La palabra hecha carne
Recuperar el sentido de lo sagrado a través de la oración
La vida espiritual suele hacernos concebir la realidad de forma polarizada: lo profano y lo sagrado. Sin embargo, para madurar espiritualmente, es necesario superar esta dualidad y para lograrlo, la meditación ofrece un aprendizaje diario a través de la experiencia personal. La realidad es un todo unitario. Ya San Ireneo enseñó que Dios no puede conocerse nunca como objeto, sino solo por medio de la participación en su propio autoconocimiento. La escena del lavatorio de los pies es una enseñanza tangible de que «el cuerpo es el templo del Espíritu Santo» aunando así el ámbito profano del cuerpo y el sagrado del Espíritu. La expresión máxima de esta imbricación de lo sagrado y lo profano la encontramos en la encarnación: La Palabra hecha carne.
John Main, OSB (Londres, 1926 - Montreal, 1982), sabía que la experiencia contemplativa crea comunidad, y que cada ser humano, sin importar su estilo de vida, está llamado a la profundidad contemplativa. En 1975 inició sus primeros grupos de meditación en su monasterio de Londres, y un año más tarde en Montreal, expandiendo estos grupos por todo el mundo. En PPC han visto la luz sus libros: El camino de la meditación (2017), El deseo de profundidad y de sentido (2024), Puerta hacia el silencio (2024) y Plenamente vivo (2026). / Más info
Detalles del libro:
- Título: LA PALABRA HECHA CARNE
- Subtítulo: Recuperar el sentido de lo sagrado a través de la oración
- Título Original: The World Made Flesh
- Autor: John Main
- Introducción de: Laurence Freeman OSB
- Traducción de: María García González
- Editorial: PPC
De la Introducción
Hay nuevas maneras de redescubrir el sentido de lo sagrado, del que nuestra cultura y sociedad tan terriblemente carecen. Sin este sentido espiritual estamos discapacitados, como si nos faltara uno de los cinco sentidos a los que nuestro concepto de realidad se ha limitado durante tanto tiempo. Porque si solo nos acercamos a la realidad a través de la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato, la consciencia humana parece alejarse de la realidad y derivar en meras ideas de realidad. El sentido sin el espíritu se vuelve sin sentido.
Pero somos una cultura muy centrada en los sentidos. Nuestras pantallas de televisión, equipos de sonido y carteles publicitarios están obsesionados con nuestra apariencia física, con qué sentimos, cómo olemos, qué comemos y qué música escuchamos. Y, sin embargo, el resultado de todo este estímulo sensorial no es una consciencia elevada de la realidad, sino la búsqueda de la «realidad virtual». Preferimos las imágenes idealizadas y controlables de la realidad que podemos grabar y volver a reproducir a voluntad antes que la realidad misma. Y «la realidad» se ha identificado con una bebida gaseosa dulce que, para millones de personas en todo el mundo, se ha convertido en un sacramento desacralizado de juventud, belleza, éxito y felicidad.
Cuando un hombre se obsesiona con los placeres de los sentidos, desarrolla el apego por ellos. Del apego surge el deseo, la codicia, y esto conduce a la pasión y la ira. De la pasión brota la confusión mental, el olvido del deber.
De este olvido se deriva la pérdida de la razón, y la pérdida de la razón lleva al hombre a la destrucción. Pero el alma que es capaz de moverse en el mundo de los sentidos conservando la armonía de ellos y está libre de todo apego y toda aversión halla descanso en la quietud.
Para el hombre no hay sabiduría sin armonía, y sin armonía no hay contemplación. Sin contemplación no puede haber paz, ¿y sin paz puede haber alegría? (Bhagavad Gita 2,62-66).
John Main pensaba que muchos cristianos están en deuda por el redescubrimiento de un camino para orar o, más bien, como él diría, de un camino a la oración, que los libera de tener que acercarse a Dios dentro de los límites de una realidad virtual. La oración mental imaginativa, a la que la mayoría de los cristianos estuvieron limitados durante muchas generaciones, suele negar a quien ora la capacidad de pasar de la imagen a la realidad. Como decía san Gregorio de Nisa: «Toda imagen de Dios es un ídolo».
La realidad es aquello que no podemos objetivar, cosificar, y, por tanto, nunca puede ser completamente expresada de ninguna forma, ni física ni mental. Pero también es cierto que toda forma, sagrada o profana, buena o mala, contiene una chispa de realidad y puede ser un sendero hacia ella. San Pablo describió a Jesús como la «imagen de Dios invisible», y dijo también que, a Jesús, Dios «lo hizo pecado por nosotros», para que el pecado, en todas sus formas engañosas, no limitara nuestra expansión en Dios.
Para lograr el progreso espiritual es necesario devolver la dignidad a gran parte de lo que la religión considera como profano o como un impedimento para el progreso espiritual, como el propio cuerpo.
La meditación es una enseñanza diaria a través de la experiencia personal de que la realidad es un todo que no puede dividirse. La fragmentación de la realidad en sensorial y conceptual recupera su unidad a través de la meditación. Vivimos en los sentidos, como ya entendió el Bhagavad Gita, y con una consciencia sensorial y libertad aumentadas. Pero el sentido espiritual nos hace ver que la realidad no puede ser pensada o sentida por un observador externo. San Ireneo enseñó que Dios no puede conocerse nunca como objeto, sino solo por medio de la participación en su propio autoconocimiento. Solo podemos conocer la realidad participando en ella. Por eso John Main enseñó meditación con tanta autoridad a las personas de hoy en día, y por eso ahora, diez años después de su muerte, su enseñanza continúa guiando e inspirando. Para él, la meditación es la forma de orar más sumamente encarnada. Lleva a toda la persona hacia la plenitud, hacia la armonía de cuerpo, mente y espíritu.
El recorrido hacia este estado plenamente consciente, plenamente humano, aparece de nuevo descrito en la recopilación de sus escritos. Conviene recordar que fueron enseñanzas que dirigió a personas sentadas que se estaban preparando para la meditación. Deben leerse teniendo esto en mente. Y, de hecho, constituyen una maravillosa preparación para un período de meditación, primero concentrándonos y luego, gradualmente, aquietando la mente y conduciéndola al umbral del silencio, donde todas las palabras y pensamientos se dejan atrás.
La quietud es el sendero de este recorrido. A medida que el ego se disipa en el poder del silencio, la persona que medita se abre a lo que John Main denomina la «liberación de todo sistema y estructura mentales». Nos abrimos a la libertad que nos ofrece el don de ser. Nos expandimos a la consciencia humana de Jesús y a nuestra participación en esa consciencia, que es una con la realidad, que nos libra de nuestro egocentrismo. Nos conduce a la simplicidad de Dios.
La realidad es simple. La realidad virtual es infinitamente compleja. La mente humana es un espejo que puede reflejarse infinitamente a sí mismo, y, en la meditación, lo que necesitamos es un medio tan absolutamente simple como el mantra que nos lleve, a través del espejo, al mundo real. El mantra es una palabra sagrada en una tradición que se repite simple y fielmente durante la meditación mientras se abandona cualquier otro pensamiento o imagen. Lo maravilloso de la meditación es que, en realidad, todo lo que alguna vez tuvo el poder de limitarnos, como nuestros sentidos y nuestra mente, ahora tiene la capacidad de convertirse en sacramento de lo real.
