María del Pilar Novoa Salvador

Descifrar al maestro lleva décadas
Homenaje a Ana María Schlüter
Por Mª Pilar Novoa Salvador 9 de enero de 2026El pasado 31 de octubre de 2025 falleció mi maestra Ana María Schlüter. Formalmente yo nunca fui su discípula porque nunca se lo pedí. Siempre temí un «no» como respuesta. Ayer llegó a casa el ejemplar 172 de la revista «Pasos» de la Escuela Zen «Zendo Betania» que ella fundó, con un homenaje a su persona. Recuerdo tantos episodios entre las dos. Solo la visité dos veces a su cabaña cuando yo no sabía que eso era en realidad algo muy especial. Muchos de sus discípulos más veteranos jamás han estado allí, y mucho menos compartido una infusión y galletas gourmet con ella en esa intimidad, en ese rincón lleno de tantas cosas que parecía que no cabía ya nada más.
Nunca entendí por qué no me hice su discípula formal. Le he dado muchas vueltas a eso. La última vez que estuve en «Zendo Betania» antes de que falleciese, me dijo en voz alta delante de algunos discípulos: «has de definir qué camino tomar, sin el zen o el tao». Mi corazón amaba también a un maestro de tao y no podía no amar a ambos a la vez. Decidí no volver.
Ana María sabía muchas cosas de mí, pero sin embargo había muchas otras que ignoraba. Una cosa es cierta, si yo le hubiese hecho maestra, ella ya no podría decirme que fallé, pero como fue ella la que no necesitó de mi para serlo, pues entiendo que ella no falló, sino que yo tampoco lo hice.
Aquella segunda ocasión en su casa, días después de habernos encontrado casualmente en el aeropuerto de Munich, me hizo una pregunta con autoridad nada más sentarme en torno a su pequeña mesa: «¿Quién eres?». Yo sabía hacia donde apuntaba y no dije nada en particular para no negar ni afirmar nada en concreto. Ella hizo un silencio. La conversación entonces fluyó entre ambas de un modo muy ligero y abierto, franco, espontaneo, como manantial que corre libre, sin aristas, con pureza, con verdad. Fueron más de dos horas de charla. Recuerdo que le hablé por fin, ya casi al final de nuestro encuentro, sobre mi segundo despertar, cuando aún ni siquiera la conocía a ella. Fue entonces cuando ella golpeó las palmas de las manos sobre la mesa y afirmó: «Ya está, eso es». No entendí bien, y solo pregunté: «Entonces, ¿es una experiencia mística real?, ¿no es enfermedad mental?». Ella asintió con fuerza con la cabeza y me dijo: «sí, es real». Quise ahondar en el significado y allí no me ayudó. Aunque embadurnado de temores, yo lo conocía en el fondo, sin embargo, no se lo dije, quería que lo explicitase ella, pero ella dejó ese melón abierto para que lo desgranara yo misma.
Tras ese encuentro, antes de despedirnos me dijo: «sigue tu camino». Yo entendí en ese momento que mi camino no era con ella ya y me fui triste. Sin embargo, seguimos en contacto. No es fácil decir que Ana María me abrió el melón más grande de lo que yo pensaba. No solo no me explicó nada, ni puso nombre técnico, ni grado alguno, sino que se limitó a reconocer la veracidad de la experiencia.
Tardé tiempo en volver a contar cosas profundas. Ella nunca invitó para algo más. Tampoco rechazó. Contestaba mis emails. Con el tiempo voy viendo con más claridad, pero no descubro el misterio de nuestro encuentro al cien por cien. ¿Por qué la amaba tanto si apenas la conocía en realidad? Yo sabía tan bien como todos que la maestra no era de fácil acceso. No obstante, yo tuve las puertas abiertas de un modo que no supe cuán inusual era hasta su muerte. Me carteé con ella durante 20 años por email, presuponiendo que esa comunicación era tan normal que nunca pensé que el resto de los discípulos no tenían en su mayoría ese tratamiento. Eso me sorprendió mucho. Lo curioso es que no solo no me sentía especial por todo esto, sino que creía que su concepto sobre mí no era en realidad bueno. Hoy que sé que todo lo que hizo conmigo fue especial para la mayoría de sus discípulos, imagino que ella vio en mi más que yo en mí misma.
No puedo hablar de Ana María sin pensar en ese encuentro en el comedor de «Zendo Betania». Fue durante un Zazenkai de fin de semana, y yo acababa de tomar un caldo en el descanso. Entonces sentí una oleada de amor que se avecinaba por mi espalda, casi al instante la vi aparecer a ella cogiendo, con una reverencia muy recogida en sí misma, la taza vacía en mi mano, para seguidamente colocarla en la bandeja de las usadas que iban a ser lavadas. Supe que me había honrado, pero no a mí, sino a mi Ser, a mi autentica naturaleza, y supe que no quiso que ni lo supiera «yo», es decir, «mi ego», porque ni me miró. Fue todo fluido desde una esencia que revelaba voluntades no escritas ni habladas.
Hoy Ana María sabe quién soy yo en realidad, así como quiénes son cada uno de sus discípulos y seguidores no discípulos. Sé que en realidad nuestros encuentros fueron clave para encontrar mi propia verdad. Es así como guía el maestro. Lo dice todo y tardas décadas en encajar las piezas. Ahora entiendo cosas que para mí no tenían interés alguno. Ayer en la noche me di cuenta cómo ese encuentro en el aeropuerto de Munich fue en realidad providencial. Además, hubo retraso en el vuelo, lo cual es una doble coincidencia, ya que sin dicha demora puede que no nos habríamos ni visto. Lo curioso es que gracias a eso fui invitada por segunda vez a su casa y hablar por primera vez de mi segundo despertar. De repente he visto que ella fue clave, pero no porque ella me revelase nada, sino porque ella me orientó sin apenas hablar, dejándome que yo deshilvanará los entresijos para no estropear nada.
Solo puedo decir a Ana María: «GRACIAS». Mi testimonio sobre ella no está en el ejemplar 172 de la Revista «Pasos» de la Escuela Zen «Zendo Betania» que ella fundó, pero con este artículo siento que me sumo de algún modo a todos los ricos testimonios que allí se recogen para homenajearla, con mi particular vivencia con ella. Ana María, deseo que vengas a buscarme cuando mi momento llegue y podamos gozar juntas de Dios en la Unidad.