
El Espíritu
Por Huston SmithSi el alma constituye el puente que se tiende entre el ser humano y Dios, el Espíritu es nuestra identidad última, que no es otra sino Dios, aunque no en su modalidad personal —propia del plano celestial en el que Dios y el alma siguen siendo distintos—, sino en su modalidad infinita. El Espíritu es el Atman que es Brahman, la naturaleza búdica del ser humano, el elemento que, trascendiendo el alma, se asienta en ella como lo «increado y lo increable» (Eckhart). La afirmación del maestro Ch’an Lin Chi de que «más allá de esta masa de carne se halla el hombre verdadero carente de atributos», y la más célebre de las proclamas sufíes, la afirmación de Mansur al-Hallaj de que ana’l-Haqq, es decir, «yo soy la Verdad Absoluta, la Verdadera Realidad», también apuntan en la misma dirección.
Hablar de identidad es correcto porque, en esta última instancia, se trasciende por completo toda dualidad entre el sujeto y el objeto. A pesar de ello, no obstante, no debemos interpretar esa identidad de un modo simplista porque, si bien el Espíritu es infinito —ya que sólo está hecho de Espíritu—, el ser humano sigue siendo finito y sus envolturas más distintivamente humanas —el cuerpo, la mente y el alma— ocultan al Espíritu que mora en su interior. Es en este sentido que, según los jainistas, por más luminosa que sea una lámpara, su luz palidecerá si dejamos que se cubra de polvo y hollín. Y es que la presencia del Espíritu en el ser humano no le torna omnipotente ni omnisciente, ni tampoco le exonera de las limitaciones que aquejan incluso a los santos. «¿Por qué me llamáis bueno? Sólo Dios es bueno» (Mateo 19:17). Pero por más que el Espíritu no torne omnipotente al Ser humano, puede, por así decirlo, llegar a contrarrestar su impotencia (1). Y lo hace proporcionándole una posición privilegiada desde la que comprender las limitaciones propias de su humanidad. Pero, por sí sola, esa comprensión abocaría a la resignación, si no hubiera algo que le permitiera comprender que está limitado por lo ilimitado o, si se nos permite decirlo de esta curiosa manera, que el Infinito no tolera a ningún otro de su misma clase. Así es como el Espíritu exige que el cuerpo, siendo de naturaleza material, permanezca limitado, una imposición que el hombre acepta y que no sólo atañe a su cuerpo físico sino también a su mente y a su alma. Entretanto, el Espíritu permanece libre como el soberano que dicta las leyes y no como el servidor que se somete a ellas.
Este reconocimiento del ser humano de su condición de servidor tiene lugar por fases. Según cierta formulación sufí, debemos distinguir entre la Sabiduría de la Certeza, el Ojo de la Certeza y la Verdad de la Certeza. La primera se asemeja a oír hablar del fuego, la segunda a verlo y la tercera, por último, es como la experiencia de quemarse. En otras palabras podríamos decir que, aunque las aguas que fluyan por él estén demasiado turbias como para permitirnos ver el fondo, el Espíritu nunca deja de ser el lecho por el que discurre el río de nuestra vida. En los meandros, no obstante, el río se ensancha, la corriente se hace más lenta y los sedimentos se posan permitiéndonos vislumbrar el fondo. El lecho del río siempre nos acompaña, pero no podrá ser contemplado directamente mientras estemos vivos porque, aunque el ser humano sea idéntico al Espíritu, no es, sin embargo, el Espíritu puro.
Pero volvamos al «hombre verdadero carente de atributos» de Lin Chi que se oculta tras este saco de carne y huesos. Carece de todo atributo —hombre, mujer, joven, viejo, rico o pobre— porque, como ya hemos explicado en el capítulo precedente, el Infinito —que es equiparable al Espíritu— trasciende todo enunciado positivo. Y puesto que «el Espíritu» y «el Infinito» son —al igual que «Atman» y «Brahman» —dos términos que se refieren a una misma realidad, resumiremos aquí lo que dijimos en el epígrafe correspondiente. Y es que, aunque sea posible percibirlo directamente, solo podemos concebirlo recurriendo a una doble negación. En su periferia, el Espíritu carece de límites e, internamente, carece de barreras, es decir, no conoce límites que lo contengan ni muros que lo dividan.
Entre el pensamiento (que procede indirectamente a través de los conceptos) y la intuición (que los identifica directamente) se extiende una tierra de nadie a la que apenas sabemos qué nombre asignar. ¿Acaso podemos llamarlo simbolismo?, ¿quizás arte sagrado que levanta en las llanuras espirales de piedras que apuntan hacia el cielo? Pero esta modalidad intermedia que no es ni racional ni intuitiva no está exenta de lógica. Se trata de una modalidad indiscutiblemente despierta pero pasiva, como el punto muerto por el que hay que pasar para cambiar de marcha. En cuanto a la ausencia de divisiones internas del Espíritu, debemos subrayar que es posible alcanzar un punto de no diferenciación en el que desaparecen completamente todas las diferencias. Ramakrishna relata su experiencia del siguiente modo:
De repente, se me reveló la santa Madre. Los edificios, el templo y todo lo demás desaparecieron de mi vista sin dejar rastro alguno y, en su lugar, sólo se extendía el océano de una Conciencia luminosa, ilimitada e infinita. Sólo había un vórtice procedente de todas partes que me engullía con un ruido atronador. Ignoraba todo lo que ocurría en el entorno que me circundaba pero, en mi interior, sólo había un flujo ininterrumpido de puro gozo. (2)
Pero aunque las referencias físicas puedan llegar a desaparecer, los casos en que realmente ocurre así son excepcionales. Lo más frecuente es que las distinciones permanezcan aunque de un modo más atenuado o bien que dejen de ser barreras y se conviertan en puentes.
El «yo», la mesa, la flor, la fragancia y el canto de los pájaros se hallan manifiestamente presentes pero al ser, en última instancia, inexistentes, no son entidades sólidas e independientes, sino que son transparentes y permeables, se reflejan entre sí y se interpenetran y disuelven las unas en las otras configurando una totalidad homogénea que no es sino la apariencia inmediata del nivel primordial de la realidad. En este sentido, la percepción sensorial habitual en la que las diferencias parecen tan acusadas se esfuma casi por completo, pierde su base funcional y no opera adecuadamente en presencia de la conciencia trans-subjetiva y trans-objetiva de la interpenetración de todas las cosas, de modo que hasta un «mosquito», en lugar de presentarse como una entidad externa e independiente, se halla identificado con el Ser y el resto de las cosas y acaba fundiéndose en una unidad. (3)
«El hombre verdadero sin atributos» de Lin Chi está incesantemente vivo en y a través del cuerpo y el ahamkara (la sensación de identidad) de todo ser humano. Pero no se trata del Dios personal sino del Infinito que todo lo abarca; del actor que se halla completamente identificado con el papel que representa y que despreciará al público si la obra así lo requiere. Podemos generalizar esta imagen diciendo que cada figura presupone un fondo contra el cual podemos verla o pensarla. Pero puesto que, en última instancia, el individuo no podría existir sin su fundamento o ser concebido sin presuponerlo, tanto el uno como el otro son —en última instancia, insistamos— inseparables. Porque resulta absolutamente crucial comprender que el fundamento de una cosa constituye uno de sus aspectos. Visto con el «ojo del corazón» —el órgano la de visión espiritual—, este cuerpo de carne y huesos, tan frágil como la espuma y tan evanescente como el rocío, es, al mismo tiempo, la expresión en este preciso instante y en este preciso lugar de la misma Vida eterna. Por lo general, y como ya hemos señalado, esta percepción no implica la completa disolución de lo finito en el océano de la Divinidad sino que se trata, más bien, de la experiencia de lo finito en tanto que infinito y del tiempo en tanto que eternidad, es decir, de la fusión de los opuestos en una totalidad inefable pero palpable. Es como si súbitamente el iceberg cobrase conciencia de que es agua. (4)
El sentimiento que evoca en nosotros la noción de Infinito es, en sí mismo, una prueba de la existencia del Espíritu. Si la certeza de esta afirmación no estuviera ya latente en la sustancia de nuestra alma no habría argumento metafísico alguno —por más convincente que fuese— que pudiera convencernos de que en nuestro interior yace una chispa del Espíritu. Pero, al mismo tiempo, seguimos resistiéndonos a esa idea, porque su aceptación nos obliga a dejar de identificarnos con aquellas partes de nuestro ser que más nos apremian. La redacción de este capítulo tuvo lugar durante una Navidad en la que conviví con mi nieto de dos años, lo que me permitió comprobar de nuevo de qué forma tan poderosa se halla inculcado en nosotros el ahamkara (la sensación de identidad). Porque fue mi nieto el que me permitió revivir el recuerdo de una época muy temprana de mi vida en la que todo parecía girar en torno al fortalecimiento de la sensación de identidad. Cualquiera puede recordar la insaciabilidad de los deseos del ego ya que, para un niño pequeño, no cuenta tanto la calidad de los regalos como su número, con las inevitables lágrimas que conlleva el descubrimiento de que ese número es limitado. Y antes de abrir cada regalo, parece inevitable llamar la atención de los presentes para asegurarse de que todos ellos sepan que «éste es mi regalo», como si un grano de arena del Sáhara se pusiera en pie gritando ¡existo!
Una vez establecida la identidad personal, el problema se traslada a aquello con lo que se identificará.
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Y los referentes con los que podemos identificarnos son muy diversos. Cuando un adicto, por ejemplo, tiene una crisis de abstinencia, no dispone de otro referente con el que identificarse que su ansioso cuerpo y, en el otro extremo, hay ocasiones en las que el corazón parece como si se nos saliera del pecho y se nos antoja fácil llegar a sacrificar la propia vida si fuera necesario. Pero también es inevitable que, en otras situaciones, topemos con los límites de nuestra identidad y rocemos el no-yo, que también puede ser percibido de modos diferentes. Es así como podemos cobrar conciencia de un mundo y unas circunstancias que se nos presentan francamente hostiles o caer en un abrazo eterno de cuyo regazo resulta imposible apartarse, un requisito imprescindible para que uno pueda abandonarse e identificarse con el entorno. Por ello en la sección anterior señalábamos que el amor es la puerta que conduce desde el alma hasta el Espíritu, es decir, al amor hacia el Ser total o hacia Dios nuestro Señor. Para que el Espíritu impregne la totalidad de nuestro ser es necesario que los elementos constitutivos de nuestro ego se armonicen con el Espíritu: el cuerpo con la templanza, la mente con la comprensión (la recta visión de Gautama) y el alma con el amor. Sin embargo, el punto esencial es que, aun pudiendo llegar a ver que el entorno es benigno, mientras siga presentándosenos como otredad habrá imponderables que deberán ser dejados a los designios inescrutables de Dios y que nuestra única alternativa final consista en ir más allá de la dualidad.
Y esta eliminación se lleva a cabo percibiendo al «otro» como nuestro propio destino... Pero la aceptación de nuestro destino no tiene nada que ver con la resignación, sino con la aceptación de nuestra verdadera identidad en tanto que un aspecto del amor del ser —o de Dios— que nos abre el camino al Infinito.
- «Cuando la vida se me revela no puedo sino postrarme ante ella desde lo más profundo de mi corazón. Cuando la mente siente la necesidad de postrarse por igual ante los amigos y los enemigos, dioses y los demonios, los budas y las personas ordinarias, este sentimiento conmueve profundamente todo mi ser, siento como si fuera el dueño del mundo entero y me hago amigo de todos los seres, humanos o no», Hara Akegarasu, «O New Year!» Zen Notes, XXII (1 de enero de 1975), pág. 3 (las cursivas son mías).
- Nikhilananda, Ramakrishna: Prophet of New India. Nueva York: Harper and Brothers, 1948, págs. 9-10.
- Adaptado de las escrituras de Toshihiko Izutsu.
- «La imagen del hielo y del agua resulta muy adecuada no sólo porque el agua cristalizada es más sustancial que en su estado líquido, sino también porque el volumen de una determinada masa de agua en estado líquido es menor que el volumen de la misma masa de hielo. De igual modo, la existencia de los mundos inferiores [planos terrenal e intermedio] depende de una Presencia del Ser relativamente pequeña si la comparamos con los gozos eternos del Paraíso [plano celestial], que no son sino sombras de la Beatitud Absoluta del Paraíso Supremo [el Infinito]», Martin Lings, What is Sufism? Berkeley: University of California Press, 1975, págs. 70-71.