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Libros - Richard Rohr

Compasión silenciosa
Buscar a Dios en la contemplación

Compasión silenciosa

Descripción:

En Compasión silenciosa, Richard Rohr nos propone un viaje para encontrar a Dios en las profundidades del silencio. El silencio divino nos ofrece paz y nos invita a la compasión hacia los demás. La experiencia del silencio es la experiencia del vacío y, a la vez, de la unidad del Ser. Según él, «el silencio no es solo lo que rodea las palabras, sino aquello de lo que procede todo ser y a lo que retornan todas las cosas, el fundamento mismo de la realidad».

La enseñanza de Rohr está basada en la contemplación y la kénosis (autovaciamiento), que se expresan mediante una compasión radical, en especial respecto a personas socialmente marginadas. Su visión de la mística cristiana se inscribe en el marco de la tradición perenne y un espíritu ecuménico que busca puentes con las otras tradiciones religiosas.

Richard Rohr
Richard Rohr, O.F.M.

(Kansas, 1943) entró en la orden de los franciscanos en 1961 y se ordenó como sacerdote en 1970.Un año después, fundó la comunidad Nueva Jerusalén en Cincinnati (Ohio), y en 1986 el Centro de Acción y Contemplación (CAC) en Albuquerque (Nuevo México), donde ejerce actualmente como director.
Vive en una ermita y divide su tiempo entre los trabajos de la comunidad y la predicación y la enseñanza por los cinco continentes. Es autor de numerosos libros y han sido traducidos a varias lenguas y colabora habitualmente con diferentes publicaciones.

Más información

Detalles del libro:
Título: COMPASIÓN SILENCIOSA
Subtítulo: Buscar a Dios en la contemplación
Título Original: Silent Compassion. Finding God in Contemplation
Autor: Richard Rohr
Traducción: Bernardo Moreno Carrillo
Nº de páginas: 123
Editorial: Herder
Año de edición: Marzo 2015
Formato: Rústica con solapas (12x19)
ISBN: 978-8425420238

Prólogo

Diferentes religiones se reúnen para buscar una verdadera armonía

A mediados de mayo de 2013, un grupo de representantes de distintas religiones se presentó ante una considerable multitud en el vasto centro de convenciones Yum, situado en Louisville, Kentucky. Se trataba de una jornada especial al final del Festival of Faiths (Festival de Confesiones), un programa de actos organizados en dicha ciudad para fomentar el diálogo interreligioso y construir una comunidad respetuosa y unificada.

Se dieron cita alli musulmanes, hindúes, judíos, cristianos y budistas. El sacerdote franciscano católico Richard Rohr (O.F.M.), uno de los numerosos guías religiosos presentes, representó a la cristiandad. Por su parte, el budismo estuvo representado por el más famoso de sus exponentes, su santidad el Dalai Lama.

En cierto sentido, se puede considerar una venturosa coincidencia el que estas dos personas compartieran estrado en Louisville. Cincuenta años atrás, otro sacerdote católico (y trapense cisterciense), Thomas Merton, había viajado desde las inmediaciones de Getsemani, Kentucky, hasta el sudeste asiático, recorriendo prácticamente todo el mundo, para asistir a un acto interconfesional. Unos días antes de su trágica muerte en un accidente, se le había visto paseando, en animada conversación, con el Dalai Lama, a la sazón en los inicios de su carrera.

Después de tantos años transcurridos, su santidad el Dalai Lama acudió a Louisville, como una etapa más de su gira por el mundo, no solamente para obtener apoyos para el pueblo oprimido del Tibet, sino también para difundir su propio mensaje de paz, de misticismo, una mezcla de acción y contemplación enraizada en una vieja tradición que tan profundamente ha marcado su vida.

Por su parte, el padre Rohr ―Richard Rohr para los miles de personas que buscan asesoramiento espiritual en sus múltiples charlas, libros y presentaciones por internet― ha dedicado prácticamente su vida a esto mismo, pero desde su propia tradición. Mediada la década de 1980, fundó en Albuquerque, Nuevo México, el Centro para la Acción y la Contemplación, una especie de laboratorio desde el cual, como saben miles de cristianos socialmente comprometidos, el activismo social puede resultar informado, purificado y mejorado a través de la antigua práctica de la contemplación.

Sus palabras encajan a la perfección en el contexto del diálogo interreligioso. Pues, en efecto, Richard siempre ha sabido ver más allá del aquí y ahora, más allá de los muros que las distintas agrupaciones sociales suelen levantar alrededor de sí mismas.

Por supuesto, Richard sigue los pasos de su «padre Francisco», a quien todo el mundo conoce con el nombre de san Francisco de Asís. Como se sabe, Francisco recorrió todos los montes y valles de Italia central en la última parte del siglo XIII. Iba de ciudad en ciudad, unas veces predicando, otras dando simplemente ejemplo, en el marco de una cultura que nunca había visto nada ―ni a nadie― semejante. Francisco estaba abierto a los signos de Dios en toda la Creación (es el santo de los actuales bebederos para aves), en la tierra, en los árboles, en las flores y en los animales, pero también en cada persona. El que se puede considerar el más famoso «pacifista» del mundo y de la historia, viajó incluso a Egipto con los cruzados para predicar la paz y la comprensión intercultural tanto a los cristianos como a los musulmanes. Un mensaje de paz cuyo eco todavía resuena en la actualidad.

Durante esos escasos pero intensos días de primavera reunidos en Louisville, los representantes de las principales religiones del mundo trataron de dar expresión y cauce a este mismo deseo. ¿Cómo podemos vivir juntos en verdadera armonía? ¿Cómo podemos aprender unos de otros? ¿Qué sabiduría se halla disponible para todos en cada una de las tradiciones?

A unas pocas manzanas del centro de convenciones, en la confluencia de la calle Fourth con la calle Walnut (actualmente bulevar Muhammad Ali), hay una placa de bronce destinada a inmortalizar el momento más importante de la Vida de Thomas Merton, del que se nos habla en su libro Conjectures of a Guilty Bystander (Conjeturas de un espectador culpable). Allá por 1958, el padre Merton tuvo en dicha esquina una visión mística acerca de la unidad de la humanidad. Contemplando la multitud que bullía en el núcleo comercial de Louisville, se dio cuenta de que el misterio de Dios nos envuelve constantemente:

De repente, me sentí convencido de que amaba a todas esas personas, de que eran mías y suyas, de que no podíamos ser extraños aunque no nos conociéramos de nada... ¡Cómo decirle a toda esa gente atareada que resplandece tanto como el sol!

El Festival de Confesiones de Louisville fue fruto de ese mismo espíritu, es decir, de la conciencia de que todos coincidimos en esto, Richard Rohr nos está ayudando a comprenderlo mejor.

John Feister
Director de la revista
St. Anthony Messenger

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