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Extractos - José María Doria

Inteligencia transpersonal

Inteligencia transpersonal

Por José María Doria

En los albores del siglo XXI van quedando atrás los flecos de la conciencia mítica. Existe ya una gran masa crítica de seres humanos que ha ascendido al escalón evolutivo de la razón y, aunque dicha masa disfruta del progreso tecnológico y del desarrollo en todas las esferas, también siente sed de trascendencia. No bastan las explicaciones de la ciencia sobre el mundo de las formas, todas ellas susceptibles de medida; se busca un sentido último en el ámbito de lo significativo, así como respuestas a inquietudes existenciales más hondas.

Los seres humanos, que han sentido la llamada de trabajar en su interior y propiciar una mayor autoconsciencia, suponen la avanzadilla evolutiva en el vislumbre de la identidad profunda. En este contexto, los egos controladores y dramáticos empiezan a ser vistos y comprendidos como lo que realmente son—meros constructos de nuestro organismo cerebral que logran encapsularnos en la amnesia de lo Real. Actualmente, vivimos los primeros destellos de una nueva capacidad humana o inteligencia transpersonal en resonancia con la dimensión existencial o espiritual de la conciencia.

El término transpersonal, acuñado por Abraham Maslow a finales del siglo XX, está compuesto por la partícula trans que significa «a través» o «al otro lado», en referencia a lo que se halla al atravesar o trascender el nivel de conciencia personal.

Maslow dejó otro gran legado con su conocida pirámide de las necesidades humanas. En ella, clasificó cinco niveles de necesidades, que, desde la base al vértice, señalan cuáles deben satisfacerse prioritariamente para, una vez cubiertas, poder ascender al siguiente nivel, en el que las necesidades son de diferente rango y escala—en el primer escalón están las necesidades fisiológicas: respiración, alimentación, reproducción y descanso; en el segundo, las necesidades referentes a la seguridad, el trabajo, los recursos y la familia; en el tercer nivel, precisamos de amistad, afecto e intimidad; en el cuarto, se experimenta la necesidad de reconocimiento, éxito y confianza; y, para terminar, en el vértice transpersonal se siente el anhelo de autorrealización, el despliegue del potencial humano y la consciencia expandida.

Los primeros escalones de la pirámide hacen referencia a las necesidades propias del yo individual, ego, yo mental o nivel persona, términos que a lo largo de este libro se emplean indistintamente para señalar las caras de la misma identidad egoica. Esta identidad con fecha de caducidad se vive en la sensación de separación, así como en la percepción dividida entre el yo-tú que la caracteriza. Por su parte, la identidad transpersonal o perenne hace referencia al estado de conciencia de unidad que trasciende la dimensión cognitiva del anteriormente mencionado yo, y se asienta en la atemporalidad e infinitud de la esencia. La conocida frase de Teilhard de Chardin señala esta doble identidad que nos acompaña en nuestra travesía vital:

No eres una criatura humana en una experiencia espiritual, sino una criatura espiritual en una aventura humana.

De la misma forma que se disciernen tres estados en el desarrollo de la capacidad cognitiva del ser humano (prerracional, racional y transracional), también existe una progresión de lo prepersonal a lo personal y, finalmente, a lo transpersonal, como tres estadios de expansión progresiva de la consciencia.

Raíces de la inteligencia transpersonal

El término transpersonal apunta a la dimensión espiritual, entendiendo en este caso por espiritual una vivencia íntima, libre de toda carga religiosa. El precursor de esta liberación y, a su vez, quien abrió la puerta de la era de la consciencia fue el filósofo Jiddu Krishnamurti, quien, en la segunda mitad del siglo XX, revolucionó la visión espiritual, basada hasta entonces en un esoterismo de elaboraciones teológicas y teorías intelectualizadas. La aportación de Krishnamurti al mundo puso el acento en la vivencia interna y en la atestiguación de la conciencia; este dejó atrás discursos sobre el poder de la mente y el ego espiritual de la esoteria. A los 90 años, dio una conferencia en la ONU para la paz y la conciencia que no solo dejó una profunda huella en el mundo, sino que además coronó una vida dedicada a expandir las viejas fronteras.

La cultura transpersonal honra a este avatar que, a la edad de 34 años, disolvió la Orden de la Estrella, que representaba al ocultismo teosófico de la época. Krishnamurti se comprometió con la verdad y con la liberación del ser humano de maestros y dogmas. Sus palabras todavía hoy resuenan con fuerza: «Sostengo que la verdad es una tierra sin caminos que no se puede abordar por ninguna religión ni secta». Aquellas palabras fueron una bomba que terminó por deconstruir un paradigma; con ello se abría una poderosa grieta que liberaría al ser humano de los condicionamientos y dogmas que velaban la luz interior de la vida profunda.

Tras el reconocimiento de la dimensión transpersonal como comprensión que libera de dogmas, se inició un movimiento que, además del mencionado Abraham Maslow como figura pionera, reunió a figuras de gran relevancia comprometidas con el naciente cambio de paradigma, entre ellos Stanislaff Groff, Ram Dass, Karl Pribram, Alan Watts, Marilyn Ferguson... y muchos otros que, actuando en sinergia, dieron a luz a la psicología transpersonal. Esta nueva corriente terapéutica emergió como la cuarta ola de la psicología, integrando a las anteriores tres, conductismo, psicoanálisis y humanismo, en un afortunado matrimonio con las tradiciones espirituales de un Oriente cargado de inspiración contemplativa. En esta unión de la ciencia occidental y la mística oriental, nació la concepción transpersonal de la conciencia. En este movimiento de ordenar la antigua sabiduría y actualizar la nueva estructura de la conciencia, Ken Wilber juega un papel clave, al poner magistralmente en palabras la formidable integración evolutiva de la naciente conciencia transreligiosa.

Quienes consolidaron el apellido transpersonal de esta psicología de vanguardia incorporaron en su propuesta la dimensión profunda de la conciencia. Sus fundadores no solo eran conscientes del valor terapéutico del darse cuenta, sino también de la profunda sanación que sucede cuando se saborea el estado sostenido de presencia. Aquellos pioneros sabían lo difícil que era para muchas personas religiosas de la época imaginar que un ser humano agnóstico o incluso ateo (sin Dios) pudiese encarnar la profunda espiritualidad del estado de presencia que lo transpersonal promulga. Así fue como en el siglo XXI se comenzó a considerar la vía de la trascendencia y el despertar de la conciencia de forma laica y sin la carga histórica de las religiones ni la rigidez de sus credos y dogmas.

Tras la influencia de místicos, psicólogos y filósofos, la cultura transpersonal se sigue expandiendo de forma vertiginosa y alcanza a un creciente número de personas. Aun así, todavía gravita en la sociedad la inercia etnocentrista que impide ver más allá de las creencias ciegas, inculcadas a fuego durante centurias. La identificación con tales creencias impide que sean observadas y, por tanto, consideradas tan solo como meros filtros de percepción o programas mentales que condicionan nuestra mirada. En algunos casos, tales creencias arraigadas durante generaciones han llegado a convertirse en realidades absolutas, siendo causa de exclusiones e incluso de fanáticas torturas hacia quienes no participaban de ellas.

Fundamentos de la inteligencia transpersonal

El fundamento de la inteligencia transpersonal se despliega a partir del cultivo de la atestiguación del propio psicocuerpo, así como de la íntima silenciación, en sintonía con los valores de la verdad y la belleza; de hecho, la autoobservación que se desarrolla en la práctica contemplativa como epicentro de esta inteligencia propicia el autoconocimiento y posibilita la desidentificación con el propio ego, que, progresivamente, pasa a ser una identidad pequeña, tan observable como efímera.

La inteligencia transpersonal ensancha la comprensión sobre la vida y la muerte; así, quien manifiesta un desarrollo en esta modalidad de inteligencia y accede al reconocimiento de su identidad profunda experimenta una profunda transformación ante la idea de su propio morir y la de los seres que le rodean. Su miedo a la extinción del yo se minimiza y, a su vez, el duelo por la pérdida de seres queridos se transforma y aminora de forma insospechada.

La inteligencia de la identidad

Tal y como se ha mencionado, la inteligencia transpersonal es la inteligencia de la identidad, una dimensión que se manifiesta en el ámbito trascendente de la propia interioridad. Este sentimiento de trascendencia se asienta en aquello que fundamenta la psicología transpersonal, que es la paradoja humana de la doble identidad. Sucede que, por una parte, creemos que somos el ego que nuestro cerebro fabrica y, por la otra, nos vislumbramos como identidad transpersonal o esencial que nunca hemos dejado de ser—la no nacida, inalterable y unitaria que llamamos conciencia.

Los seres humanos anhelamos vivir chispazos en los que sentir el yo en plenitud totalizadora y oceánica. Tales chispazos, aún fugaces, pueden desencadenar una transformación profunda, que se manifiesta en una relación con el misterio de lo sagrado y el despliegue de la mirada compasiva. Actualmente, la práctica espiritual ha pasado de la oración y el ritual comunitario a la íntima experiencia transpersonal, que, llegando de forma gratuita y repentina, sobrecoge y transforma la identidad de quien la vivencia. A quienes les sucede este chispazo de expansión, generalmente en relación con el grupo de crecimiento, saborean la infinitud, sienten la certeza de lo Real, con mayúsculas, y viven el amor sin objeto que somos en esencia. A través de tales experiencias súbitas y acausales, las personas destinadas sienten que sacan la cabeza de la caja de cartón y expanden su consciencia. Más tarde, al tratar de relatar tales vivencias a otros, se dan cuenta de que lo acontecido es inefable y que pertenece a un ámbito que va más allá de las palabras.

En torno a la dimensión transpersonal

Algunos comportamientos virtuosos que tan solo se dan en la especie humana, como puedan ser el perdón, la gratitud y la humildad, no dejan de ser manifestaciones de una inteligencia que trasciende la limitada percepción de las apariencias. La capacidad de asombro, la admiración y el discernimiento tampoco parecen ser rasgos casuales o meros epifenómenos de la realidad orgánica; tal vez tales cualidades aparecen como fruto de esta inteligencia tan profunda que trasciende toda frontera.

Por otra parte, el amor universal y la conciencia de hermandad son estados anhelados, por estar asociados a la verdadera felicidad que se halla más allá de las circunstancias. Sabemos que la fuente de la felicidad profunda viene de dentro y que carece de causa; de hecho, en su raíz yace el interés genuino por el bienestar de todas las personas.

La dimensión transpersonal de esta inteligencia está en relación directa con el amor sin objeto, así como con la experiencia de inclusión compasiva. Uno de sus rasgos fundamentales radica en vivirse en un sostenido darse cuenta, lo cual capacita para atestiguar los procesos internos que el ego genera. El desarrollo paulatino de tal capacidad permite disolver el sufrimiento, entendiendo este como un añadido tóxico a la cuota de dolor que nos toca en la vida. Este suceso liberador se produce gracias a la facultad de distanciarse de los contenidos que discurren por la mente del yo persona; de este modo, quien alcanza cierto grado de desarrollo en esta inteligencia profunda observa el flujo de pensamientos que aparecen en su pantalla de la percepción, al tiempo que deviene capaz de no creerse todo lo que piensa.

La inteligencia transpersonal capacita también para comprender las cuestiones existenciales, al tiempo que realiza la labor de puentear el yo con el todo y lo personal con lo transpersonal. Quienes desarrollan tal capacidad reflexionan a menudo sobre el sentido global de sus vidas y se dejan encontrar por sus íntimas utopías. Asimismo, se preguntan el para qué de las cosas, comprendiendo que las llamadas adversidades contienen un sentido mayor que, a menudo, aparece oculto a la mirada egoica.

Esta inteligencia del yo profundo conlleva sed de plenitud, necesidad de sentido y una amplia reconciliación con uno mismo y con la propia vida. La dimensión transpersonal es la encargada de satisfacer tales necesidades y carencias, mediante el arraigo en el silencio y la soledad como medicina para habitarse en la cordura. Sucede que, en tal atmósfera de interiorización, nos encuentran de forma espontánea respuestas sin palabras a las preguntas históricas:

¿Quién o qué soy?
¿Cuál es el sentido de la vida?
¿Para qué sirve todo?

La inteligencia transpersonal se hace presente en el tránsito a la conciencia de unidad. En este camino, dicha inteligencia nos pone en contacto con el sentido último de la vida, así como con el espíritu de servicio que nos impulsa a aportar nuestro granito de arena para dejar una vida mejor a quienes, tras nuestra partida, continúen la travesía.

(Extracto de la Introducción al libro «Inteligencia transpersonal»)

Fuente: José María Doria. Inteligencia transpersonal (Gaia, 2021)