
Armar el puzle: vivir lo que somos
Introducción al libro "Armar con acierto nuestro puzle interno"
Por Enrique Martínez LozanoA partir de las experiencias de comprensión que se me regalaron en el año 2005, me quedó claro que nuestra única «tarea» no era otra que vivir lo que (ya) somos, y así lo intenté plasmar, con las luces que entonces tenía, en el libro que lleva ese mismo título. (1)
Sin embargo, en contra de lo que pudiera parecer a simple vista, tal tarea no es fácil. Requiere, como todo lo humano, de la aportación de la psicología y de la espiritualidad. Solo el concurso de ambas permite una articulación adecuada de nuestra paradoja, abrazando y teniendo en cuenta, en todo momento, las dos dimensiones —personalidad e identidad— que nos constituyen.
Me parece claro que la mencionada tarea únicamente será posible desde la comprensión de lo que somos, comprensión que, de manera simultánea, habrá de ir acompañada de un proceso psicológico de unificación y armonía.
Ambas condiciones me remiten a la imagen del puzle. Por lo que la tarea de vivir lo que somos viene a coincidir con aquella otra de armar con acierto nuestro puzle interno. Y ahí se descubre que, justo en la medida —y solo entonces— en que se arma adecuadamente ese puzle, se produce el despliegue de lo que somos de una manera armoniosa.
Armar el puzle requiere, de entrada, conocer las piezas que lo constituyen y el modo como se articulan entre sí. Tanto el olvido de alguna como la ignorancia de la interrelación entre ellas hacen que la tarea se vea abocada al fracaso.
Desde que fui consciente de todo esto, no he cesado de buscar y de proponer herramientas pedagógicas que facilitaran este trabajo y garantizaran un avance cierto. Y en esa búsqueda he encontrado una propuesta que me resulta especialmente llamativa por su potencia pedagógica. Me refiero al modelo propuesto por el Internal Family Systems Institute (IFS) (2), de orientación sistémica, fundado por Richard C. Schwartz.
Ha sido justamente el reconocimiento, en mi propia persona, de su capacidad y eficacia pedagógica, lo que me ha llevado a recurrir a él, sirviéndome de sus claves básicas —aunque introduciendo perspectivas nuevas y ampliando el marco de referencia—, para articular esta propuesta, con el objetivo de favorecer el trabajo psicológico y espiritual que hace posible vivir lo que somos. (3)
Desde esta introducción deseo subrayar una característica de IFS que me resulta tan acertada como valiosa: la afirmación de que «no hay partes malas» en nosotros (4), sino que cada una tiene un porqué y un para qué. En consecuencia, el modo adecuado de tratarlas pasa por el diálogo con ellas, como veremos a lo largo del texto, si queremos acertar a la hora de construir nuestro puzle interno.
Siempre con la vista puesta en ese objetivo, y con la propuesta de IFS como trasfondo, divido este trabajo en los siguientes capítulos, cuyo contenido comento brevemente.
En el capítulo 1, empezaré ofreciendo unas claves para entender, acoger y trascender nuestra mente. No olvido lo que alguien me enseñó hace ya muchos años: la mente te tratará de la misma manera que tú la trates a ella. De ahí, la importancia de acogerla, amorosa y respetuosamente, al mismo tiempo que buscamos entender su modo de funcionar. Pero, como veremos, no se trata únicamente de entenderla, sino que es necesario trascenderla —cesar en la identificación con ella y reconocerla como lo que es: una herramienta—, si no queremos perdernos en la ignorancia —y, en consecuencia, en la confusión y en el sufrimiento inútil— desde el mismo inicio. Es obvio que el simple hecho de poner luz en ello, desmontando creencias tan arraigadas como falsas, proporciona la actitud adecuada para llevar adelante todo el trabajo.
En el capítulo 2, me detendré en la exposición de las diferentes «piezas» que nos constituyen, y que IFS divide en una triple categoría: protectores, exiliados y self. Por mi parte, y sobre la base también de mi propia experiencia —entendiendo el self como una instancia psicológica, por más que sea considerada netamente positiva y «sana»—, incorporo de manera expresa la consciencia, porque, por un lado, remite de manera directa e inmediata a nuestra identidad última; y por otro, evita cualquier equívoco de partida, al mostrar que nos estamos refiriendo, no a una instancia psicológica más, sino a la realidad transpersonal y no—dual, que no es una parte más ni tampoco la suma de las partes, sino aquella realidad estable y permanente que las constituye, las sostiene, las acoge y permite integrarlas armoniosamente en una unificación creciente (5). Por decirlo brevemente y con una clara intencionalidad pedagógica, la consciencia —lo que realmente somos— es aquello que observa todas las partes y no puede ser observado. Así pues, en lo concreto, hablaré de exiliados, protectores, self y consciencia (6). Los llamados exiliados se agrupan, según otro esquema explicativo de la persona, en la figura del niño interior herido, mientras que los protectores —sean preventivos o reactivos— no son sino los diferentes mecanismos de defensa, que se activan automáticamente en el instante mismo en que aparece dolor.
Clarificados esos elementos, podremos acercarnos a entender nuestro modo habitual de funcionar (capítulo 3), aportando claves que nos permitan vivir de una manera más ajustada y coherente (7), como consecuencia de acoger y liberar a nuestros protectores y exiliados (capítulo 4).
Subrayaré a continuación la importancia decisiva de entrenarnos en permanecer en la consciencia —o mejor, en dejar que viva en nosotros la consciencia que somos—, creciendo en desidentificación del yo (capítulo 5), lo cual nos permite vivir, no reaccionando, sino respondiendo a lo que el presente nos trae en cada momento (capítulo 6). Me resulta evidente que solo ese entrenamiento constante, unido al trabajo psicológico que se precise, irá haciendo posible vivirnos, de manera consciente, no en la mente ni en el yo —adonde nos empuja la inercia que arrastramos—, sino en la consciencia que somos. La práctica, en concreto, pasa siempre por poner la atención en eso que es consciente para que, de ese modo, el yo se quite de en medio (Epílogo) y, en consecuencia, pueda brillar ante nosotros lo que siempre es y somos. Solo así, es posible armar con acierto el puzle completo.
El libro se cierra con un Pequeño glosario, que he creído oportuno incluir, con el fin de delimitar el sentido de los términos más relevantes que aparecen en el texto. Por ese motivo, me atrevo a sugerir la conveniencia de empezar por ahí la lectura del libro (8): conocer de antemano el significado del vocabulario utilizado facilitará, sin duda, entender lo escrito.
Con el declarado objetivo de crecer en comprensión, a lo largo del texto compartiré, tanto experiencias personales que puedan aportar luz, como ejercicios prácticos que favorezcan aterrizar y hacer operativas las claves que vayan apareciendo.
El sufrimiento —no el dolor— nos muestra que, en mayor o menor medida, en nuestro interior nos hallamos escindidos. Tal escisión es consecuencia de heridas, carencias o temores no resueltos y de la ignorancia acerca de lo que somos.
Para superar la escisión y responder al anhelo de unificación, necesitamos conocernos profundamente, confiar en nuestra guía interna y hacernos diestros en gestionar adecuadamente nuestro universo interior. Tres cuestiones, por cierto, a menudo olvidadas, cuando no absolutamente ignoradas, por la educación convencional, que refleja carencias básicas de nuestro medio sociocultural.
En concreto, necesitamos conocer de primera mano las «piezas» que nos constituyen y aprender el modo sabio de relacionarnos con ellas para vivirnos armoniosamente, en un amor que, pacificándonos, nos unifica interiormente y nos despliega hacia los demás.
La propuesta remite, por tanto, a un trabajo de autoindagación que permita experimentar por uno mismo, de primera mano, la realidad que nos constituye. Soltando creencias aprendidas, pero no verificadas por nosotros mismos, nos iniciamos así como «buscadores», hasta que se produzca el reconocimiento inmediato de lo que realmente somos.
En algunos ámbitos suele hacerse una distinción entre seguidores y buscadores. Las religiones —de manera particular, las teístas— promueven seguidores —hasta el punto de que, en su particular argot, se les denomina «fieles» (9), de quienes se espera que se mantengan aferrados a las creencias que la propia religión propone. Tal es el motivo por el que, en Occidente, los buscadores no han estado bien vistos: su actitud —como la de todo librepensador— despertaba recelos, al ser percibida como una amenaza para cualquier creencia. Aquel posicionamiento religioso se basa en la creencia —siempre una creencia— de poseer la verdad, lo cual impide reconocer que toda creencia no es sino una verdad prestada, una respuesta heredada, en definitiva, un conocimiento de segunda mano. Frente a la actitud sumisa de los «fieles» o seguidores, los buscadores, dejando de lado todo tipo de creencias, indagan por su propia cuenta para no aceptar sino aquello que ellos mismos pueden experimentar. Tienen en cuenta todas las voces, pero pasan todas ellas por el tamiz de la propia experiencia. Ahora bien, así como los seguidores tienden a asumir meras creencias, los buscadores fácilmente caen en el engaño de leerse en clave de carencia, lo cual los lleva a situar la verdad —la plenitud— en un horizonte futuro, más o menos lejano, al que aspiran llegar algún día. Pues bien, frente a ambas posturas, desde mi experiencia, la actitud adecuada es la de quienes podemos designar como «reconocedores». Liberados de todo tipo de creencias religiosas —que mantienen los seguidores—, porque no se conforman con conocimientos de segunda mano, liberados igualmente de la creencia del buscador que lleva a imaginar la plenitud en el futuro, los reconocedores saben —han hecho experiencia de— que, en el plano profundo, todo es ya. Y no se precisa sino retirar el velo mental que deforma la realidad, para caer en la cuenta de la plenitud que somos y vivirnos desde esta consciencia. Ni seguidora ni buscadora, la persona despierta sabe que ya somos todo lo que buscamos y anhelamos; solo nos falta reconocerlo.
No necesitas ser mejor de lo que ya eres. Solo necesitas conocerte en profundidad y crecer en habilidad para gestionar y armar tu complejo puzle interno. Celebraré que estas páginas puedan ayudarte a conseguirlo.
Deseo terminar esta introducción agradeciendo a tres personas amigas, excelentes conocedoras de la cuestión abordada en este libro y expertas en lo que podemos llamar «trabajo interior» —Fernando Tobías, Alberto Navarro y Esther Fernández Lorente—, que leyeran el borrador y me aportaran acertadas y valiosas sugerencias, que han enriquecido el texto. Muchas gracias de corazón. La última palabra de esta introducción es también de gratitud. Gracias a Esther por la joya que nos regala en forma de Prólogo hermoso y poético, «completo» en sí mismo, donde la prosa elegante del texto, el acierto en las imágenes utilizadas y la riqueza y profundidad del contenido se combinan de manera tan armoniosa como elocuente. Deseo que os dejéis atrapar por su belleza y movilizar interiormente por todo lo que es capaz de evocar.
- Vivir lo que somos. Cuatro actitudes y un camino, Desclée De Brouwer, Bilbao 2007.
- https://ifs-institute.com/
- De la misma manera que, hace ya un tiempo, me comprometí a no afirmar ni enseñar nada que no hubiera experimentado, tampoco propongo ninguna práctica, cuya eficacia no haya comprobado en mí mismo.
- Tal es el título de la obra de R. SCHWARTZ, No hay partes malas. Sanar el trauma y recobrar la plenitud con el modelo Sistemas de Familia Interna (IFS), Eleftheria, Barcelona 2021. Otro libro interesante, que me ha servido de inspiración en este trabajo es el de J. EARLEY, La terapia del Self, Eleftheria, Barcelona 2016. En esa misma escuela se sitúa el libro de M. SWEEZY, Internal Family Systems Therapy for Shame and Guilt, Guilford Press, New York 2023; y el de R. DE LA ROSA, Superar el trauma. Una nueva visión de la autocompasión, Kairós, Barcelona 2025.
- Sospecho que, en el modelo propuesto por IFS, entienden el self como sinónimo de consciencia. Por mi parte, sin embargo, prefiero afirmar la centralidad de esta de manera expresa y con toda nitidez. Tal como explicaré en su momento, aunque se refiera a la dimensión nuclear, dinámica y positiva de la persona, el self no deja de ser una instancia psicológica, es decir, un objeto más —y, como tal, observable— dentro del campo de la consciencia.
- También más adelante me referiré al hecho de que el self es la plasmación de la misma y única consciencia en cada individuo particular. Esto explica que, al situarnos lúcidamente en la consciencia, ya somos remitidos de manera inmediata al self. En mi propuesta, como se irá viendo a lo largo de la exposición, el trabajo con protectores y exiliados se aborda, de manera explícita, desde la consciencia.
- Entiendo por «coherencia», no la actitud que sería consecuente con los principios o creencias que se profesan -y que solo son constructos mentales-, sino la fidelidad a la consciencia que somos y que fluye a través de nosotros. En este sentido, la coherencia no nace de un esfuerzo voluntario, sino que, aunque en ocasiones lo requiera, es fruto de la comprensión experiencial.
- Pag. 209.
- Es de notar que no se habla de fidelidad a uno mismo —que sería el camino adecuado—, sino de —en teoría— «fidelidad a Dios» que, en la práctica, se materializa exigiendo fidelidad a las creencias o dogmas y, en último término, a la autoridad religiosa. Con lo cual, bajo el nombre de fidelidad, lo que se está promoviendo, en realidad, es sumisión. Lo cual queda reflejado, de manera impensada, incluso en el mismo lenguaje que distingue «pastores» y «rebaño».
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