Nicolás Brunori
No sé quien soy → Sé quien soy → Soy
Un viaje sin distancias a la realidad
Por Nicolás Brunori, 6 de febrero de 2026En esta segunda parte:
¿Qué es el Ego?
Yo mente-ego.
Las definiciones de ego pueden ser tan numerosas como las mentes-ego que existen para describirlo. Sin embargo, cuando la luz de la comprensión de la Verdad, que habita en tu mente-espíritu (tu Ser, Dios, o como quieras llamarlo), lo ilumina en su totalidad, este desaparece. El ego depende de la oscuridad y de tu confusión para sobrevivir.
En resumen, el ego es la mente separada con un «yo», que cree vivir solo en el universo.
También podemos definirlo como un sistema ilusorio de pensamientos, creencias y experiencias que se perciben en la conciencia de separación a través de los sentidos y de nuestra identificación con el cuerpo, el tiempo y el espacio. Es lo que se conoce como el universo de la forma.
El propósito es entender cómo funciona nuestra profunda ignorancia al creernos entidades separadas. La misión es llevar nuestras ilusiones hacia la eterna luz del entendimiento, que es la única Verdad y que siempre está dispuesta a salvarnos de la confusión.
El desarrollo del ego
La identidad separada, el «yo» mente-ego, cree ser un cuerpo que nace como efecto de la unión de sus padres, que son la causa. «Vive» en el mundo ilusorio de las formas y permanece por un tiempo conectado a ambos mundos: el real (eterno) y el irreal (tiempo). Esta conexión se da a través de un «fino velo transparente», por donde pasa de su mente-espíritu a su mente-ego, que se está desarrollando y que todavía está vacío de ese «yo» o identidad de separación.
Un bebé no conoce su nombre, apellido, nacionalidad o religión. Apenas sabe que está separado de su fuente interior. Vive en lo que yo llamo «la alegría sin causa»: no juzga, no critica, no se preocupa, porque el tiempo no existe para él. Está siempre presente en el ahora, el lugar donde habitan el Ser/Dios y la realidad. Ese ahora es anterior al pensamiento del «yo»; luego, todo lo que creemos ser es pensado y proyectado. Cuando el «yo» comienza, el pasado y el futuro ilusorios entran en juego en la mente-espíritu y salimos del ahora para entrar en la mente-ego, que cree vivir separada.
A medida que crecemos, ese velo transparente se convierte en una cortina que nos permite pasar, pero con mayor dificultad. Aproximadamente a los 7 años de edad, esa cortina se transforma en una pared que fuimos construyendo ladrillo por ladrillo entre todos: padres, hermanos, la familia, amigos, la escuela, la sociedad, las religiones, etc.
Esta identidad separada, el «yo» mente-ego, es el fruto de nuestro entorno en un mundo de separación, creado para mantenernos lo más alejados posible de nuestra mente-espíritu o verdadero Ser/Dios. En ese momento, dejamos de ser un efecto de algo externo para ser el «yo», la voz que habla en nuestra mente-ego y un cuerpo definitivamente separado de nuestros padres y del mundo.
La búsqueda inútil del ego
Ahora, al creer que soy mi propia causa y que no dependo de nadie, porque soy mi cuerpo y la voz del pensamiento, me siento carente, pero no sé de qué ni de quién. Entonces, busco todo lo mejor para lo que creo ser: un cuerpo. Busco comodidades, satisfacciones de todo tipo, el tan anhelado placer, seguridad económica y personal para mi cuerpo y los cuerpos que me rodean, prestigio para separarme y elevarme de los demás, dominio sobre Otros.
Son tantas las cosas que buscamos como cuerpos para ser felices, que podríamos escribir sobre ellas durante miles de años, para luego darnos cuenta de que esa felicidad se esfuma de las manos demasiado rápido para el esfuerzo y empeño que le pusimos.
Esa búsqueda inútil de algo permanente en un mundo impermanente siempre nos da como resultado la impotencia. Y como alguien tiene que ser el culpable, yo me convierto en la víctima. De esta manera, sigo atrapado por los efectos del mundo y de los demás.
Todo se convierte en un juego ilusorio que la mente-ego proyecta en un mundo de formas, y como estoy totalmente identificado con ella, dejo de ser mi propia causa y paso a ser un efecto del mundo. Permanezco en el tiempo sin saber quién soy.
Cuando al «yo» mente-ego le conviene, es su propia causa; y cuando no, se convierte en un efecto y una víctima. Generalmente, cuando las cosas «van bien» para ese «yo», el mundo es un lugar hermoso. Pero cuando cambian y las cosas «van mal» para ese mismo «yo», el mundo está en su contra.
Así, terminamos por bajar los brazos en la búsqueda de la verdad. El final es conocido por todos: morimos como lo que creemos que somos, un cuerpo identificado con la mente-ego, y un «yo» que nos recuerda con pensamientos ilusorios de pasado-futuro, miedo y culpa que tenía razón. Si morimos, es porque no somos un ser eterno.
Todos creemos nacer para después morir; de eso no hay dudas. La duda surge con respecto a nuestra verdadera identidad.
Hay una parte tuya que no es real, pero no dudas de ella porque es la que ves. Hay una parte tuya que sí es real, pero dudas de ella porque no la ves.
Aun así, solo una de ellas es la Verdad. ¿Quiénes somos? ¿Millones de cuerpos o un solo Ser/Dios, Espíritu Eterno?
Agradecer silencia el ego
Agradecer viene de la palabra agradar al Ser.
Entonces, ¿cómo podemos hacer que la voz del ego (el relator incansable) en nuestra mente deje de enloquecernos con sus peticiones e insatisfacciones?
La respuesta es simple: agradecer es el remedio de muchos males que parecen existir.
El ego lo sabe, por eso ataca con más fuerza con frases como: «Eres muy conformista», «siempre igual», «nunca vas a avanzar», «tienes que ir por más», «siempre te pasan cosas», «tenemos que continuar». De esta manera, la voz de tu falso «tú» sigue teniendo el poder, gobierna tu mente y, lo peor, te arrebata tu paz.
Siempre buscamos sentirnos bien internamente, porque es imposible comprar «un kilo de paz mental» o «cinco litros de claridad emocional». Por lo tanto, si queremos sentirnos bien internamente, debemos trabajar internamente. Si nos sentimos bien debido a algo externo, nos volvemos esclavos de ese algo. En cambio, si estamos bien sin depender de lo externo, ya no nos importa lo que pueda suceder.
Lo que tenga que suceder, sucederá, pero podemos atravesar la situación de dos maneras:
- Dejando que el pensamiento automático del ego nos controle, perdiendo nuestra tranquilidad.
- Dejando pasar su repertorio sin involucrarnos y diciendo: «Gracias por la oportunidad de aprender y cambiar».
En resumen, la tarea del ego es simple: decirnos que hay un estado mejor por alcanzar, que el actual no es suficiente; por lo tanto, siempre quiere más.
Observar la mente y vivir en el presente
Un ejercicio útil cuando estamos «muy mentales» es respirar profunda y lentamente. La mente y el pensamiento están relacionados con la respiración. Cuando la respiración es lenta, la actividad mental disminuye, y cuando es profunda, la mente se calma.
Desarrollar el poder de gobernar la mente a través del silencio y la observación de los pensamientos como testigos es algo que podemos lograr si nos detenemos a observar pasivamente y no juzgamos lo que ocurre como algo involuntario y automático, cargado con información de nuestro entorno o de lo aprendido culturalmente.
Nuestra forma de proceder es casi en su totalidad un reflejo de nuestros filtros de un «yo» identificado con la mente-ego.
Para entender esto, imaginemos una fotografía antigua: una mujer blanca está sentada con su bebé y un hombre de color se sienta cerca de ella. El bebé le agarra un dedo al hombre, y ambos sonríen felizmente. Por el contrario, la madre está de espaldas al hombre, con una expresión de fastidio y disconformidad.
En este ejemplo, el hombre está en el metro, como todos los días, y es neutral. El bebé, que aún no tiene información sobre el racismo o prejuicios, lo ve como es, simplemente en el ahora. Sin la identificación de un «yo», no puede haber racismo, religiones, políticas o nacionalidades, porque si no hay un «yo», no hay separación.
La madre, en cambio, ya está totalmente identificada con ese «yo» que se cree separado y que responde a la información que ha absorbido sobre el racismo y toda clase de ideas de separación. Esto es el pasado que traemos automáticamente al presente sin detenernos a observar pasivamente nuestra manera de ver.
No vivimos en el ahora, vivimos siempre en un pasado que llamamos presente. Por eso es importante observar pasivamente y no juzgar lo que acontece, para que no entre en juego el «yo» o la identidad mente-ego.
Piensa en esto: no se puede manejar un automóvil correctamente si en todo momento estamos mirando los espejos retrovisores (pensando de manera automática en el pasado). Para conducir bien, debemos sentir el momento presente en cada centímetro que recorremos, prestando total atención a nuestro accionar y al entorno.
Tampoco podemos pensar de manera automática en la curva que nos indica un letrero de «curva peligrosa en 500 metros» si todavía no hemos llegado. Primero hay que llegar a la curva para sentir su radio de giro y reaccionar. Y eso siempre se hace en el ahora, ni antes ni después.
Como dice el refrán: «Recuerda el pasado, pero no vivas en él. Aprende a disfrutar el presente, pues será lo que te acompañe el resto de tu vida».
El sueño y la gran proyección
Afirmar que el universo es una ilusión no es nada nuevo; diversas enseñanzas y estudios así lo proclaman.
En el pensamiento oriental, encontramos el concepto de Maya (ilusión), una concepción del hinduismo donde lo que vemos es solo una ilusión representada por nuestro estado mental. El Vedanta Advaita, el Zen y el budismo tienen su propia manera de abordar esta idea. El significado de la palabra Buddha es «el despierto», aquel que alcanzó la sabiduría interna.
A nivel científico, hay estudios que describen el universo como un gran holograma o una simulación, entre otros conceptos. Desde la antigüedad hasta hoy, han surgido diferentes maneras de ver esta situación y, seguramente, aparecerán más en el futuro.
En esta instancia, no vamos a indagar en cada una de estas enseñanzas ni en el porqué de la ilusión del universo, ya que eso solo alimenta la ilusión misma a través de la curiosidad y su «porqué». Como dice un dicho popular: «La curiosidad mató al hombre y embarazó a la mujer», lo cual es sinónimo de fin y comienzo, de un ciclo de continuidad.
Lo importante es lo que cada uno siente en su interior respecto a este tema. Para la mayoría de las personas, no es relevante si esto es real o no, ya que en su «vida cotidiana» no hay mayores inconvenientes. Esto se suma al modo de vida automático de la modernidad, donde no hay tiempo para preguntarse nada que no esté en el guion. Sin embargo, hay quienes, por razones muy ajenas al guion de la «vida cotidiana», sospechan que su realidad individual es ilusoria y sienten la necesidad de avanzar en ese sentido hacia la verdad que los llama a despertar.
La búsqueda de la verdad
El deseo de obtener algo nace porque ahora no lo tenemos. Buscar la verdad nace del deseo de abandonar la ilusión. Si por el momento la verdad no me interesa, no hay deseo de encontrarla y esta búsqueda me parece una ilusión sin sentido. Por el contrario, el buscador, a quien todo esto le parece una ilusión sin sentido, busca solo la verdad.
Este proceso se da de manera natural, como la fruta que madura en un árbol. No todas lo hacen al mismo tiempo, y aunque su caída pueda ser en diferentes momentos, el resultado final es el mismo. Cuando todas maduren, ya no habrá ninguna sostenida en las ramas del árbol. Lo mismo ocurre con cada uno de nosotros: la maduración puede ser distinta, y por eso experimentamos diferentes situaciones.
Aun así, hay un denominador común: siempre nos sentimos incompletos y buscamos la completitud en el exterior, donde todo el mundo la busca de manera natural. Buscamos esa pareja ideal que nos una para siempre, o los hijos para que todo el esfuerzo de nuestra vida valga la pena cuando ya no estemos.
Nos auto-engañamos con la idea de que algo externo va a llenar nuestra carencia interna y el vacío que todos, en mayor o menor medida, experimentamos. A veces, parece llenarse, pero eso dura muy poco, porque lo que nos completa no se encuentra en la parte de la mente con la que nos sentimos identificados: la mente-ego, nuestra identidad separada a través de un «yo» que vive separado del otro, o nuestro personaje en este mundo ilusorio. Este personaje no sabe dónde encontrar la completitud porque estamos buscando donde no se encuentra, ni se encontrará jamás.
El camino hacia la liberación
Ahora que sabemos que no hay posibilidad alguna de hallar la verdad en el mundo ilusorio, comenzamos un camino que nos lleva a vivir de una manera más tranquila. Seguimos haciendo todo como antes, pero ya no le ponemos la esperanza de hacer realidad lo ilusorio. Aceptamos lo que nos muestra la mente-ego, pero ya no le damos el poder de creer que nos Va a satisfacer como antes.
Esta situación se da de manera natural en el momento de la entrega, que no es más que decir desde el corazón y con total humildad: «No entiendo nada de este mundo ni de los que lo habitamos, no sé quién soy ni para qué estoy aquí». De esta manera, dejamos de tener una voluntad separada y gobernada por la mente-ego y, por primera vez, le decimos: «Ya no quiero seguirte porque sé que lo que me propongas no va a funcionar. Ya probé todas las recetas, pero ese vacío y ese miedo siguen igual; a veces se manifiestan más y otras menos, pero nunca desaparecen por completo».
En ese momento de entrega, de no saber nada con respecto al mundo y a uno mismo, es donde esa identidad de «yo» mente-ego separada comienza a disolverse, porque ya no la alimentamos con más ilusiones. Ahora sabemos que no sabemos, y en ese paso comienza nuestra liberación hacia la realidad.
Cuando la verdad se revele ante ti, no quedará nada que no sea amor, completitud, paz, gozo y eternidad. Todo eso siempre «es», es la parte verdadera de tu identidad que compartimos en unidad y que aún no reconoces.
Después de saber quién eres, el mundo no cambia en absoluto; haces las mismas cosas de siempre, pero desde un lugar totalmente distinto. En ese ahora, comprendes que la vida es un juego que se gana recordando la verdad.
La Verdad
Hablamos de la verdad, pero aún no hemos analizado las condiciones necesarias para que esta sea lo que es.
Siempre decimos que cada uno tiene «su verdad» y la defendemos incluso con nuestra propia «vida». De esta manera, seguimos identificados con nuestra mente-ego y con un «yo» de identidad separada que se siente capaz de defender su propia ilusión. Esta ilusión depende de un estado hipnótico de separación, tiempo y espacio.
Hemos convertido esta ilusión en la verdad, y a su vez en la «verdad de cada uno», porque se basa en el mundo de la forma. Nos parece natural que sea una verdad en constante cambio, y ahí está nuestro mayor engaño.
Observemos ahora, dejando de lado lo aprendido y sin juzgar si la «verdad» de cada uno lo es realmente.
Para que la Verdad sea Verdad, no debe tener opuestos o alternativas. Debe ser UNA SOLA para que sea REAL. La verdad siempre es una sola; las mentiras e ilusiones son miles de millones.
Volviendo a las condiciones necesarias para que la eternidad sea lo que es, nos encontramos con que necesita lo mismo que la verdad: unicidad, unidad sin separación. Sin dos, tres o mil. Siempre es uno; no hay un «dos» que pueda observar o cambiarlo.
- Verdad, eternidad, unicidad son sinónimos.
- Ilusión, tiempo, separación también lo son.
Lo eterno, al ser verdad, no cambia. El tiempo, al ser falso, cambia de manera constante. De esta forma, observamos que todo lo que cambia no es real, porque ofrece alternativas e incluso opuestos de lo que alguna vez fue.
En resumen, si nuestras células cambian, al igual que nuestro cuerpo, pensamientos, emociones, e incluso el «amor» hacia otra persona, podemos dudar de su veracidad.
La naturaleza del amor
Si analizamos el tema del «amor», siempre viene de la mano del miedo a la pérdida de ese «otro» externo que nos hace sentir ese «amor», así como de las condiciones en las que este nace, crece, se desarrolla y, en algunos casos, hasta muere. Entonces, ¿cómo puede el amor ser lo que en verdad es?
Verdad y amor son sinónimos de una misma realidad. Esta es la realidad que todos, en algún momento, hemos experimentado, aunque sea por un segundo. Pero al no saber su origen, se lo atribuimos a una condición externa: un acontecimiento, una situación, una persona, un objeto o un lugar que visitamos.
Para hacer todo esto, necesitamos una identidad que pueda experimentar el mundo externo. Ese yo-ego vive de la dualidad sujeto-objeto que todos conocemos. Aquí entra en juego el tiempo, un jugador necesario para que no podamos permanecer en ese estado de belleza atemporal.
Así como la verdad y el amor son la realidad de lo que somos, el tiempo y el pensamiento son la irrealidad de lo que creemos ser.
El verdadero amor no es de este mundo porque no es parte de la ilusión de separación, tiempo y espacio, ni de las relaciones «especiales». No hay dos, uno que ama a otro y viceversa, porque el amor es total. Y esa es la buena noticia: no es lo que nosotros queremos hacer de él. El amor es infinito e ilimitado; lo abarca y lo contiene todo.
Cada uno de nosotros, en estado de separación, quiere transformarlo, volviéndolo temporal, limitado, especial y exclusivo. Todo esto solo se puede lograr en un estado de ilusión, con un yo-mente-ego identificado con un cuerpo.
Pero esto es imposible en la realidad. Es como querer agarrar un rayo de sol, adueñarnos de él y creer que somos rayos diferentes y separados unos de otros. Este es nuestro mayor auto-engaño.
El amor, al igual que el sol, es siempre uno solo. Todos sus rayos forman parte de él, aunque algunos se sigan viendo separados. Nadie puede cambiar su verdadera naturaleza, y en ausencia de los rayos, tú, él y yo seguimos siendo amor eterno, pues este está fuera del tiempo y del espacio.
Comprender la Totalidad
La mayor parte del tiempo, estamos identificados con nuestra mente-ego, o «el yo». Por lo tanto, no importa cuántas cosas maravillosas estemos haciendo o dónde nos encontremos; lo crucial es entender que la experiencia siempre es interna.
A menudo, nos centramos en buscar estados de alegría, felicidad, gozo, éxtasis, paz y dicha en fuentes externas: una relación de pareja, hijos, familia, dinero, sexo, viajes, casas, autos, reputación, etc. Ya sabemos de lo que hablamos.
El secreto es el siguiente: cuando la mente-ego está al mando (que es la mayor parte de nuestras vidas), estamos en un estado de separación, ilusión o simulación. Por ende, vivimos en un estado temporal de pasado-futuro, pero no estamos en el presente. Por lo tanto, nos sentimos incompletos, vacíos o carentes.
Cuando «algo» nos disuelve en el ahora (sin tiempo), la mente-ego con su famoso «yo» (el relator de nuestra mente) desaparece. En la ausencia de esta mente regida por el tiempo, hay un instante de Realidad de Unicidad Eterna que es lo real y siempre está.
Esta realidad abarca la totalidad de la mente, porque cuando no hay tiempo, no hay separación. Por lo tanto, lo que experimentamos es alegría, amor, paz, dicha y gozo, que es el mismo estado para todos porque formamos parte de la misma unidad.
Al no saber esto, creemos que esa «sensación agradable que nos completa» viene de algo externo a nosotros, cuando en realidad es nuestra verdadera naturaleza, que se manifiesta en la ausencia del falso ser con su yo-mente-ego-tiempo.
Ejemplos de la vida real
Hay millones de ejemplos de esto. Recuerdo mi primera vez en Villa Carlos Paz, donde ahora vivo. Tendría unos 6 o 7 años. Antes de llegar, vi las montañas dinamitadas a los costados del camino y, al comenzar a bajar, vi el lago de frente. Fue una alegría inmensa, estaba muy feliz. Fue un estado de dicha y gozo interno totalmente distinto.
Para la mayoría, es solo un niño que se emociona al llegar a un lugar. En realidad, no importa si es grande o chico quien lo experimenta. Ocurrieron dos cosas: al ver ese paisaje por primera vez, no había pasado ni identificación. En resumen, no había recuerdos. Por otro lado, nuestra mente-ego se detiene por un instante. Cuando esto sucede, el tiempo desaparece, no hay una identidad de «yo» que pueda pensar por separado; hay silencio mental. El famoso «me quedé sin palabras» es, en realidad, «me quedé sin pensamientos de separación y de tiempo», pues no hay pasado ni futuro, y en ausencia del «yo» hay alegría, paz y dicha absoluta.
Existen muchos ejemplos de este tipo de experiencias, pero todas tienen un denominador común: no hay pasado. Al ser algo nuevo, la mente-ego no tiene manera de mantenerte en el estado hipnótico basado en el tiempo.
Te voy a compartir una experiencia para entender mejor estas palabras. En 2012, un 8 de diciembre, me dije: «Estoy libre, voy a lanzarme en paracaídas». Como nunca lo había hecho, contraté a un instructor para hacer un salto en tándem de «bautismo». Mis padres y familia no me alentaban mucho, pero mi pareja, Belén, me acompañó. Llegamos al aeroclub en un hermoso día soleado. El instructor me indicó el camino hacia la avioneta y, en ese momento, vi que todos llevaban paracaídas. Le pregunté por el piloto y uno me respondió: «Soy yo». Ante mi cara de desconcierto, me dijo: «Siempre lo llevo por si se planta o se rompe el motor de la avioneta, así nos lanzamos todos».
Ya en pleno despegue, íbamos sentados en el piso cuatro personas. ¡Estábamos listos para volar! Cuando llegamos a 3000 metros de altura, la puerta se abrió. Yo era el primero en salir, ya que el instructor estaba detrás de mí. En ese momento, un pensamiento se hizo presente y tomó toda mi atención: «¿Qué estoy haciendo aquí?». Esto ocurrió mientras me paraba en la plataforma de salto, en una de las alas de la avioneta. Inmediatamente, vino la cuenta regresiva: «3, 2, 1, ¡a volar!».
Ese instante de no-mente, no-pensamiento, no-ego-identidad es puro disfrute. No había pasado ni futuro; solo el momento presente del atemporal ahora del Ser. El miedo que tenía en la plataforma de salto era producido por mi ego-identidad de pensamiento y tiempo constante. Todas las posibilidades de no éxito se presentaron en un segundo. Segundos después, no quedaba nada de miedo; todo era alegría absoluta y libertad plena. Porque cuando no hay identificación ni separación a nivel del pensamiento y el tiempo, no hay un «yo» (ego-identidad) que pueda sobrevivir ni morir.
Por eso viajamos a lugares que no conocemos, y en las aplicaciones de citas la mayoría no tiene un segundo encuentro, etc. Todos estamos escapando de ese estado de simulación de manera inconsciente para encontrar una pausa de la falsa identidad «yo-mente-ego» y que nos recuerde, en el ahora sin tiempo, nuestra propia felicidad interna. Existen muchos ejemplos, y todos, en mayor o menor medida, lo hemos experimentado en alguna situación.
La vida en la totalidad
Vamos a resumir y darle otro enfoque al estado sin tiempo del ahora. Es de suma importancia entender que todos estamos buscando afuera lo que está en nuestro interior. Si logramos nuestro estado de unicidad en el ahora, ya no necesitamos del mundo externo para nuestra felicidad. No es necesario aislarnos, simplemente dejamos de «ilusionarnos» con que esto o aquello lo necesitamos para sentirnos felices y para que llene nuestro vacío interno de separación.
Ahora bien, observemos cómo la mente-ego vive del pensamiento de separación que da origen al tiempo. Pensamiento y tiempo van siempre juntos. Volviendo a los ejemplos comunes, cuando un paisaje nos saca del pensamiento, también nos saca del tiempo y, por ende, de la mente-ego o identidad separada.
En este instante sagrado, todo es alegría, paz y tranquilidad. No hay problema de ningún tipo, porque no hay una mente-ego-identidad que responda a ese problema, ya que no hay un pensamiento que pueda corresponderle. Por eso nos gusta explorar, viajar y tener todo tipo de experiencias nuevas, aquellas donde no existe un recuerdo previo. Y no es porque nos guste el mundo externo como nosotros creemos, sino porque, a través de ese mecanismo de no-pensamiento, no-tiempo, no-ego-identidad, ponemos fin, aunque sea por un instante, al irreal sueño de separación con nuestro Ser.
Lo desconocido o por descubrir del mundo exterior debemos utilizarlo no para mantenernos distraídos, sino para ayudarnos a recordar nuestro mundo interior, donde la libertad, la expansión, la alegría y el gozo libre de miedo nos envuelven como un todo en la unicidad de nuestro Ser.
La inversión en los recursos
Si observamos la inversión de nuestros recursos económicos, seguramente tomaremos precauciones, evaluaremos diferentes opciones, retornos y riesgos. En resumen, le dedicaremos tiempo a esa tarea.
Sin embargo, hay un recurso que no tiene retorno y que, por lo tanto, es el que mejor debemos invertir, ya que no vuelve: el tiempo, un recurso no renovable. Debemos invertirlo de la mejor manera posible en el aprendizaje que nos permita dejar de depender de él como un fin, y empezar a usarlo como un medio para alcanzar un objetivo.
¿Cuál es ese objetivo? En mi caso, es saber quién soy.
Para esto, es crucial tener claro nuestro propósito y si podemos alcanzarlo en este mundo de la forma. La felicidad del mundo es pasajera y el vacío siempre regresa para que intentemos llenarlo con algo externo. Pero, ¿qué ocurre si hay una comprensión clara del origen del vacío y de la felicidad efímera?
Cuando escapamos de la irrealidad del mundo, muchos pueden recordar que en ese ahora (sin tiempo), el cuerpo deja de existir por un momento. No sabes ni tu nombre; es solo un instante de Realidad. Por eso, es importante entender cómo funciona este juego y recordar que eres esa maravilla que experimentaste.
Llévalo contigo, pues es el recuerdo del Ser.
El guía sin rumbo
Hoy en día, existen muchas guías, cursos y talleres de aprendizaje. Las personas que los imparten lo hacen desde un lugar donde siempre hay algo por hacer: una tarea que desarrollar o un método que seguir.
Algunos dicen que quieren guiarte en tu camino de vida. La cuestión es siempre la misma: ¿Cómo puede alguien guiarte si no sabe quién es en realidad?
Hagamos una analogía: una guía de turismo contrata un autobús y lo llena de personas en busca de la verdad, pero no puede guiarte hacia ella si no la conoce como su propia identidad. Puede tener mucho entusiasmo y mucha información al respecto; sin embargo, cuando el autobús se ponga en marcha, ¿hacia qué dirección se dirigirá? ¿Cuántas paradas hará? ¿Qué información compartirá con sus seguidores y qué experiencias les tiene preparadas?
De esa manera, las personas se lanzan a múltiples técnicas, simbologías y rituales, siempre buscando una actividad para el cuerpo y la mente.
¿Qué pasaría si una de las personas en el autobús no hace nada con su cuerpo y menos aún con su mente-ego? Se daría cuenta de que todo lo que busca afuera es una representación mental exteriorizada para no encontrar la verdad que habita en la parte de su mente-espíritu.
La mente-ego sabe que no puede proporcionarte tu verdadera realidad, porque no la conoce y si eso sucediera, ella dejaría de existir. Por eso, utiliza tu cuerpo con múltiples fines que son útiles para ella, pero inútiles para tu mente-espíritu, la cual siempre está esperando que el guía que no sabe guiar se calle por un instante para que tu realidad se presente como la unicidad de la que todos formamos parte. Y eso llega sin actividad de ningún tipo, sin métodos ni ejercicios especiales, porque el secreto de todo este viaje es que para realizar cualquier cosa, debe existir un realizador y la cosa a realizar. Pero, ¿qué pasa si el realizador desaparece?
Sin una identidad mente-ego, no hay nada por hacer. ¿Quién lo estaría llevando a cabo?
Nuestro Ser, que es la verdadera identidad, no es corporal y no está identificado con los personajes que creemos caminar por el mundo. Por lo tanto, no busques afuera lo que ya eres. ¡Esa es una excelente noticia!