Extractos - José María Doria

El arte de ser uno
Por José María DoriaLa salida de la desolación está dentro
La humanidad camina bajo la sombra de la identificación con el ego. Esta es la raíz de una enfermedad tan silenciosa como destructora: la creencia de separación. Esta ilusión genera sufrimiento, guerras y conflictos que asolan el mundo. Creernos un yo separado es fuente de distorsión: convierte al otro en adversario y nos arrastra a una descarnada lucha de competitividad.
La identificación con el ego es el núcleo de la aflicción. Desde el punto de vista de la separatividad, no se reconoce unidad, no se ven hermanos, solo competidores y amenazas. En su vacío constitutivo, el ego quiere acumular poder, riqueza y control; cree que así saciará su carencia. La codicia se presenta como una extensión del temor primordial a la escasez y la muerte.
El resultado es una humanidad atrapada en las ansias de tener más, la angustia de la insuficiencia y la pérdida de sentido. El sufrimiento psicológico se ha vuelto masivo e incluso normalizado.
Sin embargo, aun en medio de esta guerra interior y colectiva, permanece viva una llama: el anhelo de la Verdad que libera. En tal escenario de confusión, el alma enferma. El despertar espiritual ya no es un ideal lejano, sino una necesidad real. La disolución de la identificación con el ego no es tan solo una posibilidad filosófica, sino una comprensión que transforma la vida individual y colectiva; es el camino hacia el fin del sufrimiento. Comprender que no hay «otro», sino uno mismo con infinitos rostros, pone fin a los conflictos, y la paz, como manifestación de nuestra verdadera naturaleza, se convierte en posibilidad real.
La humanidad clama por un cambio, pero este no puede proceder solo de nuevas leyes o reformas políticas. Tales intentos no abordan la verdadera raíz del problema: la ilusión de separatividad. La reforma profunda no vendrá de la mano de la ideología, sino de una revolución de la conciencia. La salida del conflicto no la hallaremos en la superficie de las formas, sino en el despertar a la no dualidad, en el reconocimiento de que la separación es una ilusión y de que provenimos de una y la misma conciencia. La salida de la desolación humana está dentro y no fuera, en el reconocimiento directo de la verdadera identidad.
«Cuando el ego se disuelve, dejamos de luchar contra la
vida y los demás. En su lugar, nos convertimos en río que
fluye en armonía con lo que es».
Thich Nhat Hanh
Cuando me reconozco en todo
«No era el caballo, el perro o el árbol. No en el sentido en que solemos entenderlo. Era más bien que la frontera entre yo y el otro se había disuelto por completo, como una línea dibujada en el agua. No observaba desde fuera, sino que la mirada se deslizaba desde dentro de cada forma, como si los ojos del mundo fueran mis propios ojos. Y en esa disolución, se reveló lo que siempre ha estado allí: la unidad silenciosa de la conciencia que brilla por detrás de todas las apariencias».
Cristina Hermes
Desde la visión no dual, esta vivencia no es una fantasía ni una alteración perceptiva, sino un reconocimiento directo de la verdad: la conciencia no es propiedad del cuerpo-mente individual, sino la realidad compartida que da lugar a todas las formas. Lo que se experimenta es el estado que surge tras la integración de sujeto y objeto, del observador con lo observado. El yo, que se creía separado, se desvanece y queda solo la conciencia misma, sin etiquetas ni contornos. Esta paz sin opuesto que emerge no es tan solo un estado emocional, sino la naturaleza misma del ser cuando cesa la identificación con el yo persona. En el testimonio anterior vemos que, al mirar dentro y no encontrar a nadie, no se halla un vacío carente, sino un vacío pleno: espacio puro, claridad sin forma, Presencia sin dueño.
Esta experiencia no es una excepción mágica, sino un vislumbre del estado unitivo de conciencia que, aun distinguiendo perfectamente las diferentes formas de vida, reconoce aquello que permanece cuando cesa el implícito esfuerzo egoico por ser alguien. La conciencia, al reconocerse en todo, no hace distinciones entre especies, formas o reinos. El caballo, el perro, el león, el árbol..., todos son expresiones del mismo campo vibrante de ser. Y tú también. Y lo más revelador es que nada necesita cambiarse para que esto sea así: solo dejar que suceda, porque, de hecho, ¡ya está sucediendo! No se trata de alcanzar un estado extraordinario, sino de ver con claridad lo que ya es cuando el velo del yo se cae.
En este circo cotidiano, al igual que en la vida misma, descubrimos que no somos los actores, ni los domadores, ni siquiera los espectadores. Somos el espacio donde todo aparece. Somos la consciencia que lo contiene todo y que, en última instancia, a nadie pertenece.
«La conciencia no conoce separación: lo que parece ser
otro no es más que una forma que adopta lo que tú eres».
Rupert Spira
Contemplación: el arte de ser uno
En el silencio, donde el tiempo se disuelve, el observador y lo observado se funden como dos ríos que convergen en el océano del ser. La contemplación no es mirar, es ser la mirada, es disolver al yo en lo infinito del ahora, donde cada instante es eternidad revelada. Contemplar es oír el susurro del viento entre las hojas, la danza de la luz sobre el agua, la sonrisa del niño que juega sin saber.
Vivir contemplativamente es abrazar la vida, sin aferrarse a nombres ni a formas; es reconocer la chispa divina que todo habita; es caminar sin destino y amar sin posesión; es existir sin yo. La contemplación es asombro ante la maravilla de la unidad y sorpresa ante la inefabilidad.
En la contemplación, la belleza no se busca, se revela como el sol que alumbra sin esfuerzo. Así, al contemplar, nos reconocemos no como parte separada, sino como el Todo que siempre hemos sido.
Basta con buscar un lugar tranquilo en algún momento del día, prestar atención durante un instante y comprobar cómo el murmullo se aquieta. Es suficiente con sentarse con la espalda erguida y permitir el abrazo del silencio, al igual que el amanecer envuelve a la tierra. No se necesita más que sentir la respiración, como si fueran olas acariciando suavemente la orilla. Inhalar profundo absorbiendo la esencia del momento, exhalar suave liberando todo apego. Con cada aliento, lograremos más arraigo en el presente.
Contemplar lo que aparece y desparece en el cuerpo-mente, sin nombrar, sin juzgar, permitiendo que se revele la pureza de cada instante como una manifestación del todo. Y en la contemplación, sentir cómo la distinción entre el yo y el objeto se desvanece: se es uno con la flor que florece, con la vela que arde, con la piedra que reposa. En esta unión, se experimenta la totalidad del ser.
Basta con llevar esta conciencia a cada acción diaria: al caminar, sentir la tierra bajo los pies; al hablar, escuchar la melodía de las palabras; al comer, saborear la danza de sabores. Cada momento, una oportunidad para contemplar y ser uno con la vida. Nada más.
«El sabio actúa sin actuar y enseña sin hablar; las cosas
aparecen y las deja ser; las cosas desaparecen y las deja ir».
Lao Tse