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Inmortalidad

por Swami Vivekananda
Swami Vivekananda

¿Qué pregunta ha sido hecha el mayor número de veces? ¿Qué idea ha impulsado más al hombre a buscar una respuesta en el Universo? ¿Cuál es la cuestión que está más inseparablemente conectada con nuestra existencia, que ésta de la inmortalidad del alma humana? Ha sido el tema de los poetas y de los sabios, de los sacerdotes y de los profetas; los reyes en sus tronos lo han discutido, los mendigos en la calle lo han soñado. Los mejores de la humanidad han abordado el problema, y los peores de los hombres han puesto alguna esperanza en él. El interés por el tema no ha muerto aún y no morirá mientras exista la naturaleza humana. Mentalidades diversas han dado al mundo respuestas variadas. En cada época de la historia, miles de personas han abandonado la disquisición y, sin embargo, la cuestión permanece tan fresca como siempre. A menudo, en medio de la lucha y el torbellino de nuestra vida, parecemos olvidarla, pero de improviso muere alguien, tal vez alguien a quien amamos; alguien que es querido a nuestro corazón nos es arrebatado, y entonces, durante unos instantes, la lucha, el ruido, el vértigo del mundo cesan alrededor de nosotros, y el hombre se formula la vieja pregunta: "¿Qué hay después de esto? ¿Qué sucede con el alma?"

Todo conocimiento humano procede de la experiencia; nada podemos saber si no es por medio de la experiencia. Todo nuestro razonamiento tiene por base una experiencia generalizada; todo nuestro conocimiento no es otra cosa que experiencia armonizada. Mirando a nuestro alrededor, ¿Qué es lo que vemos? Un continuo cambio. La planta sale de la semilla, crece y se convierte en árbol, completa el círculo y vuelve a la semilla. El animal nace, vive durante un tiempo, muere y completa el círculo. Lo mismo sucede con el hombre. Las montañas se destruyen lenta, pero seguramente; del mismo modo se desecan los ríos; la lluvia sale del mar y vuelve al mar. Por doquier, los ciclos se completan; nacimiento, crecimiento, desarrollo y decadencia se suceden con una precisión matemática. Ésta es nuestra experiencia de todos los días.

En el interior de todo esto, detrás de toda esta masa enorme que llamamos vida, que comprende millones de formas y aspectos diferentes, millones y millones de variedades, desde el mínimo átomo hasta el hombre más altamente espiritualizado, encontramos que existe cierta unidad. Todos los días vemos derrumbarse la muralla que nos parecía separar las cosas, unas de otras, y la ciencia moderna admite que toda la materia no es sino una sola sustancia que se manifiesta de diferentes maneras y bajo diversas formas; la vida única que atraviesa todas las cosas es como una cadena continua cuyas formas diferentes son los eslabones; eslabón tras eslabón, casi hasta el infinito, es siempre la misma y única cadena. Esto es lo que se llama evolución. Es una vieja, muy vieja idea, tan vieja como la sociedad humana, solamente que se renueva a media que el conocimiento humano progresa.

Hay otra cosa más que los antiguos advirtieron, pero que, en los tiempos modernos, no se percibe todavía tan claramente, y ésta es la involución. Es la semilla la que se convierte en planta; jamás un grano de arena se convertirá en una planta. Es del padre que proviene el niño; jamás un terrón de tierra se convertirá en un niño. ¿De dónde viene esta evolución? He allí la cuestión que se plantea. ¿Qué era la semilla? Era lo mismo que el árbol. Todas las posibilidades del futuro árbol están contenidas en la semilla; todas las posibilidades del hombre futuro están contendías en el bebé; todas las posibilidades de cualquier vida futura están en el germen. ¿Qué es esto? Los antiguos filósofos de la India lo llamaban involución. Vemos, pues, que toda evolución presupone una involución. Nada puede evolucionar sino está ya ahí. Aquí, nuevamente, la ciencia moderna viene en nuestra ayuda. Un razonamiento matemático les ha enseñado que la suma total de energía que existe en el Universo es constante. No pueden agregar o quitar del Universo un átomo de material ni una íntima porción de fuerza. Como tal, la evolución no puede provenir de la nada. Entonces, ¿de dónde viene? De una previa involución. El niño es el hombre involucionado; el hombre es el niño evolucionado. La semilla es el árbol involucionado; el árbol es la semilla evolucionada. Todas las posibilidades de la vida existen en el germen.

El problema se vuelve ya un poco más claro. Agreguen a esto la primera idea de la continuidad de la vida. Desde el protoplasma más inferior hasta el ser humano más perfecto, no existe, en realidad, sino una sola vida. Así como en una vida hay tantas fases diversas de expresión ―desde el protoplasma desarrollándose hasta el bebé, el niño, el joven y el anciano―, así encontramos que desde el protoplasma hasta el hombre más perfecto, hay una vida única y continua, una cadena ininterrumpida. Esto es involución. Pero hemos visto que cada evolución presupone una involución. La totalidad de esta vida, que se manifiesta lentamente, se desarrolla desde el protoplasma hasta el ser humano perfecto, la Encarnación de Dios sobre la tierra; toda esta serie no es más que una sola vida, y la totalidad de esta manifestación debe haber estado involucionada en ese mismo protoplasma. Toda esta vida, este verdadero Dios sobre la tierra, estaba allí involucionada y de allí ha salido lentamente, manifestándose a sí misma. La más elevada expresión ha debido estar en el estado germinal, en forma diminuta. Así, pues, esta fuerza única, esta cadena toda entera, es la involución de la vida cósmica que está en todas partes. Es esa masa única de inteligencia que, desde el protoplasma hasta el hombre más perfecto, se desenvuelve y se desarrolla lentamente. No es que crezca; desechen de su mente toda idea de crecimiento. La idea de crecimiento se asocia con algo que viene del exterior, algo extraño, lo que desmentiría la verdad según la cual, lo Infinito, latente en cada vida, es independiente de todas las condiciones exteriores. Lo Infinito nunca puede crecer; siempre estuvo ahí y no hace más que manifestarse a sí mismo.

El efecto es la causa manifestada. No hay diferencia esencial entre el efecto y la causa. Tomen este vaso, por ejemplo. Hubo la materia prima; esa materia y la voluntad del fabricante han formado el vaso. Éstas son las dos causas que están presentes en el vaso. ¿Bajo qué forma? Bajo la forma de cohesión. Si esta fuerza no estuviera allí, cada partícula de materia caería. Entonces, ¿Qué es el efecto? Es lo mismo que la causa, pero ha tomado una forma diferente, una composición diferente. Cuando la causa es transformada y limitada durante algún tiempo, se convierte en efecto. Debemos recordar esto, si lo aplicamos a nuestra concepción de la vida: el conjunto de la manifestación de esta serie de ciclos, del protoplasma al hombre más perfecto, debe ser exactamente la misma cosa que la vida cósmica. Primero involucionó, se volvió sutil. Después, de esa cosa sutil que era la causa, evolucionó, manifestándose y haciéndose más densa.

Pero el problema de la inmortalidad no está todavía resuelto. Hemos visto que todo en este Universo es indestructible. No hay nada nuevo; no habrá nada nuevo. Las mismas series de manifestaciones se presentan alternativamente, como si subieran o bajaran sobre una rueda que gira. En este Universo, todo movimiento es en forma de olas; sube y baja sucesivamente. Unos tras otros, los sistemas salen en formas sutiles, evolucionan y toman formas más densas; luego se sumergen, por así decir, y retornan a las formas sutiles. De nuevo surgen, evolucionan durante algún tiempo y vuelven. Cada manifestación de vida, primero se eleva y luego desciende. ¿Qué es lo que cae? La forma. La forma se disgrega, luego surge nuevamente. En un sentido, las formas y los cuerpos son igualmente eternos. [...] Ninguna fuerza puede morir, ninguna materia puede ser destruida. ¿Qué sucede con ellas? Continúan transformándose, avanzando y retrocediendo hasta que vuelven a la fuente de donde salieron. No hay movimiento en línea recta; todo se mueve en círculo. La línea recta, cuando se prolonga al infinito, se convierte en un círculo. Si tal es el caso, no puede haber decadencia eterna para alma alguna. No puedes ser. Todo debe completar el círculo y retornar a su origen.

¿Qué somos, ustedes y yo, y todas estas almas? En nuestra discusión sobre la evolución y la involución, hemos visto que nosotros debemos ser parte de la conciencia cósmica, de la vida cósmica, de la mente cósmica, que ha evolucionado y debemos completar el círculo y volver a esa inteligencia cósmica que es Dios. Esta inteligencia cósmica es lo que la gente llama Señor, o Dios, o Cristo o Buddha, o Brahman; lo que los materialistas perciben como Fuerza, y los agnósticos como ese más allá infinito e inexpresable. Todos nosotros somos partes de eso.

Esta es la segunda idea, y sin embargo, no es suficiente; todavía habrá más dudas. Es muy bueno decir que ninguna fuerza es destruida. Todas las fuerzas y todas las formas que vemos son combinaciones. Esta forma que se halla delante de nosotros está compuesta de muchos elementos y, por lo mismo, toda fuerza que vemos es igualmente un compuesto. Si ustedes toman la idea científica sobre la fuerza y la llaman la suma total, la resultante de varias fuerzas, ¿Qué sucede con su individualidad? Todo lo que es compuesto debe, tarde o temprano, volver a sus elementos. Todo lo que en este Universo es el producto de combinaciones de materia o de fuerza debe, tarde o temprano, retornar a sus elementos. Todo lo que es el resultado de ciertas causas deberá morir, deberá ser destruido. Aquello se despedaza, se dispersa y se resuelve en sus componentes.

El alma no es una fuerza; tampoco es el pensamiento. El alma es lo que fabrica el pensamiento, pero no es el pensamiento; el alma es la que fabrica el cuerpo, pero no es el cuerpo. ¿Por qué? Vemos que el cuerpo no puede ser el alma. ¿Por qué razón? Porque no es inteligente. Un cadáver no es inteligente ni tampoco la carne expuesta en una carnicería. ¿Qué entendemos por inteligencia? El poder de reacción. Examinemos esto un poco más de cerca. He aquí un jarro. Yo lo veo. ¿Cómo? Rayos de luz me llegan de él, entran en mis ojos y dibujan en la retina una imagen que es transmitida a mi cerebro. Sin embargo, no hay visión todavía. Lo que los fisiólogos llaman nervios sensoriales llevan al interior la impresión recibida. Pero hasta aquí, no hay ninguna reacción. El centro nervioso que está en el cerebro transmite la impresión a la mente, y la mente reacciona. En cuanto se produce esta reacción, el jarro aparece en mi mente. Tomemos otro ejemplo más común: supongamos que están muy atentos escuchándome, y que un mosquito se les posa sobre su nariz y les produce esa sensación tan placentera que los mosquitos saben causar; pero ustedes están tan absorbidos por lo que les digo, que ni sienten al mosquito. ¿Qué ha pasado? El mosquito ha picado la piel en un sitio donde hay nervios; éstos han transmitido a la mente cierta sensación, pero, aunque la impresión se ha producido, la mente, ocupada en otra cosa, no reaccionó; por eso no fueron conscientes de la presencia del mosquito. Cuando se presentan una impresión nueva, si la mente no reacciona no tenemos conciencia de ella; pero cuando la reacción llega, sentimos vemos, oímos, etcétera. Con la reacción llega la iluminación, como la llaman los filósofos sankhyas. Vemos que el cuerpo no puede dar esa iluminación.

Se han visto casos en que, en circunstancias muy particulares, un hombre que jamás había aprendido determinado idioma, se encontró con que podía hablarlo. Las investigaciones efectuadas posteriormente mostraron que, en su infancia, este hombre había vivido entre gente que hablaba esa lengua. Las impresiones habían quedado en su cerebro; permanecieron allí almacenadas hasta el momento en que, por alguna razón, la mente reaccionó y la iluminación se produjo. Así es como este hombre pudo hablar ese idioma. Esto nos muestra que la mente sola no es suficiente, que la mente en sí es un instrumento en manos de alguien. En el caso del que les hablaba, la mente del niño contenía ese idioma sin que él lo supiera. Posteriormente, llegó un momento en que se dio cuenta de ello. Esto demuestra que hay algo más que la mente y que cuando era niño, ese alguien utilizó su poder; más tarde, ya grande, lo aprovechó e hizo uso de él.

En primer lugar tenemos el cuerpo; en segundo lugar, la mente o instrumento del pensamiento; y en tercer lugar, detrás de la mente, está el Ser del hombre. La palabra sánscrita es Atman. Como los filósofos modernos han identificado el pensamiento con cambios moleculares producidos en el cerebro, no saben explicar un caso como el narrado y, generalmente, lo niegan. La mente está continuamente conectada al cerebro, el cual muere cada vez que se cambia el cuerpo. El Ser es quien ilumina, y la mente es el instrumento en sus manos. Por intermedio de este instrumento, el Ser se conecta al instrumento externo, y es así como se produce la percepción. Los instrumentos externos recogen impresiones y las llevan a los órganos, porque ustedes deben recordar siempre que los ojos y los oídos no son más que instrumentos de recepción; son los órganos internos, los centros situados en el cerebro, los que actúan. En sánscrito, estos centros se llaman indriyas; ellos llevan las sensaciones a la mente, y la mente las transmite más adentro todavía, a otro estado de la mente que en sánscrito se llama chitta. Allí son transformadas en voluntad y presentadas, en lo interno, al Rey de los reyes, al Monarca en su trono, al Ser del hombre. Entonces Él ve y da sus órdenes. Luego, la mente actúa inmediatamente sobre los órganos, y éstos sobre el cuerpo exterior. El real Perceptor, el real Regulador, el Gobernador, el Creador, el Manipulador de todo esto es el Ser del hombre.

Vemos, pues, que el Ser del hombre no es el cuerpo; tampoco es el pensamiento. No puede ser compuesto. ¿Por qué no? Porque todo lo que es un compuesto puede ser visto o imaginado. Eso no lo podemos imaginar ni ver, no lo podemos juntar, no es fuerza, o materia, o causa, o efecto, y no puede ser un compuesto. El dominio de los compuestos llega sólo hasta donde se extiende nuestro universo mental, el universo de nuestro pensamiento. No va más allá de donde reina la ley. Si existe algo más allá de la ley, no puede ser, en absoluto, un compuesto. Estando más allá de la ley de causalidad, el Ser del hombre no es un compuesto. Es siempre libre y el Gobernador de todas las cosas que están sometidas a la ley. No morirá jamás, porque morir significa volver a sus elementos constitutivos, y lo que nunca ha sido un compuesto jamás podrá morir. Decir que el Ser del hombre muere es una insensatez sin nombre.

Pisamos ahora un terreno que se vuelve cada vez más sutil y, tal vez, alguno de ustedes se asustará. Hemos visto que este Ser, que está más allá del pequeño universo de materias y fuerza y pensamiento, es simple y que, como tal, no puede morir. Aquello que no muere no puede vivir. Porque vida y muerte son sólo el anverso y reverso de una moneda. Vida es otro nombre de la muerte; muerte es otro nombre de la vida. Un particular modo de manifestación es lo que llamamos vida; otro particular modo de manifestación de la misma cosa es lo que llamamos muerte. Cuando la ola sube, está la vida; cuando baja, está la muerte. Si algo está más allá de la muerte, vemos, naturalmente, que también debe estar más allá de la vida. Es necesario que les recuerde aquí nuestra primera conclusión: el alma del hombre es parte de la energía cósmica existente, que es Dios. Vemos, ahora, que ella está más allá de la vida y de la muerte. Ustedes jamás han nacido y jamás morirán. ¿Qué son ese nacimiento y esa muerte que vemos alrededor de nosotros? Sólo pertenecen al cuerpo, pues, el alma es omnipresente. "¿Cómo puede ser esto?" ―pueden preguntar. "¿Tanta gente está sentada en esta sala y usted dice que el alma es omnipresente?". ¿Qué hay aquí ―les preguntó― que pueda limitar lo que está más allá de la ley, más allá de la causalidad?

Este vaso es limitado; no es omnipresente, porque la materia que lo rodea lo fuerza a tomar esa forma, no le permite extenderse. Está condicionado por todo lo que le rodea y, en consecuencia, está limitado. Pero lo que está más allá de la ley, allá donde nada puede hacerle sufrir su influencia, ¿Cómo puede ser limitado? Es menester que sea omnipresente. Están ustedes por doquier en el Universo. ¿Cómo puede ser, entonces, que yo haya nacido y que vaya a morir? Esto lo dice la ignorancia, la alucinación del cerebro. Ustedes no han tenido nacimiento, no renacerán, no tienen ni vida ni encarnación ni nada. ¿Qué significa esto de ir y venir? Insensatez, bobería. Ustedes están en todas partes. Entonces, ¿Qué es esto de ir y venir? Ésta es una alucinación producida por el cambio de ese cuerpo sutil que llaman mente. Eso es lo que sucede; del mismo modo que una pequeña nube que pasa por el cielo puede, al desplazarse, producir la ilusión de que el cielo se mueve. A veces, cuando ven pasar una nube delante la Luna, tienen la impresión de que es la Luna la que se mueve. Cuando están en un tren creen ver desfilar el paisaje; cuando están sobre un barco piensan que el agua se aleja detrás de ustedes. En realidad, ustedes no van ni vienen; no han nacido ni renacerán. Son infinitos, siempre presentes, más allá de toda causalidad y siempre libres. Plantear una cuestión tal está fuera de lugar, es pura insensatez. ¿Cómo podría haber mortalidad, cuando no ha habido nacimiento?

Para llegar a una conclusión lógica, es necesario dar un paso más todavía. No podemos detenernos a mitad del camino. Somos metafísicos y no podemos refugiarnos en un rincón, para lamentarnos. Si estamos más allá de toda ley, debemos ser omniscientes y siempre bienaventurados; todo conocimiento, todo poder y toda bienaventuranza deben estar en nosotros. Ciertamente, ustedes son el ser omnisciente y omnipresente del Universo. Pero, ¿puede haber muchos de tales seres? ¿Puede haber cien mil millones de seres omnipresentes? Seguramente que no. Entonces, ¿qué sucede con todos nosotros? Todos ustedes son sólo Uno; no hay más que un Ser, y ese Ser Único son ustedes. Detrás de esta pequeña naturaleza que vemos está lo que llamamos Alma. Solamente hay Una Existencia; un Ser, siempre puro, omnipresente, omnisciente, sin nacimiento, sin muerte. "Por Su control, el cielo se expande; por Su control, el aire penetra; por Su control, el Sol brilla y por Su control todo vive. Él es la Realidad en la naturaleza. Él es el Alma de su alma; más todavía, ustedes son Él, son uno con Él". Dondequiera que haya dos, hay temor, hay peligro, hay conflicto, hay esfuerzo. Cuando todo es Uno, ¿a quién se puede odiar, con quién se puede luchar? Cuando todo es Él, ¿con quién pueden combatir? Esto explica la verdadera naturaleza de la vida; esto explica la verdadera naturaleza del Ser. Esto es perfección, y esto es Dios.

Mientras vean lo múltiple, estarán bajo la ilusión. "Aquél que ve lo Uno en este mundo de multiplicidad, aquél que, en ese mundo siempre cambiante, Lo ve a Él, que nunca cambia, como el Alma de su alma, como su propio Ser, ése es libre, es bendito, ha alcanzado la meta". Sabe, pues, que tú eres Él, tú eres el Dios de este Universo: Tat Tvam Asi. Todas esas diferentes ideas de que soy hombre, soy mujer, estoy enfermo, sano, fuerte, débil, o que amo u odio, o tengo algún poder, son sólo alucinaciones. ¡Afuera con ellas! ¿Qué los debilita? ¿Qué les hace temer? Son el Ser único del universo. ¿Qué es lo que los asusta? Yérganse, entonces, y sean libres. Sepan que todo pensamiento y toda palabra que los debilita es el único mal que existe en este mundo. Todo lo que hace a los hombres débiles y temerosos, es el único mal que debemos evitar. ¿Qué los atemoriza? Si los soles caen, si las lunas son reducidas a polvo, si todos los sistemas son, uno tras otro, precipitados hacia su aniquilamiento, ¿Qué es eso para ustedes? Permanezcan como una roca; son indestructibles. Son el Ser, el Dios del Universo. Digan: "Yo soy Existencia Absoluta, Dicha Absoluta, Conocimiento Absoluto; yo soy Él", y como un león que rompe su jaula, rompan sus cadenas y sean libres para siempre. ¿Qué temen? ¿Qué es lo que los subyuga? Únicamente la ignorancia y la ilusión; ninguna otra cosa puede ligarlos. Son lo Puro, el Siempre Bienaventurado.

Los tontos les dicen que son pecadores, y ustedes se van a llorar a un rincón. ¡Es una necedad, una maldad, una absoluta ruindad, decir que son pecadores! Todos ustedes son Dios. ¿No ven a Dios y Lo llaman hombre? Entonces, si se atreven, levántense sobre este pedestal y modelen su vida sobre esa base. Si un hombre les corta la garganta, no digan nada, puesto que son ustedes que cortan su propia garganta. Cuando ayuden a un pobre, no sientan el menor orgullo. Esto es adoración para ustedes y no motivo de orgullo. ¿No son acaso el universo todo? ¿Dónde hay alguien que no sea ustedes mismos? Son el Alma de este Universo. Son el Sol, la Luna y las Estrellas, son ustedes que brillan en todas partes. Todo el Universo son ustedes. ¿A quién van a odiar, o pelear? Sepan, pues, que son Él, y modelen toda su vida en consecuencia, y aquél que sabe esto y modela así su vida, no andará más a tientas en la oscuridad.

( De una conferencia dada en los Estados Unidos de América )
Fuente: Swami Vivekananda - Jnana Yoga (Cap. XIII)