Libros - John Main
El deseo de profundidad y sentido
Aprender a meditar con John Main
Este libro está compuesto por sesenta y nueve extractos de las enseñanzas orales de John Main, organizados temáticamente en ocho apartados. Estos extractos proporcionan una visión global clara e integral de las enseñanzas sobre la oración de uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX.
Vio en el mantra el camino hacia esa quietud ―hesiquía, como la llamaban los cristianos de Oriente― o «pura oración» que es «culto en espíritu y verdad». Observó que la disciplina del mantra purifica el corazón de los deseos contradictorios y nos armoniza, nos confiere unicidad. Su enseñanza contemplativa cristiana, muy actual, se dirige a personas de toda condición.
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John Main, OSB (Londres 1926-Montreal 1982), conoció la meditación mientras estuvo destinado en Malasia. En 1958 se convirtió en monje benedictino en la abadía de Ealing (Londres). Estudió en Roma durante los años del Concilio Vaticano II. En 1969 fue enviado a la Abadía de San Anselmo (Wshington DC). En 1977 constituyó un nuevo tipo de comunidad de monjes y laicos basada en la meditación cristiana y dedicada a la enseñanza como su principal tarea. Su influencia sigue siendo muy importante en la formación de grupos de meditación cristiana en todo el mundo.
Falleció en Montreal el 30 de diciembre de 1982.
En PPC ha publicado El camino de la meditación (2017) y Puerta hacia el silencio (2024).
Detalles del libro:
- Título: EL DESEO DE PROFUNDIDAD Y SENTIDO
- Subtítulo: Aprender a meditar con John Main
- Título Original: The Hunger for Depth and Meaning
- Autor: John Main
- Prólogo de: Laurence Freeman
- Traducción de: María Jesús García González
- Editorial: PPC
John Main y la oración cristiana
Uno de los maestros espirituales más influyentes de la oración de nuestra época fue el monje benedictino irlandés John Main. Nació en Inglaterra en 1926 y falleció en Canadá 56 años después. El padre Bede Griffiths escribió, poco después de la muerte de John Main, que había sido «el guía espiritual más importante para la Iglesia actual».
Siendo un joven católico, durante el desempeño de su trabajo como diplomático en el Lejano Oriente, John Main fue introducido en la meditación gracias al amable monje hindú Swami Satyananda. Sin apartarse nunca de su propia fe cristiana, John Main reconoció de inmediato el valor de esta práctica que profundizaba y enriquecía otras formas de oración cristiana. Hubieron de pasar varios años antes de que se diera plenamente cuenta de lo profundamente que esta oración silenciosa del corazón estaba arraigada en su propia tradición cristiana. Contempló con ojos nuevos las enseñanzas de Jesús sobre la oración. Y leyó una vez más las vibrantes descripciones de Juan Casiano sobre los primeros monjes cristianos, los Padres y las Madres del desierto, que ejercían y enseñaban con su propio y humilde ejemplo la sencilla disciplina del monologistos, la «oración de una sola palabra». Se percató de que esta disciplina aborda las distracciones que llenan inevitablemente nuestra mente, sobre todo en el momento de la oración, pero en otros momentos también.
Vio en el mantra el camino hacia esa quietud ―hesiquía, como la llamaban los cristianos de Oriente― o «pura oración» que es «culto en espíritu y verdad». Observó que la disciplina del mantra purifica el corazón de los deseos contradictorios y nos armoniza, nos confiere unicidad. El lugar de la unidad y la armonía es el corazón, donde encontramos las orientaciones más profundas y naturales hacia Dios como nuestra fuente original y nuestra meta personal. Entendió a la perfección que el mantra nos conduce a la pobreza de espíritu o a la falta del afán de posesión que Jesús estableció como primera bienaventuranza y condición primordial para la felicidad humana.
John Main aprendió enseguida, a través de su propia meditación, que la disciplina matutina y vespertina de la meditación equilibra todo el día, la vida cotidiana de cada persona, en una paz y alegría cada vez más profundas. Y vio, cada vez con mayor claridad, la conexión entre su experiencia de paz y alegría interiores y el Evangelio y la fe cristiana. Para él, la oración es mucho más que hablar a Dios o pensar en él. La oración es estar con Dios.
John Main vio también la calidad de nuestras relaciones como la auténtica medida del progreso en la meditación. Sabía que ese progreso era, en definitiva, un logro de la gracia. Pero, de nuevo, nosotros también tenemos que hacer nuestra parte. Hemos de responder a la llamada de la gracia no con una mera técnica, sino con una disciplina de fe. Para John Main, como para la tradición cristiana de siglos de antigüedad desde la que hablaba, una disciplina escogida libremente es el sendero hacia la libertad, no hacia la esclavitud. La disciplina espiritual es una valiosa necesidad en la tarea de liberarnos de la tiranía del egoísmo, la compulsividad, el engaño y la autorreferencialidad.
Por tanto, siempre dejó muy claro que la meditación es un camino de fe, y fue muy práctico sobre cómo y cuándo debe hacerse. La dedicación mínima a la meditación individual dos veces al día y en la meditación colectiva una vez a la semana es solo el aspecto externo de la disciplina que John Main enseñó. Sabía que la mayoría de la gente comienza la meditación con pocas ganas o con un exacerbado fervor que, inevitablemente, como todo entusiasmo, se debilita. Comenzamos, lo dejamos, y volvemos a comenzar, con frecuencia varias veces. A algunas personas les lleva tiempo, a veces años, incorporar la disciplina básica de la meditación en su vida diaria.
Por eso es tan valioso el grupo de meditación. No hay muchas personas capaces de ejercer la autodisciplina por sí solas. Construir un buen hábito lleva tiempo y exige una constante motivación. Gracias al apoyo y al ejemplo de otros, fortalecemos nuestra idea de que la meditación es simple, pero no fácil; es vivificante, no hostil a la vida; y, ante todo, es un camino de amor. Por todas estas razones, John Main animó a la gente que quería aprender a meditar y seguir meditando a cultivar los dones de la comunidad que crecen entre quienes comparten el camino de la oración. De ahí la formación y la perseverancia de más de mil grupos de entre tres, o seis, o veinte personas que se reúnen semanalmente en iglesias, hogares, oficinas, hospitales, residencias, prisiones, universidades, centros escolares y centros comerciales.
