxima intensidad cuando estamos en una calle ruidosa y concurrida. En este sentido, las técnicas de meditación se vuelven en gran medida irrelevantes, y lo mismo ocurre con la mayor parte de toda la maquinaria de la religión. La única meditación posible para quienes no tienen cabeza es morar, habitar y profundizar en dicho estado, en la Ausencia, la Claridad que hay aquí mismo y que está completamente viva para sí misma. Si tratamos de restringir nuestra meditación a ciertas temáticas establecidas, o meditar con algún contenido, sea el que sea, lo más probable es que no seamos capaces de hacerlo.

7. ¿Cómo de profundo y permanente es este ver?

¿Se puede producir el ver cuando no ha habido una búsqueda espiritual previa, cuando no albergamos el intenso deseo de encontrar la Verdad sobre nosotros mismos? Claro que sí, pero lo más probable es que lo infravaloremos, o quizá que no nos fijemos en ello ni procuremos seguirlo en absoluto. Para que sea efectivo ha de ser buscado, deseado, y hemos de comprender su alcance y su sentido espiritual. ¿Es posible que alguien que haya visto claramente, alguien que haya estado ahondando seriamente en su visión durante meses o incluso años hasta ser capaz de ver la mayor parte del tiempo, revierta a su estado anterior y, por así decirlo, vuelva a su antigua vida de ceguera? Por supuesto. Y, de hecho, esto puede suceder muy rápidamente. Es cierto que la visión debilita el ego socavando sus mismísimos cimientos, pero destruirlo por completo es algo muy complicado y que requiere mucho tiempo. El ego, aunque de un modo sutil, no deja de presentar batalla con obstinación, y en esto puede llegar a ser sumamente astuto e ingenioso. Incluso es posible que nos dé la impresión de que el ver hace que el ego, en lugar de disminuir, se infla y crece aún más. En parte, esto se debe a que ahora somos mucho más conscientes de él y de sus sagaces operaciones, y en parte también es porque ahora está arrinconado y trata de sobrevivir con movimientos y argucias desesperadas. La visión no nos cambia el carácter de la noche a la mañana, no convierte a una persona débil y errática en un individuo firme, decidido y resuelto: nuestro temperamento original se mantiene y sigue suponiendo una gran diferencia individual. Por supuesto, por lo general el propio ver promueve la dedicación necesaria para su supervivencia y su desarrollo. Exige dedicación completa: no hay otro modo. No se puede combinar con ningún otro propósito en la vida, no tolera otros intereses reales. No hay ninguna situación intermedia o de compromiso posible. Si no nos dedicamos a ello por completo retrocedemos inmediatamente hasta la casilla de salida. Y entonces es probable que suframos mucho más que alguien que nunca ha tenido esta visión. Para quien de verdad ha visto no hay descanso posible, ni satisfacción (ni siquiera la más mínima apariencia de estos) salvo en el propio hecho de ver. Lo importante aquí es la concentración, enfocarnos exclusivamente en esto. Así se producirá una maduración espiritual estable, constante y quizá incluso rápida.

8. ¿Es adecuado para principiantes?

¿Se puede inducir de algún modo la experiencia de no tener cabeza en quienes aún son inmaduros a nivel espiritual, tal vez dándoles así la impresión de que todo es muy fácil y sencillo? ¿No sería algo forzado o copiado, algo tomado de otra persona prematuramente sin contar con la suficiente preparación? En ese caso, ¿no estaría su comprensión condenada a ser necesariamente superficial y fugaz? Estas preguntas surgen cuando no entendemos bien lo que es ver. Mientras estemos interesados en tener experiencias (en lugar de ver esta verdad) el equívoco persistirá. Ver no es conseguir nada, nada en absoluto, sino única y exclusivamente deshacerse de una ilusión absurda y dañina, y la eliminación de dicha ilusión solo puede resultar beneficiosa sea cual sea la etapa del desarrollo espiritual en la que nos encontremos. Del mismo modo que no examinamos un espécimen en el laboratorio para tener una experiencia, una sensación o una emoción científica, sino para descubrir lo que tenga que enseñarnos, tampoco nos examinamos a nosotros mismos para disfrutar de una experiencia mística, sino para ver lo que somos, incluso si lo que descubrimos no resulta precisamente agradable. Todo ser humano tiene el derecho de acceder a la verdad sobre sí mismo independientemente de si hace uso de él o no.

Además, ¿quién soy yo para determinar quién está listo y quién no, o, para el caso, quién puede sacar provecho de la verdad? Un viejo sabio y piadoso puede no estar nada avanzado a nivel espiritual, mientras que un niño prácticamente puede haber alcanzado el Hogar. Por supuesto, sería imprudente e inútil —de hecho, puro egoísmo— tratar de imponer esta verdad sobre aquellas personas que no están interesadas en ella, pero negársela, aunque solo sea por un segundo, a cualquiera que la desee y muestre interés sencillamente significaría que en realidad aún no la hemos visto por nosotros mismos. En cuanto a los resultados, bueno, no son asunto mío. Podemos confiar en que la verdad se cuidará a sí misma, a su propio modo y a su debido tiempo. En cualquier caso, nadie que no esté perfectamente maduro y listo para verlo lo verá, simplemente es algo que no se puede transferir mediante ningún tipo de persuasión. De hecho, es totalmente incomunicable. O lo ves por ti mismo o no lo ves en absoluto.

9. ¿La experiencia sin cabeza es exclusiva de una sola persona
o, como mucho, de unas pocas?

¿Hasta qué punto es válida, justo en la forma en que la estamos presentando, para los demás? Hace cinco años habría dicho que, aunque por supuesto la visión en sí misma es universalmente válida, esta formulación particular quizá podría no ser demasiado útil para cualquier otra persona, por lo que debería proponerse con cierta cautela y precaución y deberíamos tratar de encontrar formulaciones alternativas. La razón por la que ahora tengo una opinión diferente es que ha habido muchas más pérdidas de cabeza de las que esperaba, con los resultados que he descrito someramente.

10. ¿Es zen?

Ha sido tan solo en fechas recientes que me he dado cuenta de que en realidad no es zen. En su método (o, mejor dicho, en su falta del mismo), su lenguaje, su estilo o su tono, no es más zen de lo que pudieran ser el sufismo, el taoísmo o el cristianismo místico. Es completamente occidental, actual, del siglo XX, y es de suponer que por eso funciona aquí.

11. ¿Qué conexión hay entre el ver y la experiencia mística?

Solo cuando se ha producido una gran acumulación de tensión, o cuando la personalidad de quien ve es de cierto tipo, es probable que la visión inicial vaya acompañada de alguna clase de «experiencia mística» extraordinaria, con síntomas físicos, puede que intensos, que tal vez se manifiesten como temblores, sudores o llanto. Pero esas experiencias (que pueden asumir la forma de una explosión de la conciencia ordinaria en la Conciencia Cósmica, en un resplandor de gloria, amor, paz y dicha) no tienen por qué guardar necesariamente ninguna conexión con el hecho de ver. Pueden ser muy intensas y ocurrir en muchas ocasiones mucho antes de que uno realmente alcance a ver.

Estos breves y fugaces momentos de gracia son impredecibles y están fuera de nuestro control. Por así decirlo, van y vienen a su antojo. Todo lo que llega se va. En cambio, el ver esencial ni viene ni se va; es universal e indestructible, y todos lo estamos disfrutando ya y siempre de forma inconsciente. Siempre es accesible porque supone ver lo que siempre está aquí y siempre es claramente visible: nuestra propia Ausencia.

Una vez que hemos visto Esto nunca volvemos a ser la misma persona, mientras que incluso las experiencias místicas más bellas y devastadoras tienden a dejarnos igual que estábamos. ¡O peor! Si empezamos a recordarlas y atesorarlas, si anhelamos que se repitan y nos esforzamos por volver a alcanzarlas, lo único que conseguiremos es bloquear la visión. De hecho, pueden hacer que nuestro ego se hinche como ninguna otra cosa. Por así decirlo, en lugar de ocasionar que nuestra cabeza se vaya encogiendo hasta quedar abolida, pueden acrecentarla mucho más. El ver no trae consigo nada de lo que el ego se pueda alimentar. Está vacío, desinflado, es completamente humilde, en cierto sentido es incluso deprimente. Por eso es «difícil».

Y puesto que «Esto que se ve a sí mismo» está limpio y libre de todo contenido, también es definitivo, final, total y perfecto, mientras que las «experiencias místicas» siempre se pueden mejorar, siempre podemos explicarlas, ponerlas en duda o interpretarlas desde un ángulo u otro. Cuanto más ricas son más vulnerables nos vuelven. Solo la Pobreza absoluta que se encuentra justo aquí está más allá de toda duda y no tiene nada que ver con las ansiedades, las preguntas y las comparaciones propias del juego espiritual. Su marcador está a cero.

Douglas E. Harding
Octubre de 1965
  1. Publicado en español con el título Vivir sin cabeza, Kairós, 1993. (N. del T.)